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lunes, 23 de julio de 2018

DE AYER A HOY



Una pendiente,
a veces un declive.
Un llano,
algún regato de tranquilas aguas.
Y yo en cada momento,
en cada paso o vuelta,
intentando el milagro de ser hombre.
No hay distancias después de tantos pasos.
Aquí nací.
Aquí me espera el hueco de la tierra.
Mi rostro dice más que mis palabras.
Pero no veis mi rostro.
Principio y fin.
Dos fechas
y una losa  de tiempo ennegrecida.
No hay más.
No os inventéis mi vida.
Dije cuatro palabras

 y puede que no fueran necesarias.

sábado, 21 de julio de 2018

CUANDO LA CALLE PARECE UNA FIESTA



Mi pueblo es un pueblo de calles sobrias, solitarias, aplanadas por el sol que reverbera sobre el blanco de la cal de sus paredes. Antes, cuando los niños no teníamos ordenador, ni teléfono móvil ni Tablet, ni MP3, ni play steyson  ( no sé si se escribe así), antes, digo, los muchachos del barrio salíamos a jugar a la calle, que tampoco estaba empedrada, ni entarugada, ni iluminada y nos pasábamos las horas jugando a todo lo imaginable. Éramos niños de la calle como ahora lo son de la tecnología. Lo bueno de ser niños de la calle, era que la calle parecía una fiesta y entre los gritos, los llantos, las risas, las canciones, el batir de las espadas, los enfrentamientos verbales y de los otros; ante tanta vida en suma, la calle parecía un hervidero. De cuando en cuando, alguna madre asomaba la cabeza a la puerta para ver si todo transcurría con normalidad, hacía alguna reconvención a sus pupilos y volvía a sus quehaceres.
Los niños de entonces podíamos tener el moco colgando, o estar comiéndonos un canto de aceite que era un trozo de pan al que se le hacía un boche en la miga,  regado  de ese nutritivo y espeso líquido que a falta de donuts, de paté o de nocilla, hacían las delicias de los más y los ascos de los menos; los niños éramos la última célula en un escalafón de jerarquías que se respetaba, probablemente por miedo, pero se respetaba…

La vida transcurría con esa normalidad propia de los lugares en los que no ocurre nada digno de mencionar salvo los chismes que eran terreno acotado para los niños. Y la calle, parecía agradecer aquella algarabía, porque, pienso yo, las calles, sin vida sobre su superficie,  no tienen sentido;  entristecen, languidecen y se les va quedando una expresión amargada, como de resignación e impotencia.

Por eso hoy, las calles me parecen impersonales, todas hechas sobre un mismo patrón, rectilíneas, asfaltadas, llenas de coches y de pisos donde los vecinos apenas se hablan y los niños se convierten en solitarios inadaptados que prefieren pasar horas ante esos juegos virtuales que, digo yo, algo bueno deben tener, porque si no, no se explica que les dediquen tanto tiempo.

Hay calles que por su situación o su actividad siguen manteniendo esa pujanza que les da la vida que transita sobre sus baldosas. Nuestra calle Empedrada es una de ella pues allí se dan cita quienes van a los bancos a los comercios a los organismos municipales a los bares a las cafeterías… Allí, el pueblo toma otro color, las gentes se mueven con diligencia, los jubilados entablan largas conversaciones u ocupan las terrazas de los bares; los niños corretean mientras los padres hacen como que los vigilan pues saben que en esa calle, por ser peatonal, pueden estar tranquilos. Alguna vez se deja caer un mimo o un músico callejero que dan a la calle un ambiente cosmopolita, como de Puerta del Sol de Madrid, o de Ramblas de Barcelona, aunque todo sea tan pequeño que la comparación casi huelga. Quienes no fallan son los mendigos, por lo general mujeres rumanas, que, como ejecutivos venidos a menos, montan allí su talabarte y tienen horario fijo, mientras sus hijos, hombretones que no parecen carecer de nada, esperan en el banco cercano jugando en sus teléfonos móviles a que su madre termine la jornada.


Aun así, aquí la vida transcurre lenta, con lentitud de campana tañendo a difunto, o con esa lentitud con la que los impedidos se desplazan apoyados en su andador. Nada hay que consiga estremecer el  ritmo pausado de la vida en los pueblos, salvo esos instantes en los que la calle parece una fiesta

miércoles, 15 de marzo de 2017

CIRINEO

Próxima otra vez la Semana Santa, echo mano de uno de mis escritos que, a pesar del tiempo transcurrido desde que lo hice, me parece tan vigente como si lo hubiera escrito ayer.

CIRINEO.

Por qué,  yo, por poner un  ejemplo, que me siento por naturaleza desvinculado de los dogmas de la Iglesia Católica, puedo escribir apasionados sonetos sobre la Pasión de Cristo. Por qué tanta gente que no pisa la Iglesia si no es en funerales, cabodaños, bodas o bautizos, caminan detrás de la imagen de Nuestro Padre Jesús del Perdón con un inusitado fervor. Por qué perdura, a lo largo de la hstoria la trágica representación de la muerte de un idealista, cuando tantos han muerto sin que la misma historia sepa de su existencia. Por qué somos capaces de aguantar indiferentes tanta atrocidad como el mundo nos enseña a través de telediarios y prensa y nos sobrecoge el dolor de unas escenas desarrolladas en cartón piedra con visos de leyenda.

Independientemente de creencias, que respeto sea cual sea la índole, y de exaltaciones que predisponen a la interpretación de un suceso, siento que es otra la razón por la que la gente responde a determinadas llamadas. En el caso que nos ocupa, y pese a que alguien pueda sentirse escandalizado por mi exposición, creo que la razón escapa a lo divino y se acerca, por lo cruenta,  a lo humano. Nos duele la muerte de Jesús, no por ser Hijo de Dios, sino por ser da carne y hueso; con sus limitaciones en el dolor, con su desesperanza en las últimas palabras pronunciadas, aquellas en las que su voz se estremece ante la inminencia de la muerte y, por qué no pensarlo, ante la inutilidad de su sacrificio. Es su cercanía, la que lo eleva en nuestros corazones a la dimensión de Dios, y es su mismo deseo, en lo esencial de su doctrina,  el que nos mueve a admiración hacia quien fue capaz de llevar sus ideales
hasta las máximas consecuencias.

Hoy, dos mil años después, está claro que el mundo sigue necesitando idealistas; no uno, que asuma los pecados de quienes en él sobrevivimos, sino muchos que prediquen palabras de proyección, de vida, de integración, de congruencia con la realidad de un mundo que cada vez es más pequeño; un mundo en el que, dada su cercanía, no se puede mirar hacia otro lado o ignorar los problemas de países que, antes, pudieran parecer inexistentes.. Hoy, más que redentores se necesitan cooperantes; más que maestros se necesitan discípulos, más que líderes se necesitan compañeros..
.
Hoy, dos mi años después, la humanidad sigue estando dividida por las mismas secuelas que siempre la han dividido: razas, creencias, fronteras, fanatismo..., y aunque es cierto que las muestras de solidaridad son cada vez mayores, no es menos cierto que la ingente tarea pendiente,  aún está en los albores.

Dependerá de gobernantes, de misioneros, de voluntarios; de idealistas en suma, que sigan teniendo fe en que la Tierra Prometida está aún por llegar; dependerá del propio ser humano que trabaje por acortar las distancias sin merma de las propias identidades; dependerá de poner a trabajar las intenciones que hay detrás de las palabras; dependerá de la entrega generosa que cada cual ponga en la parcela en la que le ha tocado desarrollarse.

No digo nada nuevo, ese es el camino iniciado, ya,  por tantos nuevos Cristos que mueren en guerrillas en las que nada les va sino el amor a sus semejantes; que sacrifican su juventud y su comodidad para seguir el camino que Él dejó trazado en su palabra; que entienden que la vida tiene un sentido mucho más plural que el de la simple subsistencia; en definitiva, quienes viven su tiempo asumiendo el compromiso de ser partes integrantes de un mismo engranaje.

Por eso hoy, cuando la procesión del Crucificado pasee por nuestras calles, no será bastante con inclinar la cabeza y, con un signo de genuflexión  olvidarse hasta el año siguiente. Hoy, cuando los ojos del Nazareno se crucen con nuestra mirada debemos darle la impresión de que hemos entendido su mensaje y estamos dispuestos a ponerlo en práctica en la medida de nuestras posibilidades; de que somos el cirineo que le ayudará a llevar la Cruz en este trecho del camino que pasa por nuestra puerta. A lo mejor, Él, también espera el milagro...

miércoles, 8 de marzo de 2017

SÚPLICA.

SÚPLI CA.
Abre los ojos y míranos. De verdad ¿no te damos lástima? Cuando nos ves postrados en las camas de los hospitales, tirados en el arcén de una autovía, explotando en pedazos en una de esas guerras que la ambición o el fanatismo declaran al mundo, incapaces de conseguir el alimento que regalas a algunas de tus criaturas (porque otras tienen que matar para subsistir) o el abrigo necesario para nuestros hijos; cuando contemplas el éxodo masivo hacia ninguna parte o la falta de recursos por los que una gran parte de la humanidad aguarda impaciente la hora en la que finalicen sus padecimientos; cuando ves que somos vacuos, ambiciosos, envidiosos, iracundos, soberbios, crueles hasta matar a los seres más queridos, cobardes hasta eludir la más mínima responsabilidad; cuando nos ves así, dinos, de verdad ¿No te damos lástima?

Iba a pedirte cosas, ¿pero qué si tú ya sabes lo que necesitamos? Iba a pedirte lo que solemos pedir los mortales: salud, bienestar, trabajo, vivienda…cosas que, bien mirado, deberíamos pedir a quienes nos gobiernan, pero que como ellos no llegan a todos, te solemos pedir a ti Dios, Padre. Omnipotente, Celestial… (seguro que tú no te has puesto todos esos calificativos) que tampoco consideras que sea culpa tuya porque nos diste libre albedrío (cosa que también afirman quienes han hecho de la teología su ideario para cruzar por esta vida) y nos dejaste sobre la tierra diciendo: “creced y multiplicaos” como el que suelta en el campo perdices de criadero para que los cazadores sacien su instinto. Iba a pedirte cosas, ¿Pero qué si tú ya sabes lo que necesitamos?

Así que aquí me tienes: Sin saber qué rumbo tomar, ni a quién dirigirme, ni de qué manera  controlar este desasosiego  que es más bien impotencia o dolor de corazón por saberme tan frágil como una de esas boñigas que al cabo de unos días vuelven a ser tierra. Porque dime:  “si estamos creados a tu imagen y semejanza “ ¿cómo eres Tú que seguramente estás dictando esto que ahora transcribo (te prometo que yo sería incapaz de perder mi tiempo en esto) entre esas eternas cabezadas que te dejan traspuesto…? Así que aquí me tienes.

Mientras parpadea el cursor, en este nuevo latido universal que nos hermana, voy buscando esos resquicios por los que colarme en tu cotidiana divinidad  para  contarte con un lenguaje directo todas estas tribulaciones que, como humano, me afligen. No es el enojo el que me impulsa a utilizar un tono menos medroso que el que se requeriría para una súplica; puede que sea una reacción propia de quien sabe que su parte espiritual le presta una condición de exigencia para con su igual. En  cualquier caso, mi deseo sería que de este intento de comunicación, saliera una razón que nos motivara para intentar  erradicar todos esos males que nos asolan y conseguir que la Tierra sea por fin ese paraíso en el que la vida transcurriera plácida. Mientras parpadea el cursor…


Y no dudes que esto sea una súplica (bueno, lo sabes) . Porque está hecha desde el miedo a no saber abrir la última puerta (esa tras la que se supone que Tú estarás juzgando mis pasos por la vida) y causarte una buena impresión  para que no tengas que arrepentirte ( una vez más) de estas criaturas que no sabemos bien a qué vinimos a  este lugar de paz que era esta tierra  antes de nuestra llegada. Te confieso, humildemente, desde mi condición de mortal y la limitación de mi intelecto,  que lo único que he pretendido dejando mi imaginación a Tu antojo ha sido una súplica.

martes, 19 de julio de 2016

ENSAYO SOBRE EL PORQUÉ.

ENSAYO SOBRE EL PORQUÉ.

Cuando el ser humano se plantea una cuestión, sea de la índole que sea, caben varias posibilidades, entre ellas la de aceptación o rechazo. Así habrá quien prefiera el pescado a la carne, o viceversa; quien piense que Dios existe y quien lo dude; quien prefiera el futbol al balonmano, la música clásica al  pop; el desfile del orgullo gay a la marginación por un sexualidad distinta; el aborto a la concepción; la caza a la defensa de los animales, el blanco al negro , el día a la noche.

Y eso, pese a los matices con los que cualquiera pueda defender unas u otras posturas, es un derecho natural, fruto de una sociedad  libre, plural y democrática. De no entenderlo así, podríamos caer en un fanatismo intolerante que, pese a ser otra forma de verlo, atenta contra las libertades del prójimo.
Y no parece justo, ni ético, ni razonable, manifestar el rechazo como si de un odio visceral se tratase  porque por esa regla de tres , volveríamos , no ya a las cavernas, que nadie sabe si la animalidad parte de la falta de leyes o es una condición del ser humano, sino al egoísmo más  abyecto y aniquilador.
Los pueblos tienen sus culturas, sus tradiciones, sus costumbres. No negaré que algunas pueden resultar, cuando menos, pintorescas, abusivas, raras, brutales. Pero han llegado hasta nosotros por una inercia de siglos que las ha hecho parte de nuestra idiosincrasia. LO que para unos puede resultar asesinato, para otros es arte. ¿Quién llevará la razón? Cuando se asa un lechón, de cuya inocencia nadie duda, y se hace porciones con un plato para demostrar su terneza, o se engordan animales enjaulados con el único fin de que aumenten rápidamente su peso para que dé más producción en la venta de su carne, o se hace contrabando con el marfil de los elefantes, o se exhibe como triunfo el diente de un tiburón, o un bolso de piel de cocodrilo (de ese que en un descuido puede engullirte sin más), sólo estamos demostrando que la animalidad también es una condición de la raza humana. Que la alimentación programada, la cultura gastronómica, la diversidad de alimentos,  y formas en las que los podemos ingerir, han adormecido parte de esa animalidad que, en caso de urgencia, podría volverse a despertar.

Y fruto de esa cultura (y que nadie se rasgue las vestiduras, porque la definición de cultura es mucho más amplia que las cortas miras de algunos) es la existencia de determinado tipo de animales mantenidos exclusivamente para desempeñar una función ¿social?. Así el cerdo vive a cuerpo de rey hasta la hora de la matanza; los animales domésticos son tratados como propios hasta que llega la hora de retorcerles el cuello. Los erales pastan en la dehesa  con toda una pradera por horizonte. Animales que de no ser así, se hubiera extinguido como los dinosaurios.

Si nos fijamos en las formas de degradación o explotación animal ¿qué deberíamos decir de las mulas de carga, siempre tirando de un peso que la sobrepasa y durante jornadas de muchas horas; o de los nobles y hermosos caballos que pueden morir de un infarto en una de esas  carreras para millonarios; o de los gallos de pelea, cuya ferocidad no queda saciada hasta la muerte del contrincante,
Y es aquí, confundido en esa animalidad  que a veces se oculta y a veces brama (no hay más que ver un partido de fútbol o una corrida de toros para comprobar las reacciones opuestas de una misma persona, según la circunstancia del partido o de la lidia) donde surgen estas  preguntas que me dejan perplejo.

¿Con qué derecho, alguien, que se supone que respeta la vida de un toro puede no respetar la de su lidiador y  llamar asesino a quien, fruto de esa  tradición a la que antes he aludido es capaz de jugarse la vida en algo tan vocacional y tan de riesgo como es enfrentarse a dos pitones  y un empuje que nada  más pensarlo produce escalofrío?  ¿ Cómo puede pensarse que un chavalillo de dieciséis años, que lleva jugando con el capote desde que tenía tres y ha entrado en una escuela de tauromaquia para aprender  todas las reglas y normas que además de la propia valía, configuran a un torero, lo hace convencido de que va a convertirse en un asesino?

Porque, visto así,  asesinato es todo lo que se mata por muy rápidas y modernas que sean las técnicas y por muchas y variadas que sean las razones: comer, vestir, decorar… Nuestro intelecto es complejo y tanto peca por permisividad como por fanatismo. Nuestra verdad es relativa porque está en función de la verdad de los demás. Y el porqué de tantas cosas es tan subjetivo que le caben  todas las interpretaciones que puedan dársele.

En el caso del toreo hay dos elementos, uno ciclópeo cuya bravura le hace embestir hasta la muerte y otro que podría catalogarse de  intelectual elevado a la categoría de arte, por alguien cuya ejecución también puede acabar en tragedia. Es, tal vez, la más equilibrada de las formas de luchar por la propia vida y en la que, sin negar el sufrimiento que el toro puede padecer en la lidia, tampoco puede negarse que es una  parte intrínseca de esa  bravura  natural con la que la naturaleza  ha dotado al astado.

Hasta aquí estas reflexiones que pueden ser motivo de otras nuevas reflexiones. Y es que la vida es una reflexión constante, un ensayo permanente de algo tan incompleto que nunca concluirá en última página.

lunes, 26 de enero de 2015

POEMAS EN PROSA.

Porque mirar atrás sólo conduce a un tiempo que se fue  y que ya el olvido  ha convertido en sombra; porque  desde que comenzamos el camino,  hemos ido  ganando  un lugar en la muerte  ya que no era posible ganárselo a la vida ; porque nos dimos tanto que apenas nos quedaron instantes para el goce; porque fuimos esclavos de esa suerte de envidia que acaso nos navega por esta sangre turbia que aún riega nuestra entraña;  porque dijimos basta cuando no se cumplieron nuestros firmes propósitos, o intentamos, ilusos, la lucha cuerpo a cuerpo; porque llegó la vida y nos dejó varados en campos casi yermos como a guerreros viejos sin  escudo y sin lanza; porque todas las guerras nos pasaron de pronto por el tamiz del alma dejándonos el poso de la desesperanza; porque fuimos pioneros de lo único que pueden ser pioneros los hombres: aferrarse a  una tierra  que nunca será propia; porque así, lentamente,  vamos llegando al punto donde todo es comienzo o acaso una metáfora de polvo resurrecto , escribo estas palabras; estos versos cansados de buscar el cobijo de una página en blanco; estas nuevas maneras de quedarme en vosotros por si acaso la ausencia me convierte en silencio; en silencio y olvido; en fugaz sobresalto de sangre en desbandada; siempre quise teneros en la sombra del alma; al abrigo del pozo de mis aguas profundas; al lado de los sueños que en vosotros habitan; al borde del camino donde fuimos almendro para el goce del ojo. Estas pobres palabras son el ritmo incesante que galopa mi entraña hace ya tanto tiempo…

Todo fueron intentos;  vanos y desflecados intentos sin anclaje, a merced de los vientos que soplaron indómitos; ilusiones fugaces al albur de unos sueños que nunca fueron propios; recónditos asomos de lo que nunca supe, de lo que nadie sabe, por más que parezcamos de vuelta  de nosotros; vagas reminiscencias de un hálito divino o tal vez demoníaco, que ambos se dieron siempre en el hondón del alma; miradas y promesas; efluvios de un deseo que no encontró su cauce y se perdió en lo abrupto de mil desfiladeros; retazos de esperanza que al corazón alzaron en vuelos sorprendentes; juegos de media noche que hicieron que la sangre sintiera despropósitos; viejos daguerrotipos en los que se grabaron las huellas la infancia, con la indeleble tinta de las constelaciones;  intentos, sólo intentos que dibujaron alas sobre unos dinosaurios  que parecieron gráciles como plumas al viento; así  las circunstancias hicieron de nosotros estatuas imposibles; imágenes que el tiempo borró como se borran las huellas de la lluvia, para dejarnos quietos, sumidos en la sombra del propio sentimiento…



Miré las losas frías de tantos como fueron y ya sólo eran polvo; cenizas adosadas en breves columbarios, como última morada, preludio  de otra forma de contemplar la muerte;  allí la humilde  historia que tantos escribieron sobre páginas sepia que el viento fue borrando; allí las ambiciones, el genio, la soberbia, las mágicas hazañas, los miedos, las zozobras; allí los sentimientos  que un día  nos hicieron capaces del milagro; allí las emociones que dieron tantas páginas de luz sobre las sombras,  aunque a veces las sombras anegaran de sangre las encaladas tapias de viejos cementerios; allí los muertos todos que nunca imaginaron que morir era el paso decisivo del hombre; el final ignorado para el que nadie llega con el ánima presta; la impotencia de tantos como un día creyeron ser los dueños del mundo; allí tantas sonrisas como un día brillaron en los rostros anónimos de quienes, por instantes, jugaron a ser libres, a enamorarse acaso de un pálido reflejo como de luna al borde de un nuevo plenilunio; allí, sobre esa nada de sombra y de silencio, reposa la inocencia de quienes  no supieron ser parte del misterio…


Desde todos los pasos se llega al mismo puerto;  como las olas rompen sobre la firme roca,  destrozándose ajenas a su vaivén de espumas, los cuerpos se derrumban en ese mar de olvido que habita sobre el polvo. No hay finales previstos que cambien el destino de tantos como somos  partícipes del mundo; no hay lugares ajenos donde pudiera hallarse la soledad buscada; los ojos que soñaron paisajes de inocencia, idílicos parajes donde acallar el miedo, lagos inabarcables donde la luz henchida se hace sombra en el brillo de escamas imposibles, no volverán a abrirse detrás del arrecife en el que el alma intenta su imposible acrobacia; las flores aromáticas, las vistosas anémonas, las secuoyas vetustas, los trinos de un concierto que dirige el instinto de esa hermosa armonía con que la vida fluye, seguirán acallando los gritos del silencio. Un silencio que acaso rondará eternamente la eternidad del hueso que sustentó la forma de lo que ya no existe. ..

Con lágrimas del alma os lloro en esta ausencia; con palabras que quieren   contaros tantas cosas,  os busco en el recuerdo;  con versos que preludian no sé qué testimonios me voy a vuestro encuentro.  Apenas  queda tiempo  para intentar el vuelo que surque tanta historia, tanta vida prendida en viejos portafotos  que horadan el olvido. Somos, al fin,  pavesas perdidas en un hálito que, al filo de la tarde, salen tras los aromas de mágicos efluvios que manan del misterio que todo lo circunda. Somos parte de un todo fundido en el origen por cálidos almagres que son el testimonio de toda nuestra esencia. Y son estas palabras, tan torpes que podrían nacer de la ignorancia, las únicas artesas para amasar el orden del caos en el que somos. Con ellas, como medio, os canto esta tonada que quiere ser poema  si al fin fuera posible soñar el infinito…

Cómo decir que el mundo es un lugar idílico, cómo darle palabras a quienes ya no tienen ni ganas ni ilusiones, cómo llevar al alma un gramo de esperanza cual especia precisa para seguir estando, cómo decir;  Dios mío, si Dios parece ausente, o dormido, o amnésico, cómo llegar al borde de tanto despropósito sin que los ojos queden ciegos por el asombro, cómo, Señor, podemos creer en los milagros, si de aquello del vino hace ya tanto tiempo, cómo habremos de darnos para que quienes miren  salgan fortalecidos. Arde la tierra toda en un fuego alentado por tanto desatino como le cabe al hombre. Nadie siguió los pasos  que hubieron de asentarnos en este paraíso que pudo ser  un día, nos fuimos alejando de la esencia del alma, nos vencieron las voces de quienes se asomaron al guiñol de lo absurdo,  y llegamos al fango, sumidos en el  vértigo de los presentimientos. No sé si queda tiempo para tomar el viento que impulse nuestra vela hacia otros horizontes; no sé si las palabras  han servido de mucho para el entendimiento; no sé desde qué angustia llegamos a esta vida tan yerma de intenciones. No existe otro camino que no sea el de regreso a esa nada que abarca los ciclos de la sangre. No hay remedio, nos cercan los alados jinetes del último holocausto. Y su ataque mortífero,  no dejará vestigios del paso de los hombres por esta  tierra enferma, que sólo  espera  el bálsamo  que produce el silencio.



miércoles, 2 de abril de 2014

ESCENAS DE PASIÓN

Querido Dios:
No sé lo que pretendo con esta reflexión, que eso es, en definitiva, esta carta.
No sé si el Dios al que yo me dirijo es el mismo que en estas fechas muere en la Cruz y resucita al tercer día en un simbolismo de eternidad de la Iglesia Católica, o es el pobre niño que nace en la soledad y la indigencia de un humilde portal - aquí sería una choza - , símbolo nuevamente de esa desposesión con la que se nos juzgará para entrar en el Reino de los Cielos.
No sé si mi Dios es necesidad de mi espíritu o de mi cuerpo, pues aunque mi espíritu ansía liberarse de ataduras, es mi cuerpo el que impide esa liberación; mi cuerpo el que necesita de los bienes terrenales que no son maná caído del cielo; mi cuerpo el que necesita comer, vestir, vivir, reproducirse y luchar por la supervivencia de quienes de mi cuerpo dependen.
No sé si mi Dios sería ruandés o gitano, blanco o negro, budista o cristiano, - pues en la definición que recuerdo del colegio decían que: "es infinitamente bueno, sabio y poderoso; principio y fin de todas las cosas"- y esto no aclara  nada con respecto a raza o religión.
No sé si mi Dios me juzgará por esta carta que no está escrita desde la fe, sino desde la duda; que no está escrita desde la sumisión sino desde la esperanza; que no está escrita desde el temor sino desde el deseo de un mundo coherente.
Y veo  pasar esta Semana Santa de celebraciones litúrgicas sin sentir esa necesidad de integración como miembro de la Iglesia en la que estoy bautizado y a la que  en teoría pertenezco. Y son vamos mis intentos de búsqueda espiritual porque van en proporción inversa a las necesidades del Mundo en el que habito.
Por eso me parece vacía y costumbrista esta celebración repetida durante dos mil años. Por eso esta carta va dirigida a Dios, a cuya benevolencia apelo, y a quien quiero descubrir a la vuelta de cualquier esquina.
En el fondo de mi alma, yo sé que mi Dios se funde con el tuyo, con el de todos nosotros. Que mi Dios está presente en cualquier instante o en cualquier lugar; en cualquier persona o en cualquier circunstancia. A veces, acierto a descubrirlo en una mirada, en un gesto, en una solicitud; otras veces se me escapa con la fugacidad de lo cotidiano y sigo enfrascado en mis quehaceres; agobiado con mi carga que me parece la más pesada; insensible a lo que ocurre a mi alrededor.
Y a veces, como ahora, reflexiono ante la inminencia de una colaboración a la que no sé negarme pero en la que quiero ser sincero.
Una cosa es cierta : Cada reflexión es una nuevo paso hacia esa verdad que busco; hacia ese Dios que hoy es seguido por miradas fervorosas y mañana será ametrallado en Ucrania; hacia ese Dios que muere de una forma salvaje e inhumana y que nace en la sonrisa pura de cada nuevo ser.

Querido Dios, te escribo desde los entresijos de mi alma. Pongo sello de urgencia y espero tu respuesta en la forma y manera que estimes oportuno. No dudes que te quiero, aunque a veces no sepa demostrarlo. Recibe la calidez de mi  abrazo. 

miércoles, 12 de marzo de 2014

VERÓNICA (Estampas de la Pasión)

 Jerusalén, amaneció radiante. Nada, en la hermosa mañana, presagiaba los siniestros acontecimientos que se avecinaban.  tan solo hacia occidente  unos pequeños cúmulos rompían en arabescos la uniformidad del intenso tono azul de las primeras horas de aquella jornada.
Madrugadoras, las mujeres que vivían en los aledaños se dirigían hacia el lavadero con las cestas de ropa sobre la cabeza...
-Dicen que es un hombre fuerte y con unos ojos negros que te miran desde el fondo de su ser.
-La madre Heliodora, que le oyó predicar en la montaña, dice que tiene una voz que te tranquiliza; y que sus palabras están llenas de amor.
-Yo lo vi de espaldas y puedo asegurar que un reflejo luminoso rodeaba toda su figura...

Hablaban las mujeres, de aquel hombre a quien llamaban Jesús el Nazareno o Jesús el Galileo -  pues fue en aquella región de Palestina donde pasó la mayor parte de su tiempo predicando en el templo-, que días antes, con motivo de la Pascua, había llegado a Jerusalén acompañado de sus discípulos y montado sobre un asno, y al que salieron a recibir gran cantidad de personas que alfombrando de flores y ramas de olivo su camino, gritaban sin cesar: ¡Hosanna! ¡Hosanna! Bendito el que viene en nombre del Señor.
-Quien iba a pensar, entonces, que iba a ser ajusticiado, dijo una mujer rechoncha que tiraba de un pequeño rezagado.
-Las apariencias engañan, manifestó otra de las mujeres.
Transcurrió la colada entre chascarrillos más o menos atrevidos mientras la ropa era retorcida y vapuleada en la gran pila comunitaria.
-Hoy no nos vamos a perder el acontecimiento, dijo una mujerona en tono festivo
-Mujer, de algo nos tenía que servir vivir en las afueras
.
Era de suponer, según las palabras de las lavanderas, que el recorrido del reo se dirigiría hacia la zona de huertos y tumbas denominada Gólgota, que estaba situada a la salida de la población; era, éste, el lugar en el que ajusticiaban a los condenados a morir en la cruz, por tratarse de  una zona elevada en la que la ejecución podía verse desde una mayor distancia, sirviendo así de escarmiento y ejemplo para quienes tuviesen en mente realizar alguna fechoría.
 Apenas pasaron unas horas, cuando un creciente murmullo se adueñó de la ciudad. El cortejo ascendía con lentitud por la polvorienta calle abarrotada de curiosos. El espectáculo era dantesco; los reos que serían ajusticiados eran tres y cada cual portaba sobre sus hombros la cruz en la que iba a ser crucificado. Uno de los reos iba coronado de espinas y su debilidad era extrema; de su frente, resbalaban grandes gotas de sangre y su cuerpo, maltrecho, se inclinaba hacia el suelo agobiado por el peso del enorme madero. Los soldados impedían cualquier intento de ayuda a los condenados que, con gesto ensimismado, inclinaban la cabeza hacia el pecho intentando conseguir las fuerzas necesarias para terminar la ascensión hacia el Calvario.
Según avanzaba la comitiva, el murmullo iba dando paso a un silencio expectante .Flagelado y atormentado hasta la extenuación, Jesús el Nazareno hacía esfuerzos sobrehumanos por no caer.

Asomadas a las últimas casas de la ciudad, estaban algunas de las mujeres que fueron por la mañana al lavadero; habían puesto a secar la ropa lavada sobre las ramas de unos acebuches que quedaban a la espalda de la casa y aguardaban, impacientes, la llegada del cortejo. El cielo, se había teñido de  unos nubarrones amenazantes y el miedo a lo sobrenatural  iba adueñándose de aquellos impresionados espectadores que nunca habían visto de cerca a aquel hombre del que se hablaban cosas tan dispares.
El trayecto que quedaba para llegar al montículo atravesaba ahora un ejido despoblado, pero aún así, se agolpaban a ambos lados de la comitiva gran cantidad de personas  divididas entre la imprecación  y las súplicas por el más castigado de los reos.
Fue en ese instante, cuando una mujer llamada Verónica, cobró el ánimo necesario para salvar el miedo a los soldados y cogiendo uno de aquellos  lienzos, aún húmedos, sorteó la guardia y se acercó hasta Jesús enjugando su rostro en aquella burda tela.
-¡Eh, tú!- dijo uno de los soldados arrojando con malos modos a la mujer sobre la multitud- ¡largo de aquí!
Apenas pudieron mediar una palabra Jesús y la piadosa mujer, pero sus miradas se cruzaron y ya se sabe que las miradas tienen un idioma propio...
-Mujer, ¿no temes por tu vida?
-¡Santo Dios, perdona lo que hemos hecho a tu hijo!
-Mujer, te guardaré un lugar en mi reino.
-Es un cordero... sus ojos son mansos y su rostro noble...
Aquel instante quedó grabado para siempre en la historia de la Pasión. Y aquel pedazo de tela, con las huellas ensangrentadas del rostro de Cristo, se convirtió en la reliquia más fidedigna del magno acontecimiento.

miércoles, 5 de marzo de 2014

DIARIO APÓCRIFO DE UN CONDENADO A MUERTE. (Estampas de la Pasión)

Hora prima.-

Siento frío. La humedad de esta mazmorra se me cuela en los huesos. Sé que hoy será mi último día. Lo presiento.
De nuevo, el sol, ha roto el denso celaje de las tinieblas y una vaga claridad, inunda el cubículo en el que, junto a otros condenados, aguardo el supremo momento de la crucifixión. Me gustaría poder ver la plenitud de esta claridad que apenas traspasa los angostos tragaluces de mi encierro. Me gustaría respirar a pleno pulmón ese aire de libertad que, graciosamente, se brinda hasta a la más humilde brizna de hierba. Me gustaría abrazar a mis amigos y decirles lo mucho que su compañía significó para mí. Me gustaría mirar de frente a los que me han condenado y entender el porqué de su severo juicio. Me gustaría saber qué ha inducido a uno de mis mejores amigos a entregarme de manera tan alevosa. )Acaso mi actitud hacia él no fue siempre la correcta? Me gustaría saber que esta pesadilla pasará de un momento a otro y que el carcelero abrirá la puerta de la celda pronunciando mi nombre y anunciando mi libertad. Me gustaría llorar de gratitud por quienes, entendiendo su error, vinieran a ofrecerme sus disculpas. Me gustaría...

Hora tercia.-

Mis compañeros de celda bostezan, cantan, maldicen, ríen, suplican... todo de una manera convulsiva; gritan hasta desgañitarse, convencidos de que nadie hará caso a sus manifestaciones. Impresionan sus gritos, pero no les tengo miedo; todos estamos atados, mediante una argolla en el tobillo, a una cadena que nos amarra a la pared de manera insalvable. Pero estoy como aislado del grupo. Ellos lo saben, saben que no soy ladrón, ni asesino, ni salteador de caminos. Lo saben por el abatimiento que me aflige, por la soledad que transmite mi mirada, por la indefensión que demuestra mi sumisión. )Cómo explicarles que así está escrito, que mi destino pasa por el amargo trance de una muerte cruenta?


Uno me mira y se ríe. AUn cordero, parece un cordero@ dice entre risotadas a los demás que corean su ocurrencia. ADéjalo tranquiloA, dice el más cercano a mí, un hombre de larga barba negra, condenado, como todos a la cruz. A)No ves que no es como nosotros?@ Lo miro con agradecimiento. AHoy estarás conmigo en el Paraíso@, digo en voz baja, sin atreverme a desatar las risas de los otros.

Hora sexta.-

Mi corazón está afligido. Por ti, madre, a quien no he podido demostrar todo el cariño que como hijo te profeso, cuando tú has demostrado, hasta la abnegación, de lo que es capaz el amor de una madre. Por ti, padre, que te esforzaste en enseñarme los rudimentos de tu oficio sin terminar de comprenden que mi destino me llevara por otras veredas. Por vosotros, amigas y amigos, discípulos bienamados que me seguisteis sin preguntas y soportasteis a mi lado penurias y privaciones. Mi corazón está afligido porque el Mundo no ha entendido mi mensaje y al condenarme a mí, no sólo desoyen mis enseñanzas, también anulan su esperanza. Mi corazón está afligido porque ha llegado el tiempo de la entrega y aún queda tanto por hacer. Mi corazón está afligido, porque pronto los cerrojos de mi celda se abrirán para llevarme hasta ese calvario en el que la multitud pedirá a gritos mi muerte sin entender que no son mis palabras, sino su incomprensión, la verdadera razón de mi sacrificio. Mi corazón está afligido porque siento el frío de mi noche y no sé si sabré soportarlo con la entereza que se me exige.
Mi corazón está afligido.

Hora nona.-

El escarnio, la humillación, la crueldad, el dolor físico, no son, ya, nada. Estoy aquí, clavado en esta Cruz que las generaciones venideras adorarán, roto por los golpes, extenuado por la sed, agotado por el sufrimiento. Y aún percibo la belleza crepuscular de esta hora final de mi existencia. Como si con ello quisieras, Padre, darme a entender que la perfección está al otro lado, en esa ribera en la que  la vida comienza a tener dimensión de eternidad..
Hubiera podido renunciar a mis creencias, a mis prédicas; dar la vuelta a las adversidades que has puesto en mi camino. Hubiera podido venderme a los poderosos, aceptar sus dádivas, disfrutar en sus cenáculos, gozar de sus placeres. Porque en nada me hiciste distinto a ellos. Pero no hubiera sido digno hijo de mi Padre si no hubiera ejecutado su mandato sin temor a las consecuencias. Por eso estoy aquí, en la cruz de los condenados, para que tu voluntad se vea cumplida a través de la debilidad de mi carne.


Perdónalos, porque no saben lo que hacen. Aunque demuestren seguridad en sus actos, aunque su efímero poder les haga creerse en posesión de la verdad. Aunque sus leyes, promulgadas en base a los intereses de privilegiados dictadores, les impida ver lo injusto de mi condena. Perdónalos, porque no es el odio hacia mí el que les hace dar este paso, sino el miedo a perder sus privilegios, su potestad, su conquistada parcela de bienestar. Al oír que yo anunciaba tu Reino se han removido en sus asientos. Me han tomado por un loco o, lo que es peor, por un conspirador. No han sabido descubrir la trascendencia de mis palabras. Perdónalos, Padre, porque aún no saben lo que hacen.

Final.-

En tus manos encomiendo mi espíritu. Un espíritu fortalecido a base de renuncias, de sacrificios, de voluntad. Hubiera sido fácil sucumbir, pues, como hombre, he sentido miedo, debilidad, deseos de romper tus sagradas ataduras. Pero ya ves, estoy aquí en esta entrega final que me exiges, superados los miedos, consumada mi existencia en base a tus designios. Nada, en apariencia, me diferencia de estos hombres que a mi lado han seguido mi propia suerte . Sólo tu luz dulcifica este instante de soledad en el que voy perdiendo la consciencia...


martes, 25 de febrero de 2014

EL CORTAPELO

Hoy quiero rememorar para vosotros una anécdota no exenta de gracia con el fin de invitaros a la sonrisa o la carcajada, que para todo hay en este relato del que soy el auténtico protagonista.


No sé si esto es un cuento que aspira a ser gracioso, o una gracia que aspira a ser cuento. En cualquiera de los casos, la historia es verídica y el protagonista es el que la cuenta. Con un poco de  mala leche, es cierto, ya que uno tiene cierto sentido del ridículo. Pero como dijo no sé qué torero: Lo que no puede ser, no puede ser. Y además es imposible. Que es como decir lo hecho, hecho está. Y no tiene remedio.
Es el caso que mi amigo invisible tuvo la ocurrencia de regalarme esta última Navidad una máquina para cortar el pelo. Me hizo cierta ilusión pensar que tendría la autonomía suficiente para no tener que depender del peluquero, que no siempre te deja como tú quieres y nunca encuentras tiempo para ir a la peluquería. Pero no puedo negar que también me produjo cierto temor porque mi pelo es fino y lacio y no veía yo muy bien la manera de hacerme un corte de pelo decente. Pensaba yo que ese tipo de máquinas era para quienes tienen el pelo fuerte y les gusta echarse el uno; pero, una vez el demonio en casa, quién se resiste a la tentación
Así que tomando las precauciones habidas y por haber, leyendo y releyendo las instrucciones y, todo hay que decirlo, con la ayuda de mi esposa, hicimos del cuarto de baño salón de peluquería y pusimos manos a la obra. La cosa no salió todo lo bien que yo hubiera deseado, pero con las palabras de ánimo de la concurrencia lo dimos por aceptable.
Es entonces cuando entra en la historia mi hijo Eduardo, que así se llama el pollo, es un tardo/adolescente al que le gusta meter el moco en todas las paellas que se cuecen. Y como él si tiene el pelo apropiado y le gusta echarse el uno, daba la impresión de que  el regalo que  mi amigo invisible me había hecho con tanto esmero, le viniera que ni pintado al niño -según
su madre, el niño, va a ser niño hasta que se case-, que , ni corto ni perezoso se rapó haciendo las delicias de sus amigos que también quisieron probarlo.
Echarle la culpa de lo que me sucedió en la segunda ocasión que intenté cortarme el pelo, al desordenado de mi hijo, puede que sea exagerado, pero a quién si no. Con toda la parafernalia de rigor que la ocasión requería, hice los preparativos para la nueva siega: Me puse sobre los hombros el peinador que por gentileza de la casa viene con la máquinita - peinador al que por cierto le falla el cierre velcro y tengo que sujetármelo con una pinza de la ropa-; puse el peine en el número seis, ya que por mi cara alargada me va mejor el pelo un poco largo y llamé a  mi esposa para que diera comienzo a la maniobra.
-Empieza por detrás y de abajo arriba, le digo, a ver si se igualan los defectos del corte anterior.
Mi esposa, solícita, da la primera pasada y comienza a reír como una posesa. A mi esposa, cuando ríe, se le mueve el estómago como barca en pleno vendaval, única razón por la que noté que se estaba riendo, ya que la muy ladina, hacía ímprobos  esfuerzos para que las carcajadas no la delatasen.
-)Qué pasa?, digo asustado porque noto que el corta césped casi me rebana la piel.
-Que esto está mal, dice riendo ya a cara descubierta.
-Trae, le digo. )Cómo va a estar mal si la he puesto en el número seis? Mira como no está mal, afirmo mientras me doy una pasada por la patilla derecha.
Pero es el espejo en esta ocasión, el que me confirma que algo va mal El espejo y las risotadas que ya no disimula mi adorable esposa.
Fuera de mí, observo la máquina.
-Es imposible, )no ves que está en el número seis? (Mira!
Es entonces, en ese (mira! enérgico, en el que me doy cuenta que a la dichosa maquinita le falta el peine protector. Es decir, la he utilizado como si me hubiera pasado el cero. Más, como una cuchilla de afeitar. Calvo, vamos, como Roberto Carlos.
Con un cabreo que crece por momentos, busco al culpable que me indujo al error.


-¡El cabrón del niño que se lo quitó y luego no lo puso en su sitio! -digo al borde de la desesperación. (Y ahora qué hacemos!.
El ataque de risa de mi mujer, ya es de antología, pero al final, los nervios por la difícil solución del rapado se imponen.
-Habrá que tratar de disimularlo.
-)Pero cómo vamos a disimular este carril en el centro de la cabeza y esta patilla calva?
-Te lo pinto con el lápiz negro de ojos y verás como no se nota.
-Pero tendré que cortarme la patilla de este otro lado para que se queden las dos iguales, digo con un manso conformismo.
Así que aquí estoy: disimulando con carboncillo el destrozo que se ha producido en mi cabeza  y esperando que la naturaleza siga su curso y empareje el desaguisado.
Ahora no sé que excusas le daré al inoportuno, que siempre lo habrá, que me pregunte que qué me ha pasado. Tendré que decirle que me han operado de un tumor, o que me están dando quimioterapia. O es que es consecuencia del disfraz que tuve que utilizar en carnaval...Todo menos decir una verdad tan evidente.
O contarles el chiste de aquel que fue al peluquero y cuando éste le preguntó, )cómo lo quiere?, le dijo: Mire, la patilla derecha me la deja cinco centímetros más alta que la izquierda; por detrás me rapa y por arriba me lo deja largo. Ah, y el flequillo me lo corta a ras de frente.
)Cómo voy a hacerle ese desaguisado? Replica el peluquero con dignidad.)Por quién me toma usted?
No se sulfure, amigo, dice el cliente. así fue como me lo hizo la última vez sin que yo le dijera nada.

O aquél otro que por entablar conversación con el peluquero del que era asiduo, aunque no amigo como se verá, le dice:
-)Sabes, me voy a Roma la semana que viene?.
-)Y eso?, le dice el peluquero con no disimulada envidia.
-Pues chico, a mi mujer que le ha tocado un viaje para dos personas en el Ariel.
-)Y tu te lo crees? Venga hombre, no seas ingenuo que te lo tragas todo. A lo mejor también te recibe el Papa en audiencia, remata el esquilador con una envidia irrefrenable.
Algo mohíno por la impertinencia del barbero, el cliente sale de la peluquería preguntándose: )Será verdad que esto del viaje será sólo propaganda?
A los dos meses vuelve a cumplir con el ritual del corte de pelo.
-Hombre, Manuel, dice jocoso el peluquero. Qué , )ya has vuelto de Roma?
-Pues sí,  ya he vuelto, dice, seco, Manuel.
-(Cuenta, cuenta!, el Papa te recibiría en audiencia, )no?, dice el fígaro en el paroxismo de la envidia.
-Pues sí. Aunque te parezca mentira me recibió en audiencia., Por cierto, que cuando me arrodillé para besarle la mano se fijó en mi cabeza y me dijo: -dime, hijo mío, )quién es el hijo puta del peluquero que te corta el pelo así?

Para concluir, les diré que me lo he tomado a broma. No sé por qué, esto del pelo induce a la risa, será por aquello de que borrico mal esquilado a los quince días emparejado. Ya sólo me quedan diez días para que el dibujo de mi rostro vuelva a tener su envoltura capilar como Dios manda. Hay cosas que duran toda la vida. Y ese sí que es motivo de preocupación.


domingo, 16 de febrero de 2014

CUANDO CORREN LOS RÍOS.

                                                                     I

De esta página que ahora comienzo, sólo tengo el título, bueno, casi siempre es así. Uno intenta decir algo porque se lo ha sugerido la  mirada, la imagen, la charla despaciosa con algún amigo, la búsqueda constante de ese yo interior que pugna por salirse de su encierro. Es así…

Hoy he salido con una intención preconcebida: la de acercarme hasta el río, este río nuestro que llevaba tanto tiempo sin correr y que ahora es constante, si bien algunas veces queda convertido en un tímido hilo de agua sobre un cauce descarnado. Pero hoy no, hoy el agua corre murmuradora, casi cantarina, casi alegre. Le falta, es cierto, el ímpetu de otros tiempos, la sonoridad del caudal completo. Pero es hermoso, y lúdico, y relajante,  detenerse a contemplar el ir de las aguas en pos de su destino. Y uno hace metáfora de esta imagen, y piensa que también es agua en busca de su cauce, en busca de su libertad.

Me he acercado a ese río eterno que sirvió de vida para aquellos primeros moradores que,  a su amparo, construyeron sus rudimentarios refugios; que se nutrieron de su esencia y que dieron lugar a asentamientos que luego fueron aldeas, villas, pueblos o ciudades, dependiendo del mayor o menor grado de afluencia e influencia que el río tuviera sobre el entorno.

En mi paseo, he observado estampas inamovibles, pero siempre nuevas, siempre frescas: el espigón de la torre se recortaba tras los árboles, sobre un cielo azul con un fondo de nubes que, como  espumas surgidas de no se sabe qué océano,  me han llevado hasta ese maestro, Iniesta, que era único pintando estos paisajes, este paisanaje de cielo y luz, y torre y sentimiento.

He regresado lento, despacioso, deteniéndome en conversaciones que, hoy, me parecían necesarias; observando cómo en su ribera  algunos jóvenes se movían al ritmo de una música que llegaba de los coches aparcados con estruendo de discoteca; descubriendo nuevos rincones que, por vistos , pasan desapercibidos; evocando ausencias y nacimientos; sintiendo la armonía que se establecía entre el agua y mi alma. Y me ha surgido el título de este escrito: “Cuando corren los ríos”. Sabía que tenía lo más importante de la página: el título; y que este daría lugar a la claridad de pensamientos, a la palabra precisa para llegar a aquello que pretendía, que pretendo: fluir de las profundidades de ese venero en el que todos, de alguna manera, nacemos a la vida.

                                                                    II

Puede que el título de esta página de para más. El río es la metáfora por excelencia: nuestra sangre es un río, nuestra vida es un río, nuestros sueños, nuestros proyectos, nuestras ilusiones, son ríos de mayor o menor recorrido, pero ríos al fin desembocando en un inmenso océano. Nosotros, como el agua, vamos labrando nuestro cauce. Con voluntad, con seguridad, con firmeza; hasta el extremo de creer que este cauce nos llevará hasta un lugar de remanso en el que se acabarán todas nuestras desdichas.
Porque somos de agua,vamos hacia los ríos de lo eterno. Hablamos del origen, llegamos más allá de lo posible, prometemos amores más allá de la muerte, soñamos con idílicos parajes que acaso recorremos sin saberlo. Buscamos esa dicha que imaginamos cierta, donde ya ni el dolor ni las miserias podrán amedrentarnos.
Somos ríos ¿quien puede ponerlo en duda? Pequeños afluentes sorteando escarpadas superficies con una lucha intrépida; cruzando por extensos pajonales, bucólicos y perezosos; salvando desiguales altitudes con un arrojo casi temerario. Todo con ese fin preconcebido de descubrir el punto en el que la felicidad nos haga ingrávidos, y gocen los sentidos como nunca; y vuele el pensamiento en libertad, sin miedo a represalias...
Definitivamente, somos ríos en curso hacia el misterio.

                                                               III



¿ Ha sido una ilusión ? . Hoy , hablaba por teléfono con un amigo catalán , viajante de tejidos y su pregunta ha sido ¿cómo sigue la Mancha?; para afirmar seguidamente : en mi último viaje , la Mancha era la tierra más bonita que he visto nunca.

La Mancha, que en esta época estival , vuelve a estar seca y desolada , fié, después de las generosas lluvias del pasado invierno con las que la primavera brotó esplendoroso , un mágico espejismo que transportó a los oriundos , a lugares de ensueño. Paisajes propios de un cuadro de Van Gogh - rojos, amarillos, verdes, lilas...campos enteros de amapolas ; abigarrada profusión de florecillas en caminos, cunetas y en las más insospechados promontorios , - hasta de las piedras brotó la naturaleza- daban una calidez inusual a este páramo seco y penitente.

La Mancha , descarnada, desolada , olvidada ,castigada... ha vuelto a sonreír con una sonrisa multicolor y generosa ; con una sonrisa de desposada en trance , que difícilmente recordábamos quienes la sufrimos . Y digo sufrimos , convencido del vocablo que utilizo , porque sufrir es querer. Y a la Mancha se la quiere , pero se la sufre : en estas tardes de calor insoportable ; en esta desolación de cepas amontonadas ; en este letargo de días repetidos , de paisajes áridos , de pozos abandonados...

La Mancha es mucho más ; está Ruidera , con sus lagunas recuperadas , y Anchuras, y Cabañeros, y las Hoces del Cabriel , y el Valle de los Perales . Por la Mancha corren ríos generosos que crean bellos parajes . Pero esta otra Mancha reseca y calcinada por la que el desierto avanza , ha sido capaz de dar un quiebro a la sequía, y en un alarde de entrega nos ha mostrado una nueva imagen como queriéndonos decir que aquí también es posible tener esperanza.

Pero el espejismo ha pasado ¿Ha sido un sueño ?. Parece que no ; todavía nos queda un testigo del fugaz esplendor : Nuestro río Azuer que aún sigue remontando caricias olvidadas ha poblado sus riberas de carrizos , juncos , eneas...y sus aguas , tímidas e inseguras están llenando los veneros de un acuífero esquilmado durante terribles y largos años de sequía.

Sí ; nuestro pequeño río aún corre , para regocijo de unas generaciones que no lo habían conocido y lleva sus aguas a ese otro río caudaloso y fuerte que , celoso de su propia imagen , se esconde bajo la tierra en un místico arrebato de pudor : El padre Guadiana.

Ojalá que los efectos de esta incipiente metamorfosis sirvan para que la Mancha recupere una imagen de prosperidad y que sus pueblos blancos , que sestean amodorrados por este tórrido sol de Julio , despierten de su letargo y en profusión de manos se entreguen , como saben, a la hermosa tarea de mantener su identidad.
Para que nunca más tengamos que preguntarnos; ¿Ha sido una ilusión ?...


jueves, 6 de febrero de 2014

SUEÑOS


Cuando Víctor se contemplaba en el amplio espejo de su cuarto de baño, se veía hermoso. Era un hombre de unos treinta y ocho años, de rostro agradable , pelo negro encrespado , ojos como el azabache que sonreían pícaramente cuando los cruzaba con los de alguna guapa moza -porque Víctor era mujeriego hasta el delirio- , dientes de anuncio de dentífrico que enseñaba pródigamente en una risa franca y contagiosa ... Y un lunar - marca de la casa- en el lóbulo de la oreja  derecha que a saber porqué tenían todos los varones de su familia.
En su recorrido matinal frente al espejo contempló su recia musculatura, sus proporcionadas medidas que denotaban un esforzado trabajo de gimnasio , la elasticidad de sus tendones, dibujados a lo largo de todo el cuerpo... Decididamente, Víctor , se sabía hermoso y se preocupaba por mantener esa donosura corporal.
Como cada mañana,  preparó las tostadas  untadas en queso y miel, mientras  escuchaba en la radio a su cantante preferido , Juan Manuel Serrat - al que imitaba con verdadera maestría- y miraba, levantando el visillo de la ventana de la cocina , hacia la terraza del ático C, donde su vecina , en ajustado maillot, hacia unos ejercicios de aeróbic de sensuales movimientos. Víctor se relamía -es de suponer que por la miel - y sus ojos de fauno, chispeaban jubilosos mientras una sonrisa de íntima satisfacción inundaba su rostro.
Podía decirse que la vida había sonreído a Víctor en términos generales; disfrutaba de un hermoso ático en una zona tranquila de Madrid; tenía un trabajo -nada rutinario- por el que se consideraba bien pagado y que le dejaba bastante tiempo libre, tiempo que utilizaba en visitar museos, o en hacer excursiones en metro y autobús hasta los confines de la ciudad descubriendo un Madrid distinto en cada una de ellas; un Madrid que le fascinaba por su heterodoxa complejidad y del que no se marcharía por nada del mundo a pesar de que las grandes ciudades tuvieran ahora, villanos detractores y estuvieran contaminadas en exceso. Recordó -eran frecuentes esos recuerdos últimamente- aquellos tiempos de su infancia en aquél pequeño pueblecito manchego,  en el que sus padres,  humildes labradores, se ganaban con dureza un exiguo sustento que apenas cubría las más primarias necesidades. Ya entonces, Víctor se sentía distinto; algo , en su corta edad, le advertía  que él era especial. Era inútil que su padre, un rudo labrador, intentase hacer de él otro rústico al uso sin más conocimiento que las cuatro reglas aprendidas en los inviernos lluviosos -aprovechando ese tiempo en el que no se podía trabajar en el campo- y una dificultosa manera de juntar las letras que quería parecerse a saber leer.
Fueron, después,  los primeros años de su juventud difíciles de asumir; Víctor comenzó a darse cuenta de su entorno y de las limitaciones que a su peculiar personalidad le iban a suponer aquellos estrechos horizontes  entre gentes zafias y jóvenes condenados, desde su nacimiento, a llevar una vida anodina y vulgar.
Fue una mañana lluviosa y triste la que Víctor escogió para abandonar su pueblo. Atrás iba quedando, difuminada en la linea del horizonte , la silueta de la esbelta torre emergiendo sobre el puñado de casas de planta baja que configuraban la aldea; atrás quedaban unos padres que quizás no entenderían esta huida -escuetamente aclarada en una nota de torpe letra sobre un rugoso papel de estraza-,  pero que pronto volverían a enfrascarse en sus tareas intentando convencerse de que estas cosas pasan y que después de todo, Víctor, pertenecía a otro mundo...


Una nueva mirada tras el visillo, le devolvió a una realidad mucho más confortable. Ahora Víctor  se sentía feliz, había triunfado. Tal vez era un triunfo inusual,  pero a él le llenaba de legítima alegría. Su titánico esfuerzo para hacerse a sí mismo había dado unos resultados óptimos.  Desde aquellas frías noches de estaciones y bocas de metro; desde aquellos refugios para indigentes en busca de unas migajas de calor humano, Víctor,  había conseguido un lugar en la vida; un pequeño lugar en el que sentirse digno y respetado.
Fue en un programa de televisión -pionero en acercar lo anecdótico a las pantallas -donde Víctor de forma ingenua y espontánea se asomó a millones de hogares pidiendo una oportunidad para ser en la vida. Su tremenda disposición, su rostro franco y la vehemencia de sus manifestaciones le granjearon simpatías que nunca  antes había conseguido; y, lo que fue decisivo, algunas ofertas de trabajo que le permitieron iniciar una nueva etapa de su vida.
Se decidió  por la oferta que mejor iba con su personalidad extrovertida y comenzó a trabajar de camarero en un bar de la calle Atocha; con el primer anticipo de salario, pagó una pensión modesta en la calle Mesón de Paredes, donde una mujer, entrada en años ,  se esforzaba en dar a aquél lúgubre lugar una remota sensación de hogar.
Lejos de amilanarse, Víctor se consideró afortunado;  aquello era el comienzo que tanto había deseado. Desde aquél instante, se apresuró a desarrollar unas aptitudes naturales que se fueron encauzando gracias a su enorme tesón. En su modesto cuarto -una habitación interior con un ventanuco en el techo por donde la luz se tamizaba en penumbra- hurtando al sueño infinidad de horas, Víctor comenzó a leer de manera desordenada todo lo que se ponía al alcance de sus ojos; hasta que poco a poco, su cerebro fue desarrollando los mecanismos precisos para seleccionar las lecturas más acordes con sus propósitos. De esta manera , y aún a riesgo de ser reprobado cada noche por aquella voz regañona: -Esa luz ,muchacho, ¡apágala de una vez ! - iba descubriendo un mundo maravilloso en aquellos hermosos relatos que su cerebro febril , grababa de forma indeleble. Paralelamente, comenzó a emborronar cuartillas con una torpe letra que, poco a poco, fue adquiriendo rasgos de acusada personalidad. Y en un cuaderno, a manera de diario, fue  escribiendo sus impresiones, sus sueños, sus desánimos, sus propósitos...
Sonreía Víctor frente al espejo del pasillo y el azogue le devolvía la sonrisa de un hombre feliz; el reloj de pared dio las campanadas -en forma de conocida melodía - de las nueve y media; solo faltaba una hora para le entrevista con aquél periodista -el Loco de la Colina creía recordar que le llamaban- que quería entrevistarlo en su programa de media noche. Este sería el colofón y el reconocimiento a su particular trayectoria vital...


No pudo evitar, en este punto,  recordar la mirada fija de aquél hombre que una mañana de Domingo -hacía ya diez años - le abordó de manera directa mientras secaba las cucharillas del café.
- Muchacho, ¿Quieres ganar dinero?
- Qué pregunta ¿Y quién no?  -dijo Víctor , ojo avizor.
- Ven a verme a esta dirección el día que libres, dijo el hombre alargándole una tarjeta, de la misma manera que él había visto hacer  en algunas películas.
Aquello le pareció extraño, pero avivó en él unos deseos largo tiempo  adormecidos por esta situación estable a la que se había acostumbrado y que le permitía ir saliendo con relativa comodidad.
El miércoles era su día libre. Muy temprano se levantó para ir a aquella dirección en las afueras de Madrid. Era una casa grande rodeada de jardín, donde un hermoso ejemplar de pastor alemán daba furiosos ladridos avisando de su presencia.
-¡Calla Yaco! -reprendió aquél hombre con voz autoritaria-. Entra, dijo franqueando la verja.
Aquél hombre hablaba claro y conciso. El trabajo era duro y arriesgado -pero estoy  convencido , muchacho , de que tienes las aptitudes necesarias-...


Su cabeza era un torbellino. Esto era lo que él había soñado desde el día en que , siendo niño,  su padre lo llevó a la feria del pueblo vecino a ver aquél espectáculo,  que todavía recordaba, soberbio.
Dijo adiós al bar y a las gentes que le habían ayudado en sus comienzos. Víctor era un hombre agradecido y había cogido cariño a aquél matrimonio que siempre le trató con respeto. Pero el gusanillo que se había despertado en su interior era superior al compromiso contraído en los últimos años con aquella buena gente. Por otra parte, su sentido de la responsabilidad le afirmaba que no le  habían regalado nada, que todo se lo había ganado con su trabajo serio y profesional. Y que si ahora había llegado el momento de comprobar si era capaz de lograr otras metas, no debía renunciar a intentarlo.
Fueron meses de intensa preparación, de entrega ilusionada, de esfuerzo desmedido. Aquél trabajo, prometía un cambio decisivo en todos sus esquemas. Era tan distinto, tan completo, tan creativo, que no podía imaginar nada más gratificante.
Se integró en un equipo ( cuadrilla la llamaban ) con el que entrenaba incansablemente en un amplio recinto de aquella casa grande; pronto, dada su natural condición física destacó sobre los demás.
Bravo  muchacho -le dijo un día aquél hombre que nunca le llamó por su nombre; ya estás preparado. El próximo Domingo toreamos en Manzanares...
¡Manzanares!. Ese era el pueblo al que su padre lo llevó cuando era un niño a ver aquél soberbio espectáculo que tan honda impresión le causó. Y ahora, él, iba a torear allí de primera figura...
El Domingo lució un sol espléndido. La plaza estaba abarrotada de un público entusiasta que esperaba con impaciencia el inicio del espectáculo.
Víctor y su cuadrilla, vestidos de luces , iniciaron el  paseíllo de rigor hasta llegar al palco presidencial. El presidente dio su permiso para que comenzara el espectáculo. Sonó el clarín...


El timbre del teléfono le devolvió a la realidad. - Dígame...
-Soy la secretaría de programación de TVE Le recuerdo que está Vd. citado con  el Sr. Quintero a las diez y media de hoy, dijo  la voz de tono impersonal.
-No lo he olvidado, respondió Víctor. Ya salía para allá.
Salió a la calle seguro de sí mismo; un tanto vanidoso -pecado al que aún no había sabido sustraerse -. Pronto el tráfago de Madrid lo engulló sin miramientos.
- Taxi...
Habían transcurrido diez años desde aquella mañana de Domingo que cambió su vida. Su nombre había adquirido un prestigio que le acreditaba como uno de los mejores en su especialidad. No había feria que se preciara que no contratara a "Víctor el mancheguito". Y ahora esa entrevista...


Buenas noches , les habla Jesús Quintero desde su programa " El Perro Verde ". Como todos los jueves a esta hora, traemos hasta Vds., personajes curiosos, intrépidos, originales ; personas que han triunfado en alguna faceta de su vida a pesar de su destino. Nuestro primer invitado de esta noche es " Víctor el mancheguito ", el más espectacular torero cómico de todos los tiempos...


La cámara ofreció un primer plano de Víctor,  perdido en aquella silla en la que sus pies colgaban, acentuando aún más su pequeña estatura...

lunes, 3 de febrero de 2014

ÚLTIMO TRAYECTO

Cruzaba las palmas de las manos y las ahuecaba de modo que se formara una concavidad, cerraba con los dedos cualquier posible fuga por la que el aire pudiera escapar y soplaba por el pequeño orificio que, a la altura de la falange, dejaban los pulgares unidos longitudinalmente. El sonido que se producía era similar al silbido del tren, aquel silbido que, cuando la mañana estaba buena, traspasaba el silencio de los campos y llegaba con nitidez hasta su oído.
Por aquel  entonces, el zagal, no había visto de cerca un tren. Lo había visto, sí,  cruzando la extensa llanura manchega como un monstruo fantástico; conocía su sonido, que el eco repetía insistente, y sabía modular, con la lengua pegada al paladar anterior como  si fuera a pronunciar la letra ch, el ritmo uniforme de su marcha. Pero eso era todo lo que sabía sobre aquel misterioso ingenio. Eso, y que los destellos con que el sol irisaba los cristales de las ventanillas eran la frontera entre su triste realidad y sus tímidos sueños.
Porque, cuándo él, un pobre zagal que pastoreaba parte de las ovejas de un hacendado ganadero desde que el sol hacía acto de presencia a través del angosto tragaluz de la humilde casucha que, en la majada, servía para albergar a los pastores, hasta que se ocultaba tras las sierras de Villarrubia,  iba a tener ocasión o motivo para subir en aquel artilugio ruidoso. Cuándo, un ignorante muchacho, que apenas había tenido oportunidad de ir a la escuela y que difícilmente unía las letras para escribir su nombre, iba a poder zafarse de aquella forma de vida  para la que estaba predestinado como la había estado antes su padre y mucho antes su abuelo, porque ser pastor era el oficio de los suyos y lo demás, pertenecía, como las secuencias de esas películas que anunciaban en las carteleras del cinematógrafo a otro mundo.


El ladrido del perro lo sacó de su embeleso; mecánicamente lanzó una piedra contra algunas de  las ovejas que se habían puesto a pastar en la siembra lindera. Acto seguido,  sacó del zurrón la hogaza de pan blanco y el untuoso tocino que, como todas las mañanas le serviría de almuerzo. Recostado sobre el cayado, como sólo pueden hacerlo los pastores, comenzó a dar buena cuenta del frugal  condumio, ajeno por completo a sus anteriores reflexiones.
Pero cuando al día siguiente, el tren volvía a asomar por los predios de su pastoreo el zagal no podía evitar aquella punzada que era como el aviso despótico del amo diciéndole: ANo te hagas ilusiones, tú has nacido para pastor, como tu padre@.
@ Pero alguien lo guiará@, se oyó decir una vez rompiendo el borbolleo de sus pensamientos. AAlguien tendrá que ir pendiente de que no se salga de las vías, o de frenar cuando llegue a alguna estación@.
Sin saber bien por qué, o aún sabiendo que aquello era uno de esos sueños imposibles, tan imposible como el de tener una bicicleta verde como la de Julianón, el hijo del amo, aunque fuera de tercera mano y hubiera  que arreglarle el sillín o la cadena, en su mente se iba haciendo firme la idea de ser conductor de trenes. No era consciente de cómo podría salir de su actual situación para llegar a ese destino que en algún lugar de su cerebro estaba tomando cuerpo. Tenía claro que necesitaría ayuda y que esta no llegaría de ninguna de las personas con las que compartía su cotidiana existencia, bien por egoísmo o bien porque nunca lo miraron con excesiva simpatía. Desde ese mismo instante supo cuál sería su reto el resto de su vida: ser maquinista. Se imaginaba cruzando las tierras de España y saludando a todos los pastorcillos que viera en su camino; se imaginaba vestido con su traje azul marino de botones dorados, su gorra de visera, su bigote bien perfilado (porque para ser maquinista habrá que dejarse el bigote como seña de autoridad), cruzando sierras, valles, lagos, grandes desfiladeros por los que su tren se deslizaría como una sinuosa serpiente de cascabel en busca de una presa a la que nunca lograba alcanzar.

 A(Maquinista!@, pensó con firmeza. )por qué yo no voy a poder ser maquinista? 

Sólo quien ha sentido la obligación de madurar por sí mismo sabe de lo que es capaz el alma humana, de la fortaleza que encierra, del tesón que pone en alcanzar sus propósitos. Juan, justo es que conozcamos ya el nombre de nuestro protagonista, era de esa pasta; todo en su aspecto denotaba al voluntarioso hombre que llegaría a ser. Sólo necesitaba que alguien le indicara el camino a seguir. Era diligente, despierto, esforzado, tenaz, cualidades estas, suficientes para descubrir nuevas veredas, nuevos modos de vida más acordes con sus inquietudes. )Pero cómo?
Todo transcurre por cauces más o menos establecidos, pensaba Juan, sin saber que lo pensaba: el agua de los ríos, el apareo de las perdices, las estaciones climatológicas,  las cosechas, incluso el recorrido de las piedras que lanzaba con su honda para retornar al rebaño la oveja descarriada, eran fruto de unas constantes: destreza y fuerza, que las impelían hacia el lugar deseado. )Cómo no iba a existir un camino, una luz que disipara sus tinieblas interiores y le abriera esos horizontes presentidos?


Se lo dijo a su madre una de las veces que bajó al pueblo para procurarse el hato y renovar la muda. La mujer lo miró entre sorprendida e incrédula, con un punto de admiración en su mirada mansa, acostumbrada a que las cosas fuesen como habían sido siempre: antes,  cuando vivía su marido, y ahora que el hombre descansaba en la paz del camposanto y  su Juan, el zagal al que apenas pudo llevar al colegio, había ocupado el puesto del padre. Algo en su interior le decía que aquello no era vida para un niño, que su hijo era listo y podía aspirar a algo más, pero eran reflexiones que no conducían a ninguna parte dada la precariedad de su situación económica. Por eso, cuando Juan, con gesto decidido, le había contado su propósito, sintió un legítimo orgullo recorriendo su sangre y miró hacia el retrato del hombre que presidía la humilde sala como preguntando )y tú que dices a esto?
Alguna corriente debió transmitirse entre aquel inane retrato y la apocada  mujer, pues, poniendo una mano sobre el hombro del hijo y mirándolo con gesto resuelto, dijo: ADice tu padre que lo intentemos@.

Don Leandro, el viejo maestro que durante unos meses dio clases a Juan antes de que los acontecimientos que impidieron la continuidad de las mismas se  precipitaran , era un hombre bondadoso, algo que denotaba su semblante y se percibía en sus palabras. Cuando tras el fallecimiento del padre, el niño tuvo que contribuir con su trabajo al sustento del hogar, y la madre, compungida, decidió que debía  abandonar el colegio, D. Leandro suspiró y dijo:@lástima de muchacho, con lo que vale@.
@Es la vida@, dijo la madre apenas sin aliento.

Era la vida. Una vida que casi nunca era justa; una vida en la que los que no tenían recursos estaban condenados a seguir sin recursos; una vida que cada cuál vivía de puertas para adentro y en la que los problemas ajenos eran eso: ajenos, lejanos. Lamentable, sí, pero )qué se podía hacer si resolver los propios ya era difícil cuestión? Era la vida.
Pero ahora había comprendido que era necesario enfrentarse a esa vida. Y si alguien podía poner alguna luz en aquella mente ignorante, ese sería Don Leandro. Resuelta, la mujer se dirigió a la casa del señor maestro. Sabía que en la vida surgen ocasiones, circunstancias, detalles que son irrepetibles, que no se pueden dejar de perder. Y este gesto de su hijo era una de esas circunstancias.


Don Leandro asentía cuando la mujer, con vehemencia, le manifestaba los deseos del muchacho: AY he venido a verle a usted porque sé que le tiene ley al zagal, que ya me dijo usted cuando tuve que sacarle de la escuela que era una lástima. Lo malo...- dudó la madre-, es que no sé como voy a pagarle si usted está de acuerdo en enseñar a mi Juan. Puedo venir a limpiarle la casa dos veces por semana. Puedo...@
AVamos a hacer una cosa, dijo Don Leandro tomando las riendas de la situación. Lo primero será hablar con el amo, que no es mal rucio. Tenemos que convencerle para que, dos días a la semana, lo deje bajar al pueblo. Si somos capaces de convencerlo, que lo dudo, empezaremos desde el principio; yo le prestaré los libros a su hijo y le orientaré en las lecciones; si veo que su progreso es bueno, no le cobraré nada hasta que él, no importa cuándo, me lo pueda pagar. Y ahora dejemos correr los acontecimientos@.
No dijo nada la mujer. Podía haber dicho Dios se lo pague, es usted un santo, ay si viviera mi marido. Pero no acertó a decir nada. Pugnando por evitar las lágrimas que inundaban sus ojos miró al maestro como si en él viera reflejada la venerada imagen del Santo Patrón.

-(Que no, Don Leandro, que he dicho que no!
-Pero vamos a ver, Lucas, volvía insistir el maestro ante el ganadero, )qué interés tienes tú en que el muchacho sea un analfabeto de por vida?
-Para ser pastor no hace falta tener cultura.
-Para ser un pastor inculto, querrás decir, porque lo que no está escrito en ningún sitio es que un pastor no pueda ser una persona cultivada.
-Yo me entiendo. La gente debe saber de aquello en lo que trabaja. Lo demás son adornos que no valen pa ná .

-Entonces )por qué a tu hijo Julián lo mandas al colegio?
Calló el ganadero como pillado en falta. Aún quiso porfiar.
-Lo de mi hijo es distinto. Tiene que manejar una hacienda y se está preparando para ello. Y ni eso sería necesario. Yo he conseguío tó lo que tengo sin apenas saber leer ni escribir. Trabajar es lo que hace falta, trabajar sin hiel como yo he trabajao desde mu chiquitillo.
-Sólo te pido que lo dejes bajar al pueblo dos días a la semana, los que tú consideres que perjudicarán menos su trabajo. Y si su rendimiento baja, o no cumple con sus obligaciones como lo está haciendo hasta ahora, daremos por zanjado este asunto.
-(Un día! (Y no se hable más! -dijo Lucas de forma tajante al advertir que Don Leandro iba a volver a las andadas.
Hoy puede parecer imposible una conversación de estas características, en la que una persona pueda erigirse en amo de alguien y disponer de su vida a cambio de un salario miserable. Pero estamos hablando de una época oscura en la que la ignorancia, siempre temerosa, se doblegaba ante el poderoso. Eran los Niños Yunteros que cantó Miguel Hernández con palabras nacidas de la rabia y la pena.
Pero para Juan empezó una nueva vida. Su ilusión por saber, ponía alas a sus pies que volaban por el pedregoso camino que conducía al pueblo. En  el umbral de la casa de Don Leandro,  arrugó la boína y se la guardó en el bolsillo de la raída chaquetilla de dril. Llamó con timidez.
-Hombre Juan, pasa...


Fueron años duros; no era fácil compaginar trabajo y estudio; máxime cuando el trabajo requería un gran esfuerzo físico y el estudio eran horas robadas al necesario y reconfortante sueño. Pero Juan no desfalleció. El silbido del tren era su acicate, la puerta en la que su destino se abría de par en par. Estudió con ahínco y a la par que su cuerpo, creció su conocimiento. Don Leandro no salía de su asombro, sabía que el muchacho valía, pero aquello era mucho más de lo cabía esperar en alguien con una dedicación tan limitada.


Sentado en el pequeño jardín de su casa adosada, el anciano cruzaba las palmas de sus manos y las ahuecaba hasta formar una concavidad , juntaba los dedos pulgares en paralelo y dejaba un pequeño orificio a la altura de las falanges, por el que soplaba emitiendo un sonido similar al del silbido del tren. Juan, el viejo, Juan, jubilado de RENFE con la honrosa categoría de maquinista, no pensaba en los viajes, siempre sorprendentes, que hizo a través de todo el territorio español. Tenía miles de anécdotas grabadas en su memoria; anécdotas que iban desde la máquina de vapor hasta el tren Talgo; desde los eternos viajes con paradas en todas las estaciones del recorrido hasta la prodigiosa velocidad de los que sólo paraban en las principales estaciones; desde su iniciación en RENFE como soldado tras aprobar aquellas pruebas para las que se estuvo preparando durante toda su juventud, hasta los distintos exámenes para acceder a los cargos por los que fue ascendiendo hasta el escalafón soñado; desde las lecciones y consejos del bueno de D. Leandro hasta los libros especializados en la materia por la que iba a opositar; desde las noches en la majada, luchando contra el sueño bajo la mortecina luz del candil, hasta aquellos años de pensión en Madrid con habitación individual y tiempo disponible para ampliar sus estudios; desde la reprimenda del amo cuando comprendió que aquel zagal, al que ojalá no hubiera consentido tanto,  iba a levantar el vuelo y, por lo tanto, se iba a quedar sin un buen pastor, hasta las lágrimas de su madre, temerosa siempre de la velocidad de vértigo de aquellos enormes artilugios y vieja ya para soportar la separación de quien había sido durante toda su vida su única compañía; desde aquella foto de niño andrajoso y cetrino, hasta esta que presidía el salón de su casa y  en la que se apreciaba a un distinguido señor de blancos cabellos y esmerado bigote; desde aquella juventud que nuca disfrutó hasta este momento sereno en el que los frutos de su paso por la vida eran la justa recompensa a sus muchos desvelos Sí, Juan tenía tantas anécdotas, tanta vivencias, que bien podría escribir un voluminoso tomo de memorias. Pero para Juan, el recuerdo más nítido, el único que verdaderamente merecía el esfuerzo realizado, era el de aquellas mañanas de pastoreo en las que el tren asomaba su estela de humo por el horizonte e iba avanzando hasta hacerse sonido y presencia en los ojos de un niño que, desde ese momento, comenzó a soñar que todo podía ser distinto.