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martes, 16 de agosto de 2016

TIENDAS CON SABOR.

TIENDAS CON SABOR.-

                                                           Para Antonio Noblejas Fernández-Vázquez
Propietario del comercio en el que inicié mis primeros pasos     

Mi corazón es una tienda. No lo había pensado nunca, bueno, casi nunca. Sólo cuando coloco sus estanterías (las del corazón) y observo la perfecta armonía de su bombeo a todo color; o cuando al desplegar una tela veo que esta  cobra una vida que no tiene y que no es otra que la transmitida a través de mi sangre. Ya sé que un corazón y una tienda no tienen elementos comparativos. O sí, vaya usted a saber por qué, si no, se me ocurren a mí estas reflexiones. Por poner un ejemplo de todos conocido: Pinocho sólo vivió en el corazón de Geppeto y sin embargo la historia del muñeco de madera que habla y al que le crece la nariz si dice mentirijillas se hizo universal. Todo es cuestión de fe, de tener el convencimiento necesario para creer que lo que pensamos es posible...

Tendría yo catorce años y un futuro poco esperanzador cuando mi madre habló con un comerciante del pueblo por si necesitaba un muchacho. Y sí, por abreviar en este punto, sí lo necesitaba. Así que le de la noche a la mañana me vi desempeñando funciones de aprendiz en aquella tienda de tejidos que, ya por entonces, era un referente en el pueblo. Eran estas a saber: limpieza diaria del suelo a base de agua y serrín; encendido de la calefacción con el correspondiente cernido de carbonilla  para conseguir alimentar la estufa unos días más, limpieza de cristales, recados y recogida de paquetes en la estación; entrega a domicilio de mercancías, organización de trastienda, control de existencias, práctica en plegado de telas que previamente se desliaban de su plegador; dar un buen repaso al polvo mediante los zorros –instrumento que consistía en unas tiras de material flexible atadas a un mango-; cosido de etiquetas en la cabecera de las piezas; colocación de estantes en perfecta simetría y todo aquello que uno pueda imaginar que se le podía encargar a un aprendiz , como ir a por el “cierratejaos” - artilugio inexistente que alguien avisado se encargaba de tener metido en un saco a ser posible con bastante peso- a la carpintería o al taller más alejado del pueblo y con el que se hacía el recorrido de ida y vuelta a la ingenuidad.

Pero por encima de todo, aquel lugar era mágico. Una tienda nunca es igual, cambia de un día para otro según los artículos recibidos o la colocación que se les de;  recuerdo cómo en aquella cambiaban los colores, las texturas, los espacios, la luz, o la resonancia de las voces. Pero era a la llegada de las clientas cuando la tienda tomaba su exacta dimensión. La oferta y la demanda estaban supeditadas al conocimiento mutuo: El cliente sabía lo que buscar en aquella tienda y el comerciante sabía qué ofrecer a sus clientes - ya amigos por el continuado trato-. Así las transacciones eran rápidas, fiables y del agrado del consumidor.

Los aprendices mirábamos aquel trajín retirando lo no necesario y acercando lo que los mayores nos solicitaban con prontitud y eficacia, con el encendido deseo de que en uno de esos momentos de prisa, se nos requiriese para realizar también las operaciones de venta que pudiesen estar a nuestro alcance.

Y sin darnos cuenta, y pasados unos años, los aprendices éramos expertos vendedores, conocedores de la clientela y de los entresijos del arte de vender que era algo más que la simple estrategia de dar y tomar. Porque vender suponía gracejo para ganarte a la clienta; un saber estar a caballo entre la  prudencia y el exceso de  confianza;  habilidad para conseguir buenas ventas - esto entraba ya dentro de las cualidades propias de cada vendedor-;  siempre se podía ofrecer algún otro producto acorde con lo vendido anteriormente; por ejemplo si se habían vendido sábanas se podía ofrecer tela para la funda del colchón; si un vestido, el forro; si unos pantalones de pana, una blusa de dril... el caso era redondear la venta para sentirse uno satisfecho con el propio desarrollo profesional.


Nunca habrá mejores escuelas de formación  que aquellos genuinos establecimientos en los que, avezados vendedores, con todo el saber del mundo sobre sus huesos te transmitían sus conocimientos de manera natural. Lugares casi sagrados en los que todo era un ritual; desde el buenos días a la llegada del jefe  que  siempre estaba allí cuando los demás llegábamos, hasta el quiere usted alguna cosa, pregunta cortés y retórica que se hacía al despedirnos, fuera mañana o tarde.


Y así el corazón se iba esponjando y convirtiéndose en una parte más de aquel especial entramado. Yo no sé cuándo el mío comenzó a parecerse a una de esas reliquias, hoy desaparecidas. Se que un lugar no muere si la memoria lo cobija. Y sé que en lo referente a aquel lugar, tengo buena memoria. 

lunes, 21 de marzo de 2016

DIARIO APÓCRIFO DE UN CONDENADO A MUERTE.



Hora prima.-

Siento frío. La humedad de esta mazmorra se me cuela en los huesos. Sé que hoy será mi último día. Lo presiento.

De nuevo, el sol, ha roto el denso celaje de las tinieblas y una vaga claridad, inunda el cubículo en el que, junto a otros condenados, aguardo el supremo momento de la crucifixión. Me gustaría poder ver la plenitud de esta claridad que apenas traspasa los angostos tragaluces de mi encierro. Me gustaría respirar a pleno pulmón ese aire de libertad que, graciosamente, se brinda hasta a la más humilde brizna de hierba. Me gustaría abrazar a mis amigos y decirles lo mucho que su compañía significó para mí. Me gustaría mirar de frente a los que me han condenado y entender el porqué de su severo juicio. Me gustaría saber qué ha inducido a uno de mis mejores amigos a entregarme de manera tan alevosa. )Acaso mi actitud hacia él no fue siempre la correcta? Me gustaría saber que esta pesadilla pasará de un momento a otro y que el carcelero abrirá la puerta de la celda pronunciando mi nombre y anunciando mi libertad. Me gustaría llorar de gratitud por quienes, entendiendo su error, vinieran a ofrecerme sus disculpas. Me gustaría...

Hora tercia.-

Mis compañeros de celda bostezan, cantan, maldicen, ríen, suplican... todo de una manera convulsiva; gritan hasta desgañitarse, convencidos de que nadie hará caso a sus manifestaciones. Impresionan sus gritos, pero no les tengo miedo; todos estamos atados, mediante una argolla en el tobillo, a una cadena que nos amarra a la pared de manera insalvable. Pero estoy como aislado del grupo. Ellos lo saben, saben que no soy ladrón, ni asesino, ni salteador de caminos. Lo saben por el abatimiento que me aflige, por la soledad que transmite mi mirada, por la indefensión que demuestra mi sumisión. )Cómo explicarles que así está escrito, que mi destino pasa por el amargo trance de una muerte cruenta?


Uno me mira y se ríe. AUn cordero, parece un cordero@ dice entre risotadas a los demás que corean su ocurrencia. ADéjalo tranquiloA, dice el más cercano a mí, un hombre de larga barba negra, condenado, como todos a la cruz. A)No ves que no es como nosotros?@ Lo miro con agradecimiento. AHoy estarás conmigo en el Paraíso@, digo en voz baja, sin atreverme a desatar las risas de los otros.

Hora sexta.-

Mi corazón está afligido. Por ti, madre, a quien no he podido demostrar todo el cariño que como hijo te profeso, cuando tú has demostrado, hasta la abnegación, de lo que es capaz el amor de una madre. Por ti, padre, que te esforzaste en enseñarme los rudimentos de tu oficio sin terminar de comprenden que mi destino me llevara por otras veredas. Por vosotros, amigas y amigos, discípulos bienamados que me seguisteis sin preguntas y soportasteis a mi lado penurias y privaciones. Mi corazón está afligido porque el Mundo no ha entendido mi mensaje y al condenarme a mí, no sólo desoyen mis enseñanzas, también anulan su esperanza. Mi corazón está afligido porque ha llegado el tiempo de la entrega y aún queda tanto por hacer. Mi corazón está afligido, porque pronto los cerrojos de mi celda se abrirán para llevarme hasta ese calvario en el que la multitud pedirá a gritos mi muerte sin entender que no son mis palabras, sino su incomprensión, la verdadera razón de mi sacrificio. Mi corazón está afligido porque siento el frío de mi noche y no sé si sabré soportarlo con la entereza que se me exige.Mi corazón está afligido.

Hora nona.-

El escarnio, la humillación, la crueldad, el dolor físico, no son, ya, nada. Estoy aquí, clavado en esta Cruz que las generaciones venideras adorarán, roto por los golpes, extenuado por la sed, agotado por el sufrimiento. Y aún percibo la belleza crepuscular de esta hora final de mi existencia. Como si con ello quisieras, Padre, darme a entender que la perfección está al otro lado, en esa ribera en la que  la vida comienza a tener dimensión de eternidad.
.
Hubiera podido renunciar a mis creencias, a mis prédicas; dar la vuelta a las adversidades que has puesto en mi camino. Hubiera podido venderme a los poderosos, aceptar sus dádivas, disfrutar en sus cenáculos, gozar de sus placeres. Porque en nada me hiciste distinto a ellos. Pero no hubiera sido digno hijo de mi Padre si no hubiera ejecutado su mandato sin temor a las consecuencias. Por eso estoy aquí, en la cruz de los condenados, para que tu voluntad se vea cumplida a través de la debilidad de mi carne.


Perdónalos, porque no saben lo que hacen. Aunque demuestren seguridad en sus actos, aunque su efímero poder les haga creerse en posesión de la verdad. Aunque sus leyes, promulgadas en base a los intereses de privilegiados dictadores, les impida ver lo injusto de mi condena. Perdónalos, porque no es el odio hacia mí el que les hace dar este paso, sino el miedo a perder sus privilegios, su potestad, su conquistada parcela de bienestar. Al oír que yo anunciaba tu Reino se han removido en sus asientos. Me han tomado por un loco o, lo que es peor, por un conspirador. No han sabido descubrir la trascendencia de mis palabras. Perdónalos, Padre, porque aún no saben lo que hacen.

Final.-

En tus manos encomiendo mi espíritu. Un espíritu fortalecido a base de renuncias, de sacrificios, de voluntad. Hubiera sido fácil sucumbir, pues, como hombre, he sentido miedo, debilidad, deseos de romper tus sagradas ataduras. Pero ya ves, estoy aquí en esta entrega final que me exiges, superados los miedos, consumada mi existencia en base a tus designios. Nada, en apariencia, me diferencia de estos hombres que a mi lado han seguido mi propia suerte . Sólo tu luz dulcifica este instante de soledad en el que voy perdiendo la consciencia...




lunes, 22 de febrero de 2016

LA CIUDAD.


LA CIUDAD.

1

La ciudad ha  amanecido gris, con un deje mortecino en el ambiente; la lluvia repica en el asfalto impasible y opaco. La ciudad cobra ahora un aspecto de huérfana que se hubiera quedado sin cenar esta noche. No es que sean más tristes las gentes esta mañana, es que las gentes tristes se dan cuenta de su aguda tristeza y dejan sus destartaladas buhardillas o sus míseras pensiones con el ánima a ras de suelo, mientras la esperanza bosteza intentando desasirse de la tela que, a su alrededor y durante siglos han urdido las arañas
 .
Hay mucha gente triste en la ciudad; gente que añora un tiempo de esplendor, gente que aún no ha podido conseguir un trabajo; gente que vive pendiente de un canuto, de un pinchazo, de un instante de evasión;- eso es; la evasión es el origen de la dependencia-; gente que mendiga, que roba, que pulula, por este inmenso solar en busca de un reflejo en el que encontrarse. Y en esta mañana triste en la que el agua chapotea en el asfalto impasible y opaco, se agigantan los miedos, la soledad, la incertidumbre, las ansias por encontrar esa estabilidad, esa salida, esa felicidad que, aparentemente, se adivina en los ojos del vecino, pero que , con toda seguridad. el vecino intentará adivinar en los nuestros.

Pero no solo los marginados son tristes esta mañana; también los acomodados sienten que la "grisura" se les cuela en los huesos. También los que tienen una ocupación cotidiana sienten el hastío subiendo sangre arriba hasta enquistarse en el hueco de la desesperanza, que puede ser el corazón o el estómago, que vaya usted a saber desde dónde llegan esos inoportunos reflejos hasta el cerebro. Esta mañana, acaso porque el calendario señala martes y trece, o porque realmente en el ambiente flotan iones negativos, se han producido trastornos en el ánimo de las gentes; y el taxista reniega del tráfico, el comerciante se lamenta de la crisis, al portero del hotel le molesta el cuello alzado, al sacerdote le gustaría que suprimieran el celibato, a los médicos les inquieta el alboroto de la sala de espera, a las putas se les corre el rímel, a los barrenderos les pesa el cepillo, a los estudiantes les asusta el profesor de cálculo, el policía maldice en su silbato a todos los conductores que, mira por donde, hoy parecen principiantes...
                
Y así podríamos enumerar a toda esta ingente masa que cohabita en la ciudad y que en constante acelero transita de aquí para allá como si le fuera en ello la vida . Porque en la ciudad no hay lugar para el relajo, ni siquiera en los días en los que parece que el tiempo invita a detenerse. Antes al contrario, todo parece amontonarse, como si la maquinaria que mueve el pulso urbano perdiera algún diente del engranaje y se produjera, irremediable,  el caos.

En cambio los pájaros alardean como nunca, y los árboles parecen más lozanos; y  no hay ardillas, ni conejos, ni perdices; pero si las hubiera, sentirían que la vida les regala este día en el que el aire se purifica con aromas de sierra y de jarales. Y la tierra, procaz y parturienta, daría a luz nuevos brotes de su vientre fecundo; ni un ruido diferente rompería la armonía o el pulso de la vida, de esa vida inocente que se basta a sí misma.

Pero esto es la ciudad; el lugar donde los humanos se arraciman y viven colgados los unos de los otros en altos edificios de cemento, simétricos y exactos, desde los que la miseria cae por propia gravedad hasta las cloacas en las que, millones de ratas viven en continuo alboroto aguardando el momento de su supremacía; la ciudad donde los abuelos no caben - porque los pisos tienen solo dos dormitorios y éstos tan pequeños que el 1,15% de hijos que corresponde al matrimonio, duermen hacinados en literas (porque es curioso que en el reparto del 1,15 familiar, sean las familias más humildes las que acaparan el 3 o el 4% redondeado)- y hay que mandarlos a la residencias/almacenes que el gobierno, acuciado por las presiones sociales y en un loable intento de conseguir sus objetivos políticos, ha construido, dotándolas de unos excelentes servicios en los que, menos descubrir una brizna de amor, todo es posible.

Esta es la ciudad, hoy, porque el estado de ánimo ha rodado hasta el suelo empujado por los grandes goterones de agua, y el corazón ha sentido ese vaho maternal que emana de los alcorques de los álamos blancos, y ha sentido nostalgia de esa tierra que un día dejó por venir a descubrir nuevos medios de vida - que no horizontes-, porque los horizontes se quedaron allí, donde la vista abarcaba las sierras cuando ya los ojos se cansaban de divisar llanura, o se mostraba el sol con insolencia en todo su magnífico esplendor .

Es curioso cómo el pulso se hace universal en esos instantes en los que el individuo es sacudido por atávicas emociones ( y dejan de tener valor esas conquistas que un día parecieron inalcanzables y que hoy son -al menos eso quiere creer uno- hitos esperanzados plantados en el duro camino de la vida), para volver los ojos a esa serenidad con la que las cosas se suceden en el medio rural, donde este mismo día contribuye a hermanar a quienes, suspendidas sus tareas momentáneamente, se juntan en los soportales de la plaza para hablar de los preparativos de la cercana simienza, o de cómo los hijos que se marcharon a la ciudad están ganando " dineros a espuertas,  no hay más que ver al hijo del hermano Heraclio que el domingo estuvo aquí con un cochazo que no cabía en la calle Mayor y parecía mismamente un marqués".

Como aves migratorias que encontraran su apoyo en inmensas colonias de  congéneres, el ser humano abandona su individualidad para sumergirse en este laberinto con el único instinto de encontrar una salida. Pero el laberinto es intrincado y difícil. Y sólo los audaces alcanzarán  la puerta de la salvación. El resto, esa gran masa gris y maloliente, con las ropas empapadas y la esperanza hundida, seguirán su continuo deambular en busca de ese rayo turbador que no llegará nunca a iluminar su senda.


Esta es la ciudad, en la que las estatuas reflejan el paso de los siglos y miran impotentes las escenas vandálicas de quienes, incapaces de asumirse, derraman su ignorancia en los pies amarillos del héroe o del artista, o rompen las farolas, o siegan las cabezas de ingenuos angelotes, mientras quedan , pisadas en el suelo, las últimas palabras que producen los labios de un hombre diferente.


2


Hoy no llueve en la ciudad. Yes Domingo. Y la gente dibuja su mejor sonrisa cuando se cruza con el vecino en el rellano del décimo. Es una sonrisa de cercanía, familiar, de añoranza. Se conocen, se saben. Y saben , quién lo duda, que hoy ganará su equipo. Y saben que ambos son de pueblos cercanos - lo adivinaron un día por el parecido acento y por algunas palabras comunes-. Y saben que hay que dejar atrás las preocupaciones y aparentar una calma que se está lejos de poseer.

Porque hoy es domingo. Y no llueve. Y hay que llevar a los niños al parque. Y comprar el periódico y mirar las hojas de economía con gesto de suficiencia. Nadie debe saber que las letras de la hipoteca obligan a trabajar más horas de lo habitual, ni que el hijo mayor se ha dado a las drogas, ni que uno quisiera volverse a aquel pequeño pueblo del que nunca debió salir. ¡A quién le importa!. Eso queda para los días de lluvia. Para cuando uno tiene que coger el autobús que le llevará a un trabajo que queda a dos horas de distancia. Para cuando uno siente allí, en el hueco del corazón, o del estómago, que vaya usted a saber de donde vienen aquellos reflejos, esas punzadas de inseguridad ante un futuro imprevisible.

Pero hoy es domingo. Y el hijo del hermano Heraclio - ese que se fue a la ciudad y gana los dineros a espuertas-, llevará a sus hijos al parque y se le ensanchará el corazón cuando la ilusión, la mágica ilusión que cabe en la sorpresa, ilumine sus rostros. Y se reirá sonoro con las gracias gastadas del payaso callejero o con la vieja cabra que baila al ritmo de una música ramplona, o se admirará de los malabaristas que se cruzan teas encendidas, o alcanzará a ver al mimo de dorados destellos, que semeja otra estatua desfasada en el tiempo, al que acuden, solícitos, asombrados infantes que dejarán, sobre la repisa de su falsa peana, un gramo de metálica ilusión para que los ojos del inanimado artista brillen por un instante y con un gesto cómplice, inviten a los demás niños a vencer su timidez; se parará después en el pequeño guiñol donde se cuentan fantásticas historias, a orillas de un estanque en el que los peces sacian su glotonería con gusanitos y migas de pan. Porque como, como hoy es domingo, y no llueve, hay vida en el parque; vida que se arremolina alrededor del  músico callejero o del vendedor de patitos nadadores, o del pintor que intenta atrapar ese instante en la quietud de su lienzo, o del vendedor que pone en almoneda los heredados libros..


3


La ciudad tiene mil caras, dos mil caras.; rostros para cada ocasión, vestidos para cada circunstancia. Es, puede ser, fantástica y vulgar, pordiosera  y opulenta, lo mismo desborda alegría que rezuma tristeza; deslumbra desde su brillo o incomoda desde su fango. La ciudad es así .Y nadie podrá, nunca, ahondar en su misterio.

miércoles, 21 de octubre de 2015

INSTANTES DE VIDA.


1

Cuando Federico Romero Puértolas, conocido por "El Sable", consideró que había llegado su hora, planificó su suicidio: Mañana  se dijo la noche de la víspera , llegaré hasta la cochera donde guardo el tractor, y cogeré del vasar una de las botellas sobrantes del herbicida que he utilizado este año para matar las malas hierbas; con algún resto será más que suficiente. Espero que no sea muy dolorosa la ingestión del veneno; por lo menos tiene buen color, aunque el olor es bastante desagradable. Miró a su mujer que dormía plácidamente y sintió deseos de abrazarla, pero se dio la vuelta y se colocó mirando hacia el balcón; en esa posición se quedó hasta que le despertaron las luces del alba. Buscó su reloj, aunque sabía sobradamente la hora . Eran muchos años levantándose de madrugada, cuando el gallo en el corral entonaba su potente quiquiriquí y su vecino Andrés, que casi siempre andaba preparando los aperos cuando él salía a hacer lo propio, entonaba una cantinela que, por más que ahora lo intentaba, no podía recordar.

Pero aquella mañana no le importó que su vecino le cogiera la delantera y no salió, como otras, apresurado y envidioso de la ligereza de Andrés. Se recreó unos minutos en sus tortuosos pensamientos mientras unas lágrimas ardientes y pesadas surcaban su rostro. Era consciente de la estupidez que se proponía hacer, pero también tenía presente la inutilidad de una existencia repetitiva y monótona.

  ¿Que me ha ocurrido  pensó de esa forma maquinal con la que últimamente le llegaban todos los pensamientos  para sentir esta imperiosa necesidad de quitarme de en medio? ¿Qué va a pensar mi mujer  pobrecilla  cuando dentro de unas horas alguien venga a darle la noticia? ¿Se culpará?, ¿se sentirá liberada?; porque en el fondo tengo que reconocer que no le he hecho muy feliz la vida. Es una buena mujer; tuve suerte en conocerla. De no ser por ella, no sé que habría sido de mí .

Se rebulló en la cama la mujer que, normalmente, se levantaba cuando él.  ¿Qué hora es?  preguntó.
 Las siete  respondió como si la pregunta no incitara al movimiento.
 ¿Las siete?, ¡si no he oído de cantar al gallo!
 Yo tampoco, pero no importa. Hoy es un día especial -dijo desperezándose de forma felina .
Se volvió hacia la mujer y abrazó aquel cuerpo que era como una prolongación del suyo.
 ¡Vamos Federico, no es momento!
 Es momento. Es el único momento dijo encajando su cuerpo en las sinuosidades del de ella.
Consumó el acto carnal de manera salvaje. Nunca antes se había entregado de tal forma; ni en su noche de bodas que ya se diluía en lo recóndito de la memoria.

La mujer se dejaba hacer, entre sorprendida y gozosa. No recordaba aquella fogosidad, aquel empuje, aquella posesión incontrolada. Lloró por ella; lloró por él; por el recuerdo de tantos años de esfuerzo en el que nunca tuvieron tiempo para si mismos. Se quedó abrazada a aquel extraño que era su marido, el hombre con el que había compartido hijos y trabajo, y al que ahora, en ese frenesí inusual, desconocía.
Apenas pasaron unos minutos la adquirida conciencia del deber se impuso a los deseos de abandono. Se incorporó el hombre y se quedó sentado sobre la cama en un último intento de prolongar la pereza

2

Cuando cruzó las vías del ferrocarril sintió ganas de viajar. Siempre le sucedía los mismo. Imaginaba aquellas compartimentos llenos de gente aventurera; gente distinta a la que, con él,  compartían lo rutinario de su existencia; gente de mundo que sabía hablar de las cosas que contaban los periódicos. Nunca había leído un periódico. En toda su vida había salido de aquel lugar en el que se hizo viejo sin apenas darse cuenta. Y ahora, ya, era tarde. Además, no sabría estar en otro ambiente que no fuera éste que se le había introducido en la sangre.

Miró el preparado químico en el que el dibujo de  una calavera prevenía del peligro de su ingestión. Sacó del bolsillo de la chaqueta el doblado papel en el que días antes había escrito las razones de su suicidio. No sentía miedo. Estaba decidido y resuelto, y este día, en el que el sol brillaba sobre un cielo inmaculado, le parecía tan bueno como cualquier otro para llevar a cabo su cometido.

Se sentó en la piedra, bajo la frondosa higuera cuajada de negras brevas. Le gustaba aquel fruto dulzón y carnoso que llenaba el paladar con su sabor único. Se vio junto a su padre, haciendo el hoyo para plantar esta higuera que tenía casi sus mismos años, y recordó el trágico día en el que descubrió el cuerpo querido pendiendo de una soga sobre la misma rama que ahora sacudía para recoger su fruto. Nunca entendió aquel suceso que le amargó para siempre la memoria. Ahora sí; ahora comprendía que la vida cansa y que no tenía ningún sentido vivirla en vaciedad. Siempre sintió esa llamada aunque quisiera ignorarla; aunque buscara mil maneras de evadirse de su imperioso mandato.

Leyó el papel; no tenía una letra fea para lo poco que pudo ir a la escuela; faltas sí debía tener, pero no lo sabía, "claro, si lo supiera no las tendría"  sonrió ante este pensamiento ; repasó lo escrito anteriormente asintiendo con la cabeza; a lo lejos, se escuchaba el canto seco de la perdiz en el momento de su apareamiento.

Por primera vez en su vida no tenía prisa. Vio a los linderos afanados en sus labores y se sorprendió de no sentir ese aguijonazo que le predisponía a su tarea. No era envidia, o sí, no lo sabía. Lo cierto es que cuando uno de ellos iniciaba una labor determinada, todos los demás sentían la misma urgencia; lo mismo daría comenzar a estallicar a la semana siguiente, pero si Paco "el artillero" comenzaba a hacerlo, no había tiempo que perder; igual ocurría con la simienza, o el levantado de los rastrojos, o la poda, que se iniciaba en enero y podía alargarse hasta el día de San José.

Movió la cabeza en sentido negativo; así era el ser humano. Siempre insatisfecho, siempre queriendo ser el primero. Y no podía sustraerse de ese afán. Ahora sí, ahora Federico sabía que no tenía afanes; aunque también era otro afán el que le había llevado hasta este momento: El afán de andar el camino más deprisa; el afán de enfrentarse a ese final incuestionable sin esperar a que éste  llegara por sí solo.
Abrió la botella y se espandió un olor a almendras amargas que espantó al gorrión que trinaba sobre una de las ramas higuera.

 Qué fuerte  se oyó decir en alta voz. Recordó los brebajes que alguna vez le hizo su madre para combatir los resfriados y su poca disposición para tomarlos. "Es el momento"  pensó , y  levantó la cabeza mientras llevaba la botella hacia los labios.

El rayo de sol, colándose entre el ramaje, hirió sus ojos. Fue una sacudida brutal; como un trallazo sobre sus blancas espaldas; como el más impetuoso trueno que pudiera recordar.
Frenó su movimiento y miró la calavera del frasco con ojos de terror. Arrojó la botella lejos y se tapó el rostro con ambas manos.

Así lo encontró Andrés, su vecino, quien avisado por la mujer de la tardanza en regresar de Federico, se acercó hasta el pequeño quiñón que éste labraba.
 ¿Qué haces ahí?  Preguntó Andrés receloso.
-Me he debido quedar dormido  dijo Federico separando con esfuerzo las manos que parecían pegadas a los ojos.
Se sorprendió de que ya fuera casi de noche. No sabía si aquello era la realidad o estaba sumido en un sueño post-muerte.
 ¡Pero hombre!... vámonos y tranquiliza a tu pobre mujer, que no le cabe la camisa en el cuerpo.

3


El crepúsculo era una llama roja. Sobre el horizonte, se recortaba la silueta de unos vencejos en un último vuelo hacia su nido; las cigarras y los grillos entonaban su chillona letanía mientras el primer lucero hacía su aparición en el firmamento. Y con ser aquello cotidiano para un hombre como Federico, avezado a los sonidos y a las claridades que una espléndida luna ponía sobre la noche, fue, en esta ocasión, una sensación distinta la que le embargó; como de reencuentro consigo mismo. Recordó la madrugada, aquél insospechado arrebato del que fue presa, y el calor inundó su sangre; recordó la cantinela de su vecino Andrés, que ahora, por algún extraño designio, si entendió, y se rió de su letra picarona. No podía precisar si estaba vivo o muerto aunque, su mano, en un gesto mecánico, hubiera cogido del bolsillo de la raída chaqueta el papel con las razones que motivaban su suicidio y haciendo de él pequeños trozos, los fuera esparciendo al viento durante el camino de regreso -tal era su grado de ensoñación-; pero fuera cual fuese el estado en el que ahora se encontraba, decidió que, esta que hasta ahora había llevado, era  la única forma de vida que, de haber podido,  habría elegido vivir.

jueves, 23 de julio de 2015

HISTORIA DE UNA CASA.

No sé porqué tengo que guardar silencio y sufrir humillaciones, vejaciones. abandono, ingratitud...! ¿ Acaso no he sido yo entrañable y acogedora? ¿ No  he aguantado el paso de los años soportando fríos intensos, calores achicharrantes, vientos huracanados, lluvias torrenciales ? ¿ No he vivido más de dos siglos siendo el refugio de quienes han traspasado mi umbral ?  ¿ No he alumbrado vida ? ¿ No he dado el último adiós a los que se fueron antes que yo ? ¿ No he tenido entrañas ?

Si es así; y todos lo saben ¿ por qué me han sumido en este abandono ?  ¿ Por qué a nadie importo y dicen ahora que no soy confortable, que la humedad corroe mis paredes, que es mejor hundirme y hacer un bloque de pisos como estos de enfrente, que maldita la gracia que tienen ?

Estoy aquí, anclada en esta calle -una de las más hermosas del pueblo- viendo como han transformado conceptos urbanísticos y costumbres peculiares. Y no sé si sentirme orgullosa por mantenerme todavía en pié , o llorar desconsolada por el abominable acto de vandalismo que han cometido con las casas que, como yo, dábamos identidad a un pueblo grande, acogedor, importante creo ; manchego sobre todo ; encrucijada de caminos...

" Cañada Real Soriana "  reza un cartel que solo saben descifrar los del pueblo, tan deteriorado está , tan en desuso. Recuerdo cuando pasaban por mi puerta los grandes rebaños de merinos levantando grandes polvaredas; la voz recia de los pastores ; el ladrido de los mastines ; el dolondón de las esquilas ; la ingente masa borreguil apretada y torpe; cruzaban nuestro pueblo , mi calle , en busca de mejores climas para asentarse durante los meses de invierno . Y yo aquí, tan en mi puesto, tan acogedora,  tan blanca como si fuera de nieve en medio de esta desolación de llanuras áridas , tan llena de vida que al buen pastor se le venían los ojos hacia mis ventanas, tal vez añorando la paz de su casa.  ¿ Pero a quien importa eso ahora ? Nadie se ha preocupado de conservar un estilo urbanístico que pudiera decir al visitante : " Sigues estando en la Mancha". Ni los legisladores ni los propios dueños que así que han podido han demostrado tener mal gusto y pocos escrúpulos. Fijaos en la variedad de estilos - ¿ estilos ? - que conforman la calle : Azulejos en los zócalos, miradores de dorado aluminio, aleros cojitrancos y desproporcionados ...(yo creo que eso lo han hecho para demostrarle al vecino quien era más importante ). Y de pronto una mole impresionante sin orden ni concierto; no me extraña que los lugareños lo llamaran el edificio de la leche, pues acostumbrados a divisar las esquinas del pueblo sin levantarse del suelo, se encontraron de golpe con aquél mazaquote y no tenían por menos que exclamar : " Vaya leche".

La verdad es que me divierte saber que soy la única casa que aún conserva su sabor tradicional. Pero me entristece ver que pertenezco a una ciudad que no ha sido capaz de guardar su identidad. Dicen los más viejos del lugar, que junto con Almagro y Villanueva de los Infantes nos llevábamos la palma por nuestro estilo urbanístico - ejemplar a través de los siglos - y que aunque no estamos como  el Toboso o Argamasilla de Alba  unidas a la literatura Cervantina , éramos tan manchegas como ellas ; con nuestros zócalos de azulete y las paredes encaladas y prietas; aún me parece notar el golpe pausado del pisón , insistente, preciso , formando mis tapias ; aún me parece ver al hombre curtido y recio que lo manejaba limpiándose el sudor con su pañuelo de yerbas. Pero aquello es agua pasada; suerte que aún quedan algunos rincones que quizas por despiste o por dificultades económicas se han salvado de la quema y junto a algunas casas solariegas de recia raigambre  siguen recordando que nuestro pueblo también pertenece a la Mancha. Porque mucho vino Yuntero, mucho Torreón,, mucho queso, mucha jotica. ¿ Y para qué si no han sido capaces , no ya de mantener las casas de sus abuelos , si no de hacer una ciudad coherente, convirtiendo la nuestra en un muestrario de abalorios?

Yo sigo aquí por pura casualidad ; pero cada vez más abandonada. El frío rezuma por mis oquedades - más lacerantes cada nueva estación - y no hay nadie capaz de darme un mal enjalbiego."Así se pudra", pensarán mis dueñas que solo han estado pendientes de sacarme el máximo rendimiento con el menor gasto. Gracias a la vecina, que aún mantiene mi aspecto exterior como buenamente puede. Pero mi interior es cochambroso. Fijaos en mis paredes desnutridas y abultadas: en los desconchones que me desnudan y desprotegen del agua y de los hielos, en las puertas destartaladas, en las rejas herrumbrosas; en la maleza que se acumula sobre mi tejado. Me están matando lentamente. Ni siquiera voy a morir con la dignidad de quien sabe que ha llegado su hora. ¿Hasta cuando este maltrato ? ¡No, no me lo merezco !.
Fijaos en la puerta de la cueva, podrida y carcomida. Nadie baja siquiera sea a sentir mi vaho maternal; mi frescor en el verano o mi calidez en el invierno. Antes sí, antes bajaban patatas, fruta, agua, leña ...; era el alma de la casa. Pero llegaron las neveras y si te ví no me acuerdo. Aquí no baja nadie desde que Sánchez Megía murió en aquella fatídica tarde de Agosto en nuestra plaza de toros . Y qué decir de los cachivaches que en su día fueron imprescindibles y que hoy aguantan en las estacas su impuesta invalidez. Ahí está la caldera de cinc , y el zaque dispuesto a seguir bajando a las entrañas de mi pozo y la garrucha medio oxidada que chilla como una loca si alguien intenta girarla y la artesilla y la tabla de lavar y el cordel del pozo medio destrenzado y áspero, inservible ya para su función.¡ Qué de bodegones podría pintar nuestro paisano Antonio Iniesta! ¡  Qué de vida concluída, olvidada, perdida en los arcanos de un tiempo que ya es historia !Hay algo, sin embargo que me mantiene viva : es el recuerdo; en mis dependencias, como en las  de todas las demás casas, se crearon unos vínculos de vecindad que superaban a los de la sangre. " Más que de familia " decían unas vecinas de otras cuando hablaban con alguien que no era de la casa. Y era cierto porque entonces todo era comunitario : el cuidado de las macetas, el enjalbiego del patio y del corral, el rito de salir a barrer la puerta de la calle cuando aún las claras del día no habían roto la oscuridad de la noche, mientras los hombres y los zagales aparejaban las mulas y las enganchaban en el carro y los gatos ronroneaban al calor del fuego que, en la cuadra de lavar, ya habían encendido las vecinas con una buena gavilla y un montón de cepas para calentar el agua que serviría para la colada... Era un buen lugar esta dependencia;  mientras en la artesilla se dejaba la ropa en remojo para que  el ojo ablandara la suciedad, quedaba tiempo para la confidencia, para el chisme, para la crítica. No importaba el frío, ni los sabañones, ni el aire que se colaba por la rendija de la puerta mal ajustada, ni el humo que revocaba de la chimenea que no tenía buen tiro ; nada de esto importaba si el comentario era sabroso :- ¿Sabes lo de la "fulanica" ? Sí mujer, la hija de " la menganica ". Se la ha dejado el novio en puertas de boda y con la casa puesta... Ya había materia suficiente para soportar la dura mañana invernal. Otras  veces eran las canciones coreadas por todas las que daban al lugar una peculiar y entrañable complicidad.

Entonces yo era feliz, me sentía querida; la vida se desgranaba por todos los rincones estableciendo un vínculo entre mis moradores y yo, como si por mis tapias - hechas de tierra - corriera su misma sangre. 

Cómo no recordar aquellas entrañables veladas en las horas en que el tórrido calor disminuía y los vecinos se sentaban en la puerta, sin prisa ya, a saborear aquél vientecillo que a intervalos se levantaba haciendo exclamar a la hermana Lola: ¡ " uy que gustico" ! La vida , entonces, transcurría plácida y tranquila; sin los agobios y las apreturas que ahora tienen que soportar los nuevos modos en los que todos corren arriba y abajo como alma que lleva el diablo ; como si la vida se les fuera a acabar en un momento y no les diera tiempo - que no les dará - a realizar tantos proyectos como tienen ; a utilizar tantas cosas de las que disponen; a llegar a tantos lugares a los que quieren ir...

Me dan pena; porque se están equivocando. La vida es otra cosa. Y lo digo yo, que llevo doscientos años viéndola pasar desde mi acera. Se ha perdido la sonrisa , la fraternidad ... hasta el saludo: .- " Adiós chico, siempre ha habido ricos y pobres ". 
- "Perdona, no me había dado cuenta, llevo la cabeza en tantas cosas "... Pero cómo puedo decirles yo, que estoy condenada al olvido , que deben frenar sus impulsos, que deben buscar su felicidad en las pequeñas y cotidianas cosas , que un gesto amable , una sonrisa, unos minutos de conversación, no van a romper sus esquemas y les hará sentirse más humanos y más arraigados a su lugar de origen.
Como decirles que han perdido la perspectiva y que han emprendido una huída hacia ninguna parte en busca de no se sabe qué apetencias.

La sabiduría no quiere prisas, pero ahora hay pocos sabios. Sabio es mi amigo Rafael, el indigente que vive en las "cuevas del Cerro del Moro ". Tiene setenta años y lleva bastantes avecindado en esta localidad ; es un gran aficionado a la música ; todos los jueves  por Semana Santa , como la procesión pasa por mi calle - no en vano he dicho al principio que estoy situada en una de las mejores del pueblo -  lo veo cruzar junto a la banda municipal  con su pelliza raída y su cara de buena persona ; le encantan las marchas de procesión; todos en el pueblo sabemos que vive de su humilde pensión social y que es feliz. No necesita nada que no posea : lumbre en su chimenea, comida caliente que él mismo se guisa , un pozo cercano que cubre sus necesidades de agua, alguna manta, una - aunque raída- confortable pelliza y unas botas deslucidas que debieron ser de calidad hace veinte años. Pero es feliz, al menos eso dice él, cuando frente a mi puerta se para a hablar con su amigo el músico. No ambiciona nada, solo tener salud y ver pasar la vida desde la puerta de su covacha. Es experto en amaneceres, en puestas de sol, en meditaciones profundas; es, como yo, uno de los pocos vestigios de otra forma de vida que a mí me parece más hermosa que la actual.

Ah, si tuviera que hablar de las buenas gentes que han compartido conmigo sus vidas. Tendría materia para llenar un libro mucho mayor que "El Quijote"; algún día lo haré (si no me derriban antes ) y hablaré del hermano Damián llamado por mal nombre "cagachinas"; de Andrés, el zapatero remendón que casi siempre llegaba "cargado" del mejor vinillo que vendían por cuartillos en la taberna del " Menano"; de  la abuela Dolores que cantaba la jota de Manzanares como nadie; de Javi , el niño que murió cuando
acababa de tomar la primera comunión...¡ Son tantas historias , tanta vida compartida...! Ya solo me queda la hermana Antonia - ya imagináis que "hermana" es una forma cariñosa de llamar a los mayores por estos  lugares - tan viejecita ella ; tan sola en esa triste habitación del rincón detrás de la cortina . Noventa años tiene ya y no quiere perder su independencia. Un día se la van a encontrar tiesa como un pajarico. Lo de su independencia es un decir, porque ya podía su hija buscarle un hueco en su casa ; claro que a lo mejor la hubieran matado ya de un disgusto ¡ porque la hija...! ¡ y no digamos el yerno ...!. Pero mejor no hablar ; si hay Dios ya se encargará de que su justicia divina llegue adonde no llega la de los hombres. Porque cuantos habrá que se hayan ido al otro barrio con fama de buenas personas y no han sido capaces de tener ternura ni tan siquiera con la madre que los parió . Pues ahí está la pobre mujer aguantando como puede con la única compañía de una radio gangosa y atronadora que no apaga ni para dormir; haciendo su comida en el "infiernillo" que algún día le va a explotar o le va a quemar los vestidos y rumiando su soledad con la esperanza de salvar el crudo invierno. Porque a pesar de su edad , es un puro nervio ; su cuerpo es un esqueleto que oscila desequilibrado sobre dos piernas rígidas que mueve como a pequeños saltos dando a su andar un peligroso bamboleo ; me da pena ver su excaso pelo tan poco limpio que a saber quien le peinará ; supongo que su hija de Pascuas a Ramos; o puede que la vecina, porque como ya he dicho anteriormente llegan antes que la propia familia.

Y pensar que  la recuerdo como si fuera ayer... Nada se le resistía ; entonces era joven. Y limpia como la que más ; solo había que ver los colores que llevaba su hija de tanto frotarla para quitarle los  churretes ; entonces la hermana tenía la voz timbrada y cantaba la jota de Manzanares como nadie; entonces la hermana, se levantaba con las claras del día y se iba a rebuscar patatas, o melones, o uvas, según la ocasión, aventurándose a que " el viscoeltrén " o cualquier otro guarda rural de los que se creían los amos por haber pertenecido a los " nacionales ", le dieran un susto de muerte ; entonces ,la hermana, luchaba con la fuerza de una leona para mejorar el exiguo salario de su marido que no alcanzaba para comprar el tazón de leche que daba a su hija ; entonces la hermana no tenía los ojos apagados, ni el vigor perdido, ni la soledad como única compañera...

"La hermana" y yo somos dos ruinas a quien nadie presta ya  atención. Nos han condenado a morir en el más absoluto de los olvidos.
.- " Lo que el cuerpo aguante " dice alguna vez la hermana hablando sola ;.
- "Lo que el cuerpo aguante " , respondo en un eco que sale de lo más hondo de mi ser.
Y es que es lo que yo digo :
- ¡ No se por qué tengo que guardar silencio y sufrir humillaciones, vejaciones, abandono, ingratitud...! ¿ Acaso no he cumplido con mi misión... ?
  

jueves, 18 de junio de 2015

FLORES MARCHITAS

En realidad, no tenía sueño. O sí, pero en mi cabeza zumbaba un enjambre de sensaciones encontradas. Por qué lo hice si era lo último que pensaba hacer. O, sí, sí; hiciste lo que tenías que hacer, lo que se merecía ese depravado que toda su vida estuvo abusando de tu inocencia. Tenía encendida la luz de la mesilla de noche. Cogí un libro de los varios que siempre tengo a medio leer, el más pesado, con el que invariablemente me entra una modorra imposible de superar; pero ni con esas.

Mi nerviosismo no estaba motivado por ningún temor. Si me descubrían, cosa poco probable, la condena sería menos grave que el ultraje al que venía siendo sometida. En último término, la edad a la que fui obligada a aceptar vejaciones, y los atenuantes que todos mis vecinos conocían, pesarían en mi defensa. Mi nerviosismo estaba motivado por una reacción que no cabía en el organigrama de mis emociones. Desde pequeña aprendí a obedecer, a temer a un padre de mano larga que daba las hostias a tajo parejo, a vivir de la lástima de quienes veían mi indefensión, el abandono en el  que mi materna orfandad me había dejado desde cortos años.

Después fue aquel internado, al que llegué porque alguien de buen corazón denunció el estado en el que me encontraba. No diré nada del trato recibido en esa etapa de mi vida por si a alguien se le ocurre pensar que levanto falsos testimonios. A fin de cuentas fueron los únicos años en los que a alguien se le ocurrió enseñarme a leer y escribir y eso siempre lo agradeceré, porque abrieron ante mí una ventana por la que asomarme a los sueños de los demás y por la que  lanzar al viento mis propios sueños.

Nunca he sentido odio hacia nada ni hacia nadie. Quizá he sido cobarde, aunque creo más bien que era sumisa, como esos perrillos que cuando ven que alguien se acerca hacia ellos se tumban boca arriba como diciendo: tú mandas. Como casi todas las cosas que me sucedían eran malas, cuando veía que algo bueno pasaba de cerca me esponjaba de gratitud. Recuerdo mi primera muñeca como el mayor regalo que la vida me ha dado nunca. Y digo la vida porque a mí nadie me ha querido de verdad. Digo la vida, porque en la vida también  hay cosas buenas, aunque a quien las piense o las ponga en práctica sólo le muevan intereses personales; pero quién no busca en su actuación la propia satisfacción. Eran aquellos tiempos en que los alcaldes de los pueblos juntaban a los niños pobres en el destartalado cine que servía para todas las manifestaciones, sociales o culturales,  y enviaban a los reyes magos con su cargamento de humildes juguetes; bendita sea la causa y la gente por la que yo tuve en mis brazos aquella primera muñeca.

Pero el tiempo no se detiene. Ojalá se hubiera detenido en aquella circunstancia en la que por un momento sentí como niña, me creí niña. Era demasiado pedir. A los dieciocho me pusieron en la calle, bueno, no exactamente en la calle. Me colocaron como sirvienta en una casa en la que entré como pupila y en la que, mi vida, volvió a ser un infierno. Con un trato esclavizado y un trabajo que parecía crecer por momentos, apenas tenía tiempo para reflexionar sobre lo que hacer con mi vida. Incontables veces pensé en marcharme, pero ¿adónde? Aquí tenía una habitación y un plato de comida. Nada más. ¡Pero era tanto...!

Por razones de naturaleza, mi cuerpo no iba parejo a mis personales circunstancias. Crecía pleno, exuberante; mi rostro era agraciado y no tardé en darme cuenta de las miradas de lascivia que provocaba en quienes conmigo se cruzaban. Requiebros, piropos soeces a pie de andamio, proposiciones económicas a cambio de servicios de placer... Yo era terreno abonado para que germinara en mí toda aquella ponzoña con la que la vida se encargaba de torturarme.

Vivirás bien, me dijo aquella mujer, más pintada de lo habitual, que regentaba una casa de citas. Te acostumbrarás a que tus relaciones sean mecánicas. Los hombres son más tontos de lo que se creen y son fáciles de manipular. Si eres inteligente y sabes sacarle partido a  tu cuerpo, en unos años podrás retirarte...

Pero no fui inteligente. De haberlo sido, ni hubiera intentado aquella experiencia. Si, durante toda mi vida, por unas causas u otras, me sentí esclavizada, la sensación, ahora, fue en aumento. Me pagaban. Y tenían todo el derecho a mancillarme, a tratarme como a basura. Yo era mercancía. Pura y simple mercancía al alcance de ricos depredadores. Hombres insaciables, irascibles, maníacos sexuales, dominadores, violentos, egoístas, sucios, borrachos. Esa era la parroquia con la que tenía que lidiar en aquel lugar que al final resultó ser un prostíbulo de mala muerte.

Una noche fui requerida por un hombre que pagó generosamente a la meretriz que regentaba la casa. Nuestra salida al salón, entre tules y transparencias que dejaban ver más que tapaban, era uno de los obligados ritos a los que éramos sometidas cuando la ocasión lo requería. Un sobresalto me recorrió entera al contemplar de cerca al hombre que, hasta ahora, permanecía en la penumbra de la habitación. Era mi padre. Aquel hombre era mi padre. Con su chulería, su apostura, su suficiencia que los años no habían conseguido mermar. Él no pudo reconocerme, habían transcurrido bastantes años desde que me quitaron de su lado; años en los que yo pasé de niña a mujer sin que él se hubiera interesado por mi persona. Y ahora lo tenía allí, reclamando los servicios pagados. Recordé moches de oprobio, de violaciones repetidas, de malos tratos. Recordé cómo el monstruo exigía de mi inocencias y debilidad cosas que, ni en este oficio, me habían solicitado. Sentí un odio visceral. Un deseo de hacerle daño de la única manera en que, desde mi situación, podía ser capaz. Y sonreí...

Apagada su fogosidad. Fumó un cigarrillo y se durmió. Había pagado por toda una noche de compañía y  esta no había hecho más que comenzar. Mentalmente maquiné varias formas de asesinarlo, pero en casi todas podría ser descubierta y daría con mis huesos en la cárcel. Que no es que me importara porque una cárcel había sido toda mi vida.

Pero ahora era yo la que dominaba, la que tenía la mejor baza. Preparé un cubalibre al que eché una buena dosis de raticida; lo agité, lo removí a conciencia y lo puse sobre la mesita auxiliar sobre la que estaban su mechero y su paquete de Ducados. Lo desperté entre sugerencias y mohines. Me froté junto a su cuerpo y comprobé que respondía a los estímulos.

Miró la mesa y vio el cubalibre tentador. Tenía sed, siempre que se levantaba tenía sed. Debió pensar que era una cortesía de la casa y lo apuró de un trago. El resultado fue instantáneo. Murió entre fuertes dolores de estómago. Adiós papá, le dije mientras la sorpresa, o tal vez el dolor agrandaban sus ojos.

No tenía sueño. O sí. Pero me embargaba una gran placidez- A mi lado, yacía inerte el hombre que me destrozó la vida. Nadie podría imaginar que una prostituta de tres al cuarto hubiera asesinado a un cliente. Más si el cliente era conocido por sus grescas, que las armaba casi a diario en todos los bares que frecuentaba, y por su chulesca manera de enfrentarse a todo bicho viviente. Yo era sólo una furcia, venida, como tantas, de horribles experiencias. Había dejado atrás pasado, nombre, familia... Sería difícil descubrir mis orígenes. Pero si, llegado el caso, alguien descubría mi participación en aquella muerte, no me importaban las consecuencias. Mayores penas que las infringidas por la vida hasta ahora, no serían las que me infringiera la justicia.

Cogí uno de los libros que reposaban sobre mi mesita. El más pesado, con el que invariablemente me entraba una modorra imposible de superar. Mañana estaba lejos...

viernes, 3 de octubre de 2014

FIN DE MILENIO (Concierto de fin de año)


Cuando el siglo XX tocaba a su fin, se predijeron desastres de todo tipo. A raíz de ello, se me ocurrió esta fantasía dantesca:

Aquella noche había un especial revuelo en el ambiente; alguien se había permitido llegar con una de esas horribles gafas que con el número 2000 había fabricado uno de esos comerciantes avispados que están a la que cae; alguna mujer había pintado sus uñas de purpurina; y como uníendose a aquel destellante cambio de milenio,  en el escenario, sobre las sillas que después ocuparían los músicos, los instrumentos, fuera de sus fundas, brillaban con reflejos dorados, blancos, cobres..., incluso el ébano de los clarinetes o el caoba del fagot destacaban sus veteados tonos bajo la intensa luz de los focoss que suspendidos en la diabla daban luz a aquel rectángulo. Los atriles, como un pequeño ejército en formación, parecían estar a  la espera de la arenga que el general, como era su costumbre, les iba a hacer de un momento a otro. Todo prometía que, dentro de breves momentos, se iba a realizar el acostumbrado concierto de fin de año. Se escuchó la consabida frase: Señoras, señores, bienvenidos al Gran Teatro de Manzanares;   el concierto va a comenzar, rogamos apaguen los teléfonos móviles y las alarmas de sus relojes. Muchas gracias. Por las puertas laterales de la flamante concha acústica iniciaron su entrada los músicos  y sonaron unos débiles aplausos de rigor; una vez colocados sobre sus respectivas sillas, la banda, a instancias del concertino, afinó durante unos minutos  quedando después en silencio.  Volvió a abrirse una de las puertas laterales y entró el director. Los músicos se pusieron en pie; se escucharon nuevos aplausos, esta vez con más intensidad, como confirmando la importancia que se atribuía a la participación de aquel hombre, de porte circunspecto, en la realización del concierto. Éste saludó al oboe que hacía las veces de concertino y a la joven rubia que interpretaba el papel de clarinete principal, situados uno a cada lado de la posición que dentro de unos instantes iba a ocupar sobre la tarima preparada al efecto. Miró hacia el público, hizo un rápido gesto de inclinación del tronco y se volvió hacia los músicos
Levantó los brazos, concedió unos instantes de concentración y atacó la primera obra. Ningún instrumento emitió sonido alguno; sólo la tuba, con gravedad, articuló una frase humana que dejó sorprendido al bajista que esperaba, como era natural, una escala de sonidos en correspondencia con las llaves que había articulado. La frase, que efectivamente seguía el curso cromático, el tiempo, el matiz, las figuras, el ritmo y la intensidad correspondientes a lo que del instrumento se solicitaba por su intérprete fue la siguiente: Hooooyporr serfin aaal demil en io vaaaaam osadecir osloq ue hemosssscall adodurannnnn
t eeeeeeee tantotiem poooo.
Todos los instrumentos se estremecieron entre las manos de los músicos mientras éstos, sin dar crédito a lo que ocurría miraron hacia el director que , a su vez sorprendido, encogió los hombros en un gesto como de: "a mi que me registren". El público, expectante, esperaba que alguien explicara lo que estaba ocurriendo, por lo que el director se volvió y sólo acertó a decir: Señoras y señores, me temo que estamos ante el efecto 2000.
Una carcajada general llenó el recinto. Todo el mundo pensó que aquello podría ser una broma de las que, por la coincidencia con del día de los Santos Inocentes, el director solía gastar en estos conciertos de fin de año.
Cuando nuevamente, los músicos intentaron ejecutar sus partituras, volvió a suceder lo que al principio: todos los instrumentos permanecieron en silencio excepto el clarinete principal que, con un sonido dulce y redondo, emitió una fermata en la que, de manera expresiva, articuló la siguiente frase :estotalmentejustoquehoy seamosnosotros quienes t  e  n  g  a  m  o  s  laoport un idad deeeeeee manifestarnosanteustedes.
A lo que el coro de los clarinetes segundos durante cuatro compases seguidos respondió: esjusto esjusto esjusto.
La flauta, que estaba impaciente por dejar oír su meliflua voz, hizo su entrada en la tercera parte del último compás en el que los clarinetes segundos repetían su cantinela; con un sonido tan dulce como equívoco arguyó:
esverdader ament elamentable quenadieseha yaparadoapensar l o quenosotrossentimos c u a n d o todases tassimpresio nespasan poooooor nues trosconductos.
A lo que las flautas segundas y los clarinetes terceros respondieron: uctos uctos uctos.
Aquello parecía un galimatías. Hubiera sido preferible que cada instrumento hablara con normalidad, como lo hacen las personas: separando las frases por palabras y éstas por sílabas; pero acostumbrados a interpretar pasajes en los que lo importante era el sonido, no eran diestros en emitir frases humanas con la debida corrección.
Ahora era el saxofón alto, con su acaramelada voz el que iniciaba una frase coreada por el resto de saxofones ( altos, tenores, y barítono); mientras éstos repetían en compás de tres por ocho a un tiempo: Voy voy voy , el solista alargaba la ejecución de una frase profunda:
Voooooooy aaa deeemostraaaarleeeeees queeee l a ssssssseeennnnsiiiiibiliiidaddddddd dellllll ar tiiissta nnnnnnno exissstiiiiiii ría siiiiinnnn micolaboraciónononononononononon Y después de un trémolo final,  enmudeció.
De nada valían los esfuerzos del músico que se desgañitaba soplando para arrancar algún sonido al instrumento; ni las brazadas del director que así, sin música que respondiera a sus aspavientos parecía un títere de feria. Ningún sonido salía por aquella campana dorada que parecía enrojecer ante la presión que soportaba. De pronto dejó escapar su nota más grave como en una larga pedorreta :pppppppppppppppppprrrrrrrrrrrrrfffffffffff. Y enmudeció de nuevo.
El público no sabía si reír o llorar. A lo lamentable de la situación no le faltaba su chispa de gracia; pero era indudable que aquello sobrepasaba lo normal. ¿A qué obedecía aquella rebelión de sumisos instrumentos? ¿Tendría, verdaderamente, algo que ver la entrada en el nuevo milenio con los malos augurios de  las profecías de Nostra Damus, las de Malaquías, o las de tanto mago moderno como salía por la televisión prediciendo los hechos más insólitos?
Ante el cariz que tomaban los acontecimientos, el director del Gran Teatro dio la orden de contactar  con otros lugares en los que se estuviesen interpretando conciertos de fin de año con el fin de ver si este caso insólito se repetía, o la confabulación de instrumentos sólo se daba en este recinto. El resultado de esta investigación , que no se hizo pública para evitar males mayores, fue  que tanto en pueblos cercanos, como en el concierto que interpretaba la Orquesta Nacional de España en el Teatro Real de Madrid, estaban  ocurriendo cosas sumamente extrañas.
Mientras tanto, en el escenario del Gran Teatro de Manzanares seguían las maravillas,  ahora en boca de un trombón chispado -eso al menos parecía deducirse de su verborrea con acento de tabernero de extrarradio- que, a ritmo de mazurca decía: Verán verán verán . Veránustedesquebienseva. Verán verán verán.Enelmilenioquevaaempezar, mientras el resto de trombones, a ritmo terciario, repetía: Loverán loverán loverán
No es que el director no quisiera suspender aquel acto. Es que sus brazos no obedecían las órdenes de detenerse que, sin cesar, les enviaba su cerebro; por lo que presos de un paroxismo inusual se agitaban marcando los tiempos de las frases que aquellos rebeldes incontrolados emitían.
Eran ahora los timbales, los que, con un desaforado estruendo semejante al retumbar de cien tormentas, ponían su voz de ultratumba en aquel conciliábulo en el que todos los espíritus se habían conjurado para orquestar una rebelión sin precedentes. Las mazas repicaban incesantes,  dim-dam dim-dam, pero lo que se oía, lo que el público oía en aquel monólogo eran gritos de furor, como de alguien que después de haber estado encerrado durante muchos años en una oscura mazmorra, viera de nuevo la luz del sol y al cegarse por su efecto, bramara de indignación contra quienes habían permitido aquel largo cautiverio.
"Soy-yo soy-yo Hoymiencierroseacabó. Soy-yo soy-yo ymihermanoelvengador Va mos Va mos adarosunalección , decía el primer timbal mientras el segundo iniciaba un redoble piano que progresivamente convertía en estallido, como si de un cañonazo dirigido hacia quién sabe donde, se tratara: broooooOOOOOMMMMM, brooooooMMMMM. Volvía de nuevo al matiz de piano brom brom brom broooooooooooooOOOOOOOMMMMMMM, para terminar en un crescendo que rompió algunas de las bombillas de la inmensa lámpara central del recinto BROM BROM BROM . Por unos instantes los estallidos de la lámpara se confundieron con el bramido de las pieles golpeadas.
Aquello no era una frase, era un insulto vibrante, amasado con todo el odio acumulado por aquellos dos energúmenos en sus concavidades. Mientras, la caja, golpeando sus baquetas sobre el bordón en un ritmo de contratiempo y dándole a su sílaba el valor de una negra, repetía: CA CA CA CA....
Entonces toda la percusión: triángulo, caja chima, bombo, platillo, castañuelas y maracas, iniciaron un ritmo marcial: Pagarán Pagarán quienestenganquepagar pagarán pagarán quienestenganquepagar.
Ante el tono amenazante, algunos de los espectadores intentaron una honrosa huida pero las puertas estaban cerradas. Gritaron y el miedo se apoderó del resto. No había forma de salir de allí. No por el momento.
De pronto, el clarinete bajo, con una voz de bruja de las mil y una noches dijo algo que fue significativo, aunque dado el temor , nadie supo captarlo: laluz laluz la luzzzzz la la la la-la- la-la-la-la-laaaaa luzzzzzzzzz. Y de pronto la sala quedó completamente a oscuras.
Todos los instrumentos al unísono, iniciaron un tiempo de zambra en modo de fortísimo que hizo vibrar los cimientos del recinto. Nadie escuchaba; nada se oía ya que fuera coherente: Los gritos de la gente, huyendo despavorida, anulaban los de los instrumentos. La multitud chillaba, rodaba, se empujaba, se pisoteaba, moría asfixiada en aquel encierro mientras duras palabras de tono metálico destacaban sus bramidos por encima de la confusión.
Las trompas iniciaron un ahuuuuuuUUUUUUUUU  terrorífico y las trompetas emitieron desgarradores chillidos. Parecía que los cuatro jinetes del Apocalipsis hubieran dejado allí su impronta de terror y destrucción. De pronto como si un gran calderón hubiera cortado todo movimiento, se hizo el silencio.
Se encendieron las luces que quedaban intactas y un batir de puertas impelidas por quienes desde el exterior intentaban franquear el paso hizo pensar que el conjuro había pasado.
El espectáculo era dantesco; las cuatrocientas personas del patio de butacas más las ciento cincuenta que había en el anfiteatro y que víctimas del miedo se tiraron al vacío, yacían muertas en un amasijo de brazos, piernas y cabezas que semejaban ramificaciones de un mismo cuerpo. Sobre el escenario, los músicos aparecían  en grotescas posturas con los atriles clavados en el corazón; los instrumentos, reposaban sobre el suelo en actitud de inocente abandono. La escena, terrorífica e inexplicable se repetía en todos los lugares en los que aquel concierto de fin de milenio se había interpretado.
Los periódicos de todo el mundo se hicieron eco de la terrible masacre, lamentando que después de tomar tantas medidas para que el efecto 2000 no repercutiera en el normal desarrollo de la actual civilización, nadie hubiera pensado en que aquellos inanimados artilugios con los que el ser humano manifestaba sus sentimientos, pudieran impregnarse de las mismas pasiones que, durante siglos,  habían transmitido.

domingo, 7 de septiembre de 2014

OTRAS VENDIMIAS.

De nuevo los trajines. Y los viejos caminos añoran , otra vez , el peso de la llanta chirriante y monocorde.Se esparcen los aromas familiares por las calles del pueblo. Huele a mosto en la Mancha- aún huele a mosto- a pesar del arranque continuado que convierte en erial estas llanuras de verdes horizontes. Pero no es el propósito - no en esta ocasión - comentar la evidencia. Hoy la Mancha rezuma por sus poros la huella de su ancestro y se sienten las cepas aliviadas de su poso de historia- De esta historia tan nuestra de cosechas que tiene nombres propios -.Es hermosa la estampa de esas cuadrillas hábiles rompiendo los simétricos espacios que van equidistando los malrotes; hermoso es ver el fruto , que presiente su mágico destino , aguardando en capachos recalcados , su viaje final hacia  el inicio. Un inicio de mosto que hoy la tecnología simplifica , pero que era - antaño - una danza incesante y frenética, de pies embadurnados, sobre el encalado jaraíz de la añeja bodega familiar, -arquitectura sabia deshauciando el subsuelo en incesantes horas de "condena" a trabajos forzados- ; así se rebañaba la bodega - la cueva- en las casonas grandes de aquellos campesinos , en las que -como reliquias rancias de un cercano pasado - aún perduran las pequeñas lumbreras que tamizan la luz y la convierten en mística penumbra.

La vendimia es preludio de esta hermosa estación que es el Otoño ; es tiempo de bonanza, de trajín sosegado , de lúdico arrebato. Aquí la mano advierte el alma del racimo y los ojos se asombran del misterio de su pulpa traslúcida . Y se llena la boca de su esencia frutal irrepetible , de su dulzor pagano, de su frescura intrépida.

Es la vendimia vida-o debiera ser vida -; venero de esperanzas para tantas familias que han volcado su esfuerzo generoso en esta tierra dura y exigente . Atrás quedan fatigas y dudas y amenazas - que los hielos destrozan los anhelos- ; ahora todo es promesa, redención del trabajo , realidad perseguida , que en orondos capachos descarga su derrama ...

Hablar de la vendimia , es hablaros de germen, y de adviento; que el vino nuevo nace y es nueva la esperanza que en hervores de amor ahora fermenta.

Nos quedamos aquí , saboreando ese aroma tan nuestro ., que aún presta identidad a nuestro pueblo. Manzanares renueva su vestido de pámpanas rugosas, y se pueblan las vides de canciones que acunan sacrificios, mientras su esbelta torre, indiferente , se siente anacoreta...

domingo, 13 de julio de 2014

PONGAMOS QUE HABLO DE MADRID (título robao a Joaquín Sabina)

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La ciudad ha  amanecido gris, con un deje mortecino en el ambiente; la lluvia repica en el asfalto impasible y opaco. La ciudad cobra ahora un aspecto de huérfana que se hubiera quedado sin cenar esta noche. No es que sean más tristes las gentes esta mañana, es que las gentes tristes se dan cuenta de su aguda tristeza y dejan sus destartaladas buhardillas o sus míseras pensiones con el ánima a ras de suelo, mientras la esperanza bosteza intentando desasirse de la tela que, a su alrededor y durante siglos han urdido las arañas .

Hay mucha gente triste en la ciudad; gente que añora un tiempo de esplendor, gente que aún no ha podido conseguir un trabajo; gente que vive pendiente de un canuto, de un pinchazo, de un instante de evasión;- eso es: la evasión es el origen de la dependencia-; gente que mendiga, que roba, que pulula, por este inmenso solar en busca de un reflejo en el que encontrarse. Y en esta mañana triste en la que el agua chapotea en el asfalto impasible y opaco, se agigantan los miedos, la soledad, la incertidumbre, las ansias por encontrar esa estabilidad, esa salida, esa felicidad que, aparentemente, se adivina en los ojos del vecino, pero que , con toda seguridad. el vecino intentará adivinar en los nuestros.

Pero no solo los marginados son tristes esta mañana; también los acomodados sienten que la "grisura" se les cuela en los huesos. También los que tienen una ocupación cotidiana sienten el hastío subiendo sangre arriba hasta enquistarse en el hueco de la desesperanza, que puede ser el corazón o el estómago, que vaya usted a saber desde dónde llegan esos inoportunos reflejos hasta el cerebro.
Esta mañana, acaso porque el calendario señala martes y trece, o porque realmente en el ambiente flotan iones negativos, se han producido trastornos en el ánimo de las gentes; y el taxista reniega del tráfico, el comerciante se lamenta de la crisis, al portero del hotel le molesta el cuello alzado, al sacerdote le gustaría que suprimieran el celibato, a los médicos les inquieta el alboroto de la sala de espera, a las putas se les corre el rímel, a los barrenderos les pesa el cepillo, a los estudiantes les asusta el profesor de cálculo, el policía maldice en su silbato a todos los conductores que, mira por donde, hoy parecen principiantes...                    
       Y así podríamos enumerar a toda esta ingente masa que cohabita en la ciudad y que en constante acelero transita de aquí para allá como si le fuera en ello la vida . Porque en la ciudad no hay lugar para el relajo, ni siquiera en los días en los que parece que el tiempo invita a detenerse. Antes al contrario, todo parece amontonarse, como si la maquinaria que mueve el pulso urbano perdiera algún diente del engranaje y se produjera, irremediable,  el caos.

En cambio los pájaros alardean como nunca, y los árboles parecen más lozanos; y  no hay ardillas, ni conejos, ni perdices; pero si las hubiera, sentirían que la vida les regala este día en el que el aire se purifica con aromas de sierra y de jarales. Y la tierra, procaz y parturienta, daría a luz nuevos brotes de su vientre fecundo; ni un ruido diferente rompería la armonía o el pulso de la vida, de esa vida inocente que se basta a sí misma.

Pero esto es la ciudad; el lugar donde los humanos se arraciman y viven colgados los unos de los otros en altos edificios de cemento, simétricos y exactos, desde los que la miseria cae por propia gravedad hasta las cloacas en las que, millones de ratas viven en continuo alboroto aguardando el momento de su supremacía; la ciudad donde los abuelos no caben - porque los pisos tienen solo dos dormitorios y éstos tan pequeños que el 1,15% de hijos que corresponde al matrimonio, duermen hacinados en literas (porque es curioso que en el reparto del 1,15 familiar, sean las familias más humildes las que acaparan el 3 o el 4% redondeado)- y hay que mandarlos a la residencias/almacenes que el gobierno, acuciado por las presiones sociales y en un loable intento de conseguir sus objetivos políticos, ha construido, dotándolas de unos excelentes servicios en los que, menos descubrir una brizna de amor, todo es posible.
      Esta es la ciudad, hoy, porque el estado de ánimo ha rodado hasta el suelo empujado por los grandes goterones de agua, y el corazón ha sentido ese vaho maternal que emana de los alcorques de los álamos blancos, y ha sentido nostalgia de esa tierra que un día dejó por venir a descubrir nuevos medios de vida - que no horizontes-, porque los horizontes se quedaron allí, donde la vista abarcaba las sierras cuando ya los ojos se cansaban de divisar llanura, o se mostraba el sol con insolencia en todo su magnífico esplendor .

      Es curioso cómo el pulso se hace universal en esos instantes en los que el individuo es sacudido por atávicas emociones ( y dejan de tener valor esas conquistas que un día parecieron inalcanzables y que hoy son -al menos eso quiere creer uno- hitos esperanzados plantados en el duro camino de la vida), para volver los ojos a esa serenidad con la que las cosas se suceden en el medio rural, donde este mismo día contribuye a hermanar a quienes, suspendidas sus tareas momentáneamente, se juntan en los soportales de la plaza para hablar de los preparativos de la cercana simienza, o de cómo los hijos que se marcharon a la ciudad están ganando " dineros a espuertas, si no, no hay más que ver al hijo del hermano Heraclio que el domingo estuvo aquí con un cochazo que no cabía en la calle Mayor y parecía mismamente un marqués".

     Como aves migratorias que encontraran su apoyo en inmensas colonias de  congéneres, el ser humano abandona su individualidad para sumergirse en este laberinto con el único instinto de encontrar una salida. Pero el laberinto es intrincado y difícil. Y sólo los audaces alcanzarán  la puerta de la salvación. El resto, esa gran masa gris y maloliente, con las ropas empapadas y la esperanza hundida, seguirán su continuo deambular en busca de ese rayo turbador que no llegará nunca a iluminar su senda.

      Esta es la ciudad, en la que las estatuas reflejan el paso de los siglos y miran impotentes las escenas vandálicas de quienes, incapaces de asumirse, derraman su ignorancia en los pies amarillos del héroe o del artista, o rompen las farolas, o siegan las cabezas de ingenuos angelotes, mientras quedan , pisadas en el suelo, las últimas palabras que producen los labios de un hombre diferente.

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Hoy no llueve en la ciudad. Yes Domingo. Y la gente dibuja su mejor sonrisa cuando se cruza con el vecino en el rellano del décimo. Es una sonrisa de cercanía, familiar, de añoranza. Se conocen, se saben. Y saben , quién lo duda, que hoy ganará su equipo. Y saben que ambos son de pueblos cercanos - lo adivinaron un día por el parecido acento y por algunas palabras comunes-. Y saben que hay que dejar atrás las preocupaciones y aparentar una calma que se está lejos de poseer. 

Porque hoy es domingo. Y no llueve. Y hay que llevar a los niños al parque. Y comprar el periódico y mirar las hojas de economía con gesto de suficiencia. Nadie debe saber que las letras de la hipoteca obligan a trabajar más horas de lo habitual, ni que el hijo mayor se ha dado a las drogas, ni que uno quisiera volverse a aquel pequeño pueblo del que nunca debió salir. ¡A quién le importa!. Eso queda para los días de lluvia. Para cuando uno tiene que coger el autobús que le llevará a un trabajo que queda a dos horas de distancia. Para cuando uno siente allí, en el hueco del corazón, o del estómago, que vaya usted a saber de donde vienen aquellos reflejos, esas punzadas de inseguridad ante un futuro imprevisible.

Pero hoy es domingo. Y el hijo del hermano Heraclio - ese que se fue a la ciudad y gana los dineros a espuertas-, llevará a sus hijos al parque y se le ensanchará el corazón cuando la ilusión, la mágica ilusión que cabe en la sorpresa, ilumine sus rostros. Y se reirá sonoro con las gracias gastadas del payaso callejero o con la vieja cabra que baila al ritmo de una música ramplona, o se admirará de los malabaristas que se cruzan teas encendidas, o alcanzará a ver al mimo de dorados destellos, que semeja otra estatua desfasada en el tiempo, al que acuden, solícitos, asombrados infantes que dejarán, sobre la repisa de su falsa peana, un gramo de metálica ilusión para que los ojos del inanimado artista brillen por un instante y con un gesto cómplice, inviten a los demás niños a vencer su timidez; se parará después en el pequeño guiñol donde se cuentan fantásticas historias, a orillas de un estanque en el que los peces sacian su glotonería con gusanitos y migas de pan. Porque como, como hoy es domingo, y no llueve, hay vida en el parque; vida que se arremolina alrededor del  músico callejero o del vendedor de patitos nadadores, o del pintor que intenta atrapar ese instante en la quietud de su lienzo, o del vendedor que pone en almoneda los heredados libros..

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La ciudad tiene mil caras, dos mil caras.; rostros para cada ocasión, vestidos para cada circunstancia. Es, puede ser, fantástica y vulgar, pordiosera  y opulenta, lo mismo desborda alegría que rezuma tristeza; deslumbra desde su brillo o incomoda desde su fango. La ciudad es así .Y nadie podrá, nunca, ahondar en su misterio.

lunes, 23 de junio de 2014

PREGÓN DE PAZ.

Repasando mis viejos escritos, me encuentro con este que recién inaugurado el siglo XXI sirvió para pregonar las fiestas de la VIRGEN DE LA PAZ. Como creo que estas reflexiones siguen siendo válidas a día de hoy, me permito incluirlo en este blog que ala final se convertirá en mi archivo personal


Difícil misión esta que se me ha encomendado, de ser, en este tiempo, pregonero de las fiestas de la Paz. La primera pregunta que asoma a esta laguna por la que el entendimiento navega: ¿Qué es la paz? Porque la paz no sólo es la ausencia de la guerra; la paz es como indica el diccionario en la acepción que más se acerca a lo que quiero dar a entender: "virtud que pone el ánimo a tranquilidad y sosiego, opuestos a la turbación y a las pasiones". Y si esto es así, que lo es, qué pocos humanos vivimos en paz, en esa paz que se desprende , por ejemplo, de la armonía vegetal en la que las flores crecen en sin par policromía, sin que la belleza de unas estorbe la originalidad de otras, y sin otro sentido que el de formar parte de un todo universal.

La paz, es otra de esas palabras, de difícil interpretación y de más difícil ubicación. Sólo los muertos viven en paz, en esa paz del cementerio presidida por el sereno ciprés que cimbrea su esbelta arquitectura. No hay más paz sobre la tierra, porque el espíritu del ser humano siempre es inquieto. Ni los místicos han sido capaces de evadirse de las turbaciones del espíritu, no hay más que leer a San Juan de la Cruz, a Santa Teresa de Jesús o a Sor Juana Inés de la Cruz, para darse cuenta de que incluso en los momentos de excelsitud el espíritu es torturado por esa amalgama de pasiones y sensaciones que lo conforman.

Y está bien que esto sea así. De ahí dimana la grandeza del ser humano, pero, ay, también su miseria.
Hace falta predisposición para vivir en paz; no en la paz que busca el ermitaño ausentándose del mundo y encomendándose a Dios y a la oración; sino para vivir en ese mundo en el que cabe el vecino, el hermano, el cronista deportivo, el peluquero, el que profesa el mismo oficio, el contrario, el exigente, el egoísta, el crítico, el político, el sacerdote, el maestro, el albañil, el emigrante, el pobre, el marginado, el triste, el soberbio, el ambicioso... hace falta predisposición para inventar la paz cotidiana, esa que pone el ánimo a tranquilidad y sosiego...

Porque esta predisposición en las cosas cotidianas evitará que caigamos en mayores desastres, en desastres -cómo no hacer alusión a ellos-, como los que se están viviendo en el mundo desde el 11 de Septiembre del pasado año. Eso, por ponerle una fecha a las calamidades que vienen sacudiendo al mundo desde que el ser humano equivocó su forma de mirarse sobre esta tierra.
¿Qué nos mueve a interpretar nuestra vida de una forma tan totalitaria, tan absurdamente egoísta, tan independiente de la del resto de los mortales?

Debe ser algo que está sin duda por encima de las palabras, por encima de éstas que desde mi condición de pregonero hablan de paz, y por encima de las repetidas hasta la saciedad por quienes desde sus tribunas, sus púlpitos, sus columnas en el periódico, sus programas de radio, o su condición de comunicadores, nos convocan al entendimiento, a la solidaridad, al hermanamiento
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Parece como si todo nos resbalara por esa concha con la que defendemos nuestra integridad. Ya no nos inmutan, o sí, pero seguimos comiendo, esas trágicas escenas con las que diariamente nos sorprenden los telediarios: niños famélicos, heridos, tristes, comidos por las moscas y la miseria, o, lo que es peor aún, niños armados hasta los dientes gritando consignas de guerra. ¿Qué nos importa? Nosotros estamos aquí, protegidos por una legislación que nos garantiza nuestra seguridad, nuestra economía, nuestro bienestar. Aquello sólo son imágenes; imágenes que durante unos instantes nos dejarán un mal sabor y que, tal vez, para que no horaden en nuestra conciencia, dejaremos de ver apagando la tele o cambiando de canal.

Hace falta un grito urgente, un grito de paz, un basta ya de genocidios, de supremacías, de poderes absolutistas que todo lo solucionan con la fuerza de sus armas, atómicas, químicas, nucleares, bacteriológicas...
Qué hemos hecho para llegar a esto...qué nos ha hecho llegar a esto. ¿Alguien se atreve a contestar, a contestarse a sí mismo? Sabemos lo que está mal, lo que está menos mal y lo que está bien. Y nos produce honda satisfacción el bien que en alguna ocasión podemos haber hecho al prójimo; como nos produce profundo malestar descubrir nuestro egoísmo o nuestra soberbia cuando no hemos sido capaces de controlarla. ¿qué nos ocurre entonces? ¿ por qué no rompemos estas ataduras que nos traban y no nos dejan ser como realmente quisiéramos? Miedo. En el fondo, lo que ocurre es que tenemos miedo, miedo a perder lo que hemos conseguido; miedo a que alguien rompa esa fortificación en la que nos protegemos de todo lo que nos es ajeno. Nos falta paz. Paz interior para mirar por encima de lo fútil, de lo intrascendente; para descubrirnos detrás de la palabrería mentirosa con la queremos justificar nuestros actos. Yo, ahora, mientras os hablo, soy un mentiroso. No os asombréis. Lo que digo podrá ser más o menos bonito, más o menos literario. Pero no sirve de nada. Lo que realmente sirve es el compromiso. Lo difícil, es el compromiso. Lo eficaz, es el compromiso.

Es cierto que más de una vez nos preguntamos ¿y qué puedo hacer yo? Pero cada vez es más cierto que esa pregunta tiene una respuesta válida y que todos en mayor o menor media podemos hacer algo: Comprometernos. Podemos exigir a nuestros representantes políticos que contemplen en sus programas medidas sociales; que inviertan parte de los magros impuestos que reciben las arcas del estado en construir asilos, hospitales; en potenciar ayudas para países subdesarrollados; en mejorar las viviendas. Ya sé que ahora todo eso se hace. Porque cada vez, y esto entre los mismos políticos, hay más gente comprometida; porque cada vez, y esto entre las personas con derecho a voto, hay más gente que reflexiona su particular manera de elegir a nuestros gobernantes. Todo es un compromiso. Cristo fue un hombre comprometido. Y no por ser Dios, sino por ser Hombre.

Llegará entonces, un hermoso momento para la vida. Ya sé que suena a utopía, pero ya se han salvado muchos obstáculos que , no hace tanto, parecían insalvables. Estamos en el camino. Sólo nos hace falta perder el miedo.

Sobrecoge, entonces, encontrarse en un pequeño recinto como es el de esta ermita, tan silencioso, tan apartado de los problemas del mundo, tan preparado para el culto. Sobrecoge contemplar esta pequeña imagen, esta dulce y tierna talla de la Virgen con el Niño; así miran casi todas las madres a sus hijos, quisiera pensar que incluso aquellas que por ignorancia, cobardía, miedo, o falta de medios los abandonan una madrugada en los contenedores de la basura; así trasmiten todas las madres la armonía que reina en su corazón al coger en sus brazos a esa otra parte de su ser que tiene vida propia, luz propia, gestos propios. Y como Ella, todas las madres intentan inculcar a sus hijos  lo que de bueno llevan en su corazón.

Fijaos en la mirada, porque la mirada es un reflejo fiel del interior de las personas; la mirada no engaña, por más que el disimulo se esboce en sonrisa. Pocas miradas hay que reconforten tanto, que descubran tanto como la de una madre mirando a su hijo. Eso, ese estado de arrobamiento, de entrega, de predisposición, es la Paz

Sobrecoge ver la devoción con que un grupo de hombres, fieles adoradores de María, cuidan su ermita, restauran el retablo y las imágenes, pintan los bancos, convocan al rosario en las abiertas tardes de mayo, o preparan con toda suerte de detalles la festividad de su Virgen . Porque eso también es la Paz.

Sobrecoge ver que la vida se detiene entre estos muros para rezar sus plegarias, o dirigir sus súplicas con la mirada puesta en los ojos de quien puede interceder por nuestras aflicciones, por nuestros problemas cotidianos, por nuestros desvelos. Porque eso también es la Paz.

Sobrecoge, en fin, este paréntesis de cera y flores, de reto y rito, para que estas fiestas sean , un año más las de un barrio que no quiere perder su identidad ni el celo por su Excelsa Patrona. Porque esto también es la Paz.

Practiquemos, todos, la paz del espíritu, para que en el horizonte dejen de verse las estelas del odio entre razas, entre religiones, entre vecinos, entre hermanos. El mundo tiene la obligación de caminar hacia la total universalización de los derechos de todos los habitantes del planeta. 
Practiquemos la paz del espíritu para que el fanatismo no se adueñe de nuestros actos; para que las diferencias nos hagan plurales y no enemigos; para que ningún niño muera sin poder ver a su padre por estar prisionero en una guerra absurda.

Practiquemos la paz del espíritu para sonreír al vecino, para consolar al afligido, para alegrar al triste.
Practiquemos la paz del espíritu para sentirnos dignos de la condición humana.

Desde esta tribuna, con la humildad del pregonero que a toque de cuerna, trompeta o bocina, convocaba a los vecinos para anunciar las nuevas en la aldea, os exhorto a que hagáis de  las fiestas de vuestro barrio, una manifestación de júbilo y firmes propósitos, pues será, ésta, la mejor manera de honrar y venerar a vuestra Excelsa Patrona