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martes, 30 de agosto de 2016

COMO QUIEN RESPIRA.

Agradecido y emocionado por este texto que Federico Gallego Ripoll, hace sobre mi poesía.


COMO QUIEN RESPIRA
(La poesía natural de Jerónimo Calero)

Atender a la sutileza de los estados intermedios, elegir la permanencia del paisaje cercano, las emociones cotidianas que forjan el carácter y la ironía ante el desamparo que produce la conciencia de finitud, son patrimonio de los hombres sabios que establecen lo contiguo como ámbito de conocimiento y –acaso, en ocasiones- felicidad. Así, el amor sosegado, la reflexión serena, la opción por la sencillez como forma respetuosa de tratar a la palabra y dotarla de un cauce confortable, la consideración del tiempo como barco que nos lleva, el no herir, no forzar, no impostar, no incurrir en desatinos ni extravagancias, son señas que caracterizan la poesía natural de Jerónimo Calero, que aparece como el primer mosto que mana de su propia naturaleza y llega al vaso conducido por su simple peso. Acostumbrado a aconsejar sobre cómo combinar o desechar hechuras, cortes, colores y texturas, se reconoce con naturalidad en el terreno de la armonía y el aliento reposado y musical del verso, donde no hay disonancias ni trastabilleos, sea cual sea el formato elegido, desde el clásico soneto al verso blanco de aliento salmódico y compostura versicular.
         Jerónimo Calero escribe como vive, con la misma tranquilidad de ánimo, un cierto pesimismo consustancial de honda raigambre manchega, y el mismo permanente intento de verdad, pues bien dice que “la vida y la poesía son hermanas siamesas”. Y por eso sus poemas, compilados en los últimos tiempos en dos sensatos libros de hermosa factura: “¿Y quién es el que canta?” y “Soledades”, se suceden con la naturalidad con que un día sucede a otro, o, a una, otra estación.
         Aunque la poesía es única y cada cual la asimila y afronta de su mejor manera, hay en los poetas que ejercen su oficio en ámbitos cercanos, en sociedades de dificultosa intimidad, como son los pueblos y las pequeñas ciudades, un componente añadido al de la propia creatividad, y es el de ser reconocidos por su entorno como depositarios de una parte valiosa de la memoria o el talante comunes de sus conciudadanos, porque siempre los poetas han sido garantes de la custodia de “las palabras de la tribu”. Y eso les condiciona con una responsabilidad añadida: la de haber de cuidar no sólo su propio discurso, sino también saber transmitir ese ámbito de memoria expandida que estas sociedades pequeñas depositan en sus representantes más respetados. “Un poema, un ciprés... cosas corrientes”, dice; y también “mis palabras son fruto de la tierra que habito”.
         Así, Jerónimo Calero sabe mantener con dignidad esa representación implícita de los valores esenciales y duraderos en que destaca como aglutinador de una riqueza emocional compartida. Hay en su sereno mancheguismo, nada tópico, una reivindicación de la poesía de la acritud de la cotidianeidad, el enunciar la inercia de las limitaciones, reconocer la finitud de todos nuestros límites, nuestra incapacidad para entender la vida, e incluso para asimilar la belleza que nos llegue en un lenguaje diferente al propio.
         La escritura, en su caso, se va desarrollando sosegada; es la poesía de un hombre que camina reposado y, mientas anda, al ritmo de su paso, va dejando escapar su pensamiento, como si al compartir su conciencia de la temporalidad y las rémoras apesadumbradas de la existencia, aligerara, junto a su zurrón, su conciencia: “...a mí me ha sobrepasado casi todo”, afirma.
Hay en esta poesía un permanente tono de abandono de las fuerzas, un cansancio de estar siempre en ese punto intermedio entre lo que se ha perdido y lo que nunca se tendrá, una reflexión existencial sobre el continuo ejercicio de la pérdida o el abandono. Vivir es aceptar esta costumbre, quitar hojas al calendario, confiar en ser sorprendido por una buena noticia. Y también es escribirlo. Vivir es escribir el cómo y el porqué, y el contra quién la vida va pasando mientras adelgaza y transparenta la piel que nos contiene.
         Los poemas se suceden en fragmentos numerados, dando continuidad al intento de recrear un mundo extendido, amplio como el paisaje en el que el poeta se inscribe. Es una panorámica general, lenta y en círculo, que a veces nos otorga la calma de una siesta, o el resorte feliz de un guiño desde el muy peculiar y a veces dificultoso sentido del humor de los hombres de llanura, que no poseen más sostén que la intemperie.
         El paso del tiempo, con sus progresivas limitaciones acumuladas, le empuja a hacer inventario de lo que ya no somos, a base de ir añadiendo relación de dolencias. Como si nombrarlas limitara –o al menos controlara- su efecto. En definitiva, el tiempo es compartir lo que nos falta. “Cuesta toda una vida aprender a sacarle partido a las mermas”, dice Jerónimo Calero, y dedica su enjundia a loar la vejez, cuando ya no es preciso rendir cuantas a nadie –de este mundo- porque hecho está lo ya hecho, y no se exige hacer lo que no se hizo. El poeta se sitúa en esa ficticia atalaya de una vejez –en su caso, metafórica, no real- que no es sino recurso literario para soltar la lengua con el desparpajo que otorga una independencia bien ganada. “Sé que aún me queda todo el tiempo que necesito / para acercarme a mi pensamiento”, dice,  y de repente se sitúa sin haberlo pretendido junto a estas artificiosas y tan de moda doctrinas del mindfulness, (actitud consciente cada instante), que desde hace siglos vienen practicando como algo natural, sin tanta parafernalia ni tanta publicidad, las gentes de nuestra tierra.
“No es lo malo morirse.
Lo malo es no saber a qué vinimos.”
         Escribir poesía como quien respira (¡no es cicato el empeño!), y hacer que a través de ella respiren las palabras y las emociones descritas, las pequeñas anécdotas, el tiempo y sus roturas, sus pérdidas, su inevitable flujo tierra adentro. Como quien respira, bien consciente de cada bocanada de aire fresco, su peso y su medida, su importante fragilidad. La poesía es su medio natural, y cuando menos se preocupa porque sea brillante es cuando más eficaz se muestra. Lo más valioso de la poesía de Jerónimo Calero es su naturalidad, su no empecinamiento –tan común- en buscar acentos rimbombantes y expresiones sonoras. Las palabras sencillas, bien usadas, han sido siempre las más jugosas y eficaces cuando el poeta habla y reflexiona desde la verdad. Y éste es el caso.
         El itinerario por los libros de Jerónimo Calero es muy recomendable para todos los amantes de la poesía, y también -y casi, sobre todo- para quienes no lo son, porque aprenderán a ver con otros ojos y a sentir cosas que nunca hubieran sospechado que tenían dentro de sí. Nos encontramos aquí con un poeta que, ocupándose de las cosas naturales del mundo, y haciéndolo con buena mano, discreción y raciocinio, ejerce una valiosa pedagogía sobre el hecho de escribir y compartir lo escrito, desde la confianza de hacer que sus lectores puedan asumir como propia la experiencia del poeta, que no hace sino poner por escrito lo que nos pasa a todos y decirlo de una manera hermosa y perdurable, desde esa actitud de utilizar con solvencia un yo más expandido que limitador.    
         ¿Juego o compromiso? se pregunta el poeta. Quizás la respuesta sea una palabra a medio camino de ambos y que a ambos contiene: inevitabilidad. Jerónimo Calero es un poeta inevitable, un hombre inevitable que se expresa en poeta, y en poeta se justifica, agradece los dones recibidos, lamenta los estragos del tiempo... y sigue su camino. Porque en cada nuevo día se inaugura también como poeta, retoma la labor dejada a medio concluir el día anterior y sale con las palabras en las manos a que les dé directamente la luz del sol, el aire leve que se lleve los hilos mal cortados. Porque sólo bajo la luz sin medias tintas de la calle, los tejidos y los poemas entregan sin disimulos su verdad.


FEDERICO GALLEGO RIPOLL
Jerónimo Calero, ¿Y quién es el que canta?, Cuadernos del laberinto, Madrid, 2012

Soledades, Huerga y Fierro, Madrid, 2016

domingo, 16 de agosto de 2015

BASIDA.

BASIDA.
Este es uno de esos trabajos que perviven en los cajones del olvido. Se trataba del sexto aniversario de BASIDA en Aranjuez. Despues fundarían casa en Manzanares. Ciudad Real y probablemente, hayan fundado muchas más en esa trayectoria de ayuda que alguien se propuso.


Uno sabe que su paso por Basida es tan sólo una visita; que a una hora de camino está su casa con todas las barreras protectoras que el miedo y el consumo le han hecho adquirir a lo largo de su vida. Uno piensa en muchas ocasiones que la vida está mal, que debería existir una fórmula para que la sociedad eliminara esas enormes diferencias derivadas exclusivamente de la capacidad económica de los individuos ; porque las otras diferencias , las de seres humanos , son mínimas y dependen de las circunstancias que a cada cual rodean.

Uno piensa , que si a estas alturas , siguen existiendo focos marginales es porque ha fracaso todo : religión, estado, filosofía, humanismo... Que todos nos dejamos mover por una inercia planteada en primera persona ; por razonamientos tales como : Yo trabajo, que trabajen los demás. O : él se lo ha buscado por su mala cabeza...Uno piensa , en fin, que aún queda un largo trecho para que la humanidad sea feliz sobre la tierra.

No quisiera pecar de ingenuo al decir que existen soluciones; porque entre otras cosas, no todos los problemas se pueden atacar de la misma manera. Hay problemas que dimanan directamente de la sociedad y otros que dimanan del propio individuo. Pero en cualquier caso, una persona con problemas debe sentir el apoyo de la sociedad en la que vive. Un apoyo que a veces deberá llegar en forma de exigencia , de educación , de preparación , de medios...

Hemos construido un mundo donde solo tienen cabida los capaces, los inteligentes , los guapos - les ruego a Vds. que en todo mi escrito inserten también el femenino -,y luego están los otros , aquellos a los que esta sociedad considera parásitos , inútiles , descarriados ; los que no producen no tienen derecho a consumir , parece rezar la filosofía de esta sociedad materialista que nos mueve. Y efectivamente, todos debemos contribuir a que nuestra sociedad prospere ; cómo si no, se conseguirían los medios necesarios para solucionar tantos problemas. Pero es que además , la marginación es un problema añadido ; un problema al que el estado , como todos nosotros , atiende con migajas. Nadie, y es lícito , puede decirle a un necesitado : Toma mi sueldo , o mi coche , o mi negocio . Cada cual nos preocupamos de atender nuestras propias necesidades . Y ya es difícil luchar para conseguirlo.

Por otra parte, no sé si la marginación preocupa , o molesta. Todos recelamos , rehuimos de aquellos que se acercan a solicitar nuestro donativo , porque además está claro que es un oficio del que no tienen intención de salir. La marginación, me temo , es, como todos los caminos que en la vida se inician , difícil de abandonar.

Pero no es menos cierto que todos somos culpables del abandono , de la humillación , de la miseria que asola nuestras opulentas ciudades. Probablemente el estado hace lo que puede y llega cada vez más lejos en sus planteamientos de solidaridad . Pero el estado derrocha ; la sociedad derrocha . No preocupa el consumo si uno tiene con qué pagarlo; de la misma manera, no preocupa la droga si uno puede adquirirla. Lo malo , lo peligroso son los medios para lograrlo . Lo peligroso es el agravio comparativo que corroe las entrañas ; esa pregunta lícita : ¿ Porqué yo no y ese sí ?.

Pero es que el ser humano es débil , gracias a Dios . Y cae en la tentación y en la lujuria y en el egoísmo . Porque todos los pecados están inventados desde que el hombre existe sobre la tierra . Lo distinto es la forma de interpretar la vida - único bien con el que todos llegamos a este mundo-.
La gente se margina o nace en la marginación. La marginación no deja de ser otra filosofía , pero una filosofía que no tiene cabida en un mundo que se mueve a golpe de talonario. "Poderoso caballero es don dinero" con él se disimulan los vicios, las limitaciones , los pecados a los que es proclive el ser humano. Por otra parte dudo mucho que los marginados se esfuercen en dejar de serlo . Otra cosa son los desafortunados , los que han llegado a cotas de desesperación , de soledad , de abandono...
Ahí es donde debe estar la sociedad con la mano tendida como puente salvador. Cada cual es libre de interpretar su vida. Pero a la sociedad corresponde establecer los mecanismos de adaptación necesarios.

Todo se realiza con dinero . Pero el dinero no se encuentra debajo de las piedras : Las necesidades que depara una sociedad son múltiples y de costos astronómicos.Y es aquí donde surge la pregunta : ¿ Qué hago yo, pobre de mí, para solucionar tantos problemas ? . ¿ No es bastante con los impuestos que pago ?. ¿ No se podrían adaptar los Presupuestas Generales del Estado para que cubran estas demandas ? ¿ No nos sobra armamento ? ,¿ están bien gestionadas las partidas de cada ministerio ?...Y uno se pierde entre tanto galimatías - porque es normal que se pierda - y justifica su letargo y su egoísmo, pensando que hace lo que puede para a ayudar a solucionar esos problemas sociales.

Mientras tanto, otros, se aprestan a la lucha , inician nuevos caminos , proyectan su humanidad sobre aquellos que necesitan una mano tendida tratando de llevar una luz de esperanza a la incierta penumbra de sus vidas . Son los voluntarios , los solidarios , los que no se plantean aquello de ¿Y yo, que puedo hacer ? . Los llaman O.N.G. (Organización No Gubernamental ), pero también esas siglas podrían significar : Os Necesitamos , Gracias.

Ayer estuve en Basida ( Aranjuez ) con motivo de la celebración del VI aniversario de su fundación . Formaba parte de un grupo de poetas que acudió a la llamada de un hombre bueno : Juan García Espinosa de Los Monteros . Juan organiza recitales para llevar algo de calor y de humanidad allí donde se necesita .

Hablar de Basida sería transportaros a otro mundo . Un mundo creado por un grupo de gente solidaria, en un lugar aislado , alejado de la ciudad - Basida, antes de ser un complejo habilitado con el trabajo de los propios internos, debió ser una granja - confundido entre olores de heno y establo. Era la hora del crepúsculo y aquella tierra feraz respiraba efluvios maternales; sin duda , sus fundadores debían ser, además , amantes de la naturaleza.

Basida es un lugar modesto , autofinanciado, supongo ; hecho desde los cimientos con más amor que medios . En Basida había calor ; calor humano . Su pequeño salón de actos estaba lleno de buenos propósitos . Llegamos en el momento en que se servía una merienda a base de pastas , mantecados , natillas , coca -cola... Algunos de los nuestros ya habían estado allí en años anteriores ...Abrazos , saludos , felicitaciones . El saludo más emotivo , a Manuel Cerrato, uno de los fundadores - ahora postrado en una silla de ruedas por una trombosis - que seguía desde su asiento todos los acontecimientos . A continuación un grupo folklórico de Aranjuez interpretó un nutrido repertorio de danzas regionales ; aplaudido, jaleado por las doscientas personas que llenaban el recinto . Aquél lugar estaba dotado ,con dignidad , con lo que otros desechan - Era una prueba más de las muchas que pudimos ver en aquellas pocas horas- y que aún podía servir para albergar ilusiones .

Lo que más me impresionó fue la pequeña capilla - contigua al salón - donde una Cruz de madera , grande , desnuda ,cubierta solo con un lienzo a manera de dosel , presidía aquél sagrado recinto convertido, ahora, en improvisado camerino . Las paredes acusaban las huellas de unos días de intensas lluvias en los amplios goterones que cubrían aquellas que daban al exterior y a las que sin duda faltaban los aislantes de rigor.
Me imaginé palabras de fe y esperanza para quienes saben que son portadores de una de las últimas y más cruentas enfermedades del siglo XX.

Fue después la cena, frugal, en otro improvisado comedor a la que todos los asistentes fuimos invitados , el punto de encuentro , al menos para mí , con los responsables del Centro de Acogida. Lamento no recordar sus nombres, pero creo que a ellos ( a ellas ) les importe poco . Solo recuerdo el de Pana " Me llaman Pana porque mi apellido es Panadero ", y sus palabras de vida en un lugar donde son necesarias sus palabras y su entrega ; entrega generosa cambiada por una vida de brillante ejecutivo que encontraba vacía...

Era noche cerrada cuando salimos del comedor. Aún quedaba por actuar un cuadro flamenco que no vimos dada la hora y la distancia para regresar a casa . El tímido alumbrado nos descubría todas las dependencias que utilizaban los residentes : Biblioteca, lavandería , habitaciones personales... La tierra seguía despidiendo su vaho maternal en forma de húmedo aliento confundido con aromas a heno y a establo .La paz era absoluta.

Dijimos adiós a Basida con el corazón encogido ; incapaces de describir las sensaciones que nos embargaban . Hoy , desde la distancia - esa distancia vital que nos separa -, les quiero enviar mi más emocionado recuerdo y mi profunda admiración.

domingo, 15 de febrero de 2015

RECORDANDO A ANTONIO INIESTA

Lloré al nacer y en esta coyuntura,
lloré a la vida que me recibía,
y más tarde lloré con alegría
al sentir el amor y su hermosura.

Y digo que lloré con amargura
cuando supuse que el amor me hería,
y esa lágrima herida, todavía,
se escapa de mis ojos y supura.

Después el duende amargo de la vida
me dibujó en la cara lagrimales,
que dejaron mi risa derretida.

Y todavía queda recluida
la lágrima que espera en mis eriales,
por si encuentra al dolor en su salida.

Así comienza el libro " Algo más que una lágrima" con el que Antonio Iniesta ofrece la segunda entrega de sus poemas. Y digo ofrece porque de forma generosa y altruista se ha costeado esta hermosa edición con el único fin de regalarla a sus amigos. No persigue oropeles ; se niega rotundamente a hacer un acto de presentación de este hermoso poemario , no quiere protagonismo. Este hombre sabe -después de una vida larga y fecunda- que no hay nada como la propia satisfacción detrás de cada obra. Su sencillez y su modestia, manifiesta en tantas ocasiones y cúmulo de críticas hacia el propio autor - a veces, cuando no hay nada que criticar se critica hasta lo bueno- han sido una constante en su vida. Lo que para muchos ha sido comercializar su pintura , no ha sido otra cosa que ofrecer a todo el mundo la posibilidad de tener un cuadro suyo , o , en este caso, un libro de poemas.
Es cierto. Antonio Iniesta tiene nombre y calidad como para cotizarse muy alto- no voy a descubrir ahora sus excelencias-; pero su humanidad y su cercanía solo aspiran al único pago que no se hace en papel emitido por el Banco de España : el reconocimiento. En este libro, algo más que una lágrima , descubrimos al poeta, al místico . al hombre de fe por encima de todas las adversidades. No ambiciona nada, no pretende nada ; solo entrega, de forma magnánima, su alma hecha jirones. Y es hermosa su alma y sus rincones ; esos rincones donde acumula versos endecasílabos hasta la saciedad ; ese venero por el que llegan hasta su mente palabras de amor y de esperanza en hermosos sonetos o en bien rimados romances.
Antonio Iniesta, que ya consiguiera un galardón de la Asociación Cultural Quijote 2000 de Ciudad Real por unos sonetos a Don Quijote, nos deja hoy constancia de su buen hacer como poeta, de su fecundidad intacta y de sus deseos de seguir haciendo aquello para lo que está especialmente concebido : Seguir creando belleza.


martes, 9 de diciembre de 2014

CON EL DEBIDO RESPETO.



Carta abierta al alcalde de Manzanares.-

Lo malo de ser alcalde, Sr. Alcalde, es que, desde ese cargo, uno se pone en el disparadero, pero por la parte de atrás, es decir en la diana.  Y es que corren malos tiempos para aventurarse en ese menester.  Y sobre todo, corren malos tiempos para hacer profesión de la política. Los que le conocemos  ¿quién no conoce en Manzanares las siglas ALM?, sabemos de su buen hacer, de sus comienzos en una pequeña habitación de la c/ Virgen de Gracia, de su posterior evolución, de su extraordinario  desarrollo profesional, de su vida cotidiana, tan común, o tan singular, como la de cada uno de los habitantes de este Manzanares de nuestra entraña. Los que le conocemos sabíamos que era usted un hombre normal, emprendedor, trabajador, honrado, buena gente… que tendría usted sus virtudes y sus defectos, como todo el mundo. Pero hasta ahí llegábamos. A nadie le importaba su persona más allá de esa imagen con la que todos  nos proyectamos hacia la sociedad;  si, es un poner, hacía usted crucigramas en su despacho de la calle Pérez Galdós o estudiaba  posibles inversiones; si se gastaba su dinero, bien ganado, en lo que le apeteciera, o disfrutaba viendo crecer su patrimonio en esos carteles anunciadores de venta de parcelas. Porque eso entraba dentro de su  desarrollo personal, de su vida privada, de esa parcela en la que cada cual se manifiesta sin miedo al qué dirán, porque entre otras cosas, el qué dirán sólo podía ser fruto del beneplácito  de quienes tienen una perspectiva lógica de las cosas,  o de una malsana envidia de quienes  sólo se alimentan de una bilis ponzaoñosa.

Usted gozaba, goza, de un prestigio social adquirido día a día durante su ya dilatada trayectoria profesional. Y  tiene la suerte de dar una imagen acorde con esa personalidad. Pero por encima de todo era usted un hombre valorado. Porque en el fondo, aunque nos joda ver como alguien pisa el acelerador y nos pasa como un meteorito, todos apreciamos las cualidades que se dan en quienes destacan en cualquier orden de la vida.

Pero llega un punto (Y corríjame si me equivoco), en el que uno piensa: Lo he hecho todo, lo tengo todo ¿Qué más puedo hacer? -¡Ser alcalde! Parece decirnos una voz interior. Luchar por los intereses de mi pueblo, mejorar su imagen, proyectarlo hacia una dimensión nueva, exportarlo al resto de España y hacerlo esplendoroso. Porque, estoy seguro, no es la vanidad personal la que nos mueve, aunque si  lo fuera también sería  admisible. Es el deseo, las ganas de hacer cosas, de conseguir retos,  y, si el tiempo y las circunstancias lo requieren, ser reconocido como alguien que pasó por la vida dejando una huella positiva.

Esa sería, en teoría, la manera de pasar de uno a otro empeño, de uno a otro  escalafón.  De pasar de ser  un gran emprendedor a un gran alcalde, puesto que las condiciones como persona las tiene y la capacidad de actuación se le reconoce.

Pero llegamos a la diana cuando la situación es tan convulsa que todo el mundo estamos con la mosca/escopeta detrás de la oreja; dispuestos a disparar nuestros dardos al centro mismo del círculo principal. Y llega el momento de bailar con la más fea; de lidiar a un morlaco resabiado que sabe latín y va derecho al cuerpo –acéptenme la metáfora-. Y no es que sus proyectos no sean los adecuados, o que sus ideas respecto al desarrollo de nuestra ciudad no sean válidas, que probablemente lo sean. Es que usted ahora es alcalde. Y tiene sueldo como tal. Y en su cargo va implícita la crítica, el comentario más o menos acorde con sus movimientos; la dualidad de ser de un partido y al mismo tiempo, del pueblo que lo votó. Yo sé, me imagino, que en esa situación debe ser difícil adoptar una postura coherente con el sentir de todo el mundo. Y que cualquier paso que Vd. de,  será mirado con lupa. Con la gigantesca lupa de quienes estamos pendientes de la paja en el ojo ajeno.

Pero es lo que hay, Sr. Alcalde. En este teatro del mundo cada cual asume el papel para el que cree estar capacitado. A veces nos capacitan los errores,  otras veces la propia experiencia. Y, como mal menor, hacemos de tripas corazón y nos acostumbramos a vivir con el sambenito que nos quieran aplicar. O decimos basta, que también puede ser una postura coherente en según qué circunstancias.
No espero molestarle con esta reflexión personal que ni siquiera es una crítica. Lo que pretendo, lo que me agradaría,  es que asuma su nueva posición sabiendo que se debe a esas críticas; que quienes no le han votado también son su pueblo; que por encima de las consignas de partido está la defensa de los intereses de sus paisanos, de todos; que se revista de magnanimidad y admita los comentarios de quienes no estén de acuerdo con su línea de actuación. Porque de la discusión sale la luz. Y porque a quienes miramos, que también somos parte de ese teatro en el que nos toca interpretar este papel -qué sería del teatro sin espectadores-, captamos mucho más de los gestos, que también son lenguaje, que de la palabra que a veces no concuerda con el gesto.

En fin Sr. Alcalde, qué puedo decirle que usted no sepa. Ojala salga de esta legislatura siendo tan valorado como lo es en la empresa privada y sepa ganarse la confianza de todos los ciudadanos que, aún queriendo cambios, como demostraron las urnas, no admiten que aquellos a los que votaron, pisoteen sus derechos.


Reciba un cordial saludo.

martes, 25 de noviembre de 2014

LLUEVE.

Fue, este, uno de esos artículos escritos en la última década del pasado siglo en los que, tras largos años de sequía, vino la lluvia a redimir una tierra esquilmada y desértica. Casi todos los nombres que cito, ya no están entre nosotros, pero dejaron su hella generosa en la senda del anonimato.

Llueve mansamente , hermosamente ; como si la lluvia pidiera perdón por tantos años de ausencia . Algo se limpia cada vez que llueve ; hoy cae blanda , dulcemente, como queriendo limpiar todos los malos humores de nuestra sociedad . Es posible que el campo vuelva a ser verde, como las esperanzas de los que de él dependen . Es posible que empecemos a pensar que no pasa nada ; porque nada pasa realmente serio . Lo serio es la guerra, la enfermedad, las plagas, el exterminio . Todo lo demás son males menores ; males de una sociedad miedosa envuelta en los celofanes del consumo ; incapaz de pensarse retrocediendo . Porque esta sociedad está concebida para no retroceder - sería el fracaso - nunca. Es preciso crear necesidades ; consumir vorazmente ,  por encima de criterios o de posibilidades . Solo así puede ser fuerte una sociedad de consumo.

El regreso sería hundir a las multinacionales, desajustar los esquemas , romper el índice de desarrollo previsto ; entrar en definitiva en una vorágine de quiebras imposibles de asumir . El regreso sería el caos.

Es tal el entramado de nuestra sociedad de consumo que nadie puede salvarse de su arrolladora influencia . Todas las células están interconectadas para que el consumidor final no halle un momento de respiro . Porque el consumo es el motor que impulsa el progreso.
No sé si yo quería decir esto en este artículo . Lo cierto es que el director me dijo anoche - como siempre- " prepara algo para mañana " . Y mañana es hoy . Comencé a escribir anoche , arrullado por la bendita lluvia con la intención de hacer una página con sabor otoñal . Pero tuve que cortar por exigencias del guión - del guión de mi vida se entiende - y ahora es difícil encontrar el hilo .
Yo quería hacer constar que es difícil mantener las individualidades en una sociedad tan mediatizada . Por eso tienen mérito algunas personas que saben llevar hasta sus últimas consecuencias su entrega al ejercicio de su profesión ; o dedican su tiempo libre a obras sociales ; o desdoblan sus horas en proyectos de ayuda a los más necesitados. Estaba pensando en Don Emiliano , tan agasajado últimamente ; tarde no, porque antes no lo habría aceptado ; antes su tiempo estaba dedicado por entero a sus pacientes : Estaba pensando en Tomás , el bueno de Tomás Sánchez Gil , que se dio por entero en Cruz Roja y que hoy padece obligado retiro en nuestro Hospital . Estaba pensando en Pedro el tapicero que dedica sus horas a preparar la cabalgata de Reyes de los más pobres . Estaba pensando en Jesús , " Jesusillo el tapicero "que hasta el nombre se hace humilde en los humildes . Estaba pensando en tanta buena gente de nuestro pueblo de las que podría decir el nombre propio . Estaba pensando en las hermanas de la caridad con sus cien ancianos a los que dedicar una sonrisa. Estaba pensando en Guillermo que tocaba su fagot hasta que una pirueta lo ha sentado en una silla de la que - estoy seguro - se levantará algún día.

Era esto lo que yo quería decir en esta noche en la que el agua hacía cascabeles en el asfalto de la desierta calle ; quizás purificado por esta magnánima demostración de esa fuerza suprema que todo lo regula.

Era esto : Que nada hay tan importante como ser persona ; que nuestra sociedad debe potenciar las individualidades ; que progreso sí , pero sin perder el norte ; que al final, solo quedan las huellas en la senda que perfila el camino de la vida.

lunes, 20 de octubre de 2014

DANIEL, MI AMIGO.

Probablemente, todos los de mi edad recordaréis a Daniel González-Mellado, nuestro paisano músico,  y los que sean más jóvenes, deberían recordarlo porque sería señal de que su memoria prevalece por encima de convencionalismos protocolarios como pudiera ser la sala de ensayos que lleva su nombre. Sirva como recordatorio este escrito  con el que presenté el concierto homenaje que se le rindió a raíz de su fallecimiento en el año 2000.



Queridos amigos, buenas tardes:

Podría recurrir, en esta hora difícil, a viejos escritos sobre el amigo muerto al que lloré, más por lo inesperado que por lo inexorable de su muerte, pues la muerte a todos nos espera en esa encrucijada final a la que más tarde o más temprano hemos de llegar. Podría recurrir a viejos escritos sobre el amigo vivo, con el que compartí infancia y juventud, y al que me cupo el honor de presentar cuando la revista Siembra le nombró sembrador. No hace tanto...

Podría contar anécdotas, revivir imágenes, pero serían pasadas, personales, íntimas. Y no quiero proyectar exclusividad en mis personales sentimientos sobre la trayectoria de quien a lo largo de su vida fue pródigo y generoso en su sentir, hacia todos los que de alguna manera se sintieron atraídos por la calidez de su cercanía.

Por eso, hoy, no voy a recurrir a las emociones, entre otras cosas porque no sé si podría dar fin a esta lectura, y porque a Daniel, pues ya sabéis que es de él de quien os hablo, no le gustaría . Voy a utilizar una figura menos dolorosa para evocar al amigo, a nuestro amigo: la de la ausencia. Porque la ausencia no es un estado definitivo del ser. La ausencia siempre es evocadora y en ella cabe la esperanza del reencuentro. En la ausencia se puede mantener comunicación con el ausente, revivir los momentos que con él pasamos, imaginar su llegada con esa aureola que imprime la distancia, guardarle  un sitio preferente en ese hueco de la memoria que es, en definitiva, lo único que pervive de nuestro paso por la vida.

Si hoy, sobre este escenario hubiera una silla vacía, y , sobre ella, un trombón de varas, quedaría constancia de una pérdida.; pero, si, como ocurre,  cada músico ocupa su lugar, y los trombones, aguardan, inquietos, que el aire circule por sus tuberías para producir ese sonido inconfundible, nadie notará la falta de quien, a última hora, tuvo que acudir a una cita inexcusable.

Y, en realidad, sobre este escenario, no falta nadie, pues en todos nosotros está latente el recuerdo del buen hacer de un músico que no ha escatimado esfuerzos por su pueblo y por su banda ( entre otras cosas, porque nunca le supuso esfuerzo); que siempre ha llevado a Manzanares entre los pliegues de su gran humanidad, sin pararse a pensar en si Manzanares reconocería alguna vez esa entrega.


No se trata de magnificar nada, pues seguro estoy de que, a quien corresponda, no le pasará desapercibida esta reflexión y algún día, el nombre de uno de nuestros ilustres paisanos, figurará en la cabecera de alguna de nuestras calles, aunque me consta, y todos lo sabéis,  que Daniel ha excusado siempre cualquier intento de alabanza u homenaje desde esa sencillez le ha hecho acreedor al cariño que todos le profesamos. Sus amigos, aunque a algunos la vida nos haya llevado por otras sendas, han estado siempre presentes en sus prioridades y para todos ha tenido una sonrisa amable, un gesto confidente, una palabra cálida...

Daniel está con nosotros, donde mejor se puede estar: en el corazón, en el sentimiento, en la palabra que  pretende salvar barreras y acercarnos a su esencia. Nadie, en estas circunstancias puede considerarse muerto.


Por eso, hoy, este concierto no será un homenaje sino un encuentro. Un encuentro desde ese sentimiento bienhechor que en este momento nos invade y pugna por aflorar en los ojos. Que la música sea la savia reparadora de la ausencia. Por ti Daniel.

martes, 13 de mayo de 2014

LEGASSA

¿Era Legassa mi amigo?. Así lo acredita la dedicatoria de su cuento "Zagal"en el que puso mi nombre a uno de los personajes. Pero para considerarse amigo de Legassa eso no era suficiente. Entrar en su círculo, en su reducido círculo, suponía poseer una madera de tonos imposibles, de vetas que rozaran el misterio. Porque él era misterio en sus trazos, en sus palabras, en sus cuentos.
Recuerdo su figura en el rincón del Bar Granada bebiendo botellines de champán. ¿Quién es?, pregunté la primera vez que lo vi. Es Legassa, un pintor extraordinario, me dijeron. Y me fijé en algunos de los cuadros que colgaban en las paredes de aquel bar-restaurante que el decoró y del que era asiduo cliente.
Y después, o antes, en la consulta de un pediatra al que solíamos llevar a la niña, me sorprendió la originalidad de un cuadro que ocupaba un lugar de honor. Es un Legassa, me dijo el doctor en tono admirativo.
Y yo supe que Legassa era un genio. Y que de haber querido hubiera traspasado todas las fronteras con las que delimitó su personalidad.
Durante algún tiempo frecuenté el bar y no desaproveché la oportunidad de romper su cerco. Era culto y si el champán lo permitía, dialogante. Pero de la misma manera cortaba por lo sano si no le cuadraba seguir hablando. Le hablaba yo en una ocasión de mariposas disecadas...
"-Desecadas, me corrigió; - Las mariposas no se disecan, se desecan".
No. No fuI amigo de Legassa. Al menos lo que yo considero como ser amigo de alguien. Fue condescendiente conmigo, con mis preguntas, con mis sueños , que de alguna manera el conocía quizás por mis colaboraciones en la revista Siembra en la que él fue esporádico colaborador con una historia bella e interminable titulada la casa de los siete balcones.
¿Era esperpéntico?. Eso parecería, a juzgar por la singular manera con la que ha querido ser despedido de este mundo. Pero creo que era una pose con la que pretendía liberarse de sus frustraciones, una pose que llegó a tomar cuerpo de naturaleza confundiendo al propio Legassa hasta el extremo de aceptar con una sutil ironía su irremediable final.
Recuerdo una entrevista que realicé en el aula de la Universidad Popular en la que él impartía clases de pintura; recuerdo el entusiasmo de sus alumnos y alumnas, la mayoría de edad avanzada, a los que había enseñado a mirar las cosas de un modo distinto; a descubrir la luz, a sentirse vivos... Creo que fueron sus mejores años. Por fuerza tuvo que hacerse metódico, aceptar un horario, asumir una responsabilidad...Pero creo poder asegurar que se sintió feliz rodeado de personas que valoraban sus enseñanzas, que apreciaban su carisma; que sentían admiración por su forma de entender el arte.
Le veía pasar muchas mañanas con su portafolios, su bolso colgado sobre el hombro derecho, camino de la Universidad Popular y era, por fin, la imagen de una persona adaptada. No sé si eso fue bueno o malo para su singular y rica personalidad; en cualquier caso ha dejado su huella sobre cientos de personas que, a pesar del propio Legassa, habrán llorado su muerte.
No puedo evitar, para poner fin a este comentario, buscar en el cajón donde guardo mis más íntimas pertenencias, el cuento que en Marzo del 87, me dedicara con ese íntimo afecto de sus pocos instantes, y dejar como testimonio de su enorme sensibilidad, sus propias palabras

"Por eso, aquella mañana el muchacho se había levantado con el gallo del corral, con el alba. Y dando un beso de silencios a la abuela que dormía, había salido al camino. Ya era libre, no volvería a la escuela. Abandonó el pueblo de las Manzanas cuando la amanecida rompía los colores en lo alto, dando reflejos rojos a las margaritas blancas, cuando el aire es más limpio, cuando cantan los pájaros tempranos. Y caminó río alante. Pasadas unas horas, se tumbó a descansar cerca del cauce, con los párpados encogidos bajo el cielo turbio sin sol. Y fue entonces cuando el corazón le dio un golpe y recordó las palabras de don Jero, el maestro.
                                                 

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Al tercer día sintió sed, hambre, temor y cansancio, no debía mirar atrás... Pero lo hizo. Miró, echó su vista hacia atrás y le dolió el corazón, se le encogió el corazón. Parecía como si brincara dentro de su pecho, se revolvió inquieto, lloró. Regresó al pueblo de las Manzanas con la flor marchita en su boca, bajo otro cielo al que le vio marchar."


Amigo Legassa, que tu lecho de tierra, le devuelva la paz a tu espíritu.

lunes, 12 de mayo de 2014

LA PLAZA DE MI PUEBLO (3)

Artículo extraído de  mi archivo.



Es una estampa insólita; extraña y ambigua al mismo tiempo. A lo lejos, ahora, no se recorta su silueta majestuosa; una especie de vestido de tul, deja entrever sus esbeltas formas y uno se imagina que quizá aquello es la torre. Un equipo de acróbatas, hace ejercicios pintorescos mientras los desocupados adolecen sus vértebras contemplado la escena. Un funámbulo, colgado de la veleta hace dudar al viento de su verdadera dirección mientras las palomas, sorprendidas, se han echado al campo y acaban con los últimos guisantes que la falta de lluvia no ha dejado germinar.

Un cartel, en la verja de la iglesia reza: JUNTA DE COMUNIDADES DE CASTILLA LA MANCHA - PATRIMONIO- . Es la luz verde al inicio de una obra largamente acariciada. La torre, nuestra torre, ha enmascarado su silueta como si quisiera hacerse partícipe de este carnaval adocenado en el que no ha quedado lugar para la improvisación, y las cigüeñas han sobrevolado aquél fantasmagórico gigante inseguras y asustadas y al fin, se han alejado por si las moscas.

La torre, tan esbelta, tan nuestra ya por vida y referencias se ha perdido en la noche sumiendo a nuestro pueblo en abandono. El faro de este mar de sequedades ya no alumbra señero a quienes por nostalgia o por necesidad se quisieran salir de la autovía. Hemos perdido el eje en torno al cual se cruzan los caminos desde tiempos remotos cuando eran las cañadas el obligado acceso a nuestro pueblo.

Pero hoy, por fortuna, no es nada irreparable. Dentro de algunos días nuestra torre volverá a resurgir de sus cenizas, si cabe más esbelta pues ya nuestro cerebro habrá desdibujado su silueta. Dentro de algunos días, volverá a recortarse en el paisaje de esta inmensa llanura el perfil espigado de su porte y Manzanares, volverá a recobrar su identidad entre un tañido alegre de campanas.

Esta restauración, justificada, hará que nuestra torre siga siendo ese símbolo que a todos nos hermana, que a todos nos ayunta en esa conjunción de pertenencias. Porque la torre es nuestra y en nuestro corazón algo se agita si después de una ausencia la vemos nuevamente; así fu para mí, cuando en la mía , recordaba las cosas más queridas. A la torre le he dicho lo que siento en versos de nostalgia: "Campanario de mi pueblo / veleta que al viento gira / y al besarse con el cielo / llena de emoción suspira"; o aquélla sensación que hasta mis ojos llegó en forma de llanto: " Al volante del coche, ilusionado, / que aceleras, pues has visto la torre / no es solo el automóvil el que corre / que tu alma hace ya tiempo que ha llegado".

Si alguna vez la historia, por algún necio error se repitiera, recordad que la torre es intocable; que no hay nadie con más merecimientos para seguir erguida; que a su sombra, nos hemos hecho grandes tantas generaciones que es casi maternal el sentimiento que debe producirnos.


El tiempo, nuestro tiempo, es ese instante mágico que el ojo ve y el corazón retiene.

lunes, 24 de marzo de 2014

SUÁREZ, EL HOMBRE.

Hoy toca hablar de Suárez. Un hombre con alzheimer, que durante un tiempo de su vida fue Presidente del  Gobierno. También se podría decir al revés. Pero no. Porque a Adolfo Suárez como más se lo va a recordar es como hombre. Claro que si no hubiera sido presidente a lo mejor este escrito  tampoco hubiera tenido efecto.

Lo primero que produce hablar de Suárez, o contemplar alguna de sus fotos, antes y después del alzheimer, o leer alguna anécdota sobre su vida, es honda emoción. Y eso, es un raro efecto tratándose de personas que tienen  que tomar decisiones  que no siempre son del agrado de todos. Quiero decir, que es raro que un político sea juzgado con la benevolencia con la que se está juzgando a este hombre. Y creo que eso es precisamente porque nunca pareció un político.

Su aspecto inteligente, su honrada fisonomía, su naturalidad al prometer  (¿recuerdan?  “Puedo prometer  y prometo”) que venía a ser como decir “Esto lo prometo porque sé que lo puedo cumplir”, daban a su imagen una impresión de naturalidad que era algo a lo que los españoles de aquella época estábamos poco acostumbrados. Las mujeres lo veían guapo. Un guapo al estilo Rodolfo Valentino. Y, probablemente, de haber sido otras sus circunstancias, podría haber sido el  galán protagonista de alguna película romántica.

Confiamos en él. Era impensable que un hombre de su aspecto se valiera del engaño para conseguir sus fines. Supo hablar con todos, querer a todos. Y fue ese talante conciliador, además, supongo, de otras circunstancias que se darían y en las que ni sé ni quiero entrar, el que hizo que nuestra transición fuera ejemplar.

Fue, como Cristo,  un hombre de encargo (valga la expresión  desde el más hondo respeto y admiración por Cristo y por Suárez): “Ve a España, concíliala y luego desaparece”  Podría ser el mandato que le hicieron. Y así lo hizo. Desapareció en la bruma de una enfermedad  que empieza por pequeños descuidos (tengo tal lío de papeles, que me pierdo, dijo en un mitin de apoyo a su hijo). Nadie da importancia a los pequeños descuidos (“ Nueve por siete son sesenta y tres ¿O son setenta y dos?”  “¿He apagado la luz?” “¿Cómo se llama, sí, esa del pelo rizado que es amiga tuya?” ), pero son el inicio de la pérdida del ser. Y un ser sin memoria pasa a ser un ser olvidado.

Por eso, hoy, yo, que por principios nunca he militado en ningún partido político, y por edad, estoy más cerda del conocimiento de esa enfermedad traicionera que nos anula, quiero dejar constancia, antes de que no pueda hacerlo por imperativos de memoria, de mi afecto hacia ese hombre singular que, desde su gran humanidad, supo encontrar el cauce de la concordia.

Y uno mi pesar, al de tantos y tantos ciudadanos que hoy pasarán por el lugar donde se ha instalado su Capilla Ardiente, en señal de reconocimiento.


Descanse en paz.

domingo, 16 de marzo de 2014

RÉQUIEM POR MIGUEL NIETO-SANDOVAL MERINO

¿Cómo hablaros de un hombre gris, cuya única presunción era la de ser analfabeto; de un hombre que de pequeño tuvo que aprender a ganarse la vida en trabajos mal pagados  que ahora  veríamos como explotación infantil; de alguien que no pudo ir al colegio, ni tener infancia, ni pensar que la vida era amable…? ¿Cómo hablaros de un tiempo, el que le tocó vivir, donde a lo más que un niño podía aspirar era a no morirse de hambre?
Pues ese, era Miguel. MI amigo Miguel. Una de las personas más extraordinarias con las que la vida me ha cruzado. “Eso que soy analfabeto”, decía cuando terminaba un trabajo de albañilería (que ese era su oficio) y sentía la satisfacción de la obra bien terminada. Miguel llegó a mi vida circunstancialmente. A causa de unos trabajos de vallado que duraron dos semanas. Desde entonces tuvimos una mutua colaboración en la que descubrí a un hombre sabio, bueno, generoso, esforzado, abnegado, polivalente. Lo recuerdo plantando su pequeño huerto: tomates, pimientos, berenjenas, alguna mata de melón, calabazas… todo en pequeñas cantidades que gracias a sus cuidados y a su entusiasmo proliferaban en abundantes cosechas que, por supuesto, compartíamos. Lo recuerdo construyendo un brocal de pozo ornamental, a base de piedras del terreno, preparando la caseta del perro, haciendo sabe Dios cuántas cosas impensables, de las que era capaz. Pero sobre todo, lo recuerdo feliz. Fueron aquellos años una renovación para su espíritu; un soplo de aire fresco para quien ese aire era tan necesario como el comer. Sentía Miguel una sensación de libertad que se reflejaba en su buen hacer, en su predisposición,  en su generosa entrega…

Un día dejamos de ser colaboradores, que no amigos. Le daba miedo ir con su vieja moto por caminos rurales y, por otra parte, tenía que contribuir en las tareas domésticas al tener a su esposa enferma. NO dejamos de vernos. Bien porque yo iba a verle en las noches de verano en las que él tomaba el fresco a la puerta de su casa, junto a su mujer  y a su suegro de cien años. Charlábamos un poco. Tal vez la conversación fuera insustancial, o simplemente manida. Pero renovábamos nuestra amistad. Otras veces era él el que venía a verme a mi tienda.  “He venido a cobrar y como estoy cerca he dicho: voy a ver a Jero” Siempre preguntaba por los hijos, yernos, nietos, esposa. Cada uno en su orden, por su nombre. Y sus ojos denotaban su sincero interés.

Tenía Miguel una dolencia hepática, al parecer fruto de algunos excesos de juventud que, conociéndolo, no debieron ser exagerados, de la que estaba bastante recuperado. Se hacía revisiones cada seis meses y todo iba bien.  Pero un día, llegó preocupado. Las pruebas no habían sido buenas. Y ahí empezó su declive. Lo ingresaron en el hospital un par de veces, Fui a verle la primera vez. De la segunda no me enteré. Como no me enteré de su fallecimiento hasta pasados unos días. Me sentí mal por no haberle dado mi adiós a ese buen amigo. Me sentí muy mal. Triste, disgustado y un poco culpable de no haberme interesado en sus últimos días.
Han pasado unos meses. Hoy he ido al cementerio por motivos familiares y, en mi recorrido, me he acercado al columbario. “Cuando muera, quiero que me incineren y me traigan a uno de estos nichos”, he dicho a mi mujer que como siempre me ha contestado “Lo que tú quieras”, mientras miraba los nombres de los allí descansan. No sé si ha sido fruto de la casualidad. Es probable que sí. Pero también ha podido ser fruto de los misterios que nunca llegaremos a descifrar. Lo cierto es que allí estaba Miguel. Miguel Nieto-Sandoval Merino, he leído mientras miraba su fotografía serigrafiada en el metal de la esquela. “Es Miguel” le he dicho a mi mujer mientras sentía que la emoción invadía mis ojos. “Es el bueno de Miguel”. Me he santiguado y he pensado en él. Y han pasado por mi cabeza las imágenes del tiempo compartido.

Espero Miguel, que donde estés, sigas cultivando tu huerto… 

viernes, 28 de febrero de 2014

RASGUEO POR PACO DE LUCÍA ( en memoria)

Dime, Paco, ¿qué ves tras de la bruma?
¿Hay nubes de algodón, mares de espuma;
Guitarras que los ángeles afinan,
Ruiseñores tocando su ocarina?
Dime dónde el embrujo se cobija,
¿En qué lugar de ensueño, en qué vasija?
¿Notas el corazón atribulado
Ahora que estás, por siempre, al otro lado?
Dime quién ha salido a recibirte
¿Alguien sabía que ibas a morirte?
Y tu guitarra ¿seguirá sonando?
¿qué dedos magistrales, dónde, cuándo?
Aquí la gente llora tu partida
Porque no alcanza a verte en la otra vida.
Conéctate  al fulgor de alguna estrella
Y déjanos la impronta de tu huella.
Que allí, donde seguro que ahora existes,
Siempre te puedan admirar los tristes
Que huérfanos quedaron de tu arte.


Diles que sólo es un punto y aparte.

miércoles, 15 de enero de 2014

UN NOMBRE PARA NUESTRA HISTORIA LOCAL *

"En mis largas horas de insomnio, he contemplado el azul del cielo y mi imaginación ha volado a regiones astrales, intentando contar las estrellas y entresacar unas pocas para formar con ellas pequeños ramilletes, que desde mi soledad mandaba a todas aquellas víctimas que padecían las injusticias de los hombres"

Juan Caba Guijarro


Es, en estos últimos tiempos, más frecuente de lo que fuera de desear, la aparición en Siembra de notas necrológicas referidas a amigos cercanos y colaboradores de la revista. Y si bien es cierto que la persona a la que hoy vamos a dedicarle nuestra semblanza, ha fallecido a edad longeva, no por ello es menos doloroso, ni menos emotivo, tener que hablar en pretérito de quien, hasta ayer, fue un admirado, querido y prolífico ser, con cuyo trato nos honramos.
Hablar de Juan Caba Guijarro, es hablar de una oscura época de la Historia de España, de una historia no escrita desde el bando en el que él defendió sus ideales. Porque si algo intrínseco hubo en Juan Caba, fue su idealismo, al que dedicó su vida en cuantas situaciones hubo de hacerlo. Pero como, éste, sería un tema para tratar a fondo y por historiadores. Y como haberlos, los hay, dejaré que sean ellos los que tomen la iniciativa en esta materia, para dedicarme, en esta ocasión, a reflejar al hombre que conocí en el declive de su existencia.
Juan fue una de esos hombres que nacieron condenados al yugo; uno de esos niños yunteros que tan trágicamente describió Miguel Hernández: "Carne de yugo, ha nacido/ más humillado que bello..." Por otra parte, todos los nacidos en aquella época tuvieron una infancia dolorosa, aunque ellos no lo supieran, aunque para ellos, aquello de arar con la yunta, con apenas nueve, años fuera hombrear... Pero nuestro hombre siempre tuvo unos horizontes amplios. Y se ilustró, robándole ratos al sueño y al cansancio, leyendo, bajo la luz del candil, todo lo que caía en sus manos. Y sintió que su voz era necesaria para ayudar a crear un mundo mejor. Y escribió ensayos, y poesía. Y recreó la historia de Manzanares en pequeñas publicaciones que veían la luz de manera precaria.
Juan tenía un mundo interior rico. Y eso se notaba nada más iniciar una conversación  con él; por descontado que no sería banal. Y le gustaba conversar, de ahí las tertulias que organizaba en la Universidad Popular, con sus amigos Pedro del Castillo, Juan Misut, Miguel Pérez,  Antonio Bermúdez...
Yo tuve la suerte de conocerlo a través de nuestras colaboraciones en Siembra. Nos profesábamos simpatía y me iba haciendo depositario de sus pequeñas publicaciones. Me visitaba en mi tienda, siempre con el temor de no interrumpir mi trabajo. Era afable, cortés, correcto. Y sabio. Con esa sabiduría cósmica fruto de la observación y el contacto con la naturaleza.
Pienso que Juan Caba, ha sido feliz en sus últimos años. Ha conseguido un reconocido prestigio y ha visto publicada su obra con el patrocinio de la Diputación Provincial de Ciudad Real, en un hermoso libro que lleva por título "MEMORIAS Y VIVENCIAS DE UN CAMPESINO ANARQUISTA". Llegó justo a tiempo. Creo que aquel acto, fue uno de los últimos en los que hablé con Juan. Estaba radiante, acompañado de todos los familiares y amigos que supieron darle calor.
Aquí se hace bueno el refrán de que "hace más el que quiere que el que puede". Juan quiso, y, a pesar de sus limitaciones, pudo. Cabe pensar qué hubiera sido de este hombre con los medios adecuados, esos que ahora disfrutan hasta los que no quieren.
Hoy ha muerto un hombre bueno. Y sus palabras, recogidas en esta obra a la que antes hemos hecho mención, confirman el calificativo por sí solas.
Descansa en paz, Juan,  en esa paz, que sin reservas, te corresponde.

*Semblanza escrita a raíz de su fallecimiento.

sábado, 11 de enero de 2014

UN HOMBRE BUENO.

SANTANILLA.-
Semblanza escrita con motivo de su fallecimiento.

Para Joaqui Muñoz

Si dijera que su nombre es Alfonso Muñoz Nieto-Márquez, lo conocerían sólo sus deudos. Si digo que era conocido como Santanilla, todo el pueblo, en particular los que practican el noble y milenario arte de la Agricultura, sabrán a quién me estoy refiriendo.

Fue Alfonso guarda rural, cuando apenas quedaban guardas en el campo, y fue su caballo de tracción por cadena, su inseparable medio de locomoción para transitar por los malos caminos del término. Pero yo creo que, esencialmente, Alfonso fue un hombre del campo, un campesino al uso, de los que araron con yunta y mulleron las cepas a base de azaón ; de los que regaron su pequeña huerta con noria de mula y sembraron sus piojares con espuerta; de los que trabajaron la tierra con amor, cuando trabajar la tierra era un trabajo duro y abnegado.
Maestro en las labores de poda y estallico; experto en entoldar el gavillero con las gavillas de la última poda; en cargar carros de paja con redor; en hacinar las parvas y ablentar con la pala cuando el aire era propicio. Alfonso, como tantos de nuestros progenitores, mamó de la tierra su saber, y fue el calostro de tal madre el que le dio esa enjundia de hombre razonador y consecuente; de concienzudo labrador manchego.

Tiene Alfonso, tenía, una pequeña huerta en el camino de Daimiel, justo en el pico que este hace con el carril llamado de los Moledores que lleva hacia la Casa de la Serna y los Frailes; con una casa de labor cuidada con un esmero que más se diría ilusión. Ni un desconchón en sus paredes de cal y piedra; ni una teja fuera de su lugar; ni una grieta en el testero que da al sur. Siempre celoso de su cuidado, presto a repellar cuando la ocasión lo requería, a blanquear el caballete, a repintar el zócalo, a cuidar los panginos que regaba con garrafas de agua que transportaba desde el pueblo en su pequeña moto.

Probablemente penséis que son cosas comunes. Yo sé que no; que las cosas comunes no se hacen con el entusiasmo con que Alfonso hacía las que ahora comento. Son cosas del alma, nacidas allí donde se funden los conceptos de lo eterno; allí donde el pensamiento se entronca con la armonía de la existencia.

Hoy, seguramente, seguirá sembrando en su parcela celeste, como lo hacía en aquella foto con la que la Revista Siembra conmemoró su número cien. A su encuentro, saldrán todos los labradores que llegaron antes. Y lo llamarán con el apodo con el que era conocido por bien: "Santanilla". Y habrá revuelo porque ha llegado un amigo; uno más de los nuestros, aunque allí, se supone, todos serán de los nuestros.

Me vais a permitir este pequeño homenaje a un hombre anónimo. A un sembrador, este sí, que no recibió galardones en su vida, que no vio su nombre grabado en la piedra de la efímera gloria. Porque Alfonso es de los míos; de todos los míos que hoy son ausencia; que dieron su sudor generoso de una forma también anónima; como  anónima es la gota de lluvia que después hace mar; o la espiga que después hace cosecha.

Has llegado a la paz. Descansa en ella.