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viernes, 2 de diciembre de 2016

TRAYECTO

Con frecuencia, quienes me leen (no son muchos) dicen que mi poesía es pesimista. Hombre, de humor no es; frívola tampoco. Podría hacerla y de hecho algunos poemas hago. Pero cuando me pongo los apechusques de poeta me alejo de lo superficial y me encierro en mi mismidad ( ya sé que la palabreja es rebuscada, pero ahí está la condición del poeta, en encontrar las palabras que definan de manera literaria o hermosa o distinta, lo que podría ser coloquial, con lo cual no sería poesía).

Yo diría que es realista y se enfrenta a aquellas situaciones o emociones que nos van conformando y que son el trasfondo de toda vida, por mucho que queramos eludir lo que para algunos puede sonar a trágico.

Por último, en mi caso y en el de muchos poetas a los que he leído, es esa cualidad la que los impulsa a escribir. No quiere esto decir que uno sea así por naturaleza, o no siempre. En alguno de mis poemas digo “canto en las horas bajas/ porque en las más alegres/vivirlas/es bastante”

Así que aquí os dejo otra que aunque parezca que corresponde a mi reciente edad,  se conserva  desde hace muchos años en mi archivo. Lo que quiere decir que mi forma de entender  la vida y la poesía, viene de lejos. ¡Y ya está bien de explicaciones!

TRAYECTO.

Llegados a este punto uno comprende
que se apaguen los ojos, que se anule
su gesto de firmeza, que se vuelvan
tragedia los recuerdos y el futuro
nos anegue de tanta soledumbre.
Llegados a este punto uno descubre
lo poco que nos queda, lo importante
que es saber que la meta es la escalada
de ese puerto final al que sin duda
llegaremos escasos de entereza.

Llegados a este punto equidistante
entre el ayer y el nunca, se estremece
la sangre en sus alberos, como el toro
cuando siente el rejón morrillo abajo
y ventea el olor a sangre propia.
(Es esta referencia, permitidme,
la más exacta imagen de sorpresa
que puedo imaginar). 
                             Ahora prosigo:
en este punto exacto nace el alba
que nos hará entender el claroscuro
que producen las dudas. De repente
la palidez se enquista entre los sueños
como un aldabonazo en las entrañas
y uno deduce, al fin ,que ya está todo
pendiente de visado, del último visado
que, como siempre firman los de arriba,
los que tienen la llave del misterio.

Mientras tanto,
aún con la lucidez haciendo astillas
en el gastado corazón, se acierta
a comprender los gestos, la tragedia
que supone el final, cuando la mano
ha rendido el vigor y tiembla inerte
sobre el triste deshecho que sonríe
con esa estupidez que da el olvido.
Uno aún puede entender, por eso mira
tanta imagen cuajada de tristeza
como pone la vida ante sus ojos.
 Sin acertar a descubrir la forma
dulce de las entregas.


viernes, 23 de septiembre de 2016

SOBRE LA PAZ.

Hablar sobre la paz se me encomienda, ¿mas dónde está la paz? Si la paz es la ausencia de agresiones ¿quién puede hablar de paz en estos tiempos? No es buena introducción, ésta, para publicar en una revista donde los ojos de una Virgen claman por esa paz, reflejan esa paz, si ambas cosas pudieran ser posibles desde una misma mirada.

Pero el rostro humano, exento de atributos celestiales, no tiene esa dualidad; su mirada es el reflejo del instante en el que vive; no el reflejo de ayer, ni el de  mañana; sólo el de ese instante que se cuela en la sangre y la agita en impulsos que transmiten el gesto.

Y el gesto es, hoy, sombrío, apagado, como de sangre acelerada, encontrada con sus propias concepciones. ¿Quién, que no sea hipócrita, está en paz consigo mismo?

Si miro en mi interior, en esa combustión que son mis pensamientos; en esas circunstancias que oprimen mis sentidos; en esa prisa impuesta que anula la mirada; en esas sinrazones que escapan a la lógica; en esa iconoclasta razón de mi egoísmo; en ese despotismo que a veces me domina; en esa sobredosis de orgullo o de soberbia; en esa pleamar de sangre en embestida; en esa pequeñez de metas que me impongo; en esa indiferencia que siento hacia lo ajeno; en ese miedo absurdo a perder mis conquistas; en esa envidia insana que anida en las entrañas...¿Cómo hablaros de paz? Quién, mirándose así, tan detenido, puede sentir la paz en algún sitio, en algún escondrijo, para decir :¡Aquí!, ¡buscad aquí!

Todos somos capaces de las grandes palabras. De las grandes, vacías y mentirosas palabras que adormecen la culpa. No sería posible, sin una adormidera, seguir sintiendo orgullo por esta dimensión que nos acoge; por esta imagen óptica que damos a los otros: mansos como corderos; sumisos como mascotas, en la cual, también ellos, se sienten reflejados. Pero ya veis, es posible , y acaso necesario, sentirse confundidos; mezclar razonamientos, sentir lástima propia; llorar ante la imagen del trágico infortunio de los otros. De eso somos capaces, mientras decimos :¡pobres!, ¡Qué lástima de mundo...!
Para hablaros de paz, tendría que sentirme diferente. Hoy no; hoy me resisto a revestir de infamia mis palabras; hoy quiero ser sincero porque siento esos ojos suplicantes clavados en mis ojos. ¿Pero porqué?, parecen preguntarse los ojos de esta virgen. No entiende, como madre, que algo nacido puro, pueda llegar a hacerse tan complejo.

La paz es una chispa pequeñita que aflora a la retina cuando la armonía interior es la necesaria.
Es el silencio manso de la no interferencia en ese pleamar al que la sangre regresa cada noche.
Es la nada llenando los confines remotos a los que, algunas veces, se acerca el subconsciente.
La paz es esa mano tendida hacia otra mano, o esa sonrisa abierta que sobrepasa todas las miserias, o esa oración silente con la que el alma habita en la penumbra esperando el momento de asomar por los ojos...

Pero la paz, y no es la ausencia de guerra el sentido que quiero dar a este comentario, difícilmente aflora en estos rostros nuestros que siempre van perdidos, vueltos hacia sí mismos, hacia tanto problema cotidiano como impide abrigar esos instantes de armoniosa pureza. Es difícil; al ser humano le es difícil, demostrarse a sí mismo que la paz es tangible; que se puede amasar, transportar, almacenar, obsequiar, compartir, como si de otro elemento más de consumo se tratase.

Porque la paz, no esa paz meretriz confundida en afeites con la que todos parecemos conformarnos; la paz del espíritu, a esa me refiero, siempre está sometida a una carrera de obstáculos imposibles de salvar. Sólo los adiestrados, los esforzados, los abnegados -utilícese también el femenino en esta lectura-, podrán vislumbrar esa chispa a la que antes hacía referencia, en algún momento de su vida. Los demás seguiremos andando hacia la nada ignorando el camino; dando vueltas y vueltas en una espiral sin sentido que nos irá alejando de este punto de gravedad en el que nos apoyamos y en el cual debería florecer de manera perenne esta rosa delicada y frágil que necesita de cuidados constantes.
Puede que, en último extremo, la paz sea la total ausencia de sensaciones; ese instante en el que el ser humano, cansado de sí mismo, impotente ante tanta dificultad para sentirse artífice de un mundo en armonía, cierra los ojos y se entrega a un holocausto concebido. Tal vez es esa entrega, esa culminación, la necesaria para hacernos dignos de entrar en ese recinto donde todo, incluso la paz, es posible.


martes, 30 de agosto de 2016

COMO QUIEN RESPIRA.

Agradecido y emocionado por este texto que Federico Gallego Ripoll, hace sobre mi poesía.


COMO QUIEN RESPIRA
(La poesía natural de Jerónimo Calero)

Atender a la sutileza de los estados intermedios, elegir la permanencia del paisaje cercano, las emociones cotidianas que forjan el carácter y la ironía ante el desamparo que produce la conciencia de finitud, son patrimonio de los hombres sabios que establecen lo contiguo como ámbito de conocimiento y –acaso, en ocasiones- felicidad. Así, el amor sosegado, la reflexión serena, la opción por la sencillez como forma respetuosa de tratar a la palabra y dotarla de un cauce confortable, la consideración del tiempo como barco que nos lleva, el no herir, no forzar, no impostar, no incurrir en desatinos ni extravagancias, son señas que caracterizan la poesía natural de Jerónimo Calero, que aparece como el primer mosto que mana de su propia naturaleza y llega al vaso conducido por su simple peso. Acostumbrado a aconsejar sobre cómo combinar o desechar hechuras, cortes, colores y texturas, se reconoce con naturalidad en el terreno de la armonía y el aliento reposado y musical del verso, donde no hay disonancias ni trastabilleos, sea cual sea el formato elegido, desde el clásico soneto al verso blanco de aliento salmódico y compostura versicular.
         Jerónimo Calero escribe como vive, con la misma tranquilidad de ánimo, un cierto pesimismo consustancial de honda raigambre manchega, y el mismo permanente intento de verdad, pues bien dice que “la vida y la poesía son hermanas siamesas”. Y por eso sus poemas, compilados en los últimos tiempos en dos sensatos libros de hermosa factura: “¿Y quién es el que canta?” y “Soledades”, se suceden con la naturalidad con que un día sucede a otro, o, a una, otra estación.
         Aunque la poesía es única y cada cual la asimila y afronta de su mejor manera, hay en los poetas que ejercen su oficio en ámbitos cercanos, en sociedades de dificultosa intimidad, como son los pueblos y las pequeñas ciudades, un componente añadido al de la propia creatividad, y es el de ser reconocidos por su entorno como depositarios de una parte valiosa de la memoria o el talante comunes de sus conciudadanos, porque siempre los poetas han sido garantes de la custodia de “las palabras de la tribu”. Y eso les condiciona con una responsabilidad añadida: la de haber de cuidar no sólo su propio discurso, sino también saber transmitir ese ámbito de memoria expandida que estas sociedades pequeñas depositan en sus representantes más respetados. “Un poema, un ciprés... cosas corrientes”, dice; y también “mis palabras son fruto de la tierra que habito”.
         Así, Jerónimo Calero sabe mantener con dignidad esa representación implícita de los valores esenciales y duraderos en que destaca como aglutinador de una riqueza emocional compartida. Hay en su sereno mancheguismo, nada tópico, una reivindicación de la poesía de la acritud de la cotidianeidad, el enunciar la inercia de las limitaciones, reconocer la finitud de todos nuestros límites, nuestra incapacidad para entender la vida, e incluso para asimilar la belleza que nos llegue en un lenguaje diferente al propio.
         La escritura, en su caso, se va desarrollando sosegada; es la poesía de un hombre que camina reposado y, mientas anda, al ritmo de su paso, va dejando escapar su pensamiento, como si al compartir su conciencia de la temporalidad y las rémoras apesadumbradas de la existencia, aligerara, junto a su zurrón, su conciencia: “...a mí me ha sobrepasado casi todo”, afirma.
Hay en esta poesía un permanente tono de abandono de las fuerzas, un cansancio de estar siempre en ese punto intermedio entre lo que se ha perdido y lo que nunca se tendrá, una reflexión existencial sobre el continuo ejercicio de la pérdida o el abandono. Vivir es aceptar esta costumbre, quitar hojas al calendario, confiar en ser sorprendido por una buena noticia. Y también es escribirlo. Vivir es escribir el cómo y el porqué, y el contra quién la vida va pasando mientras adelgaza y transparenta la piel que nos contiene.
         Los poemas se suceden en fragmentos numerados, dando continuidad al intento de recrear un mundo extendido, amplio como el paisaje en el que el poeta se inscribe. Es una panorámica general, lenta y en círculo, que a veces nos otorga la calma de una siesta, o el resorte feliz de un guiño desde el muy peculiar y a veces dificultoso sentido del humor de los hombres de llanura, que no poseen más sostén que la intemperie.
         El paso del tiempo, con sus progresivas limitaciones acumuladas, le empuja a hacer inventario de lo que ya no somos, a base de ir añadiendo relación de dolencias. Como si nombrarlas limitara –o al menos controlara- su efecto. En definitiva, el tiempo es compartir lo que nos falta. “Cuesta toda una vida aprender a sacarle partido a las mermas”, dice Jerónimo Calero, y dedica su enjundia a loar la vejez, cuando ya no es preciso rendir cuantas a nadie –de este mundo- porque hecho está lo ya hecho, y no se exige hacer lo que no se hizo. El poeta se sitúa en esa ficticia atalaya de una vejez –en su caso, metafórica, no real- que no es sino recurso literario para soltar la lengua con el desparpajo que otorga una independencia bien ganada. “Sé que aún me queda todo el tiempo que necesito / para acercarme a mi pensamiento”, dice,  y de repente se sitúa sin haberlo pretendido junto a estas artificiosas y tan de moda doctrinas del mindfulness, (actitud consciente cada instante), que desde hace siglos vienen practicando como algo natural, sin tanta parafernalia ni tanta publicidad, las gentes de nuestra tierra.
“No es lo malo morirse.
Lo malo es no saber a qué vinimos.”
         Escribir poesía como quien respira (¡no es cicato el empeño!), y hacer que a través de ella respiren las palabras y las emociones descritas, las pequeñas anécdotas, el tiempo y sus roturas, sus pérdidas, su inevitable flujo tierra adentro. Como quien respira, bien consciente de cada bocanada de aire fresco, su peso y su medida, su importante fragilidad. La poesía es su medio natural, y cuando menos se preocupa porque sea brillante es cuando más eficaz se muestra. Lo más valioso de la poesía de Jerónimo Calero es su naturalidad, su no empecinamiento –tan común- en buscar acentos rimbombantes y expresiones sonoras. Las palabras sencillas, bien usadas, han sido siempre las más jugosas y eficaces cuando el poeta habla y reflexiona desde la verdad. Y éste es el caso.
         El itinerario por los libros de Jerónimo Calero es muy recomendable para todos los amantes de la poesía, y también -y casi, sobre todo- para quienes no lo son, porque aprenderán a ver con otros ojos y a sentir cosas que nunca hubieran sospechado que tenían dentro de sí. Nos encontramos aquí con un poeta que, ocupándose de las cosas naturales del mundo, y haciéndolo con buena mano, discreción y raciocinio, ejerce una valiosa pedagogía sobre el hecho de escribir y compartir lo escrito, desde la confianza de hacer que sus lectores puedan asumir como propia la experiencia del poeta, que no hace sino poner por escrito lo que nos pasa a todos y decirlo de una manera hermosa y perdurable, desde esa actitud de utilizar con solvencia un yo más expandido que limitador.    
         ¿Juego o compromiso? se pregunta el poeta. Quizás la respuesta sea una palabra a medio camino de ambos y que a ambos contiene: inevitabilidad. Jerónimo Calero es un poeta inevitable, un hombre inevitable que se expresa en poeta, y en poeta se justifica, agradece los dones recibidos, lamenta los estragos del tiempo... y sigue su camino. Porque en cada nuevo día se inaugura también como poeta, retoma la labor dejada a medio concluir el día anterior y sale con las palabras en las manos a que les dé directamente la luz del sol, el aire leve que se lleve los hilos mal cortados. Porque sólo bajo la luz sin medias tintas de la calle, los tejidos y los poemas entregan sin disimulos su verdad.


FEDERICO GALLEGO RIPOLL
Jerónimo Calero, ¿Y quién es el que canta?, Cuadernos del laberinto, Madrid, 2012

Soledades, Huerga y Fierro, Madrid, 2016

miércoles, 17 de agosto de 2016

ESBOZO PARA UN CUENTO FUTURO.


Me pregunto  cuáles son  realmente las características  necesarias para desarrollar un cuento o un relato. Supongo que la primera es inventarse una historia con un principio un final y unos personajes a los que habrá que ir modelando según necesidades de guion; también será necesario ambientarla en un determinado lugar y proveerla de una acertada  narración. Es decir, es una tarea a todas luces ardua y para la que, pienso, no estoy preparado.

Para contar una historia yo suelo partir de una frase, sin más. Podría ser, por ejemplo:” Cuando sonó el despertador sintió un estremecimiento…” o  ”La estación estaba en penumbra cuando el tren,  con un rugido de búfalo…”, también podría comenzar diciendo:  “el sueño de María la había sumergido en las profundidades del averno…”. A partir de algunas de estas frases, tiro y tiro de la madeja hasta irle dando forma, significado, argumentación… Es como ir sacando agua de un pozo con uno de aquellos viejos zaques de piel con los que uno tras otros ibas llenando la pila donde abrevaban las mulas o el ganado. Al final, la pila se llenaba de un agua virginal y transparente y se daba por concluida la misión que no era otra que llenar la pila. Ya sé que a lo mejor esta forma de hacer carece de técnica y que lo mismo puedo llenar dos páginas que veinte; que dejar a la improvisación el resultado de un relato puede mostrarlo incompleto; que mejor no escribir si no eres capaz de saber lo que quieres decir. Pero mira por dónde, a mí me gusta escribir y confío en exceso en la providencia que siempre me ha socorrido en estos trances. No quiero decir que haya escrito maravillas, pero no he salido malparado en mis intentos.
Hoy voy a comenzar por esta frase: “Se miró en el espejo de sus cavilaciones y le pareció que ya no era tiempo de dudas sino de certidumbres” ¿Quién es nuestro personaje: hombre,  mujer, cura,  deportista, inmigrante, actor…? No lo sabemos. Pero lo sabremos según nos vaya demandando el argumento.

“Se miró en el espejo de sus cavilaciones y le pareció que ya no era tiempo de dudas sino de certidumbres. Allí, en aquel tótum  revolútum  que era el cajón del alma donde se iban almacenando las vivencias, las evidencias, sólo quedaba clara una cosa: que había transcurrido la mayor parte de su tiempo en esta vida; que los huesos le malsonaban; que la próstata  había crecido considerablemente; que  por la nariz se le escapaba un hilillo incontinente de una sustancia que bien podría ser agua, pero que cayendo por donde caía, producía mal efecto, máxime, si como le ocurría últimamente, era la hora del almuerzo”.

Ya va quedando claro que se trata de un varón, que su edad es avanzada y que la cosa va de despedida, de inventario, de regreso al origen. Pero no sé, realmente, en qué parará esta aventura…

Vinieron a su memoria recuerdos atropellados de un tiempo que le pareció ajeno ( de tan lejos llegaban) y que lo transportaban a un lugar llamado infancia; un lugar luminoso por el que desfilaban sus padres, sus hermanos, aquel perrillo llamado ”chaleco”, tan juguetón; el ruido monocorde de los cangilones subiendo y bajando a la angosta noria y dejando caer sobre la artesilla el agua virginal y transparente que luego le gustaba beber en el reguero, a la salida del sifón, donde la fuerza del chorro había arrastrado la tierra dejando una superficie de piedra lavaba que hacía que la claridad invitara a saciarse glotonamente de aquel delicado néctar. La tragedia en la que su padre, un avezado tractorista al que su experiencia ponía como ejemplo para las nuevas generaciones, perdió la vida tal vez por un exceso de confianza  (nunca le dijeron las causas), dejándoles en la más mísera orfandad”.

Bueno, pues ya hemos orientado la acción. El personaje, del que aún no sabemos el nombre ni creo que importe tal y como se va desarrollando la historia, rememora viejas vivencias porque, parece ser, es lo único a lo que hoy puede aferrarse. Esto nos posibilita para dejarlo viudo tras un largo y  armonioso matrimonio y situarlo en la casa de alguno de los hijos que se reparten la tarea de cuidarlo y que están deseando  (porque ya se sabe que a uno de los dos cónyuges no le toca nada) que llegue fin de mes para hacer el traspaso de obligaciones;  también quedaría bien encontrarlo en una de esas asépticas residencias de ancianos tan de moda y, por desgracia, tan necesaria en nuestros días. Y creo que es ahí donde lo vamos a encontrar.

“La habitación de la residencia en la que pasaba sus últimos años porque alguien consideró que “era lo mejor para su situación”  era modesta –tanto le daba-: una cama de noventa de espartano diseño con impolutas sábanas blancas que las empleadas de la limpieza se encargaban de cambiar cada dos días, una colcha tan impersonal como discreta con la que cubrían las sábanas o la manta, según la época del año,  y unas cortinitas de etamina que más que decorar, recargaban de tristeza el aspecto de la desolada habitación; una pequeña mesita de noche, en la que guardaba algunos pares de calcetines, pañuelos y calzoncillos-  todo marcado con la inicial de su nombre- y el viejo reloj que un día fuera de su padre y del que jamás se había desprendido. El armario, de dos puertas almacenaba su modesto ajuar: dos camisas, dos pares de pantalones, un jersey grueso, una bufanda, una pelliza que conservaba desde tiempos remotos y una fotografía de su mujer que había pegado en el interior de una de las puertas con el único fin-quiero pensar- de pedirle ánimo cada día.
Dormía poco. Casi toda la noche se la pasaba pegado a una gangosa radio a pilas –que  con un mínimo volumen,  no fuera que las monjas le llamaran la atención,  se ponía  junto a la oreja con la que mejor oía- ,  con la que trataba de estar al día de unas noticias que olvidaba al  comenzar el día siguiente. Puede que le fallara la memoria o que en el duermevela con el que cruzaba las noches, se le fuera el meollo de la noticia. Lo cierto es que a pesar de su interés, aún, por las cosas mundanas, vivía en un limbo del que ya le sería difícil salir y más parecía una preparación para lo que, por ley natural, se avecinaba”.

Podríamos ahora hablar de su profesión, de su matrimonio, del nacimiento de sus hijos, de las vicisitudes de una vida que debió ganarse a pulso. Podríamos hablar de sus ilusiones, de sus sueños, de sus logros. Podríamos y lo vamos a hacer:

“Aunque cada vez con menos nitidez, recordaba sus días de escuela; pocos, porque a los diez años, como consecuencia del fallecimiento de su padre, como ya es sabido,  comenzó a trabajar de motril en una de las importantes fincas de una de las importantes familias del pueblo. El motril, ya se sabe, era el que ayudaba a los labradores en las tareas de la casa: barrer, fregar el caldero, preparar las comidas, sacar la cuadra, llenar la pajera, mullir los mantujos, dar lustre a los arreos… No estaba mal, después de todo. Era un oficio variado en el que se aprendían cosas que para algo servirían en su momento. Había que contar con las chanzas de los gañanes, de los jornaleros y de todos los que por una u otra razón convivían con el motrilillo - como lo llamaban en sentido cariñoso y nada despectivo-, pero no dejaban de ser meras gracias con las que, al final, todos reían.
En el pueblo - tampoco es necesario para esta historia dar detalles del lugar en el que nació, baste decir que era un pueblo manchego perdido en la estepa-,  se inició en diversos oficios: fue herrero, albañil, carpintero, pintor, hasta que, llegado el tiempo del  servicio militar, consiguió sacarse el carnet de conducir para vehículos especiales. Desde entonces, su vida se transformó. Consiguió un empleo en una gran constructora y con ahínco y tesón, llegó a ser capataz. Ya enfilado el camino a seguir, con la seguridad que da una buena paga y con el prestigio que iba  adquiriendo en su oficio, se permitió ciertos caprichos, como el de irse a aquella playa a pasar unos días. Fue allí donde encontró el amor. De repente, como una eclosión, surgió la llamarada que ya no se apagaría nunca. Decir que los ojos de la mujer eran verdes o que sus andares eran sinuosos, es como decir que sus ojos eran negros y sus piernas torneadas. Lo que cuenta, realmente, es que sus miradas se cruzaron y sus almas se encontraron. Y que desde ese momento, todo fueron proyectos en común, sueños en común, vida en común”.

Ahora podríamos enlazar con el momento presente, con su día a día en este centro que ya era como su casa o eso quería pensar para no morirse de tristeza. Podríamos aventurarnos a hacerlo jugador de petanca, o de mus, o de ajedrez. Podríamos hacerlo poeta o mujeriego o dejarlo en esa normalidad racional que denotaba su semblante.

“La hora del desayuno era, quizás, el mejor momento del día. De compartir lugares comunes con las mismas personas durante un largo tiempo, surgen las afinidades, también las diferencias, pero tampoco en esa situación es caso de crearse enemistades. Todos tienen el mismo resquemor interior de saberse abandonados, pero, y tal vez por ello, se sienten más solidarios con los compañeros que con los familiares que, de tarde en tarde, van a visitarlo. El chiste contado con ojos pícaros, la confidencia cuando pasa una de las limpiadoras que está de buen ver, el cotilleo sobre aquella rubia de la mesa de enfrente que para sus setenta pasados aún luce palmito y de la que, aseguran, se lo hace con el venerable y respetado clérigo que, como tal, goza de algunos privilegios como habitación con vistas a la calle y un trato de favor de las monjas que a nadie pasa desapercibido y que, probablemente, debido a su avanzada edad, ha olvidado que el celibato y la castidad, eran máximas en el ejercicio de su sacerdocio. Estas son las triquiñuelas de las que se sirven los venerables ancianos para decir que la vida sigue y que nada hay peor que perderla de la noche a la mañana.
Después está el paseo cotidiano, la biblioteca, la sala de televisión, la partida de petanca,  el jardín de la residencia que da a un patio de colegio en el que niños y niñas, con su algarabía,  ponen una nota de color en sus tristes vidas”.

Y vuelta a los recuerdos, a las añoranzas por lo que fue y se perdió en un recodo del camino; a las veces en que se sintió capaz de todo y en alguna ocasión hasta creyó que lo consiguió. Y para darle a la historia una carga emocional tendríamos que imaginarnos algún acontecimiento en el que pudiera haber hecho de héroe o de villano.

“Fue un mes de Abril, recién estrenada la primavera. Tendría unos dieciocho años y estaba pescando en aquel pantano cercano a su pueblo. La pesca era una de sus aficiones favoritas. Le gustaba la soledad de aquellas mañanas de domingo en las que, cargado de pertrechos dejaba el pueblo en su modesta moto y recorría los escasos kilómetros que le separaban del idílico lugar. Le daba tiempo a todo: a pensar, a contemplar la naturaleza, a disfrutar con los vuelos de los patos que durante el verano recalaban en el pantano, a soñar con lo que la vida podría depararle… Y de pronto la vio. La lancha neumática zozobró inesperadamente y los dos tripulantes cayeron al agua. Había una considerable distancia hasta la orilla por lo que, aunque los náufragos fueran buenos nadadores les costaría llegar. No lo pensó. Ni siquiera recordó que sólo tenía la experiencia de todos los chiquillos que alguna vez se habían bañado en los recodos del río que daba origen al pantano, pero no era momento de tener miedo. Se lanzó a las quietas aguas y nadó en dirección a los infortunados que, al verle, se dirigieron hacia él. La odisea pudo costarle la vida, bien lo supo cuando dejando la orilla se metió en aguas más profundas, pero la providencia o su buen hacer que nunca sabría de dónde le nació, consiguieron el salvamento de los accidentados. Aquello sucedió. Y sin más alardes volvió a su tarea de pesca. Nadie sabría jamás de su heroica acción..”

¿Y por qué no imaginarnos algún desliz en su ejemplar vida de padre y esposo? Quien esté libre de pecado que tire la primera piedra. Ya sabemos que nadie la tiró. Y también sabemos que la carne es débil y que la tentación se ofrece  insinuante…

“Como un come come, que le producía hervores de sangre, le llegó el recuerdo de aquella exuberante mujer –todo senos y piernas-, con la que coincidió en uno de sus viajes de trabajo. . Ella hacía auto stop en una carretera secundaria a la salida de una población con una sonrisa que le cubría toda la cara y un desparpajo prometedor al que nuestro hombre no supo negarse. Detuvo el coche y la invitó a que subiera. El habitáculo se impregnó del sensual aroma que emanaba la mujer y sus piernas poderosas taladraron el rincón donde permanecían ocultos los deseos que, por acostumbrados, nunca le llegaron a obsesionar. La cosa estaba cantada; la meretriz, pues eso era la autoestopista,  se ofreció por un módico precio a prestarle sus servicios sexuales, bien en el coche, al amparo de alguno de los arbolados que surgían junto a la carretera o en algún motel discreto en el que no pedían datos de los clientes. Se decidió por el motel y en un apresurado trajín de muslos entrecruzados y caricias circunstanciales acabó, más pronto que tarde, una faena que no le satisfizo, pero que le removió todo aquello que por la rutina  y la monotonía creía dormido. Se vieron en alguna otra ocasión, hasta que el buen tino de sus razonamientos, le hizo comprender que así no podía continuar si no quería poner en peligro su bien ganada reputación y, lo que era más grave, su matrimonio. Nunca más, se dijo. Y lo cumplió”.

Así podríamos ir posponiendo el final pues son muchas las cosas que de una vida podrían contarse, pero no era el propósito de este relato ser eterno. Bástenos con saber que estas pinceladas sobre nuestro hombre nos han dibujado en esbozo de lo que, cuando se quiera, puede ser ampliado. Dejémosle aquí   en este plácido pasar hacia el lugar de las ausencias.

Bien sé –se decía con más frecuencia de la que sería de desear-, que si alguna vez salgo de aquí será con los pies por delante. Pero ya no me importa. La vida es también esto: el preludio hacia la muerte. Y  por más que quisiera ponerle remedio, no lo encontraré. Ahora me queda la tarea de saber envejecer, de encontrarle sentido a este final anunciado y de comerme el miedo como tantas veces. He sido afortunado y a pesar de que este no sea el mejor momento de mi vida, he de dar gracias por todo lo que he sido capaz de vivir. Sí, puede que esté triste; puede que si hubiese vivido mi mujer estuviéramos en algún apartamento cerca de la playa (le gustaba el mar); puede que aún ocurrieran cosas dignas de ser contadas. Pero lo que es, es. Y a ello me atengo”.


Parece, este, el final más lógico para un relato que se fraguo a raíz de una frase circunstancial. Por varias razones: porque deja a la fantasía del lector la capacidad de imaginarse al protagonista, de ponerle cara, cuerpo, edad, incluso ropaje; porque es un final abierto a otras muchas posibilidades de final; porque podrían irse fraguando historias al hilo de lo narrado y sobre todo de lo no narrado. Y porque, en fin, nos ha parecido oportuno.

martes, 16 de agosto de 2016

TIENDAS CON SABOR.

TIENDAS CON SABOR.-

                                                           Para Antonio Noblejas Fernández-Vázquez
Propietario del comercio en el que inicié mis primeros pasos     

Mi corazón es una tienda. No lo había pensado nunca, bueno, casi nunca. Sólo cuando coloco sus estanterías (las del corazón) y observo la perfecta armonía de su bombeo a todo color; o cuando al desplegar una tela veo que esta  cobra una vida que no tiene y que no es otra que la transmitida a través de mi sangre. Ya sé que un corazón y una tienda no tienen elementos comparativos. O sí, vaya usted a saber por qué, si no, se me ocurren a mí estas reflexiones. Por poner un ejemplo de todos conocido: Pinocho sólo vivió en el corazón de Geppeto y sin embargo la historia del muñeco de madera que habla y al que le crece la nariz si dice mentirijillas se hizo universal. Todo es cuestión de fe, de tener el convencimiento necesario para creer que lo que pensamos es posible...

Tendría yo catorce años y un futuro poco esperanzador cuando mi madre habló con un comerciante del pueblo por si necesitaba un muchacho. Y sí, por abreviar en este punto, sí lo necesitaba. Así que le de la noche a la mañana me vi desempeñando funciones de aprendiz en aquella tienda de tejidos que, ya por entonces, era un referente en el pueblo. Eran estas a saber: limpieza diaria del suelo a base de agua y serrín; encendido de la calefacción con el correspondiente cernido de carbonilla  para conseguir alimentar la estufa unos días más, limpieza de cristales, recados y recogida de paquetes en la estación; entrega a domicilio de mercancías, organización de trastienda, control de existencias, práctica en plegado de telas que previamente se desliaban de su plegador; dar un buen repaso al polvo mediante los zorros –instrumento que consistía en unas tiras de material flexible atadas a un mango-; cosido de etiquetas en la cabecera de las piezas; colocación de estantes en perfecta simetría y todo aquello que uno pueda imaginar que se le podía encargar a un aprendiz , como ir a por el “cierratejaos” - artilugio inexistente que alguien avisado se encargaba de tener metido en un saco a ser posible con bastante peso- a la carpintería o al taller más alejado del pueblo y con el que se hacía el recorrido de ida y vuelta a la ingenuidad.

Pero por encima de todo, aquel lugar era mágico. Una tienda nunca es igual, cambia de un día para otro según los artículos recibidos o la colocación que se les de;  recuerdo cómo en aquella cambiaban los colores, las texturas, los espacios, la luz, o la resonancia de las voces. Pero era a la llegada de las clientas cuando la tienda tomaba su exacta dimensión. La oferta y la demanda estaban supeditadas al conocimiento mutuo: El cliente sabía lo que buscar en aquella tienda y el comerciante sabía qué ofrecer a sus clientes - ya amigos por el continuado trato-. Así las transacciones eran rápidas, fiables y del agrado del consumidor.

Los aprendices mirábamos aquel trajín retirando lo no necesario y acercando lo que los mayores nos solicitaban con prontitud y eficacia, con el encendido deseo de que en uno de esos momentos de prisa, se nos requiriese para realizar también las operaciones de venta que pudiesen estar a nuestro alcance.

Y sin darnos cuenta, y pasados unos años, los aprendices éramos expertos vendedores, conocedores de la clientela y de los entresijos del arte de vender que era algo más que la simple estrategia de dar y tomar. Porque vender suponía gracejo para ganarte a la clienta; un saber estar a caballo entre la  prudencia y el exceso de  confianza;  habilidad para conseguir buenas ventas - esto entraba ya dentro de las cualidades propias de cada vendedor-;  siempre se podía ofrecer algún otro producto acorde con lo vendido anteriormente; por ejemplo si se habían vendido sábanas se podía ofrecer tela para la funda del colchón; si un vestido, el forro; si unos pantalones de pana, una blusa de dril... el caso era redondear la venta para sentirse uno satisfecho con el propio desarrollo profesional.


Nunca habrá mejores escuelas de formación  que aquellos genuinos establecimientos en los que, avezados vendedores, con todo el saber del mundo sobre sus huesos te transmitían sus conocimientos de manera natural. Lugares casi sagrados en los que todo era un ritual; desde el buenos días a la llegada del jefe  que  siempre estaba allí cuando los demás llegábamos, hasta el quiere usted alguna cosa, pregunta cortés y retórica que se hacía al despedirnos, fuera mañana o tarde.


Y así el corazón se iba esponjando y convirtiéndose en una parte más de aquel especial entramado. Yo no sé cuándo el mío comenzó a parecerse a una de esas reliquias, hoy desaparecidas. Se que un lugar no muere si la memoria lo cobija. Y sé que en lo referente a aquel lugar, tengo buena memoria. 

domingo, 31 de julio de 2016

PALABRAS.

Miro mi fichero en el ordenador. Cientos de trabajos escritos: Poemas sueltos, libros a medio construir, artículos, relatos, cartas... Todo mi mundo aquí, en un decímetro cuadrado de superficie con un grosor de dos milímetros. Y aún caben más y más trabajos; más de los que podré ser capaz de escribir en todo lo que me resta de vida. Cómo es posible, me digo, reducir a tan escaso espacio el desarrollo mental de una vida. Si las palabras pesaran, serían toneladas las que yo habré utilizado, no sé si bien o mal, en este divertimento que supone contarle a un papel mis interioridades. Si ocuparan espacio, necesitaría una nave de las del Polígono Industrial para irlas apilando sobre sólidos palés; si contaminaran dejarían sobre la cal de las paredes reguerillos negros como de tinta china en vías de descomposición; si se agitaran, derribarían paredes y edificios enteros en su afán de expansión incontrolada.

Y sin embargo están aquí. En el bolsillo de mi chaqueta, en una minúscula porción de plástico que cabe en mi mano. Inofensivas, quietas, inservibles para quienes esperan milagros de las palabras de los otros.
Ni que decir tiene que a mí me han servido. Porque son mías y porque las he utilizado del modo que me ha apetecido. De este modo, me he recreado en su lectura, y  porque las he hecho para mi propia complacencia, me he sentido complacido. Esto, que puede sonar impertinente, es así en todos los que escriben. La primera satisfacción que produce un escrito es para su autor; como una comida para quien la cocina, o un cuadro para el pintor que lo ha imaginado. Después está el servicio a la literatura, a la humanidad, a las ideas. Así es en las grandes obras de los grandes autores. Pongamos a Cervantes recreándose con las sombras de su subconsciente, divirtiéndose con personajes estereotípados  a los que, además, ridiculizó o engrandeció en función de su oficio de escritor. Cervantes, como todos, se habla a sí mismo; se cuenta historias para pasar el tiempo, ese tiempo que sobra después que se ha utilizado el que da para comer, salvo que esa función esté cubierta sin necesidad del esfuerzo personal y diario. Pongamos a Pessoa, confeccionando su Libro del Desasosiego, recreándose en sus divagaciones, en sus abstracciones, en su metafísica. Pongamos a Saramago relatando su visión humana de los acontecimientos más relevantes del Cristianismo. Pongamos a Carlos Marx interpretando las funciones del Capital.

¿Quién duda que todos ellos atendieron a una necesidad de su espíritu? ¿Y quién duda de que ese espíritu, en su minúscula parcela creativa intenta emular el placer del Gran Creador, en  el gozo supremo de sentirse hacedor?

Y porque cada cual utiliza sus propias palabras para sentirse pleno sobre la tierra, no valen de mucho las de los demás. Si no es, porque todos repiten las básicas, las imprescindibles para subsistir, pocas en definitiva, no se explica que el Mundo siga inmerso en un caos de destrucción y muerte. Si la palabra tuviera esa fuerza que todos le atribuimos no sería necesario estar repitiendo incesantemente mensajes y consignas que resbalan y adormecen a quienes no sienten sobre sí su fuerza o su fiereza.

La palabra es un lujo y como tal la utilizan quienes saben manejarla. Lástima que tanta floritura sea tan parcial y subjetiva como para poder ser desmitificada con más palabras.















martes, 19 de julio de 2016

ENSAYO SOBRE EL PORQUÉ.

ENSAYO SOBRE EL PORQUÉ.

Cuando el ser humano se plantea una cuestión, sea de la índole que sea, caben varias posibilidades, entre ellas la de aceptación o rechazo. Así habrá quien prefiera el pescado a la carne, o viceversa; quien piense que Dios existe y quien lo dude; quien prefiera el futbol al balonmano, la música clásica al  pop; el desfile del orgullo gay a la marginación por un sexualidad distinta; el aborto a la concepción; la caza a la defensa de los animales, el blanco al negro , el día a la noche.

Y eso, pese a los matices con los que cualquiera pueda defender unas u otras posturas, es un derecho natural, fruto de una sociedad  libre, plural y democrática. De no entenderlo así, podríamos caer en un fanatismo intolerante que, pese a ser otra forma de verlo, atenta contra las libertades del prójimo.
Y no parece justo, ni ético, ni razonable, manifestar el rechazo como si de un odio visceral se tratase  porque por esa regla de tres , volveríamos , no ya a las cavernas, que nadie sabe si la animalidad parte de la falta de leyes o es una condición del ser humano, sino al egoísmo más  abyecto y aniquilador.
Los pueblos tienen sus culturas, sus tradiciones, sus costumbres. No negaré que algunas pueden resultar, cuando menos, pintorescas, abusivas, raras, brutales. Pero han llegado hasta nosotros por una inercia de siglos que las ha hecho parte de nuestra idiosincrasia. LO que para unos puede resultar asesinato, para otros es arte. ¿Quién llevará la razón? Cuando se asa un lechón, de cuya inocencia nadie duda, y se hace porciones con un plato para demostrar su terneza, o se engordan animales enjaulados con el único fin de que aumenten rápidamente su peso para que dé más producción en la venta de su carne, o se hace contrabando con el marfil de los elefantes, o se exhibe como triunfo el diente de un tiburón, o un bolso de piel de cocodrilo (de ese que en un descuido puede engullirte sin más), sólo estamos demostrando que la animalidad también es una condición de la raza humana. Que la alimentación programada, la cultura gastronómica, la diversidad de alimentos,  y formas en las que los podemos ingerir, han adormecido parte de esa animalidad que, en caso de urgencia, podría volverse a despertar.

Y fruto de esa cultura (y que nadie se rasgue las vestiduras, porque la definición de cultura es mucho más amplia que las cortas miras de algunos) es la existencia de determinado tipo de animales mantenidos exclusivamente para desempeñar una función ¿social?. Así el cerdo vive a cuerpo de rey hasta la hora de la matanza; los animales domésticos son tratados como propios hasta que llega la hora de retorcerles el cuello. Los erales pastan en la dehesa  con toda una pradera por horizonte. Animales que de no ser así, se hubiera extinguido como los dinosaurios.

Si nos fijamos en las formas de degradación o explotación animal ¿qué deberíamos decir de las mulas de carga, siempre tirando de un peso que la sobrepasa y durante jornadas de muchas horas; o de los nobles y hermosos caballos que pueden morir de un infarto en una de esas  carreras para millonarios; o de los gallos de pelea, cuya ferocidad no queda saciada hasta la muerte del contrincante,
Y es aquí, confundido en esa animalidad  que a veces se oculta y a veces brama (no hay más que ver un partido de fútbol o una corrida de toros para comprobar las reacciones opuestas de una misma persona, según la circunstancia del partido o de la lidia) donde surgen estas  preguntas que me dejan perplejo.

¿Con qué derecho, alguien, que se supone que respeta la vida de un toro puede no respetar la de su lidiador y  llamar asesino a quien, fruto de esa  tradición a la que antes he aludido es capaz de jugarse la vida en algo tan vocacional y tan de riesgo como es enfrentarse a dos pitones  y un empuje que nada  más pensarlo produce escalofrío?  ¿ Cómo puede pensarse que un chavalillo de dieciséis años, que lleva jugando con el capote desde que tenía tres y ha entrado en una escuela de tauromaquia para aprender  todas las reglas y normas que además de la propia valía, configuran a un torero, lo hace convencido de que va a convertirse en un asesino?

Porque, visto así,  asesinato es todo lo que se mata por muy rápidas y modernas que sean las técnicas y por muchas y variadas que sean las razones: comer, vestir, decorar… Nuestro intelecto es complejo y tanto peca por permisividad como por fanatismo. Nuestra verdad es relativa porque está en función de la verdad de los demás. Y el porqué de tantas cosas es tan subjetivo que le caben  todas las interpretaciones que puedan dársele.

En el caso del toreo hay dos elementos, uno ciclópeo cuya bravura le hace embestir hasta la muerte y otro que podría catalogarse de  intelectual elevado a la categoría de arte, por alguien cuya ejecución también puede acabar en tragedia. Es, tal vez, la más equilibrada de las formas de luchar por la propia vida y en la que, sin negar el sufrimiento que el toro puede padecer en la lidia, tampoco puede negarse que es una  parte intrínseca de esa  bravura  natural con la que la naturaleza  ha dotado al astado.

Hasta aquí estas reflexiones que pueden ser motivo de otras nuevas reflexiones. Y es que la vida es una reflexión constante, un ensayo permanente de algo tan incompleto que nunca concluirá en última página.