Entradas populares

miércoles, 15 de febrero de 2017

CONFLICTO DE INTERESES.

No sé si la raza humana es la única en la que el cuerpo siempre está en conflicto con la vida. Creo que sí. Y creo que, tal vez por ello, somos la única especie que ha evolucionado y seguirá evolucionando hasta cotas impensables.

Acabamos de inventar el taxi aéreo, un derivado de los drones que pronto surcará los cielos creando una segunda zona de rodadura sobre los pavimentos de las ciudades.  Y según vayamos avanzando en ese conflicto cuerpo/vida seguiremos descubriendo tantas mejoras como sean necesarias  para alcanzar esa plenitud intrínseca a nuestros genes.

Visto así, y al parecer demostrado que el ser humano supera todas las adversidades, tendríamos que empezar por desterrar a todos los visionarios que en el mundo han sido y que han anunciado plagas y finales apocalípticos, en la seguridad de que si bien es cierto que la humanidad está constantemente amenazada, también es cierto que en cada momento se encuentra el antídoto que pone freno a la desesperanza. Pero esta aseveración, si me permiten, sólo es una licencia, pues otros visionarios ha habido que adelantándose a su tiempo, pronosticaron viajes espaciales o inventaron artilugios para volar que sirvieron como  prototipos a los actuales. Es decir, todo lo que la mente humana imagine, bueno o malo,  puede ocurrir, pero de la misma manera se pondrán en marcha los elementos necesarios para contrarrestar las adversidades.

Lo malo de esta civilización que tantas cosas buenas se ha procurado es que no es equitativa. El “san para mí, que los santos no comen”, es una expresión de alcance para entender que nuestra individualidad es tan poderosa que nos supera y puede que sea esta la razón de que sobre esta tierra capaz de autoabastecernos, existan  desigualdades tan evidentes como las que cada día se nos manifiestan.

Claro que aquí entran en juego factores que escapan al raciocinio, al menos a ese raciocinio común con el que la equidad sería posible. Sí, porque cuando los seres humanos fueron conscientes de su poder surgieron las diferencias, las fronteras, las usurpaciones territoriales, las guerras por el control de la energía… Surgió la ambición, que tiene tanto de humano que nadie puede sustraerse a su influjo
Dejar el poder en manos de una sola persona es una Tramp-a. Pero es la asignatura pendiente de la humanidad. Y lo es por lo que decía al principio de este comentario: el cuerpo humano siempre estará en conflicto con la vida. Para evitar este conflicto sólo nos haría falta una dosis de humildad, pero también está comprobado que con humildad no se llega a ninguna parte. Puede que al cielo, si tomamos en cuenta las Bienaventuranzas . ¿Pero habrá cielo…?


¿Sobre qué puedo escribir? me preguntaba al iniciar este comentario. Y me he dejado llevar hasta este punto. Son sencillas pinceladas sobre las que habría que entrar más a fondo y a las que le caben todos los retoques que se os puedan ocurrir. Como a la vida misma…

lunes, 6 de febrero de 2017

EL JUEGO.

La vida es un juego, un irremediable juego al que nadie puede renunciar. Cada cual interpreta su personaje como si para él estuviera escrito en el libreto de la creación. El pobre sabe ser pobre y el ministro, ministro, pero los dos, lo que saben fundamentalmente es  interpretar su papel. Tal vez, el tremendo error de esta civilización en la que la raza humana ha conseguido, pese a sus limitaciones físicas con respecto a los demás seres del planeta, dominar sobre la tierra, sea el de tomarse los papeles tan en serio. Cada día estoy más convencido que de esa seriedad en la interpretación de las reglas dimana la tragedia que asola al ser humano: La soledad. Somos un montón de solitarios que sólo se preocupan de ejecutar bien su papel, aunque este papel sea el de malos de la película.

¿Podría concebirse una sociedad sin reglas? La pregunta, aunque parezca simplista no le és tanto. Y me explico. Si esta sociedad reglamentada en base al respeto de las libertades, de la evolución personal, del desarrollo económico, del progreso colectivo, del bienestar social, de la expansión del saber, del disfrute del ocio, ha llegado a crear tal cantidad de monstruos como a diario aparecen en las noticias, ¿cuál es el fallo? ¿Sería peor una sociedad carente de normas, que ésta en la que nos ha tocado vivir? ¿Serían menos los crímenes, los abandonos de ancianos, de niños, de hogares? ¿Serían menos las guerras, los atentados, los abusos de los más fuertes o de los más listos sobre los que han tenido la adversa fortuna de la debilidad o la ignorancia? Definitivamente creo que no. Así lo está demostrando el más cercano conocimiento que, gracias al progreso tecnológico, tenemos de la humanidad con la que compartimos este espacio vital que es la Tierra.

Quiere esto decir, que no porque existan leyes que condenen a los que se extralimitan va a dejar de existir esa tendencia en quienes por ella estén dominados; de la misma manera, quien disfrute del beneficio de virtudes filantrópicas, las desarrollará sin más; de ahí el desarrollo de las artes, la ciencia, la tecnología o de la propia humanidad.

Creo que las leyes son una consecuencia del miedo que no erradican el miedo. Por poner ejemplos simples: de nada sirve la sanción contra el conductor peligroso, o la advertencia del peligro de tomar drogas, contra el deseo de tomarlas, o la prima por natalidad contra el planteamiento de una vida sin excesos de responsabilidad. Somos lo que queremos ser, porque ése es nuestro papel en la vida. Para bien o para mal, la raza humana tiene unas condicionantes, que la diferencian del resto de los seres vivos,  a las que no se puede sustraer.

¿Cómo puede explicarse la barbarie, el genocidio, la crueldad, la indiferencia, si no es porque son inherentes al ser humano?

Y contra eso, de nada sirven las medidas intimidatorias por fuertes que estas sean. Podrán eliminar al individuo pero no erradicarán el hecho, que, como esos virus que, agazapados, esperan el momento del ataque, volverá a resurgir del modo más insospechado.

En definitiva, nuestros pasos están marcados de manera genética, como lo está el vuelo migratorio de esas aves que, en el otoño, comienzan a buscar la calidez de lejanísimas tierras. Nada les impedirá intentar el vuelo aunque les vaya la vida en el empeño.

Resumiendo: puede que las leyes sean necesarias para una convivencia pacífica entre los pacíficos, a los que sin duda les gusta interpretar este papel, pero quienes tengan en el guión el papel de asesinos, de intrigantes, de soberbios, de xenófobos, de ambiciosos..., lo seguirán teniendo por mucho que esas leyes, que también vienen impuestas en el guión de la vida, lo prohíban.

martes, 27 de diciembre de 2016

TENÍA EL CORAZÓN EN CARNE VIVA

Me quité de en medio
por no estorbar,
por no gritar
más versos quejumbrosos.
Me pasé muchos días sin escribir,
sin veros,
sin comer más que llanto.

Gloria Fuertes.


Tenía el corazón en sangre viva.
Necesitaba un vuelo hacia la ternura,
una palabra que consolara mi aflicción.
Necesitaba lo que no puedo pedir a los que me sufren.
Así es la vida de endiablada.
Hace falta que la hoja se desprenda del árbol
para cogerla del suelo y acunar su orfandad,
para acariciarla con la plenitud de la mirada
ahora que ya no es sombra.
ahora que el otoño la va a revestir de ese especial encanto
que tienen las cosas inertes.

Tenía el corazón en sangre viva
y me metí en Google.
Busqué una página de poesía y allí estaba tu mensaje, Gloria,
con esa  manera directa
de llegar al epicentro del sentimiento, que te caracteriza,
con las palabras exactas para no desvirtuar lo que quieres decir,
con esa métrica particular de la que tantos hemos copiado.
Era mi alma la que se reflejaba en aquellos versos:
“Me quité de en medio por no estorbar…”
Cuánta gente habrá dicho esas palabras
comiéndose el llanto.
Cuántas heridas de soledad 
que no necesitarían más medicina  que la comprensión,
son la antesala de la muerte.

Tenía el corazón en sangre viva
y miré mi correo electrónico.
Me encontré uno de esos correos reconfortantes
que alguien se encarga de echar a rodar
por el sólo placer de elevar el ánimo de quien lo recibe.
Eran canciones interpretadas al piano.
Comenzó a sonar “ No llores por mí Argentina”
y me sentí envuelto en esa ternura que estaba pidiendo a no sé a quién.
Así es la vida de maravillosa:
en cualquier instante,
a la vuelta de cualquier recodo
te puede sorprender con ese destello
que no sabes de dónde procede
pero llega hasta ti como un bálsamo purificador.

Tenía el corazón en sangre viva
-la edad y todo eso,
los problemas que acaso no son tan importantes,
los miedos que se adueñan de los sueños
porque tal vez  los sueños, ya anuncian sólo miedos-
a ras de defunción,
a punto de romperse en la caída.
Pero ha vuelto a latir,
a  bombear su mar de sensaciones,
a dibujar la tímida sonrisa preludio de otro intento.

Ya veis cuan poca cosa era precisa

para volver a estar entre vosotros…

viernes, 9 de diciembre de 2016

ANCESTROS.

La vida, en determinadas especies, sólo tiene un significado comtemplativo. Y aunque los humanos, creamos que el reino animal no tiene inteligencia, os dejo este poema para reflexionar sobre esa falsa creencia.

Ancestros.-

El viejo macho, se sentó sobre la gran piedra
desde la que había visto transcurrir
todos los atardeceres de su vida.
La manada, a lo lejos,
retozaba en el abrevadero, ajena a la circunstancia,
por demás cotidiana,
de la estática silueta recortada en el calvero.
Era todo su paisaje, tan sencillo y magnífico
que no había podido pasar ni un sólo día
sin pararse a contemplar la armonía reinante en el lugar.
Nunca se imaginó conquistando nuevos territorios,
ni ambicionó otra forma de vida
que no fuera aquella que le habían transmitido sus ancestros.
Mañana, su cuerpo, yacería inerte
junto a aquella piedra eterna,
y otro macho, el siguiente en la escala de sucesión,
tomaría posesión de aquel símbolo de autoridad
desde el que contemplaría a la manada
retozando en el abrevadero.
El viejo macho sabía que no ocurriría nada extraordinario,
que el sol se ocultaría, como siempre, por detrás de las lejanas sierras,
que los componentes de la manada mirarían con sorpresa aquel cuerpo inmóvil
y volverían a sus refugios en el interior del bosque,
que la noche le envolvería con su silencio,
un poco más frío esta vez, como era de esperar,
en los aledaños de este tránsito final y misterioso.
El viejo macho, miró por última vez el paisaje de su querencia
en un último intento de aprehender aquella belleza primigenia,
luego entornó los ojos y exhaló su último suspiro.

viernes, 2 de diciembre de 2016

TRAYECTO

Con frecuencia, quienes me leen (no son muchos) dicen que mi poesía es pesimista. Hombre, de humor no es; frívola tampoco. Podría hacerla y de hecho algunos poemas hago. Pero cuando me pongo los apechusques de poeta me alejo de lo superficial y me encierro en mi mismidad ( ya sé que la palabreja es rebuscada, pero ahí está la condición del poeta, en encontrar las palabras que definan de manera literaria o hermosa o distinta, lo que podría ser coloquial, con lo cual no sería poesía).

Yo diría que es realista y se enfrenta a aquellas situaciones o emociones que nos van conformando y que son el trasfondo de toda vida, por mucho que queramos eludir lo que para algunos puede sonar a trágico.

Por último, en mi caso y en el de muchos poetas a los que he leído, es esa cualidad la que los impulsa a escribir. No quiere esto decir que uno sea así por naturaleza, o no siempre. En alguno de mis poemas digo “canto en las horas bajas/ porque en las más alegres/vivirlas/es bastante”

Así que aquí os dejo otra que aunque parezca que corresponde a mi reciente edad,  se conserva  desde hace muchos años en mi archivo. Lo que quiere decir que mi forma de entender  la vida y la poesía, viene de lejos. ¡Y ya está bien de explicaciones!

TRAYECTO.

Llegados a este punto uno comprende
que se apaguen los ojos, que se anule
su gesto de firmeza, que se vuelvan
tragedia los recuerdos y el futuro
nos anegue de tanta soledumbre.
Llegados a este punto uno descubre
lo poco que nos queda, lo importante
que es saber que la meta es la escalada
de ese puerto final al que sin duda
llegaremos escasos de entereza.

Llegados a este punto equidistante
entre el ayer y el nunca, se estremece
la sangre en sus alberos, como el toro
cuando siente el rejón morrillo abajo
y ventea el olor a sangre propia.
(Es esta referencia, permitidme,
la más exacta imagen de sorpresa
que puedo imaginar). 
                             Ahora prosigo:
en este punto exacto nace el alba
que nos hará entender el claroscuro
que producen las dudas. De repente
la palidez se enquista entre los sueños
como un aldabonazo en las entrañas
y uno deduce, al fin ,que ya está todo
pendiente de visado, del último visado
que, como siempre firman los de arriba,
los que tienen la llave del misterio.

Mientras tanto,
aún con la lucidez haciendo astillas
en el gastado corazón, se acierta
a comprender los gestos, la tragedia
que supone el final, cuando la mano
ha rendido el vigor y tiembla inerte
sobre el triste deshecho que sonríe
con esa estupidez que da el olvido.
Uno aún puede entender, por eso mira
tanta imagen cuajada de tristeza
como pone la vida ante sus ojos.
 Sin acertar a descubrir la forma
dulce de las entregas.


viernes, 23 de septiembre de 2016

SOBRE LA PAZ.

Hablar sobre la paz se me encomienda, ¿mas dónde está la paz? Si la paz es la ausencia de agresiones ¿quién puede hablar de paz en estos tiempos? No es buena introducción, ésta, para publicar en una revista donde los ojos de una Virgen claman por esa paz, reflejan esa paz, si ambas cosas pudieran ser posibles desde una misma mirada.

Pero el rostro humano, exento de atributos celestiales, no tiene esa dualidad; su mirada es el reflejo del instante en el que vive; no el reflejo de ayer, ni el de  mañana; sólo el de ese instante que se cuela en la sangre y la agita en impulsos que transmiten el gesto.

Y el gesto es, hoy, sombrío, apagado, como de sangre acelerada, encontrada con sus propias concepciones. ¿Quién, que no sea hipócrita, está en paz consigo mismo?

Si miro en mi interior, en esa combustión que son mis pensamientos; en esas circunstancias que oprimen mis sentidos; en esa prisa impuesta que anula la mirada; en esas sinrazones que escapan a la lógica; en esa iconoclasta razón de mi egoísmo; en ese despotismo que a veces me domina; en esa sobredosis de orgullo o de soberbia; en esa pleamar de sangre en embestida; en esa pequeñez de metas que me impongo; en esa indiferencia que siento hacia lo ajeno; en ese miedo absurdo a perder mis conquistas; en esa envidia insana que anida en las entrañas...¿Cómo hablaros de paz? Quién, mirándose así, tan detenido, puede sentir la paz en algún sitio, en algún escondrijo, para decir :¡Aquí!, ¡buscad aquí!

Todos somos capaces de las grandes palabras. De las grandes, vacías y mentirosas palabras que adormecen la culpa. No sería posible, sin una adormidera, seguir sintiendo orgullo por esta dimensión que nos acoge; por esta imagen óptica que damos a los otros: mansos como corderos; sumisos como mascotas, en la cual, también ellos, se sienten reflejados. Pero ya veis, es posible , y acaso necesario, sentirse confundidos; mezclar razonamientos, sentir lástima propia; llorar ante la imagen del trágico infortunio de los otros. De eso somos capaces, mientras decimos :¡pobres!, ¡Qué lástima de mundo...!
Para hablaros de paz, tendría que sentirme diferente. Hoy no; hoy me resisto a revestir de infamia mis palabras; hoy quiero ser sincero porque siento esos ojos suplicantes clavados en mis ojos. ¿Pero porqué?, parecen preguntarse los ojos de esta virgen. No entiende, como madre, que algo nacido puro, pueda llegar a hacerse tan complejo.

La paz es una chispa pequeñita que aflora a la retina cuando la armonía interior es la necesaria.
Es el silencio manso de la no interferencia en ese pleamar al que la sangre regresa cada noche.
Es la nada llenando los confines remotos a los que, algunas veces, se acerca el subconsciente.
La paz es esa mano tendida hacia otra mano, o esa sonrisa abierta que sobrepasa todas las miserias, o esa oración silente con la que el alma habita en la penumbra esperando el momento de asomar por los ojos...

Pero la paz, y no es la ausencia de guerra el sentido que quiero dar a este comentario, difícilmente aflora en estos rostros nuestros que siempre van perdidos, vueltos hacia sí mismos, hacia tanto problema cotidiano como impide abrigar esos instantes de armoniosa pureza. Es difícil; al ser humano le es difícil, demostrarse a sí mismo que la paz es tangible; que se puede amasar, transportar, almacenar, obsequiar, compartir, como si de otro elemento más de consumo se tratase.

Porque la paz, no esa paz meretriz confundida en afeites con la que todos parecemos conformarnos; la paz del espíritu, a esa me refiero, siempre está sometida a una carrera de obstáculos imposibles de salvar. Sólo los adiestrados, los esforzados, los abnegados -utilícese también el femenino en esta lectura-, podrán vislumbrar esa chispa a la que antes hacía referencia, en algún momento de su vida. Los demás seguiremos andando hacia la nada ignorando el camino; dando vueltas y vueltas en una espiral sin sentido que nos irá alejando de este punto de gravedad en el que nos apoyamos y en el cual debería florecer de manera perenne esta rosa delicada y frágil que necesita de cuidados constantes.
Puede que, en último extremo, la paz sea la total ausencia de sensaciones; ese instante en el que el ser humano, cansado de sí mismo, impotente ante tanta dificultad para sentirse artífice de un mundo en armonía, cierra los ojos y se entrega a un holocausto concebido. Tal vez es esa entrega, esa culminación, la necesaria para hacernos dignos de entrar en ese recinto donde todo, incluso la paz, es posible.


martes, 30 de agosto de 2016

COMO QUIEN RESPIRA.

Agradecido y emocionado por este texto que Federico Gallego Ripoll, hace sobre mi poesía.


COMO QUIEN RESPIRA
(La poesía natural de Jerónimo Calero)

Atender a la sutileza de los estados intermedios, elegir la permanencia del paisaje cercano, las emociones cotidianas que forjan el carácter y la ironía ante el desamparo que produce la conciencia de finitud, son patrimonio de los hombres sabios que establecen lo contiguo como ámbito de conocimiento y –acaso, en ocasiones- felicidad. Así, el amor sosegado, la reflexión serena, la opción por la sencillez como forma respetuosa de tratar a la palabra y dotarla de un cauce confortable, la consideración del tiempo como barco que nos lleva, el no herir, no forzar, no impostar, no incurrir en desatinos ni extravagancias, son señas que caracterizan la poesía natural de Jerónimo Calero, que aparece como el primer mosto que mana de su propia naturaleza y llega al vaso conducido por su simple peso. Acostumbrado a aconsejar sobre cómo combinar o desechar hechuras, cortes, colores y texturas, se reconoce con naturalidad en el terreno de la armonía y el aliento reposado y musical del verso, donde no hay disonancias ni trastabilleos, sea cual sea el formato elegido, desde el clásico soneto al verso blanco de aliento salmódico y compostura versicular.
         Jerónimo Calero escribe como vive, con la misma tranquilidad de ánimo, un cierto pesimismo consustancial de honda raigambre manchega, y el mismo permanente intento de verdad, pues bien dice que “la vida y la poesía son hermanas siamesas”. Y por eso sus poemas, compilados en los últimos tiempos en dos sensatos libros de hermosa factura: “¿Y quién es el que canta?” y “Soledades”, se suceden con la naturalidad con que un día sucede a otro, o, a una, otra estación.
         Aunque la poesía es única y cada cual la asimila y afronta de su mejor manera, hay en los poetas que ejercen su oficio en ámbitos cercanos, en sociedades de dificultosa intimidad, como son los pueblos y las pequeñas ciudades, un componente añadido al de la propia creatividad, y es el de ser reconocidos por su entorno como depositarios de una parte valiosa de la memoria o el talante comunes de sus conciudadanos, porque siempre los poetas han sido garantes de la custodia de “las palabras de la tribu”. Y eso les condiciona con una responsabilidad añadida: la de haber de cuidar no sólo su propio discurso, sino también saber transmitir ese ámbito de memoria expandida que estas sociedades pequeñas depositan en sus representantes más respetados. “Un poema, un ciprés... cosas corrientes”, dice; y también “mis palabras son fruto de la tierra que habito”.
         Así, Jerónimo Calero sabe mantener con dignidad esa representación implícita de los valores esenciales y duraderos en que destaca como aglutinador de una riqueza emocional compartida. Hay en su sereno mancheguismo, nada tópico, una reivindicación de la poesía de la acritud de la cotidianeidad, el enunciar la inercia de las limitaciones, reconocer la finitud de todos nuestros límites, nuestra incapacidad para entender la vida, e incluso para asimilar la belleza que nos llegue en un lenguaje diferente al propio.
         La escritura, en su caso, se va desarrollando sosegada; es la poesía de un hombre que camina reposado y, mientas anda, al ritmo de su paso, va dejando escapar su pensamiento, como si al compartir su conciencia de la temporalidad y las rémoras apesadumbradas de la existencia, aligerara, junto a su zurrón, su conciencia: “...a mí me ha sobrepasado casi todo”, afirma.
Hay en esta poesía un permanente tono de abandono de las fuerzas, un cansancio de estar siempre en ese punto intermedio entre lo que se ha perdido y lo que nunca se tendrá, una reflexión existencial sobre el continuo ejercicio de la pérdida o el abandono. Vivir es aceptar esta costumbre, quitar hojas al calendario, confiar en ser sorprendido por una buena noticia. Y también es escribirlo. Vivir es escribir el cómo y el porqué, y el contra quién la vida va pasando mientras adelgaza y transparenta la piel que nos contiene.
         Los poemas se suceden en fragmentos numerados, dando continuidad al intento de recrear un mundo extendido, amplio como el paisaje en el que el poeta se inscribe. Es una panorámica general, lenta y en círculo, que a veces nos otorga la calma de una siesta, o el resorte feliz de un guiño desde el muy peculiar y a veces dificultoso sentido del humor de los hombres de llanura, que no poseen más sostén que la intemperie.
         El paso del tiempo, con sus progresivas limitaciones acumuladas, le empuja a hacer inventario de lo que ya no somos, a base de ir añadiendo relación de dolencias. Como si nombrarlas limitara –o al menos controlara- su efecto. En definitiva, el tiempo es compartir lo que nos falta. “Cuesta toda una vida aprender a sacarle partido a las mermas”, dice Jerónimo Calero, y dedica su enjundia a loar la vejez, cuando ya no es preciso rendir cuantas a nadie –de este mundo- porque hecho está lo ya hecho, y no se exige hacer lo que no se hizo. El poeta se sitúa en esa ficticia atalaya de una vejez –en su caso, metafórica, no real- que no es sino recurso literario para soltar la lengua con el desparpajo que otorga una independencia bien ganada. “Sé que aún me queda todo el tiempo que necesito / para acercarme a mi pensamiento”, dice,  y de repente se sitúa sin haberlo pretendido junto a estas artificiosas y tan de moda doctrinas del mindfulness, (actitud consciente cada instante), que desde hace siglos vienen practicando como algo natural, sin tanta parafernalia ni tanta publicidad, las gentes de nuestra tierra.
“No es lo malo morirse.
Lo malo es no saber a qué vinimos.”
         Escribir poesía como quien respira (¡no es cicato el empeño!), y hacer que a través de ella respiren las palabras y las emociones descritas, las pequeñas anécdotas, el tiempo y sus roturas, sus pérdidas, su inevitable flujo tierra adentro. Como quien respira, bien consciente de cada bocanada de aire fresco, su peso y su medida, su importante fragilidad. La poesía es su medio natural, y cuando menos se preocupa porque sea brillante es cuando más eficaz se muestra. Lo más valioso de la poesía de Jerónimo Calero es su naturalidad, su no empecinamiento –tan común- en buscar acentos rimbombantes y expresiones sonoras. Las palabras sencillas, bien usadas, han sido siempre las más jugosas y eficaces cuando el poeta habla y reflexiona desde la verdad. Y éste es el caso.
         El itinerario por los libros de Jerónimo Calero es muy recomendable para todos los amantes de la poesía, y también -y casi, sobre todo- para quienes no lo son, porque aprenderán a ver con otros ojos y a sentir cosas que nunca hubieran sospechado que tenían dentro de sí. Nos encontramos aquí con un poeta que, ocupándose de las cosas naturales del mundo, y haciéndolo con buena mano, discreción y raciocinio, ejerce una valiosa pedagogía sobre el hecho de escribir y compartir lo escrito, desde la confianza de hacer que sus lectores puedan asumir como propia la experiencia del poeta, que no hace sino poner por escrito lo que nos pasa a todos y decirlo de una manera hermosa y perdurable, desde esa actitud de utilizar con solvencia un yo más expandido que limitador.    
         ¿Juego o compromiso? se pregunta el poeta. Quizás la respuesta sea una palabra a medio camino de ambos y que a ambos contiene: inevitabilidad. Jerónimo Calero es un poeta inevitable, un hombre inevitable que se expresa en poeta, y en poeta se justifica, agradece los dones recibidos, lamenta los estragos del tiempo... y sigue su camino. Porque en cada nuevo día se inaugura también como poeta, retoma la labor dejada a medio concluir el día anterior y sale con las palabras en las manos a que les dé directamente la luz del sol, el aire leve que se lleve los hilos mal cortados. Porque sólo bajo la luz sin medias tintas de la calle, los tejidos y los poemas entregan sin disimulos su verdad.


FEDERICO GALLEGO RIPOLL
Jerónimo Calero, ¿Y quién es el que canta?, Cuadernos del laberinto, Madrid, 2012

Soledades, Huerga y Fierro, Madrid, 2016