Poema para decir si acude la nostalgia.-
Yo tenía una barca,
y un río que partía mi vida en dos mitades.
Yo tenía en el alma
un dolor encendido desde tiempos remotos
(como de marinero
que hubiese detenido su amor en cada estrella).
Yo tenía una puerta
de par en par abierta para aquellos que un día
llegaran a su abrigo.
Y una huerta plantada
con todos los geranios que en el mundo florecen.
Y perdido en el hueco
más hondo de mis sueños una ilusión a punto
de volverse crisálida.
Un día quise hacerme
a la mar, y los remos se quebraron a poco
de iniciar el viaje.
Y sentí cómo el río
se burlaba en sus aguas de mi pobre barquilla,
de mi poca pericia.
No sirvieron de nada
mis llantos infantiles nacidos de una rabia
teñida de impotencia,
ni los vanos esfuerzos
por encontrar el modo de convertirme en hombre
-acaso no era tiempo-.
Por mi alma seguía
destilando la herida su drenaje de fuego,
derramando su angustia
por el brocal angosto de mi pozo sin fondo,
despertando palomas
que en constante zureo me llevaban al predio
de la desesperanza.
(Yo tenía una barca
mas no fui marinero a pesar de mi empeño).
De mi puerta, a la sombra,
esperé en vano el timbre de una voz, o un suspiro
que cruzara el dintel,
-tal vez nunca lleguemos a saber por qué causa
se nos mueren los sueños-.
(Yo tenía una puerta
de par en par abierta por si acaso llegabas).
En mi huerta, pintada
de infinitos colores, se quebró una promesa.
Con lágrimas de piedra
lloró el ángel del día ante tanta belleza
y el color se hizo río
de dolor por el frágil corredor de mi empeño.
(Yo tenía una barca.
Y una puerta esperando que llegaras un día.
Y un huerto de geranios para darte en ofrenda).
Mi ilusión se hizo añicos
que cayeron rodando sobre el fondo del pozo
como ruedan las penas
y sentí que la tierra no tenía palabras
para tanta desgracia.
(Yo tenía una barca
y una puerta esperando que un día llegaras
y un geranio en la mano que arranqué de mi huerto
y una ilusión a punto de volverse crisálida).
Hoy tan sólo me queda
el rincón de tu ausencia florecido de invierno.
Entradas populares
-
Retrato en sepia.- 1 Aprendices de navajero en una fábrica de Albacete. Ni siquiera la blusa -uniforme del gremio- po...
-
Pedro tendría ocho años, nueve a lo sumo, aunque sus ojos parecieran los de un hombre de sesenta. Era menudo, renegrido, fibroso. Visto d...
-
SANTANILLA .- Semblanza escrita con motivo de su fallecimiento. Para Joaqui Muñoz Si dijera que su nombre es Alfonso Muñoz Ni...
sábado, 1 de septiembre de 2018
miércoles, 29 de agosto de 2018
POEMA DE OTOÑO
Ay, Otoño, qué cerca te presiento...
No es en los amarillos
destellos con que anuncias tu llegada,
no es en la savia ausente
que reclama su tiempo de reposo,
no en las hojas caídas
bajo los olmos secos de este parque,
no es en la confidencia
que puedo adivinar en tu silencio...
Ya es recuerdo ese tiempo fenecido
en el que eras nostálgico y hermoso,
y en los verdes senderos de mi vida
cincelabas las huellas de tu paso.
Ya es recuerdo de luz tu epifanía
en fragor de encendidos arreboles
que inundaban mi sangre de matices
para llorarte, siempre, a tu regreso.
Era el amor, supongo, primerizo,
el que llamaba entonces a mi puerta,
el que portaba el húmedo aletazo
de tu aliento de vida, y tu fragancia,
el que soñaba el sol en el ocaso
para buscar metáforas al beso...
Era el amor abriendo apresurado
caminos a la sangre y sus compuertas
para llegar por cálidos meandros
hasta la orilla opuesta de otra sangre.
Era el amor. Y el cielo, ensimismado,
llenándose de grises arrebatos
descargaba el ardor de su lujuria
por las senos ardientes de la tarde.
Todo el olor del mar se trasminaba
hasta esta tierra adentro pesarosa
de no tener un barco en su horizonte
ni una estela de espuma en sus orígenes.
El campo entero entraba en calentura
y un ansia maternal se reflejaba
en al cálido almagre de su entraña
fecundador de sueños y cosechas.
Y en el último alero de septiembre
presurosas e inquietas golondrinas
reparaban su brújula y partían
al abrigo feliz de la querencia...
Eras así. Y acaso,
la estación en que el alma se esponjaba
de ese aroma frutal de tus esencias
derramado en los tuétanos del tiempo.
Hoy te siento llegar y me conmueve
ver que tienes el rostro macilento
y caminas extraño y achacoso
por las sendas oscuras de mi noche.
Hoy, abiertas mis páginas finales
te descubro llorando inconsolable
y me faltan alientos para hablarte
con la misma dulzura que otras veces.
Y es que ya no hay razón en mi camino
para aguardar tu tímida caricia
ni le quedan arrestos a mi sangre
para dejar correr tanta nostalgia.
Solos tu y yo, de frente, como antiguos
camaradas de historias imposibles
procurando ignorar el abandono
que reflejan mi rostro y tu impotencia.
Tú me miras y dices: ¡pobre viejo!
Yo te miro y me digo: ¡pobre otoño!
Y en el hueco del alma donde anidan
las cenizas intrépidas de antaño
se despierta un dolor como de cirios
inmolando el misterio de su cera.
Porque ya estoy marcado como fruto
que ha llegado a su clímax y se entrega
cual ofrenda sagrada y generosa
en el acto postrero y sumarísimo
Y es esa entrega en última peonada
la que siento subir arteria arriba
carcomiendo un espíritu aterido
que ya no reconoce tu presencia.
Ay, Otoño, qué cerca te presiento...
No es en los amarillos
destellos con que anuncias tu llegada,
no es en la savia ausente
que reclama su tiempo de reposo,
no en las hojas caídas
bajo los olmos secos de este parque,
no es en la confidencia
que puedo adivinar en tu silencio...
Ya es recuerdo ese tiempo fenecido
en el que eras nostálgico y hermoso,
y en los verdes senderos de mi vida
cincelabas las huellas de tu paso.
Ya es recuerdo de luz tu epifanía
en fragor de encendidos arreboles
que inundaban mi sangre de matices
para llorarte, siempre, a tu regreso.
Era el amor, supongo, primerizo,
el que llamaba entonces a mi puerta,
el que portaba el húmedo aletazo
de tu aliento de vida, y tu fragancia,
el que soñaba el sol en el ocaso
para buscar metáforas al beso...
Era el amor abriendo apresurado
caminos a la sangre y sus compuertas
para llegar por cálidos meandros
hasta la orilla opuesta de otra sangre.
Era el amor. Y el cielo, ensimismado,
llenándose de grises arrebatos
descargaba el ardor de su lujuria
por las senos ardientes de la tarde.
Todo el olor del mar se trasminaba
hasta esta tierra adentro pesarosa
de no tener un barco en su horizonte
ni una estela de espuma en sus orígenes.
El campo entero entraba en calentura
y un ansia maternal se reflejaba
en al cálido almagre de su entraña
fecundador de sueños y cosechas.
Y en el último alero de septiembre
presurosas e inquietas golondrinas
reparaban su brújula y partían
al abrigo feliz de la querencia...
Eras así. Y acaso,
la estación en que el alma se esponjaba
de ese aroma frutal de tus esencias
derramado en los tuétanos del tiempo.
Hoy te siento llegar y me conmueve
ver que tienes el rostro macilento
y caminas extraño y achacoso
por las sendas oscuras de mi noche.
Hoy, abiertas mis páginas finales
te descubro llorando inconsolable
y me faltan alientos para hablarte
con la misma dulzura que otras veces.
Y es que ya no hay razón en mi camino
para aguardar tu tímida caricia
ni le quedan arrestos a mi sangre
para dejar correr tanta nostalgia.
Solos tu y yo, de frente, como antiguos
camaradas de historias imposibles
procurando ignorar el abandono
que reflejan mi rostro y tu impotencia.
Tú me miras y dices: ¡pobre viejo!
Yo te miro y me digo: ¡pobre otoño!
Y en el hueco del alma donde anidan
las cenizas intrépidas de antaño
se despierta un dolor como de cirios
inmolando el misterio de su cera.
Porque ya estoy marcado como fruto
que ha llegado a su clímax y se entrega
cual ofrenda sagrada y generosa
en el acto postrero y sumarísimo
Y es esa entrega en última peonada
la que siento subir arteria arriba
carcomiendo un espíritu aterido
que ya no reconoce tu presencia.
Ay, Otoño, qué cerca te presiento...
miércoles, 22 de agosto de 2018
SOLEDADES
SOLEDADES
HUERGA & FIERRO editores/Poesía
Por más que las palabras lo intenten
es el silencio el que nos muestra el camino.
Quién dice que la mudez de los elementos
no deviene de un largo aprendizaje,
si hasta Dios, el misterio por excelencia,
nos habla desde su infinito silencio.
Este es el último de mis libros publicado por la Editorial HUERGA & FIERRO en el año 2016
tiene una interesante introducción de TEO SERNA titulada MITO Y POESÍA;SOLEDAD Y PALABRA: UNA LENTA APROXIMACIÓN A LA POESÍA DE JERÓNIMO CALERO.
Pueden adquirirlo en la propia editorial, en La Pecera, Manzanares o en cualquier librería donde lo soliciten.
Aquí dejo uno de los poemas del libro:
Me despierta el ocupa que me habita
desde hace tanto tiempo
que somos uña y carne los dos
y nos odiamos
con ese odio que nace de la sangre
que a veces es amor
y a veces grito.
Me despierta, ya digo
y me conmina
de la única manera que es posible:
agitando mi sangre,
acelerando el ritmo,
hurgando en mi cerebro,
subiéndose a mi oído
como un Pepito Grillo
que hubiera confundido al personaje.
¡Escribe!, me protesta.
¿Pero de qué?, le digo, si estoy seco,
(no le importa mi tono
casi desesperado).
¡Y más que vas a estar
si te refugias
dentro de tu silencio!
¡Escribe!
¡Canta!
¡Rompe ese corsé de olvido que te oprime!
¡Estás ahí! ¡Estás vivo!
¡Todavia estás vivo...!
Tendré que hacerle caso
y dejar de lamerme las heridas.
jueves, 26 de julio de 2018
ESCENA COTIDIANA
Es una de estas tardes
En las que noviembre quisiera ser mayo
Aunque nos hayan acortado los días
Y la noche nos sorprenda casi en la sobremesa.
Los aleteos del frío, todavía son tímidos y madrugadores
Y el cielo se resiste a mostrarse taciturno.
Hay luz, y sol, y flores
Y aún las abejas revolotean afanosas.
Es uno de esos espejismos que en el desierto
Le servirían al sediento para alargar un poco su agonía,
O su esperanza,
O su agónica esperanza.
Yo regresaba de mi clase de inglés que,
Dicho sea de paso, no
lograré hablar nunca,
Y él estaba allí,
Sentado en el bordillo de la acera con un globo en la mano.
Era un hombre de cuarenta años con ademanes de un niño de
cuatro,
O un niño de cuatro con semblante de hombre de cuarenta
años.
Su rostro, por sí solo,
Era tan perfecto como el de un dios griego,
Y el globo, en su mano,
era un hermoso anacronismo.
Lo miré un segundo, dos tal vez,
Lo justo para rebasarlo en mi trayecto
Y sentir que la vida era un juego maléfico.
Hoy es otro día.
Y sólo me quedaba contarlo.
lunes, 23 de julio de 2018
DE AYER A HOY
Una pendiente,
a veces un declive.
Un llano,
algún regato de tranquilas aguas.
Y yo en cada momento,
en cada paso o vuelta,
intentando el milagro de ser hombre.
No hay distancias después de tantos pasos.
Aquí nací.
Aquí me espera el hueco de la tierra.
Mi rostro dice más que mis palabras.
Pero no veis mi rostro.
Principio y fin.
Dos fechas
y una losa de tiempo
ennegrecida.
No hay más.
No os inventéis mi vida.
Dije cuatro palabras
y puede que no fueran
necesarias.
sábado, 21 de julio de 2018
CUANDO LA CALLE PARECE UNA FIESTA
Mi pueblo es un pueblo de calles sobrias, solitarias,
aplanadas por el sol que reverbera sobre el blanco de la cal de sus paredes.
Antes, cuando los niños no teníamos ordenador, ni teléfono móvil ni Tablet, ni
MP3, ni play steyson ( no sé si se
escribe así), antes, digo, los muchachos del barrio salíamos a jugar a la
calle, que tampoco estaba empedrada, ni entarugada, ni iluminada y nos
pasábamos las horas jugando a todo lo imaginable. Éramos niños de la calle como
ahora lo son de la tecnología. Lo bueno de ser niños de la calle, era que la
calle parecía una fiesta y entre los gritos, los llantos, las risas, las
canciones, el batir de las espadas, los enfrentamientos verbales y de los otros;
ante tanta vida en suma, la calle parecía un hervidero. De cuando en cuando,
alguna madre asomaba la cabeza a la puerta para ver si todo transcurría con
normalidad, hacía alguna reconvención a sus pupilos y volvía a sus quehaceres.
Los niños de entonces podíamos tener el moco colgando, o
estar comiéndonos un canto de aceite que era un trozo de pan al que se le hacía
un boche en la miga, regado de ese nutritivo y espeso líquido que a falta
de donuts, de paté o de nocilla, hacían las delicias de los más y los ascos de
los menos; los niños éramos la última célula en un escalafón de jerarquías que
se respetaba, probablemente por miedo, pero se respetaba…
La vida transcurría con esa normalidad propia de los lugares
en los que no ocurre nada digno de mencionar salvo los chismes que eran terreno
acotado para los niños. Y la calle, parecía agradecer aquella algarabía,
porque, pienso yo, las calles, sin vida sobre su superficie, no tienen sentido; entristecen, languidecen y se les va quedando
una expresión amargada, como de resignación e impotencia.
Por eso hoy, las calles me parecen impersonales, todas
hechas sobre un mismo patrón, rectilíneas, asfaltadas, llenas de coches y de
pisos donde los vecinos apenas se hablan y los niños se convierten en
solitarios inadaptados que prefieren pasar horas ante esos juegos virtuales
que, digo yo, algo bueno deben tener, porque si no, no se explica que les
dediquen tanto tiempo.
Hay calles que por su situación o su actividad siguen
manteniendo esa pujanza que les da la vida que transita sobre sus baldosas.
Nuestra calle Empedrada es una de ella pues allí se dan cita quienes van a los
bancos a los comercios a los organismos municipales a los bares a las
cafeterías… Allí, el pueblo toma otro color, las gentes se mueven con
diligencia, los jubilados entablan largas conversaciones u ocupan las terrazas
de los bares; los niños corretean mientras los padres hacen como que los
vigilan pues saben que en esa calle, por ser peatonal, pueden estar tranquilos.
Alguna vez se deja caer un mimo o un músico callejero que dan a la calle un
ambiente cosmopolita, como de Puerta del Sol de Madrid, o de Ramblas de
Barcelona, aunque todo sea tan pequeño que la comparación casi huelga. Quienes
no fallan son los mendigos, por lo general mujeres rumanas, que, como
ejecutivos venidos a menos, montan allí su talabarte y tienen horario fijo,
mientras sus hijos, hombretones que no parecen carecer de nada, esperan en el
banco cercano jugando en sus teléfonos móviles a que su madre termine la
jornada.
Aun así, aquí la vida transcurre lenta, con lentitud de
campana tañendo a difunto, o con esa lentitud con la que los impedidos se
desplazan apoyados en su andador. Nada hay que consiga estremecer el ritmo pausado de la vida en los pueblos,
salvo esos instantes en los que la calle parece una fiesta
viernes, 20 de julio de 2018
MULA DE CARGA
Fue la mula uno de esos animales creados por el hombre para
una específica función. En este caso, para el aprovechamiento de su energía y
fortaleza en propio beneficio. Pocos
brutos han dado tal cantidad de juego en las labores agrícolas… No recuerdo un
trabajo que no fuera duro ni jornadas que no fueran de sol a sol. El trabajo
del campesino, casi siempre parejo al de la mula, creaba una relación de camaradería, si bien
era la mula la peor parada, particularmente cuando había que conseguir un
sobreesfuerzo a base de latigazos o
arengas malsonantes a falta de mejores remedios.
Como única recompensa, un pienso a base de paja y cebada que
el animal se encargaba de reclamar a lo largo de la noche con un incesante manoteo
que hacía que el gañán, malhumorado, tuviera que interrumpir su sueño y abandonar
su saca de paja para cumplir con ese indispensable cometido si quería que, al
día siguiente, la acémila cooperara con vigor.
Las casas de labor cobraban importancia en función de los pares de mulas
que tenían los propietarios. Lo normal era un par, dos a lo sumo, salvo los
terratenientes que tenían cuadras
considerables.
Pero en el devenir diario, nadie valoraba ese capital animal
si no era por los miles de reales que pudieran costar cuando pasadas de años y
de esfuerzos eran llevadas al matadero y había que sustituirlas.
Pocos signos de agradecimiento han dejado constancia de la
esclavitud a la que eran sometidas aquellas sufridas criaturas fruto del cruce de yegua y asno. Sirva este humilde
soneto hecho desde el recuerdo de un tiempo desparecido, como homenaje póstumo a su anónimo pasar.
Noble animal de austera arquitectura
hija directa de la diosa Ceres,
firme puntal del hombre en sus quehaceres,
recio engranaje de musculatura.
Briosa conjunción, genio y figura
por los campos de Dios en donde mueres,
estampa a contraluz
de atardeceres
cuando la tierra toda se hace hondura.
Mula de carga, yo vi tu coraje
vi la tragedia de tu
triste sino
vi tu entrega silente y generosa.
Sirva mi humilde verso de homenaje.
Y con mi voz de viejo campesino
déjame pregonar que fuiste hermosa.DE MULAS Y OTROS CARGOS
Estoy haciendo un soneto a la mula como homenaje a ese noble animal que durante una larga
etapa fue el baluarte en el que los
campesinos se apoyaron para hacer su trabajo más eficiente y productivo. La
mula era el tractor de la época. Lo mismo araba, que tiraba del carro, que daba
vueltas en torno a la noria, que trillaba… pocas faenas se podían hacer sin su
colaboración y su energía. Y todo ello por un poco de paja y cebada. Y lo peor
del caso es que era tratada como una bestia,
a base de latigazos y malos modos. No creo que haya tenido muchos reconocimientos
a lo largo de la historia. Desconozco si algún monumento la recuerda. Poemas he
visto pocos. Y prácticamente desparecieron cuando la maquinaria vino a
sustituirlas.
Creo que alguna podría haber sido una buena ministra de
trabajo, porque de trabajo sabían bastante y, visto lo visto, es preferible la
práctica a la teoría. No quiero que se malinterprete la metáfora, es decir, no
quiero llamar mula a ningún ministro, sí quiero que se entienda que a los
ministerios o a los puestos de responsabilidad no se debería llegar a dedo y
que la dirección debería darse a una
persona con la adecuada preparación e independientemente del equilibrio
sexista.
Últimamente, se está
pretendiendo dar una imagen de progreso con la paridad y el nombramiento de
personas más o menos relevantes en las distintas ramas del saber. Pero es que
no consiste en que los nominados sean personajes mediáticos, que, a lo mejor y
además, gozan de conocimientos
adecuados. Se trata de encontrar a la persona idónea entre el elenco de posibles
y eso nunca puede hacerse arbitrariamente.
No es cuestión de entrar en los dimes y diretes que ahora,
con el nombramiento del Director del Instituto Cervantes, Luis García Montero,
están saliendo a la luz, entre otras cosas, porque a mí me parece un gran poeta
y porque lo he oído en alguna conferencia y me han parecido interesantes sus
reflexiones. Sin embargo se dicen cosas
de él como que no es excesivamente honrado a la hora de otorgar premios y que
en igualdad de condiciones, prefiere dárselo a un amigo. Que no sería grave si
el amigo es buen poeta, pero ¿Cómo se sabe quién es el amigo si el sistema de
plicas con los que se participa en los concursos debe garantizar el anonimato?
Por otra parte, imagino que habrá muchos intelectuales preparados para ese
cargo. ¿Cuál es la razón para que haya sido precisamente éste el elegido?
Pedro Duque, una leyenda en España por aquello de su viaje
espacial, podría ser un buen Ministro de Ciencia, pero hasta ahora sólo ha
demostrado que puede ser astronauta y
parece que gracias a la enseñanza privada. Maxim Huerta, ese fugaz
Ministro de Cultura al que aún no he
tenido el gusto de leer, no ha tenido siquiera la oportunidad de demostrar su
valía. Y así sucesivamente…
Pero es que, las personas dedicadas a la política, deberían
ser, por encima de todo y además de los conocimientos necesarios para el cargo
a desarrollar, políticos. Teniendo en cuenta que el político al que yo me
refiero debe tener vocación de servicio,
talante y capacidad de negociación, generosa entrega y sobre todo, honradez. Y
no cabe duda tiene que haber gente así entre todos los españoles. Pero como en
todas partes ocurre, por desgracia, “ni son todos los que están ni están todos
los que son”.
En fin, me vuelvo a mi mula. Es difícil hacer un soneto de modo genérico sobre un animal de carga que
no tiene la emoción de ser competitivo. Por ejemplo un caballo ganador, un toro
indultado, un perro equilibrista… La mula sólo ha sido un instrumento y como
tal ha sido utilizada. Así que voy a esforzarme en ese soneto de
agradecimiento. Si soy capaz de conseguirlo, lo colgaré en mi muro.
martes, 8 de mayo de 2018
PESCAITO-
Después de todas las palabras, no hay palabras.
Después de todos los llantos no hay consuelo. Después de todos los intentos
sólo queda el silencio…
Gabriel era inocente. No sé todos los demás, pero
Gabriel era inocente. Como todos los
niños que se ven sometidos a las medidas más o menos legales que suceden a la
separación de los progenitores. Porque también para ellos comienza una nueva
vida. Una vida en la que tienen que aprender a estar y a convivir con
desconocidos, con nuevas parejas, con nuevas costumbres.
Hay puntos de referencia: madre, padre, abuelos… Pero
la vida para ellos, para los niños, se rompe en el momento en el que alguien
toma la decisión de separar caminos. Son ellos los verdaderamente castigados de
esas historias. Ellos los que tienen que aprender a mirar con otros ojos, a
entender con otras palabras, a descubrir nuevas interioridades.
No busco culpables. Las cosas, la vida, viene siendo
así desde que el mundo es mundo (frase socorrida cuando no hay más que decir).
Y no hay leyes que amedranten a quienes tienen en los genes instintos
superiores a su propio raciocinio; ni condenas que rediman, ni campañas que
conciencien, ni lecciones que motiven. Porque es, en definitiva, la sangre la
que manda, las vísceras las que odian, la propia condición la que conduce a las
más insólitas acciones.
Es emocionante ver que una nación entera llora por la
vida de un niño (incluso quien ha cometido la barbarie). Es impactante ver cómo
las redes sociales, se llenan en escasos minutos de dulces pececitos que
primero aguardan expectantes y luego nadan hacia el mar de las ausencias. Es
humano llorar y pedir y sentir. Es humano ser humanos…
No sé qué impulsos oscuros, pueden mover a alguien a
ejecutar una barbarie. Cuál de nuestros componentes, se altera para que lo más
sagrado pueda aniquilarse de un golpe. Ese golpe que una vez dado ya no tiene
remedio, por más que el arrepentimiento nos venga también de golpe.
Nuestra sociedad ha cambiado. No voy a entrar en si
para bien o para mal, pero ha cambiado. Las relaciones, las promesas, lo
trascendental. se convierten en papel mojado cuando no nos interesan. Y en aras
de una libertad más que dudosa ponemos tierra por medio para salir ¿fortalecidos?,
hasta el nuevo tropezón. El concepto de núcleo familiar, hoy, nada tiene que
ver con el de hace cincuenta años (que siguen siendo nada, aunque sean más de
veinte). Y así podemos encontrarnos con un mosaico plural que, se está
demostrando, no es la panacea.
Es un tema difícil este. Porque yo quería decir que
siento lo del “Pescaito” y miren en qué berenjenales me estoy metiendo.
Y los legisladores, en un más difícil todavía,
inventan maneras para que la sociedad sienta que se vela por sus derechos, aunque
esos derechos perjudiquen, por derecho, a los más inocentes.
La multiculturalidad, necesaria y rica en la mayoría
de las ocasiones, también se demuestra conflictiva cuando la religión, o
simplemente la distancia, ponen barreras insalvables entre quienes pensaron que
un poco de exotismo haría bien en sus vidas. Y se vuelve a legislar para que
los jueces tengan herramientas necesarias para enjuiciar todo aquello que
escapa a lo establecido, a lo estudiado, a lo ortodoxo, aunque sean, estas,
palabras traídas a colación para rellenar un artículo que sólo es una mera
opinión. Como casi todo.
Hoy lloramos por Gabriel. Un niño dulce, como todos
los niños. Por sus padres, Patricia y Ángel, que han sufrido en carne propia la
devastación más atroz que puede ocurrirle a unos padres; por la sociedad. Sí,
también por la sociedad, que va dando bandazos a remolque de las mareas que la
asolan.
Hoy lloramos por la vida. Y por todos los pescaitos
que tienen que nadar contra corriente...
miércoles, 15 de marzo de 2017
CIRINEO
Próxima otra vez la Semana Santa, echo mano de uno de mis escritos que, a pesar del tiempo transcurrido desde que lo hice, me parece tan vigente como si lo hubiera escrito ayer.
CIRINEO.
Por qué, yo, por poner un ejemplo, que me siento por naturaleza desvinculado de los dogmas de la Iglesia Católica, puedo escribir apasionados sonetos sobre la Pasión de Cristo. Por qué tanta gente que no pisa la Iglesia si no es en funerales, cabodaños, bodas o bautizos, caminan detrás de la imagen de Nuestro Padre Jesús del Perdón con un inusitado fervor. Por qué perdura, a lo largo de la hstoria la trágica representación de la muerte de un idealista, cuando tantos han muerto sin que la misma historia sepa de su existencia. Por qué somos capaces de aguantar indiferentes tanta atrocidad como el mundo nos enseña a través de telediarios y prensa y nos sobrecoge el dolor de unas escenas desarrolladas en cartón piedra con visos de leyenda.
Independientemente de creencias, que respeto sea cual sea la índole, y de exaltaciones que predisponen a la interpretación de un suceso, siento que es otra la razón por la que la gente responde a determinadas llamadas. En el caso que nos ocupa, y pese a que alguien pueda sentirse escandalizado por mi exposición, creo que la razón escapa a lo divino y se acerca, por lo cruenta, a lo humano. Nos duele la muerte de Jesús, no por ser Hijo de Dios, sino por ser da carne y hueso; con sus limitaciones en el dolor, con su desesperanza en las últimas palabras pronunciadas, aquellas en las que su voz se estremece ante la inminencia de la muerte y, por qué no pensarlo, ante la inutilidad de su sacrificio. Es su cercanía, la que lo eleva en nuestros corazones a la dimensión de Dios, y es su mismo deseo, en lo esencial de su doctrina, el que nos mueve a admiración hacia quien fue capaz de llevar sus ideales
hasta las máximas consecuencias.
Hoy, dos mil años después, está claro que el mundo sigue necesitando idealistas; no uno, que asuma los pecados de quienes en él sobrevivimos, sino muchos que prediquen palabras de proyección, de vida, de integración, de congruencia con la realidad de un mundo que cada vez es más pequeño; un mundo en el que, dada su cercanía, no se puede mirar hacia otro lado o ignorar los problemas de países que, antes, pudieran parecer inexistentes.. Hoy, más que redentores se necesitan cooperantes; más que maestros se necesitan discípulos, más que líderes se necesitan compañeros..
.
Hoy, dos mi años después, la humanidad sigue estando dividida por las mismas secuelas que siempre la han dividido: razas, creencias, fronteras, fanatismo..., y aunque es cierto que las muestras de solidaridad son cada vez mayores, no es menos cierto que la ingente tarea pendiente, aún está en los albores.
Dependerá de gobernantes, de misioneros, de voluntarios; de idealistas en suma, que sigan teniendo fe en que la Tierra Prometida está aún por llegar; dependerá del propio ser humano que trabaje por acortar las distancias sin merma de las propias identidades; dependerá de poner a trabajar las intenciones que hay detrás de las palabras; dependerá de la entrega generosa que cada cual ponga en la parcela en la que le ha tocado desarrollarse.
No digo nada nuevo, ese es el camino iniciado, ya, por tantos nuevos Cristos que mueren en guerrillas en las que nada les va sino el amor a sus semejantes; que sacrifican su juventud y su comodidad para seguir el camino que Él dejó trazado en su palabra; que entienden que la vida tiene un sentido mucho más plural que el de la simple subsistencia; en definitiva, quienes viven su tiempo asumiendo el compromiso de ser partes integrantes de un mismo engranaje.
Por eso hoy, cuando la procesión del Crucificado pasee por nuestras calles, no será bastante con inclinar la cabeza y, con un signo de genuflexión olvidarse hasta el año siguiente. Hoy, cuando los ojos del Nazareno se crucen con nuestra mirada debemos darle la impresión de que hemos entendido su mensaje y estamos dispuestos a ponerlo en práctica en la medida de nuestras posibilidades; de que somos el cirineo que le ayudará a llevar la Cruz en este trecho del camino que pasa por nuestra puerta. A lo mejor, Él, también espera el milagro...
CIRINEO.
Por qué, yo, por poner un ejemplo, que me siento por naturaleza desvinculado de los dogmas de la Iglesia Católica, puedo escribir apasionados sonetos sobre la Pasión de Cristo. Por qué tanta gente que no pisa la Iglesia si no es en funerales, cabodaños, bodas o bautizos, caminan detrás de la imagen de Nuestro Padre Jesús del Perdón con un inusitado fervor. Por qué perdura, a lo largo de la hstoria la trágica representación de la muerte de un idealista, cuando tantos han muerto sin que la misma historia sepa de su existencia. Por qué somos capaces de aguantar indiferentes tanta atrocidad como el mundo nos enseña a través de telediarios y prensa y nos sobrecoge el dolor de unas escenas desarrolladas en cartón piedra con visos de leyenda.
Independientemente de creencias, que respeto sea cual sea la índole, y de exaltaciones que predisponen a la interpretación de un suceso, siento que es otra la razón por la que la gente responde a determinadas llamadas. En el caso que nos ocupa, y pese a que alguien pueda sentirse escandalizado por mi exposición, creo que la razón escapa a lo divino y se acerca, por lo cruenta, a lo humano. Nos duele la muerte de Jesús, no por ser Hijo de Dios, sino por ser da carne y hueso; con sus limitaciones en el dolor, con su desesperanza en las últimas palabras pronunciadas, aquellas en las que su voz se estremece ante la inminencia de la muerte y, por qué no pensarlo, ante la inutilidad de su sacrificio. Es su cercanía, la que lo eleva en nuestros corazones a la dimensión de Dios, y es su mismo deseo, en lo esencial de su doctrina, el que nos mueve a admiración hacia quien fue capaz de llevar sus ideales
hasta las máximas consecuencias.
Hoy, dos mil años después, está claro que el mundo sigue necesitando idealistas; no uno, que asuma los pecados de quienes en él sobrevivimos, sino muchos que prediquen palabras de proyección, de vida, de integración, de congruencia con la realidad de un mundo que cada vez es más pequeño; un mundo en el que, dada su cercanía, no se puede mirar hacia otro lado o ignorar los problemas de países que, antes, pudieran parecer inexistentes.. Hoy, más que redentores se necesitan cooperantes; más que maestros se necesitan discípulos, más que líderes se necesitan compañeros..
.
Hoy, dos mi años después, la humanidad sigue estando dividida por las mismas secuelas que siempre la han dividido: razas, creencias, fronteras, fanatismo..., y aunque es cierto que las muestras de solidaridad son cada vez mayores, no es menos cierto que la ingente tarea pendiente, aún está en los albores.
Dependerá de gobernantes, de misioneros, de voluntarios; de idealistas en suma, que sigan teniendo fe en que la Tierra Prometida está aún por llegar; dependerá del propio ser humano que trabaje por acortar las distancias sin merma de las propias identidades; dependerá de poner a trabajar las intenciones que hay detrás de las palabras; dependerá de la entrega generosa que cada cual ponga en la parcela en la que le ha tocado desarrollarse.
No digo nada nuevo, ese es el camino iniciado, ya, por tantos nuevos Cristos que mueren en guerrillas en las que nada les va sino el amor a sus semejantes; que sacrifican su juventud y su comodidad para seguir el camino que Él dejó trazado en su palabra; que entienden que la vida tiene un sentido mucho más plural que el de la simple subsistencia; en definitiva, quienes viven su tiempo asumiendo el compromiso de ser partes integrantes de un mismo engranaje.
Por eso hoy, cuando la procesión del Crucificado pasee por nuestras calles, no será bastante con inclinar la cabeza y, con un signo de genuflexión olvidarse hasta el año siguiente. Hoy, cuando los ojos del Nazareno se crucen con nuestra mirada debemos darle la impresión de que hemos entendido su mensaje y estamos dispuestos a ponerlo en práctica en la medida de nuestras posibilidades; de que somos el cirineo que le ayudará a llevar la Cruz en este trecho del camino que pasa por nuestra puerta. A lo mejor, Él, también espera el milagro...
miércoles, 8 de marzo de 2017
SÚPLICA.
SÚPLI CA.
Abre los ojos y míranos. De verdad ¿no te damos lástima?
Cuando nos ves postrados en las camas de los hospitales, tirados en el arcén de
una autovía, explotando en pedazos en una de esas guerras que la ambición o el
fanatismo declaran al mundo, incapaces de conseguir el alimento que regalas a
algunas de tus criaturas (porque otras tienen que matar para subsistir) o el
abrigo necesario para nuestros hijos; cuando contemplas el éxodo masivo hacia
ninguna parte o la falta de recursos por los que una gran parte de la humanidad
aguarda impaciente la hora en la que finalicen sus padecimientos; cuando ves
que somos vacuos, ambiciosos, envidiosos, iracundos, soberbios, crueles hasta
matar a los seres más queridos, cobardes hasta eludir la más mínima
responsabilidad; cuando nos ves así, dinos, de verdad ¿No te damos lástima?
Iba a pedirte cosas, ¿pero qué si tú ya sabes lo que
necesitamos? Iba a pedirte lo que solemos pedir los mortales: salud, bienestar,
trabajo, vivienda…cosas que, bien mirado, deberíamos pedir a quienes nos
gobiernan, pero que como ellos no llegan a todos, te solemos pedir a ti Dios,
Padre. Omnipotente, Celestial… (seguro que tú no te has puesto todos esos
calificativos) que tampoco consideras que sea culpa tuya porque nos diste libre
albedrío (cosa que también afirman quienes han hecho de la teología su ideario
para cruzar por esta vida) y nos dejaste sobre la tierra diciendo: “creced y
multiplicaos” como el que suelta en el campo perdices de criadero para que los
cazadores sacien su instinto. Iba a pedirte cosas, ¿Pero qué si tú ya sabes lo
que necesitamos?
Así que aquí me tienes: Sin saber qué rumbo tomar, ni a
quién dirigirme, ni de qué manera controlar este desasosiego que es más bien impotencia o dolor de corazón
por saberme tan frágil como una de esas boñigas que al cabo de unos días
vuelven a ser tierra. Porque dime: “si
estamos creados a tu imagen y semejanza “ ¿cómo eres Tú que seguramente estás
dictando esto que ahora transcribo (te prometo que yo sería incapaz de perder
mi tiempo en esto) entre esas eternas cabezadas que te dejan traspuesto…? Así que
aquí me tienes.
Mientras parpadea el cursor, en este nuevo latido universal
que nos hermana, voy buscando esos resquicios por los que colarme en tu cotidiana
divinidad para contarte con un lenguaje directo todas estas
tribulaciones que, como humano, me afligen. No es el enojo el que me impulsa a utilizar
un tono menos medroso que el que se requeriría para una súplica; puede que sea
una reacción propia de quien sabe que su parte espiritual le presta una
condición de exigencia para con su igual. En cualquier caso, mi deseo sería que de este
intento de comunicación, saliera una razón que nos motivara para intentar erradicar todos esos males que nos asolan y
conseguir que la Tierra sea por fin ese paraíso en el que la vida transcurriera
plácida. Mientras parpadea el cursor…
Y no dudes que esto sea una súplica (bueno, lo sabes) .
Porque está hecha desde el miedo a no saber abrir la última puerta (esa tras la
que se supone que Tú estarás juzgando mis pasos por la vida) y causarte una
buena impresión para que no tengas que
arrepentirte ( una vez más) de estas criaturas que no sabemos bien a qué
vinimos a este lugar de paz que era esta
tierra antes de nuestra llegada. Te
confieso, humildemente, desde mi condición de mortal y la limitación de mi
intelecto, que lo único que he
pretendido dejando mi imaginación a Tu antojo ha sido una súplica.
miércoles, 15 de febrero de 2017
CONFLICTO DE INTERESES.
No sé si la raza humana es la única en la que el cuerpo
siempre está en conflicto con la vida. Creo que sí. Y creo que, tal vez por
ello, somos la única especie que ha evolucionado y seguirá evolucionando hasta
cotas impensables.
Acabamos de inventar el taxi aéreo, un derivado de los
drones que pronto surcará los cielos creando una segunda zona de rodadura sobre
los pavimentos de las ciudades. Y según
vayamos avanzando en ese conflicto cuerpo/vida seguiremos descubriendo tantas
mejoras como sean necesarias para alcanzar
esa plenitud intrínseca a nuestros genes.
Visto así, y al parecer demostrado que el ser humano supera
todas las adversidades, tendríamos que empezar por desterrar a todos los
visionarios que en el mundo han sido y que han anunciado plagas y finales
apocalípticos, en la seguridad de que si bien es cierto que la humanidad está
constantemente amenazada, también es cierto que en cada momento se encuentra el
antídoto que pone freno a la desesperanza. Pero esta aseveración, si me
permiten, sólo es una licencia, pues otros visionarios ha habido que adelantándose
a su tiempo, pronosticaron viajes espaciales o inventaron artilugios para volar
que sirvieron como prototipos a los
actuales. Es decir, todo lo que la mente humana imagine, bueno o malo, puede ocurrir, pero de la misma manera se
pondrán en marcha los elementos necesarios para contrarrestar las adversidades.
Lo malo de esta civilización que tantas cosas buenas se ha
procurado es que no es equitativa. El “san para mí, que los santos no comen”,
es una expresión de alcance para entender que nuestra individualidad es tan
poderosa que nos supera y puede que sea esta la razón de que sobre esta tierra
capaz de autoabastecernos, existan desigualdades
tan evidentes como las que cada día se nos manifiestan.
Claro que aquí entran en juego factores que escapan al
raciocinio, al menos a ese raciocinio común con el que la equidad sería
posible. Sí, porque cuando los seres humanos fueron conscientes de su poder
surgieron las diferencias, las fronteras, las usurpaciones territoriales, las
guerras por el control de la energía… Surgió la ambición, que tiene tanto de
humano que nadie puede sustraerse a su influjo
Dejar el poder en manos de una sola persona es una Tramp-a.
Pero es la asignatura pendiente de la humanidad. Y lo es por lo que decía al principio
de este comentario: el cuerpo humano siempre estará en conflicto con la vida.
Para evitar este conflicto sólo nos haría falta una dosis de humildad, pero
también está comprobado que con humildad no se llega a ninguna parte. Puede que
al cielo, si tomamos en cuenta las Bienaventuranzas . ¿Pero habrá cielo…?
¿Sobre qué puedo escribir? me preguntaba al iniciar este
comentario. Y me he dejado llevar hasta este punto. Son sencillas pinceladas
sobre las que habría que entrar más a fondo y a las que le caben todos los
retoques que se os puedan ocurrir. Como a la vida misma…
lunes, 6 de febrero de 2017
EL JUEGO.
La vida es un juego, un irremediable juego al que nadie puede renunciar. Cada cual interpreta su personaje como si para él estuviera escrito en el libreto de la creación. El pobre sabe ser pobre y el ministro, ministro, pero los dos, lo que saben fundamentalmente es interpretar su papel. Tal vez, el tremendo error de esta civilización en la que la raza humana ha conseguido, pese a sus limitaciones físicas con respecto a los demás seres del planeta, dominar sobre la tierra, sea el de tomarse los papeles tan en serio. Cada día estoy más convencido que de esa seriedad en la interpretación de las reglas dimana la tragedia que asola al ser humano: La soledad. Somos un montón de solitarios que sólo se preocupan de ejecutar bien su papel, aunque este papel sea el de malos de la película.
¿Podría concebirse una sociedad sin reglas? La pregunta, aunque parezca simplista no le és tanto. Y me explico. Si esta sociedad reglamentada en base al respeto de las libertades, de la evolución personal, del desarrollo económico, del progreso colectivo, del bienestar social, de la expansión del saber, del disfrute del ocio, ha llegado a crear tal cantidad de monstruos como a diario aparecen en las noticias, ¿cuál es el fallo? ¿Sería peor una sociedad carente de normas, que ésta en la que nos ha tocado vivir? ¿Serían menos los crímenes, los abandonos de ancianos, de niños, de hogares? ¿Serían menos las guerras, los atentados, los abusos de los más fuertes o de los más listos sobre los que han tenido la adversa fortuna de la debilidad o la ignorancia? Definitivamente creo que no. Así lo está demostrando el más cercano conocimiento que, gracias al progreso tecnológico, tenemos de la humanidad con la que compartimos este espacio vital que es la Tierra.
Quiere esto decir, que no porque existan leyes que condenen a los que se extralimitan va a dejar de existir esa tendencia en quienes por ella estén dominados; de la misma manera, quien disfrute del beneficio de virtudes filantrópicas, las desarrollará sin más; de ahí el desarrollo de las artes, la ciencia, la tecnología o de la propia humanidad.
Creo que las leyes son una consecuencia del miedo que no erradican el miedo. Por poner ejemplos simples: de nada sirve la sanción contra el conductor peligroso, o la advertencia del peligro de tomar drogas, contra el deseo de tomarlas, o la prima por natalidad contra el planteamiento de una vida sin excesos de responsabilidad. Somos lo que queremos ser, porque ése es nuestro papel en la vida. Para bien o para mal, la raza humana tiene unas condicionantes, que la diferencian del resto de los seres vivos, a las que no se puede sustraer.
¿Cómo puede explicarse la barbarie, el genocidio, la crueldad, la indiferencia, si no es porque son inherentes al ser humano?
Y contra eso, de nada sirven las medidas intimidatorias por fuertes que estas sean. Podrán eliminar al individuo pero no erradicarán el hecho, que, como esos virus que, agazapados, esperan el momento del ataque, volverá a resurgir del modo más insospechado.
En definitiva, nuestros pasos están marcados de manera genética, como lo está el vuelo migratorio de esas aves que, en el otoño, comienzan a buscar la calidez de lejanísimas tierras. Nada les impedirá intentar el vuelo aunque les vaya la vida en el empeño.
Resumiendo: puede que las leyes sean necesarias para una convivencia pacífica entre los pacíficos, a los que sin duda les gusta interpretar este papel, pero quienes tengan en el guión el papel de asesinos, de intrigantes, de soberbios, de xenófobos, de ambiciosos..., lo seguirán teniendo por mucho que esas leyes, que también vienen impuestas en el guión de la vida, lo prohíban.
¿Podría concebirse una sociedad sin reglas? La pregunta, aunque parezca simplista no le és tanto. Y me explico. Si esta sociedad reglamentada en base al respeto de las libertades, de la evolución personal, del desarrollo económico, del progreso colectivo, del bienestar social, de la expansión del saber, del disfrute del ocio, ha llegado a crear tal cantidad de monstruos como a diario aparecen en las noticias, ¿cuál es el fallo? ¿Sería peor una sociedad carente de normas, que ésta en la que nos ha tocado vivir? ¿Serían menos los crímenes, los abandonos de ancianos, de niños, de hogares? ¿Serían menos las guerras, los atentados, los abusos de los más fuertes o de los más listos sobre los que han tenido la adversa fortuna de la debilidad o la ignorancia? Definitivamente creo que no. Así lo está demostrando el más cercano conocimiento que, gracias al progreso tecnológico, tenemos de la humanidad con la que compartimos este espacio vital que es la Tierra.
Quiere esto decir, que no porque existan leyes que condenen a los que se extralimitan va a dejar de existir esa tendencia en quienes por ella estén dominados; de la misma manera, quien disfrute del beneficio de virtudes filantrópicas, las desarrollará sin más; de ahí el desarrollo de las artes, la ciencia, la tecnología o de la propia humanidad.
Creo que las leyes son una consecuencia del miedo que no erradican el miedo. Por poner ejemplos simples: de nada sirve la sanción contra el conductor peligroso, o la advertencia del peligro de tomar drogas, contra el deseo de tomarlas, o la prima por natalidad contra el planteamiento de una vida sin excesos de responsabilidad. Somos lo que queremos ser, porque ése es nuestro papel en la vida. Para bien o para mal, la raza humana tiene unas condicionantes, que la diferencian del resto de los seres vivos, a las que no se puede sustraer.
¿Cómo puede explicarse la barbarie, el genocidio, la crueldad, la indiferencia, si no es porque son inherentes al ser humano?
Y contra eso, de nada sirven las medidas intimidatorias por fuertes que estas sean. Podrán eliminar al individuo pero no erradicarán el hecho, que, como esos virus que, agazapados, esperan el momento del ataque, volverá a resurgir del modo más insospechado.
En definitiva, nuestros pasos están marcados de manera genética, como lo está el vuelo migratorio de esas aves que, en el otoño, comienzan a buscar la calidez de lejanísimas tierras. Nada les impedirá intentar el vuelo aunque les vaya la vida en el empeño.
Resumiendo: puede que las leyes sean necesarias para una convivencia pacífica entre los pacíficos, a los que sin duda les gusta interpretar este papel, pero quienes tengan en el guión el papel de asesinos, de intrigantes, de soberbios, de xenófobos, de ambiciosos..., lo seguirán teniendo por mucho que esas leyes, que también vienen impuestas en el guión de la vida, lo prohíban.
martes, 27 de diciembre de 2016
TENÍA EL CORAZÓN EN CARNE VIVA
Me quité de en medio
por no estorbar,
por no gritar
más versos quejumbrosos.
Me pasé muchos días sin escribir,
sin veros,
sin comer más que llanto.
Gloria Fuertes.
Tenía
el corazón en sangre viva.
Necesitaba
un vuelo hacia la ternura,
una
palabra que consolara mi aflicción.
Necesitaba
lo que no puedo pedir a los que me sufren.
Así es
la vida de endiablada.
Hace
falta que la hoja se desprenda del árbol
para
cogerla del suelo y acunar su orfandad,
para
acariciarla con la plenitud de la mirada
ahora
que ya no es sombra.
ahora
que el otoño la va a revestir de ese especial encanto
que
tienen las cosas inertes.
Tenía
el corazón en sangre viva
y me
metí en Google.
Busqué
una página de poesía y allí estaba tu mensaje, Gloria,
con
esa manera directa
de
llegar al epicentro del sentimiento, que te caracteriza,
con las
palabras exactas para no desvirtuar lo que quieres decir,
con esa
métrica particular de la que tantos hemos copiado.
Era mi
alma la que se reflejaba en aquellos versos:
“Me
quité de en medio por no estorbar…”
Cuánta
gente habrá dicho esas palabras
comiéndose
el llanto.
Cuántas
heridas de soledad
que no
necesitarían más medicina que la
comprensión,
son la
antesala de la muerte.
Tenía
el corazón en sangre viva
y miré
mi correo electrónico.
Me
encontré uno de esos correos reconfortantes
que
alguien se encarga de echar a rodar
por el
sólo placer de elevar el ánimo de quien lo recibe.
Eran
canciones interpretadas al piano.
Comenzó
a sonar “ No llores por mí Argentina”
y me
sentí envuelto en esa ternura que estaba pidiendo a no sé a quién.
Así es
la vida de maravillosa:
en
cualquier instante,
a la
vuelta de cualquier recodo
te
puede sorprender con ese destello
que no
sabes de dónde procede
pero
llega hasta ti como un bálsamo purificador.
Tenía
el corazón en sangre viva
-la
edad y todo eso,
los
problemas que acaso no son tan importantes,
los
miedos que se adueñan de los sueños
porque
tal vez los sueños, ya anuncian sólo
miedos-
a ras
de defunción,
a punto
de romperse en la caída.
Pero ha
vuelto a latir,
a bombear su mar de sensaciones,
a
dibujar la tímida sonrisa preludio de otro intento.
Ya veis
cuan poca cosa era precisa
para
volver a estar entre vosotros…
viernes, 9 de diciembre de 2016
ANCESTROS.
La vida, en determinadas especies, sólo tiene un significado comtemplativo. Y aunque los humanos, creamos que el reino animal no tiene inteligencia, os dejo este poema para reflexionar sobre esa falsa creencia.
Ancestros.-
El viejo macho, se sentó sobre la gran piedra
desde la que había visto transcurrir
todos los atardeceres de su vida.
La manada, a lo lejos,
retozaba en el abrevadero, ajena a la circunstancia,
por demás cotidiana,
de la estática silueta recortada en el calvero.
Era todo su paisaje, tan sencillo y magnífico
que no había podido pasar ni un sólo día
sin pararse a contemplar la armonía reinante en el lugar.
Nunca se imaginó conquistando nuevos territorios,
ni ambicionó otra forma de vida
que no fuera aquella que le habían transmitido sus ancestros.
Mañana, su cuerpo, yacería inerte
junto a aquella piedra eterna,
y otro macho, el siguiente en la escala de sucesión,
tomaría posesión de aquel símbolo de autoridad
desde el que contemplaría a la manada
retozando en el abrevadero.
El viejo macho sabía que no ocurriría nada extraordinario,
desde la que había visto transcurrir
todos los atardeceres de su vida.
La manada, a lo lejos,
retozaba en el abrevadero, ajena a la circunstancia,
por demás cotidiana,
de la estática silueta recortada en el calvero.
Era todo su paisaje, tan sencillo y magnífico
que no había podido pasar ni un sólo día
sin pararse a contemplar la armonía reinante en el lugar.
Nunca se imaginó conquistando nuevos territorios,
ni ambicionó otra forma de vida
que no fuera aquella que le habían transmitido sus ancestros.
Mañana, su cuerpo, yacería inerte
junto a aquella piedra eterna,
y otro macho, el siguiente en la escala de sucesión,
tomaría posesión de aquel símbolo de autoridad
desde el que contemplaría a la manada
retozando en el abrevadero.
El viejo macho sabía que no ocurriría nada extraordinario,
que el sol se ocultaría, como siempre, por detrás de las lejanas sierras,
que los componentes de la manada mirarían con sorpresa aquel cuerpo inmóvil
y volverían a sus refugios en el interior del bosque,
que la noche le envolvería con su silencio,
un poco más frío esta vez, como era de esperar,
en los aledaños de este tránsito final y misterioso.
El viejo macho, miró por última vez el paisaje de su querencia
en un último intento de aprehender aquella belleza primigenia,
luego entornó los ojos y exhaló su último suspiro.
que los componentes de la manada mirarían con sorpresa aquel cuerpo inmóvil
y volverían a sus refugios en el interior del bosque,
que la noche le envolvería con su silencio,
un poco más frío esta vez, como era de esperar,
en los aledaños de este tránsito final y misterioso.
El viejo macho, miró por última vez el paisaje de su querencia
en un último intento de aprehender aquella belleza primigenia,
luego entornó los ojos y exhaló su último suspiro.
viernes, 2 de diciembre de 2016
TRAYECTO
Con frecuencia, quienes me
leen (no son muchos) dicen que mi poesía es pesimista. Hombre, de humor no es;
frívola tampoco. Podría hacerla y de hecho algunos poemas hago. Pero cuando me
pongo los apechusques de poeta me
alejo de lo superficial y me encierro en mi mismidad ( ya sé que la palabreja
es rebuscada, pero ahí está la condición del poeta, en encontrar las palabras
que definan de manera literaria o hermosa o distinta, lo que podría ser
coloquial, con lo cual no sería poesía).
Yo diría que es realista y se
enfrenta a aquellas situaciones o emociones que nos van conformando y que son
el trasfondo de toda vida, por mucho que queramos eludir lo que para algunos
puede sonar a trágico.
Por último, en mi caso y en
el de muchos poetas a los que he leído, es esa cualidad la que los impulsa a
escribir. No quiere esto decir que uno sea así por naturaleza, o no siempre. En
alguno de mis poemas digo “canto en las horas bajas/ porque en las más
alegres/vivirlas/es bastante”
Así que aquí os dejo otra que
aunque parezca que corresponde a mi reciente edad, se conserva
desde hace muchos años en mi archivo. Lo que quiere decir que mi forma
de entender la vida y la poesía, viene
de lejos. ¡Y ya está bien de explicaciones!
TRAYECTO.
Llegados a este punto uno
comprende
que se apaguen los ojos, que
se anule
su gesto de firmeza, que se
vuelvan
tragedia los recuerdos y el
futuro
nos anegue de tanta
soledumbre.
Llegados a este punto uno
descubre
lo poco que nos queda, lo
importante
que es saber que la meta es
la escalada
de ese puerto final al que
sin duda
llegaremos escasos de
entereza.
Llegados a este punto
equidistante
entre el ayer y el nunca, se
estremece
la sangre en sus alberos,
como el toro
cuando siente el rejón
morrillo abajo
y ventea el olor a sangre
propia.
(Es esta referencia,
permitidme,
la más exacta imagen de
sorpresa
que puedo imaginar).
Ahora
prosigo:
en este punto exacto nace el
alba
que nos hará entender el
claroscuro
que producen las dudas. De
repente
la palidez se enquista entre
los sueños
como un aldabonazo en las
entrañas
y uno deduce, al fin ,que ya
está todo
pendiente de visado, del
último visado
que, como siempre firman los
de arriba,
los que tienen la llave del
misterio.
Mientras tanto,
aún con la lucidez haciendo
astillas
en el gastado corazón, se
acierta
a comprender los gestos, la
tragedia
que supone el final, cuando
la mano
ha rendido el vigor y tiembla
inerte
sobre el triste deshecho que
sonríe
con esa estupidez que da el
olvido.
Uno aún puede entender, por
eso mira
tanta imagen cuajada de
tristeza
como pone la vida ante sus
ojos.
Sin acertar a descubrir la
forma
dulce de las entregas.
viernes, 23 de septiembre de 2016
SOBRE LA PAZ.
Hablar sobre la paz se me encomienda, ¿mas dónde está la paz? Si la paz es la ausencia de agresiones ¿quién puede hablar de paz en estos tiempos? No es buena introducción, ésta, para publicar en una revista donde los ojos de una Virgen claman por esa paz, reflejan esa paz, si ambas cosas pudieran ser posibles desde una misma mirada.
Pero el rostro humano, exento de atributos celestiales, no tiene esa dualidad; su mirada es el reflejo del instante en el que vive; no el reflejo de ayer, ni el de mañana; sólo el de ese instante que se cuela en la sangre y la agita en impulsos que transmiten el gesto.
Y el gesto es, hoy, sombrío, apagado, como de sangre acelerada, encontrada con sus propias concepciones. ¿Quién, que no sea hipócrita, está en paz consigo mismo?
Si miro en mi interior, en esa combustión que son mis pensamientos; en esas circunstancias que oprimen mis sentidos; en esa prisa impuesta que anula la mirada; en esas sinrazones que escapan a la lógica; en esa iconoclasta razón de mi egoísmo; en ese despotismo que a veces me domina; en esa sobredosis de orgullo o de soberbia; en esa pleamar de sangre en embestida; en esa pequeñez de metas que me impongo; en esa indiferencia que siento hacia lo ajeno; en ese miedo absurdo a perder mis conquistas; en esa envidia insana que anida en las entrañas...¿Cómo hablaros de paz? Quién, mirándose así, tan detenido, puede sentir la paz en algún sitio, en algún escondrijo, para decir :¡Aquí!, ¡buscad aquí!
Todos somos capaces de las grandes palabras. De las grandes, vacías y mentirosas palabras que adormecen la culpa. No sería posible, sin una adormidera, seguir sintiendo orgullo por esta dimensión que nos acoge; por esta imagen óptica que damos a los otros: mansos como corderos; sumisos como mascotas, en la cual, también ellos, se sienten reflejados. Pero ya veis, es posible , y acaso necesario, sentirse confundidos; mezclar razonamientos, sentir lástima propia; llorar ante la imagen del trágico infortunio de los otros. De eso somos capaces, mientras decimos :¡pobres!, ¡Qué lástima de mundo...!
Para hablaros de paz, tendría que sentirme diferente. Hoy no; hoy me resisto a revestir de infamia mis palabras; hoy quiero ser sincero porque siento esos ojos suplicantes clavados en mis ojos. ¿Pero porqué?, parecen preguntarse los ojos de esta virgen. No entiende, como madre, que algo nacido puro, pueda llegar a hacerse tan complejo.
La paz es una chispa pequeñita que aflora a la retina cuando la armonía interior es la necesaria.
Es el silencio manso de la no interferencia en ese pleamar al que la sangre regresa cada noche.
Es la nada llenando los confines remotos a los que, algunas veces, se acerca el subconsciente.
La paz es esa mano tendida hacia otra mano, o esa sonrisa abierta que sobrepasa todas las miserias, o esa oración silente con la que el alma habita en la penumbra esperando el momento de asomar por los ojos...
Pero la paz, y no es la ausencia de guerra el sentido que quiero dar a este comentario, difícilmente aflora en estos rostros nuestros que siempre van perdidos, vueltos hacia sí mismos, hacia tanto problema cotidiano como impide abrigar esos instantes de armoniosa pureza. Es difícil; al ser humano le es difícil, demostrarse a sí mismo que la paz es tangible; que se puede amasar, transportar, almacenar, obsequiar, compartir, como si de otro elemento más de consumo se tratase.
Porque la paz, no esa paz meretriz confundida en afeites con la que todos parecemos conformarnos; la paz del espíritu, a esa me refiero, siempre está sometida a una carrera de obstáculos imposibles de salvar. Sólo los adiestrados, los esforzados, los abnegados -utilícese también el femenino en esta lectura-, podrán vislumbrar esa chispa a la que antes hacía referencia, en algún momento de su vida. Los demás seguiremos andando hacia la nada ignorando el camino; dando vueltas y vueltas en una espiral sin sentido que nos irá alejando de este punto de gravedad en el que nos apoyamos y en el cual debería florecer de manera perenne esta rosa delicada y frágil que necesita de cuidados constantes.
Puede que, en último extremo, la paz sea la total ausencia de sensaciones; ese instante en el que el ser humano, cansado de sí mismo, impotente ante tanta dificultad para sentirse artífice de un mundo en armonía, cierra los ojos y se entrega a un holocausto concebido. Tal vez es esa entrega, esa culminación, la necesaria para hacernos dignos de entrar en ese recinto donde todo, incluso la paz, es posible.
Pero el rostro humano, exento de atributos celestiales, no tiene esa dualidad; su mirada es el reflejo del instante en el que vive; no el reflejo de ayer, ni el de mañana; sólo el de ese instante que se cuela en la sangre y la agita en impulsos que transmiten el gesto.
Y el gesto es, hoy, sombrío, apagado, como de sangre acelerada, encontrada con sus propias concepciones. ¿Quién, que no sea hipócrita, está en paz consigo mismo?
Si miro en mi interior, en esa combustión que son mis pensamientos; en esas circunstancias que oprimen mis sentidos; en esa prisa impuesta que anula la mirada; en esas sinrazones que escapan a la lógica; en esa iconoclasta razón de mi egoísmo; en ese despotismo que a veces me domina; en esa sobredosis de orgullo o de soberbia; en esa pleamar de sangre en embestida; en esa pequeñez de metas que me impongo; en esa indiferencia que siento hacia lo ajeno; en ese miedo absurdo a perder mis conquistas; en esa envidia insana que anida en las entrañas...¿Cómo hablaros de paz? Quién, mirándose así, tan detenido, puede sentir la paz en algún sitio, en algún escondrijo, para decir :¡Aquí!, ¡buscad aquí!
Todos somos capaces de las grandes palabras. De las grandes, vacías y mentirosas palabras que adormecen la culpa. No sería posible, sin una adormidera, seguir sintiendo orgullo por esta dimensión que nos acoge; por esta imagen óptica que damos a los otros: mansos como corderos; sumisos como mascotas, en la cual, también ellos, se sienten reflejados. Pero ya veis, es posible , y acaso necesario, sentirse confundidos; mezclar razonamientos, sentir lástima propia; llorar ante la imagen del trágico infortunio de los otros. De eso somos capaces, mientras decimos :¡pobres!, ¡Qué lástima de mundo...!
Para hablaros de paz, tendría que sentirme diferente. Hoy no; hoy me resisto a revestir de infamia mis palabras; hoy quiero ser sincero porque siento esos ojos suplicantes clavados en mis ojos. ¿Pero porqué?, parecen preguntarse los ojos de esta virgen. No entiende, como madre, que algo nacido puro, pueda llegar a hacerse tan complejo.
La paz es una chispa pequeñita que aflora a la retina cuando la armonía interior es la necesaria.
Es el silencio manso de la no interferencia en ese pleamar al que la sangre regresa cada noche.
Es la nada llenando los confines remotos a los que, algunas veces, se acerca el subconsciente.
La paz es esa mano tendida hacia otra mano, o esa sonrisa abierta que sobrepasa todas las miserias, o esa oración silente con la que el alma habita en la penumbra esperando el momento de asomar por los ojos...
Pero la paz, y no es la ausencia de guerra el sentido que quiero dar a este comentario, difícilmente aflora en estos rostros nuestros que siempre van perdidos, vueltos hacia sí mismos, hacia tanto problema cotidiano como impide abrigar esos instantes de armoniosa pureza. Es difícil; al ser humano le es difícil, demostrarse a sí mismo que la paz es tangible; que se puede amasar, transportar, almacenar, obsequiar, compartir, como si de otro elemento más de consumo se tratase.
Porque la paz, no esa paz meretriz confundida en afeites con la que todos parecemos conformarnos; la paz del espíritu, a esa me refiero, siempre está sometida a una carrera de obstáculos imposibles de salvar. Sólo los adiestrados, los esforzados, los abnegados -utilícese también el femenino en esta lectura-, podrán vislumbrar esa chispa a la que antes hacía referencia, en algún momento de su vida. Los demás seguiremos andando hacia la nada ignorando el camino; dando vueltas y vueltas en una espiral sin sentido que nos irá alejando de este punto de gravedad en el que nos apoyamos y en el cual debería florecer de manera perenne esta rosa delicada y frágil que necesita de cuidados constantes.
Puede que, en último extremo, la paz sea la total ausencia de sensaciones; ese instante en el que el ser humano, cansado de sí mismo, impotente ante tanta dificultad para sentirse artífice de un mundo en armonía, cierra los ojos y se entrega a un holocausto concebido. Tal vez es esa entrega, esa culminación, la necesaria para hacernos dignos de entrar en ese recinto donde todo, incluso la paz, es posible.
martes, 30 de agosto de 2016
COMO QUIEN RESPIRA.
Agradecido y emocionado por este texto que Federico Gallego Ripoll, hace sobre mi poesía.
COMO
QUIEN RESPIRA
(La
poesía natural de Jerónimo Calero)
Atender a la sutileza de los estados
intermedios, elegir la permanencia del paisaje cercano, las emociones
cotidianas que forjan el carácter y la ironía ante el desamparo que produce la
conciencia de finitud, son patrimonio de los hombres sabios que establecen lo
contiguo como ámbito de conocimiento y –acaso, en ocasiones- felicidad. Así, el
amor sosegado, la reflexión serena, la opción por la sencillez como forma
respetuosa de tratar a la palabra y dotarla de un cauce confortable, la
consideración del tiempo como barco que nos lleva, el no herir, no forzar, no
impostar, no incurrir en desatinos ni extravagancias, son señas que
caracterizan la poesía natural de Jerónimo Calero, que aparece como el primer
mosto que mana de su propia naturaleza y llega al vaso conducido por su simple
peso. Acostumbrado a aconsejar sobre cómo combinar o desechar hechuras, cortes,
colores y texturas, se reconoce con naturalidad en el terreno de la armonía y
el aliento reposado y musical del verso, donde no hay disonancias ni
trastabilleos, sea cual sea el formato elegido, desde el clásico soneto al
verso blanco de aliento salmódico y compostura versicular.
Jerónimo
Calero escribe como vive, con la misma tranquilidad de ánimo, un cierto
pesimismo consustancial de honda raigambre manchega, y el mismo permanente
intento de verdad, pues bien dice que “la vida y la poesía son hermanas
siamesas”. Y por eso sus poemas, compilados en los últimos tiempos en dos
sensatos libros de hermosa factura: “¿Y quién es el que canta?” y “Soledades”,
se suceden con la naturalidad con que un día sucede a otro, o, a una, otra
estación.
Aunque
la poesía es única y cada cual la asimila y afronta de su mejor manera, hay en
los poetas que ejercen su oficio en ámbitos cercanos, en sociedades de
dificultosa intimidad, como son los pueblos y las pequeñas ciudades, un
componente añadido al de la propia creatividad, y es el de ser reconocidos por
su entorno como depositarios de una parte valiosa de la memoria o el talante
comunes de sus conciudadanos, porque siempre los poetas han sido garantes de la
custodia de “las palabras de la tribu”. Y eso les condiciona con una
responsabilidad añadida: la de haber de cuidar no sólo su propio discurso, sino
también saber transmitir ese ámbito de memoria expandida que estas sociedades
pequeñas depositan en sus representantes más respetados. “Un poema, un
ciprés... cosas corrientes”, dice; y también “mis palabras son fruto de la
tierra que habito”.
Así,
Jerónimo Calero sabe mantener con dignidad esa representación implícita de los
valores esenciales y duraderos en que destaca como aglutinador de una riqueza
emocional compartida. Hay en su sereno mancheguismo, nada tópico, una
reivindicación de la poesía de la acritud de la cotidianeidad, el enunciar la
inercia de las limitaciones, reconocer la finitud de todos nuestros límites,
nuestra incapacidad para entender la vida, e incluso para asimilar la belleza
que nos llegue en un lenguaje diferente al propio.
La
escritura, en su caso, se va desarrollando sosegada; es la poesía de un hombre
que camina reposado y, mientas anda, al ritmo de su paso, va dejando escapar su
pensamiento, como si al compartir su conciencia de la temporalidad y las
rémoras apesadumbradas de la existencia, aligerara, junto a su zurrón, su
conciencia: “...a mí me ha sobrepasado casi todo”, afirma.
Hay en esta poesía un
permanente tono de abandono de las fuerzas, un cansancio de estar siempre en
ese punto intermedio entre lo que se ha perdido y lo que nunca se tendrá, una
reflexión existencial sobre el continuo ejercicio de la pérdida o el abandono.
Vivir es aceptar esta costumbre, quitar hojas al calendario, confiar en ser
sorprendido por una buena noticia. Y también es escribirlo. Vivir es escribir
el cómo y el porqué, y el contra quién la vida va pasando mientras adelgaza y
transparenta la piel que nos contiene.
Los
poemas se suceden en fragmentos numerados, dando continuidad al intento de
recrear un mundo extendido, amplio como el paisaje en el que el poeta se
inscribe. Es una panorámica general, lenta y en círculo, que a veces nos otorga
la calma de una siesta, o el resorte feliz de un guiño desde el muy peculiar y
a veces dificultoso sentido del humor de los hombres de llanura, que no poseen
más sostén que la intemperie.
El
paso del tiempo, con sus progresivas limitaciones acumuladas, le empuja a hacer
inventario de lo que ya no somos, a base de ir añadiendo relación de dolencias.
Como si nombrarlas limitara –o al menos controlara- su efecto. En definitiva,
el tiempo es compartir lo que nos falta. “Cuesta toda una vida aprender a
sacarle partido a las mermas”, dice Jerónimo Calero, y dedica su enjundia a
loar la vejez, cuando ya no es preciso rendir cuantas a nadie –de este mundo-
porque hecho está lo ya hecho, y no se exige hacer lo que no se hizo. El poeta
se sitúa en esa ficticia atalaya de una vejez –en su caso, metafórica, no real-
que no es sino recurso literario para soltar la lengua con el desparpajo que
otorga una independencia bien ganada. “Sé que aún me queda todo el tiempo que
necesito / para acercarme a mi pensamiento”, dice, y de repente se sitúa sin haberlo pretendido
junto a estas artificiosas y tan de moda doctrinas del mindfulness,
(actitud consciente cada instante), que desde hace siglos vienen practicando
como algo natural, sin tanta parafernalia ni tanta publicidad, las gentes de
nuestra tierra.
“No
es lo malo morirse.
Lo
malo es no saber a qué vinimos.”
Escribir
poesía como quien respira (¡no es cicato el empeño!), y hacer que a través
de ella respiren las palabras y las emociones descritas, las pequeñas
anécdotas, el tiempo y sus roturas, sus pérdidas, su inevitable flujo tierra
adentro. Como quien respira, bien consciente de cada bocanada de aire fresco,
su peso y su medida, su importante fragilidad. La poesía es su medio natural, y
cuando menos se preocupa porque sea brillante es cuando más eficaz se muestra.
Lo más valioso de la poesía de Jerónimo Calero es su naturalidad, su no
empecinamiento –tan común- en buscar acentos rimbombantes y expresiones sonoras.
Las palabras sencillas, bien usadas, han sido siempre las más jugosas y
eficaces cuando el poeta habla y reflexiona desde la verdad. Y éste es el caso.
El
itinerario por los libros de Jerónimo Calero es muy recomendable para todos los
amantes de la poesía, y también -y casi, sobre todo- para quienes no lo son,
porque aprenderán a ver con otros ojos y a sentir cosas que nunca hubieran
sospechado que tenían dentro de sí. Nos encontramos aquí con un poeta que,
ocupándose de las cosas naturales del mundo, y haciéndolo con buena mano,
discreción y raciocinio, ejerce una valiosa pedagogía sobre el hecho de
escribir y compartir lo escrito, desde la confianza de hacer que sus lectores
puedan asumir como propia la experiencia del poeta, que no hace sino poner por
escrito lo que nos pasa a todos y decirlo de una manera hermosa y perdurable,
desde esa actitud de utilizar con solvencia un yo más expandido que limitador.
¿Juego
o compromiso? se pregunta el poeta. Quizás la respuesta sea una palabra a medio
camino de ambos y que a ambos contiene: inevitabilidad. Jerónimo Calero es un
poeta inevitable, un hombre inevitable que se expresa en poeta, y en poeta se
justifica, agradece los dones recibidos, lamenta los estragos del tiempo... y
sigue su camino. Porque en cada nuevo día se inaugura también como poeta,
retoma la labor dejada a medio concluir el día anterior y sale con las palabras
en las manos a que les dé directamente la luz del sol, el aire leve que se
lleve los hilos mal cortados. Porque sólo bajo la luz sin medias tintas de la
calle, los tejidos y los poemas entregan sin disimulos su verdad.
FEDERICO GALLEGO RIPOLL
Jerónimo
Calero, ¿Y quién es el que canta?, Cuadernos
del laberinto, Madrid, 2012
Soledades, Huerga y Fierro, Madrid, 2016
miércoles, 17 de agosto de 2016
ESBOZO PARA UN CUENTO FUTURO.
Me pregunto cuáles son realmente las características necesarias para desarrollar un cuento o un
relato. Supongo que la primera es inventarse una historia con un principio un
final y unos personajes a los que habrá que ir modelando según necesidades de
guion; también será necesario ambientarla en un determinado lugar y proveerla
de una acertada narración. Es decir, es
una tarea a todas luces ardua y para la que, pienso, no estoy preparado.
Para contar una historia yo suelo
partir de una frase, sin más. Podría ser, por ejemplo:” Cuando sonó el
despertador sintió un estremecimiento…” o ”La estación estaba en penumbra cuando el
tren, con un rugido de búfalo…”, también
podría comenzar diciendo: “el sueño de
María la había sumergido en las profundidades del averno…”. A partir de algunas
de estas frases, tiro y tiro de la madeja hasta irle dando forma, significado,
argumentación… Es como ir sacando agua de un pozo con uno de aquellos viejos
zaques de piel con los que uno tras otros ibas llenando la pila donde abrevaban
las mulas o el ganado. Al final, la pila se llenaba de un agua virginal y
transparente y se daba por concluida la misión que no era otra que llenar la
pila. Ya sé que a lo mejor esta forma de hacer carece de técnica y que lo mismo
puedo llenar dos páginas que veinte; que dejar a la improvisación el resultado
de un relato puede mostrarlo incompleto; que mejor no escribir si no eres capaz
de saber lo que quieres decir. Pero mira por dónde, a mí me gusta escribir y confío
en exceso en la providencia que siempre me ha socorrido en estos trances. No
quiero decir que haya escrito maravillas, pero no he salido malparado en mis
intentos.
Hoy voy a
comenzar por esta frase: “Se miró en el espejo de sus cavilaciones y
le pareció que ya no era tiempo de dudas sino de certidumbres” ¿Quién es
nuestro personaje: hombre, mujer,
cura, deportista, inmigrante, actor…? No
lo sabemos. Pero lo sabremos según nos vaya demandando el argumento.
“Se
miró en el espejo de sus cavilaciones y le pareció que ya no era tiempo de
dudas sino de certidumbres. Allí, en aquel tótum revolútum
que era el cajón del alma donde se iban almacenando las vivencias, las
evidencias, sólo quedaba clara una cosa: que había transcurrido la mayor parte
de su tiempo en esta vida; que los huesos le malsonaban; que la próstata había crecido considerablemente; que por la nariz se le escapaba un hilillo
incontinente de una sustancia que bien podría ser agua, pero que cayendo por
donde caía, producía mal efecto, máxime, si como le ocurría últimamente, era la
hora del almuerzo”.
Ya va quedando
claro que se trata de un varón, que su edad es avanzada y que la cosa va de
despedida, de inventario, de regreso al origen. Pero no sé, realmente, en qué
parará esta aventura…
“Vinieron
a su memoria recuerdos atropellados de un tiempo que le pareció ajeno ( de tan
lejos llegaban) y que lo transportaban a un lugar llamado infancia; un lugar
luminoso por el que desfilaban sus padres, sus hermanos, aquel perrillo llamado
”chaleco”, tan juguetón; el ruido monocorde de los cangilones subiendo y
bajando a la angosta noria y dejando caer sobre la artesilla el agua virginal y
transparente que luego le gustaba beber en el reguero, a la salida del sifón,
donde la fuerza del chorro había arrastrado la tierra dejando una superficie de
piedra lavaba que hacía que la claridad invitara a saciarse glotonamente de
aquel delicado néctar. La tragedia en la que su padre, un avezado tractorista al
que su experiencia ponía como ejemplo para las nuevas generaciones, perdió la
vida tal vez por un exceso de confianza
(nunca le dijeron las causas), dejándoles en la más mísera orfandad”.
Bueno, pues ya
hemos orientado la acción. El personaje, del que aún no sabemos el nombre ni
creo que importe tal y como se va desarrollando la historia, rememora viejas
vivencias porque, parece ser, es lo único a lo que hoy puede aferrarse. Esto
nos posibilita para dejarlo viudo tras un largo y armonioso matrimonio y situarlo en la casa de
alguno de los hijos que se reparten la tarea de cuidarlo y que están deseando (porque ya se sabe que a uno de los dos cónyuges
no le toca nada) que llegue fin de mes para hacer el traspaso de
obligaciones; también quedaría bien
encontrarlo en una de esas asépticas residencias de ancianos tan de moda y, por
desgracia, tan necesaria en nuestros días. Y creo que es ahí donde lo vamos a
encontrar.
“La
habitación de la residencia en la que pasaba sus últimos años porque alguien
consideró que “era lo mejor para su situación” era modesta –tanto le daba-: una cama de
noventa de espartano diseño con impolutas sábanas blancas que las empleadas de
la limpieza se encargaban de cambiar cada dos días, una colcha tan impersonal
como discreta con la que cubrían las sábanas o la manta, según la época del año,
y unas cortinitas de etamina que más que
decorar, recargaban de tristeza el aspecto de la desolada habitación; una
pequeña mesita de noche, en la que guardaba algunos pares de calcetines,
pañuelos y calzoncillos- todo marcado
con la inicial de su nombre- y el viejo reloj que un día fuera de su padre y
del que jamás se había desprendido. El armario, de dos puertas almacenaba su
modesto ajuar: dos camisas, dos pares de pantalones, un jersey grueso, una
bufanda, una pelliza que conservaba desde tiempos remotos y una fotografía de
su mujer que había pegado en el interior de una de las puertas con el único
fin-quiero pensar- de pedirle ánimo cada día.
Dormía
poco. Casi toda la noche se la pasaba pegado a una gangosa radio a pilas –que con un mínimo volumen, no fuera que las monjas le llamaran la
atención, se ponía junto a la oreja con la que mejor oía- , con la que trataba de estar al día de unas
noticias que olvidaba al comenzar el día
siguiente. Puede que le fallara la memoria o que en el duermevela con el que
cruzaba las noches, se le fuera el meollo de la noticia. Lo cierto es que a
pesar de su interés, aún, por las cosas mundanas, vivía en un limbo del que ya
le sería difícil salir y más parecía una preparación para lo que, por ley
natural, se avecinaba”.
Podríamos ahora
hablar de su profesión, de su matrimonio, del nacimiento de sus hijos, de las
vicisitudes de una vida que debió ganarse a pulso. Podríamos hablar de sus
ilusiones, de sus sueños, de sus logros. Podríamos y lo vamos a hacer:
“Aunque
cada vez con menos nitidez, recordaba sus días de escuela; pocos, porque a los
diez años, como consecuencia del fallecimiento de su padre, como ya es sabido, comenzó a trabajar de motril en una de las
importantes fincas de una de las importantes familias del pueblo. El motril, ya
se sabe, era el que ayudaba a los labradores en las tareas de la casa: barrer,
fregar el caldero, preparar las comidas, sacar la cuadra, llenar la pajera,
mullir los mantujos, dar lustre a los arreos… No estaba mal, después de todo.
Era un oficio variado en el que se aprendían cosas que para algo servirían en
su momento. Había que contar con las chanzas de los gañanes, de los jornaleros
y de todos los que por una u otra razón convivían con el motrilillo - como lo
llamaban en sentido cariñoso y nada despectivo-, pero no dejaban de ser meras
gracias con las que, al final, todos reían.
En el
pueblo - tampoco es necesario para esta historia dar detalles del lugar en el
que nació, baste decir que era un pueblo manchego perdido en la estepa-, se inició en diversos oficios: fue herrero,
albañil, carpintero, pintor, hasta que, llegado el tiempo del servicio militar, consiguió sacarse el carnet
de conducir para vehículos especiales. Desde entonces, su vida se transformó.
Consiguió un empleo en una gran constructora y con ahínco y tesón, llegó a ser
capataz. Ya enfilado el camino a seguir, con la seguridad que da una buena paga
y con el prestigio que iba adquiriendo
en su oficio, se permitió ciertos caprichos, como el de irse a aquella playa a
pasar unos días. Fue allí donde encontró el amor. De repente, como una
eclosión, surgió la llamarada que ya no se apagaría nunca. Decir que los ojos
de la mujer eran verdes o que sus andares eran sinuosos, es como decir que sus
ojos eran negros y sus piernas torneadas. Lo que cuenta, realmente, es que sus
miradas se cruzaron y sus almas se encontraron. Y que desde ese momento, todo
fueron proyectos en común, sueños en común, vida en común”.
Ahora
podríamos enlazar con el momento presente, con su día a día en este centro que
ya era como su casa o eso quería pensar para no morirse de tristeza. Podríamos
aventurarnos a hacerlo jugador de petanca, o de mus, o de ajedrez. Podríamos
hacerlo poeta o mujeriego o dejarlo en esa normalidad racional que denotaba su
semblante.
“La
hora del desayuno era, quizás, el mejor momento del día. De compartir lugares
comunes con las mismas personas durante un largo tiempo, surgen las afinidades,
también las diferencias, pero tampoco en esa situación es caso de crearse
enemistades. Todos tienen el mismo resquemor interior de saberse abandonados,
pero, y tal vez por ello, se sienten más solidarios con los compañeros que con
los familiares que, de tarde en tarde, van a visitarlo. El chiste contado con
ojos pícaros, la confidencia cuando pasa una de las limpiadoras que está de
buen ver, el cotilleo sobre aquella rubia de la mesa de enfrente que para sus
setenta pasados aún luce palmito y de la que, aseguran, se lo hace con el
venerable y respetado clérigo que, como tal, goza de algunos privilegios como
habitación con vistas a la calle y un trato de favor de las monjas que a nadie
pasa desapercibido y que, probablemente, debido a su avanzada edad, ha olvidado
que el celibato y la castidad, eran máximas en el ejercicio de su sacerdocio.
Estas son las triquiñuelas de las que se sirven los venerables ancianos para
decir que la vida sigue y que nada hay peor que perderla de la noche a la
mañana.
Después
está el paseo cotidiano, la biblioteca, la sala de televisión, la partida de
petanca, el jardín de la residencia que
da a un patio de colegio en el que niños y niñas, con su algarabía, ponen una nota de color en sus tristes vidas”.
Y
vuelta a los recuerdos, a las añoranzas por lo que fue y se perdió en un recodo
del camino; a las veces en que se sintió capaz de todo y en alguna ocasión
hasta creyó que lo consiguió. Y para darle a la historia una carga emocional
tendríamos que imaginarnos algún acontecimiento en el que pudiera haber hecho
de héroe o de villano.
“Fue
un mes de Abril, recién estrenada la primavera. Tendría unos dieciocho años y
estaba pescando en aquel pantano cercano a su pueblo. La pesca era una de sus
aficiones favoritas. Le gustaba la soledad de aquellas mañanas de domingo en
las que, cargado de pertrechos dejaba el pueblo en su modesta moto y recorría
los escasos kilómetros que le separaban del idílico lugar. Le daba tiempo a
todo: a pensar, a contemplar la naturaleza, a disfrutar con los vuelos de los
patos que durante el verano recalaban en el pantano, a soñar con lo que la vida
podría depararle… Y de pronto la vio. La lancha neumática zozobró
inesperadamente y los dos tripulantes cayeron al agua. Había una considerable
distancia hasta la orilla por lo que, aunque los náufragos fueran buenos
nadadores les costaría llegar. No lo pensó. Ni siquiera recordó que sólo tenía
la experiencia de todos los chiquillos que alguna vez se habían bañado en los
recodos del río que daba origen al pantano, pero no era momento de tener miedo.
Se lanzó a las quietas aguas y nadó en dirección a los infortunados que, al
verle, se dirigieron hacia él. La odisea pudo costarle la vida, bien lo supo
cuando dejando la orilla se metió en aguas más profundas, pero la providencia o
su buen hacer que nunca sabría de dónde le nació, consiguieron el salvamento de
los accidentados. Aquello sucedió. Y sin más alardes volvió a su tarea de
pesca. Nadie sabría jamás de su heroica acción..”
¿Y
por qué no imaginarnos algún desliz en su ejemplar vida de padre y esposo? Quien
esté libre de pecado que tire la primera piedra. Ya sabemos que nadie la tiró.
Y también sabemos que la carne es débil y que la tentación se ofrece insinuante…
“Como
un come come, que le producía hervores de sangre, le llegó el recuerdo de
aquella exuberante mujer –todo senos y piernas-, con la que coincidió en uno de
sus viajes de trabajo. . Ella hacía auto stop en una carretera secundaria a la
salida de una población con una sonrisa que le cubría toda la cara y un
desparpajo prometedor al que nuestro hombre no supo negarse. Detuvo el coche y
la invitó a que subiera. El habitáculo se impregnó del sensual aroma que
emanaba la mujer y sus piernas poderosas taladraron el rincón donde permanecían
ocultos los deseos que, por acostumbrados, nunca le llegaron a obsesionar. La
cosa estaba cantada; la meretriz, pues eso era la autoestopista, se ofreció por un módico precio a prestarle
sus servicios sexuales, bien en el coche, al amparo de alguno de los arbolados
que surgían junto a la carretera o en algún motel discreto en el que no pedían
datos de los clientes. Se decidió por el motel y en un apresurado trajín de
muslos entrecruzados y caricias circunstanciales acabó, más pronto que tarde,
una faena que no le satisfizo, pero que le removió todo aquello que por la
rutina y la monotonía creía dormido. Se
vieron en alguna otra ocasión, hasta que el buen tino de sus razonamientos, le
hizo comprender que así no podía continuar si no quería poner en peligro su bien
ganada reputación y, lo que era más grave, su matrimonio. Nunca más, se dijo. Y
lo cumplió”.
Así
podríamos ir posponiendo el final pues son muchas las cosas que de una vida
podrían contarse, pero no era el propósito de este relato ser eterno. Bástenos
con saber que estas pinceladas sobre nuestro hombre nos han dibujado en esbozo
de lo que, cuando se quiera, puede ser ampliado. Dejémosle aquí en
este plácido pasar hacia el lugar de las ausencias.
Bien
sé –se decía con más frecuencia de la que sería de desear-, que si alguna vez
salgo de aquí será con los pies por delante. Pero ya no me importa. La vida es también
esto: el preludio hacia la muerte. Y por
más que quisiera ponerle remedio, no lo encontraré. Ahora me queda la tarea de
saber envejecer, de encontrarle sentido a este final anunciado y de comerme el
miedo como tantas veces. He sido afortunado y a pesar de que este no sea el
mejor momento de mi vida, he de dar gracias por todo lo que he sido capaz de
vivir. Sí, puede que esté triste; puede que si hubiese vivido mi mujer
estuviéramos en algún apartamento cerca de la playa (le gustaba el mar); puede
que aún ocurrieran cosas dignas de ser contadas. Pero lo que es, es. Y a ello
me atengo”.
Parece,
este, el final más lógico para un relato que se fraguo a raíz de una frase
circunstancial. Por varias razones: porque deja a la fantasía del lector la
capacidad de imaginarse al protagonista, de ponerle cara, cuerpo, edad, incluso
ropaje; porque es un final abierto a otras muchas posibilidades de final;
porque podrían irse fraguando historias al hilo de lo narrado y sobre todo de
lo no narrado. Y porque, en fin, nos ha parecido oportuno.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
