Hablar sobre la paz se me encomienda, ¿mas dónde está la paz? Si la paz es la ausencia de agresiones ¿quién puede hablar de paz en estos tiempos? No es buena introducción, ésta, para publicar en una revista donde los ojos de una Virgen claman por esa paz, reflejan esa paz, si ambas cosas pudieran ser posibles desde una misma mirada.
Pero el rostro humano, exento de atributos celestiales, no tiene esa dualidad; su mirada es el reflejo del instante en el que vive; no el reflejo de ayer, ni el de mañana; sólo el de ese instante que se cuela en la sangre y la agita en impulsos que transmiten el gesto.
Y el gesto es, hoy, sombrío, apagado, como de sangre acelerada, encontrada con sus propias concepciones. ¿Quién, que no sea hipócrita, está en paz consigo mismo?
Si miro en mi interior, en esa combustión que son mis pensamientos; en esas circunstancias que oprimen mis sentidos; en esa prisa impuesta que anula la mirada; en esas sinrazones que escapan a la lógica; en esa iconoclasta razón de mi egoísmo; en ese despotismo que a veces me domina; en esa sobredosis de orgullo o de soberbia; en esa pleamar de sangre en embestida; en esa pequeñez de metas que me impongo; en esa indiferencia que siento hacia lo ajeno; en ese miedo absurdo a perder mis conquistas; en esa envidia insana que anida en las entrañas...¿Cómo hablaros de paz? Quién, mirándose así, tan detenido, puede sentir la paz en algún sitio, en algún escondrijo, para decir :¡Aquí!, ¡buscad aquí!
Todos somos capaces de las grandes palabras. De las grandes, vacías y mentirosas palabras que adormecen la culpa. No sería posible, sin una adormidera, seguir sintiendo orgullo por esta dimensión que nos acoge; por esta imagen óptica que damos a los otros: mansos como corderos; sumisos como mascotas, en la cual, también ellos, se sienten reflejados. Pero ya veis, es posible , y acaso necesario, sentirse confundidos; mezclar razonamientos, sentir lástima propia; llorar ante la imagen del trágico infortunio de los otros. De eso somos capaces, mientras decimos :¡pobres!, ¡Qué lástima de mundo...!
Para hablaros de paz, tendría que sentirme diferente. Hoy no; hoy me resisto a revestir de infamia mis palabras; hoy quiero ser sincero porque siento esos ojos suplicantes clavados en mis ojos. ¿Pero porqué?, parecen preguntarse los ojos de esta virgen. No entiende, como madre, que algo nacido puro, pueda llegar a hacerse tan complejo.
La paz es una chispa pequeñita que aflora a la retina cuando la armonía interior es la necesaria.
Es el silencio manso de la no interferencia en ese pleamar al que la sangre regresa cada noche.
Es la nada llenando los confines remotos a los que, algunas veces, se acerca el subconsciente.
La paz es esa mano tendida hacia otra mano, o esa sonrisa abierta que sobrepasa todas las miserias, o esa oración silente con la que el alma habita en la penumbra esperando el momento de asomar por los ojos...
Pero la paz, y no es la ausencia de guerra el sentido que quiero dar a este comentario, difícilmente aflora en estos rostros nuestros que siempre van perdidos, vueltos hacia sí mismos, hacia tanto problema cotidiano como impide abrigar esos instantes de armoniosa pureza. Es difícil; al ser humano le es difícil, demostrarse a sí mismo que la paz es tangible; que se puede amasar, transportar, almacenar, obsequiar, compartir, como si de otro elemento más de consumo se tratase.
Porque la paz, no esa paz meretriz confundida en afeites con la que todos parecemos conformarnos; la paz del espíritu, a esa me refiero, siempre está sometida a una carrera de obstáculos imposibles de salvar. Sólo los adiestrados, los esforzados, los abnegados -utilícese también el femenino en esta lectura-, podrán vislumbrar esa chispa a la que antes hacía referencia, en algún momento de su vida. Los demás seguiremos andando hacia la nada ignorando el camino; dando vueltas y vueltas en una espiral sin sentido que nos irá alejando de este punto de gravedad en el que nos apoyamos y en el cual debería florecer de manera perenne esta rosa delicada y frágil que necesita de cuidados constantes.
Puede que, en último extremo, la paz sea la total ausencia de sensaciones; ese instante en el que el ser humano, cansado de sí mismo, impotente ante tanta dificultad para sentirse artífice de un mundo en armonía, cierra los ojos y se entrega a un holocausto concebido. Tal vez es esa entrega, esa culminación, la necesaria para hacernos dignos de entrar en ese recinto donde todo, incluso la paz, es posible.
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viernes, 23 de septiembre de 2016
martes, 30 de agosto de 2016
COMO QUIEN RESPIRA.
Agradecido y emocionado por este texto que Federico Gallego Ripoll, hace sobre mi poesía.
COMO
QUIEN RESPIRA
(La
poesía natural de Jerónimo Calero)
Atender a la sutileza de los estados
intermedios, elegir la permanencia del paisaje cercano, las emociones
cotidianas que forjan el carácter y la ironía ante el desamparo que produce la
conciencia de finitud, son patrimonio de los hombres sabios que establecen lo
contiguo como ámbito de conocimiento y –acaso, en ocasiones- felicidad. Así, el
amor sosegado, la reflexión serena, la opción por la sencillez como forma
respetuosa de tratar a la palabra y dotarla de un cauce confortable, la
consideración del tiempo como barco que nos lleva, el no herir, no forzar, no
impostar, no incurrir en desatinos ni extravagancias, son señas que
caracterizan la poesía natural de Jerónimo Calero, que aparece como el primer
mosto que mana de su propia naturaleza y llega al vaso conducido por su simple
peso. Acostumbrado a aconsejar sobre cómo combinar o desechar hechuras, cortes,
colores y texturas, se reconoce con naturalidad en el terreno de la armonía y
el aliento reposado y musical del verso, donde no hay disonancias ni
trastabilleos, sea cual sea el formato elegido, desde el clásico soneto al
verso blanco de aliento salmódico y compostura versicular.
Jerónimo
Calero escribe como vive, con la misma tranquilidad de ánimo, un cierto
pesimismo consustancial de honda raigambre manchega, y el mismo permanente
intento de verdad, pues bien dice que “la vida y la poesía son hermanas
siamesas”. Y por eso sus poemas, compilados en los últimos tiempos en dos
sensatos libros de hermosa factura: “¿Y quién es el que canta?” y “Soledades”,
se suceden con la naturalidad con que un día sucede a otro, o, a una, otra
estación.
Aunque
la poesía es única y cada cual la asimila y afronta de su mejor manera, hay en
los poetas que ejercen su oficio en ámbitos cercanos, en sociedades de
dificultosa intimidad, como son los pueblos y las pequeñas ciudades, un
componente añadido al de la propia creatividad, y es el de ser reconocidos por
su entorno como depositarios de una parte valiosa de la memoria o el talante
comunes de sus conciudadanos, porque siempre los poetas han sido garantes de la
custodia de “las palabras de la tribu”. Y eso les condiciona con una
responsabilidad añadida: la de haber de cuidar no sólo su propio discurso, sino
también saber transmitir ese ámbito de memoria expandida que estas sociedades
pequeñas depositan en sus representantes más respetados. “Un poema, un
ciprés... cosas corrientes”, dice; y también “mis palabras son fruto de la
tierra que habito”.
Así,
Jerónimo Calero sabe mantener con dignidad esa representación implícita de los
valores esenciales y duraderos en que destaca como aglutinador de una riqueza
emocional compartida. Hay en su sereno mancheguismo, nada tópico, una
reivindicación de la poesía de la acritud de la cotidianeidad, el enunciar la
inercia de las limitaciones, reconocer la finitud de todos nuestros límites,
nuestra incapacidad para entender la vida, e incluso para asimilar la belleza
que nos llegue en un lenguaje diferente al propio.
La
escritura, en su caso, se va desarrollando sosegada; es la poesía de un hombre
que camina reposado y, mientas anda, al ritmo de su paso, va dejando escapar su
pensamiento, como si al compartir su conciencia de la temporalidad y las
rémoras apesadumbradas de la existencia, aligerara, junto a su zurrón, su
conciencia: “...a mí me ha sobrepasado casi todo”, afirma.
Hay en esta poesía un
permanente tono de abandono de las fuerzas, un cansancio de estar siempre en
ese punto intermedio entre lo que se ha perdido y lo que nunca se tendrá, una
reflexión existencial sobre el continuo ejercicio de la pérdida o el abandono.
Vivir es aceptar esta costumbre, quitar hojas al calendario, confiar en ser
sorprendido por una buena noticia. Y también es escribirlo. Vivir es escribir
el cómo y el porqué, y el contra quién la vida va pasando mientras adelgaza y
transparenta la piel que nos contiene.
Los
poemas se suceden en fragmentos numerados, dando continuidad al intento de
recrear un mundo extendido, amplio como el paisaje en el que el poeta se
inscribe. Es una panorámica general, lenta y en círculo, que a veces nos otorga
la calma de una siesta, o el resorte feliz de un guiño desde el muy peculiar y
a veces dificultoso sentido del humor de los hombres de llanura, que no poseen
más sostén que la intemperie.
El
paso del tiempo, con sus progresivas limitaciones acumuladas, le empuja a hacer
inventario de lo que ya no somos, a base de ir añadiendo relación de dolencias.
Como si nombrarlas limitara –o al menos controlara- su efecto. En definitiva,
el tiempo es compartir lo que nos falta. “Cuesta toda una vida aprender a
sacarle partido a las mermas”, dice Jerónimo Calero, y dedica su enjundia a
loar la vejez, cuando ya no es preciso rendir cuantas a nadie –de este mundo-
porque hecho está lo ya hecho, y no se exige hacer lo que no se hizo. El poeta
se sitúa en esa ficticia atalaya de una vejez –en su caso, metafórica, no real-
que no es sino recurso literario para soltar la lengua con el desparpajo que
otorga una independencia bien ganada. “Sé que aún me queda todo el tiempo que
necesito / para acercarme a mi pensamiento”, dice, y de repente se sitúa sin haberlo pretendido
junto a estas artificiosas y tan de moda doctrinas del mindfulness,
(actitud consciente cada instante), que desde hace siglos vienen practicando
como algo natural, sin tanta parafernalia ni tanta publicidad, las gentes de
nuestra tierra.
“No
es lo malo morirse.
Lo
malo es no saber a qué vinimos.”
Escribir
poesía como quien respira (¡no es cicato el empeño!), y hacer que a través
de ella respiren las palabras y las emociones descritas, las pequeñas
anécdotas, el tiempo y sus roturas, sus pérdidas, su inevitable flujo tierra
adentro. Como quien respira, bien consciente de cada bocanada de aire fresco,
su peso y su medida, su importante fragilidad. La poesía es su medio natural, y
cuando menos se preocupa porque sea brillante es cuando más eficaz se muestra.
Lo más valioso de la poesía de Jerónimo Calero es su naturalidad, su no
empecinamiento –tan común- en buscar acentos rimbombantes y expresiones sonoras.
Las palabras sencillas, bien usadas, han sido siempre las más jugosas y
eficaces cuando el poeta habla y reflexiona desde la verdad. Y éste es el caso.
El
itinerario por los libros de Jerónimo Calero es muy recomendable para todos los
amantes de la poesía, y también -y casi, sobre todo- para quienes no lo son,
porque aprenderán a ver con otros ojos y a sentir cosas que nunca hubieran
sospechado que tenían dentro de sí. Nos encontramos aquí con un poeta que,
ocupándose de las cosas naturales del mundo, y haciéndolo con buena mano,
discreción y raciocinio, ejerce una valiosa pedagogía sobre el hecho de
escribir y compartir lo escrito, desde la confianza de hacer que sus lectores
puedan asumir como propia la experiencia del poeta, que no hace sino poner por
escrito lo que nos pasa a todos y decirlo de una manera hermosa y perdurable,
desde esa actitud de utilizar con solvencia un yo más expandido que limitador.
¿Juego
o compromiso? se pregunta el poeta. Quizás la respuesta sea una palabra a medio
camino de ambos y que a ambos contiene: inevitabilidad. Jerónimo Calero es un
poeta inevitable, un hombre inevitable que se expresa en poeta, y en poeta se
justifica, agradece los dones recibidos, lamenta los estragos del tiempo... y
sigue su camino. Porque en cada nuevo día se inaugura también como poeta,
retoma la labor dejada a medio concluir el día anterior y sale con las palabras
en las manos a que les dé directamente la luz del sol, el aire leve que se
lleve los hilos mal cortados. Porque sólo bajo la luz sin medias tintas de la
calle, los tejidos y los poemas entregan sin disimulos su verdad.
FEDERICO GALLEGO RIPOLL
Jerónimo
Calero, ¿Y quién es el que canta?, Cuadernos
del laberinto, Madrid, 2012
Soledades, Huerga y Fierro, Madrid, 2016
miércoles, 17 de agosto de 2016
ESBOZO PARA UN CUENTO FUTURO.
Me pregunto cuáles son realmente las características necesarias para desarrollar un cuento o un
relato. Supongo que la primera es inventarse una historia con un principio un
final y unos personajes a los que habrá que ir modelando según necesidades de
guion; también será necesario ambientarla en un determinado lugar y proveerla
de una acertada narración. Es decir, es
una tarea a todas luces ardua y para la que, pienso, no estoy preparado.
Para contar una historia yo suelo
partir de una frase, sin más. Podría ser, por ejemplo:” Cuando sonó el
despertador sintió un estremecimiento…” o ”La estación estaba en penumbra cuando el
tren, con un rugido de búfalo…”, también
podría comenzar diciendo: “el sueño de
María la había sumergido en las profundidades del averno…”. A partir de algunas
de estas frases, tiro y tiro de la madeja hasta irle dando forma, significado,
argumentación… Es como ir sacando agua de un pozo con uno de aquellos viejos
zaques de piel con los que uno tras otros ibas llenando la pila donde abrevaban
las mulas o el ganado. Al final, la pila se llenaba de un agua virginal y
transparente y se daba por concluida la misión que no era otra que llenar la
pila. Ya sé que a lo mejor esta forma de hacer carece de técnica y que lo mismo
puedo llenar dos páginas que veinte; que dejar a la improvisación el resultado
de un relato puede mostrarlo incompleto; que mejor no escribir si no eres capaz
de saber lo que quieres decir. Pero mira por dónde, a mí me gusta escribir y confío
en exceso en la providencia que siempre me ha socorrido en estos trances. No
quiero decir que haya escrito maravillas, pero no he salido malparado en mis
intentos.
Hoy voy a
comenzar por esta frase: “Se miró en el espejo de sus cavilaciones y
le pareció que ya no era tiempo de dudas sino de certidumbres” ¿Quién es
nuestro personaje: hombre, mujer,
cura, deportista, inmigrante, actor…? No
lo sabemos. Pero lo sabremos según nos vaya demandando el argumento.
“Se
miró en el espejo de sus cavilaciones y le pareció que ya no era tiempo de
dudas sino de certidumbres. Allí, en aquel tótum revolútum
que era el cajón del alma donde se iban almacenando las vivencias, las
evidencias, sólo quedaba clara una cosa: que había transcurrido la mayor parte
de su tiempo en esta vida; que los huesos le malsonaban; que la próstata había crecido considerablemente; que por la nariz se le escapaba un hilillo
incontinente de una sustancia que bien podría ser agua, pero que cayendo por
donde caía, producía mal efecto, máxime, si como le ocurría últimamente, era la
hora del almuerzo”.
Ya va quedando
claro que se trata de un varón, que su edad es avanzada y que la cosa va de
despedida, de inventario, de regreso al origen. Pero no sé, realmente, en qué
parará esta aventura…
“Vinieron
a su memoria recuerdos atropellados de un tiempo que le pareció ajeno ( de tan
lejos llegaban) y que lo transportaban a un lugar llamado infancia; un lugar
luminoso por el que desfilaban sus padres, sus hermanos, aquel perrillo llamado
”chaleco”, tan juguetón; el ruido monocorde de los cangilones subiendo y
bajando a la angosta noria y dejando caer sobre la artesilla el agua virginal y
transparente que luego le gustaba beber en el reguero, a la salida del sifón,
donde la fuerza del chorro había arrastrado la tierra dejando una superficie de
piedra lavaba que hacía que la claridad invitara a saciarse glotonamente de
aquel delicado néctar. La tragedia en la que su padre, un avezado tractorista al
que su experiencia ponía como ejemplo para las nuevas generaciones, perdió la
vida tal vez por un exceso de confianza
(nunca le dijeron las causas), dejándoles en la más mísera orfandad”.
Bueno, pues ya
hemos orientado la acción. El personaje, del que aún no sabemos el nombre ni
creo que importe tal y como se va desarrollando la historia, rememora viejas
vivencias porque, parece ser, es lo único a lo que hoy puede aferrarse. Esto
nos posibilita para dejarlo viudo tras un largo y armonioso matrimonio y situarlo en la casa de
alguno de los hijos que se reparten la tarea de cuidarlo y que están deseando (porque ya se sabe que a uno de los dos cónyuges
no le toca nada) que llegue fin de mes para hacer el traspaso de
obligaciones; también quedaría bien
encontrarlo en una de esas asépticas residencias de ancianos tan de moda y, por
desgracia, tan necesaria en nuestros días. Y creo que es ahí donde lo vamos a
encontrar.
“La
habitación de la residencia en la que pasaba sus últimos años porque alguien
consideró que “era lo mejor para su situación” era modesta –tanto le daba-: una cama de
noventa de espartano diseño con impolutas sábanas blancas que las empleadas de
la limpieza se encargaban de cambiar cada dos días, una colcha tan impersonal
como discreta con la que cubrían las sábanas o la manta, según la época del año,
y unas cortinitas de etamina que más que
decorar, recargaban de tristeza el aspecto de la desolada habitación; una
pequeña mesita de noche, en la que guardaba algunos pares de calcetines,
pañuelos y calzoncillos- todo marcado
con la inicial de su nombre- y el viejo reloj que un día fuera de su padre y
del que jamás se había desprendido. El armario, de dos puertas almacenaba su
modesto ajuar: dos camisas, dos pares de pantalones, un jersey grueso, una
bufanda, una pelliza que conservaba desde tiempos remotos y una fotografía de
su mujer que había pegado en el interior de una de las puertas con el único
fin-quiero pensar- de pedirle ánimo cada día.
Dormía
poco. Casi toda la noche se la pasaba pegado a una gangosa radio a pilas –que con un mínimo volumen, no fuera que las monjas le llamaran la
atención, se ponía junto a la oreja con la que mejor oía- , con la que trataba de estar al día de unas
noticias que olvidaba al comenzar el día
siguiente. Puede que le fallara la memoria o que en el duermevela con el que
cruzaba las noches, se le fuera el meollo de la noticia. Lo cierto es que a
pesar de su interés, aún, por las cosas mundanas, vivía en un limbo del que ya
le sería difícil salir y más parecía una preparación para lo que, por ley
natural, se avecinaba”.
Podríamos ahora
hablar de su profesión, de su matrimonio, del nacimiento de sus hijos, de las
vicisitudes de una vida que debió ganarse a pulso. Podríamos hablar de sus
ilusiones, de sus sueños, de sus logros. Podríamos y lo vamos a hacer:
“Aunque
cada vez con menos nitidez, recordaba sus días de escuela; pocos, porque a los
diez años, como consecuencia del fallecimiento de su padre, como ya es sabido, comenzó a trabajar de motril en una de las
importantes fincas de una de las importantes familias del pueblo. El motril, ya
se sabe, era el que ayudaba a los labradores en las tareas de la casa: barrer,
fregar el caldero, preparar las comidas, sacar la cuadra, llenar la pajera,
mullir los mantujos, dar lustre a los arreos… No estaba mal, después de todo.
Era un oficio variado en el que se aprendían cosas que para algo servirían en
su momento. Había que contar con las chanzas de los gañanes, de los jornaleros
y de todos los que por una u otra razón convivían con el motrilillo - como lo
llamaban en sentido cariñoso y nada despectivo-, pero no dejaban de ser meras
gracias con las que, al final, todos reían.
En el
pueblo - tampoco es necesario para esta historia dar detalles del lugar en el
que nació, baste decir que era un pueblo manchego perdido en la estepa-, se inició en diversos oficios: fue herrero,
albañil, carpintero, pintor, hasta que, llegado el tiempo del servicio militar, consiguió sacarse el carnet
de conducir para vehículos especiales. Desde entonces, su vida se transformó.
Consiguió un empleo en una gran constructora y con ahínco y tesón, llegó a ser
capataz. Ya enfilado el camino a seguir, con la seguridad que da una buena paga
y con el prestigio que iba adquiriendo
en su oficio, se permitió ciertos caprichos, como el de irse a aquella playa a
pasar unos días. Fue allí donde encontró el amor. De repente, como una
eclosión, surgió la llamarada que ya no se apagaría nunca. Decir que los ojos
de la mujer eran verdes o que sus andares eran sinuosos, es como decir que sus
ojos eran negros y sus piernas torneadas. Lo que cuenta, realmente, es que sus
miradas se cruzaron y sus almas se encontraron. Y que desde ese momento, todo
fueron proyectos en común, sueños en común, vida en común”.
Ahora
podríamos enlazar con el momento presente, con su día a día en este centro que
ya era como su casa o eso quería pensar para no morirse de tristeza. Podríamos
aventurarnos a hacerlo jugador de petanca, o de mus, o de ajedrez. Podríamos
hacerlo poeta o mujeriego o dejarlo en esa normalidad racional que denotaba su
semblante.
“La
hora del desayuno era, quizás, el mejor momento del día. De compartir lugares
comunes con las mismas personas durante un largo tiempo, surgen las afinidades,
también las diferencias, pero tampoco en esa situación es caso de crearse
enemistades. Todos tienen el mismo resquemor interior de saberse abandonados,
pero, y tal vez por ello, se sienten más solidarios con los compañeros que con
los familiares que, de tarde en tarde, van a visitarlo. El chiste contado con
ojos pícaros, la confidencia cuando pasa una de las limpiadoras que está de
buen ver, el cotilleo sobre aquella rubia de la mesa de enfrente que para sus
setenta pasados aún luce palmito y de la que, aseguran, se lo hace con el
venerable y respetado clérigo que, como tal, goza de algunos privilegios como
habitación con vistas a la calle y un trato de favor de las monjas que a nadie
pasa desapercibido y que, probablemente, debido a su avanzada edad, ha olvidado
que el celibato y la castidad, eran máximas en el ejercicio de su sacerdocio.
Estas son las triquiñuelas de las que se sirven los venerables ancianos para
decir que la vida sigue y que nada hay peor que perderla de la noche a la
mañana.
Después
está el paseo cotidiano, la biblioteca, la sala de televisión, la partida de
petanca, el jardín de la residencia que
da a un patio de colegio en el que niños y niñas, con su algarabía, ponen una nota de color en sus tristes vidas”.
Y
vuelta a los recuerdos, a las añoranzas por lo que fue y se perdió en un recodo
del camino; a las veces en que se sintió capaz de todo y en alguna ocasión
hasta creyó que lo consiguió. Y para darle a la historia una carga emocional
tendríamos que imaginarnos algún acontecimiento en el que pudiera haber hecho
de héroe o de villano.
“Fue
un mes de Abril, recién estrenada la primavera. Tendría unos dieciocho años y
estaba pescando en aquel pantano cercano a su pueblo. La pesca era una de sus
aficiones favoritas. Le gustaba la soledad de aquellas mañanas de domingo en
las que, cargado de pertrechos dejaba el pueblo en su modesta moto y recorría
los escasos kilómetros que le separaban del idílico lugar. Le daba tiempo a
todo: a pensar, a contemplar la naturaleza, a disfrutar con los vuelos de los
patos que durante el verano recalaban en el pantano, a soñar con lo que la vida
podría depararle… Y de pronto la vio. La lancha neumática zozobró
inesperadamente y los dos tripulantes cayeron al agua. Había una considerable
distancia hasta la orilla por lo que, aunque los náufragos fueran buenos
nadadores les costaría llegar. No lo pensó. Ni siquiera recordó que sólo tenía
la experiencia de todos los chiquillos que alguna vez se habían bañado en los
recodos del río que daba origen al pantano, pero no era momento de tener miedo.
Se lanzó a las quietas aguas y nadó en dirección a los infortunados que, al
verle, se dirigieron hacia él. La odisea pudo costarle la vida, bien lo supo
cuando dejando la orilla se metió en aguas más profundas, pero la providencia o
su buen hacer que nunca sabría de dónde le nació, consiguieron el salvamento de
los accidentados. Aquello sucedió. Y sin más alardes volvió a su tarea de
pesca. Nadie sabría jamás de su heroica acción..”
¿Y
por qué no imaginarnos algún desliz en su ejemplar vida de padre y esposo? Quien
esté libre de pecado que tire la primera piedra. Ya sabemos que nadie la tiró.
Y también sabemos que la carne es débil y que la tentación se ofrece insinuante…
“Como
un come come, que le producía hervores de sangre, le llegó el recuerdo de
aquella exuberante mujer –todo senos y piernas-, con la que coincidió en uno de
sus viajes de trabajo. . Ella hacía auto stop en una carretera secundaria a la
salida de una población con una sonrisa que le cubría toda la cara y un
desparpajo prometedor al que nuestro hombre no supo negarse. Detuvo el coche y
la invitó a que subiera. El habitáculo se impregnó del sensual aroma que
emanaba la mujer y sus piernas poderosas taladraron el rincón donde permanecían
ocultos los deseos que, por acostumbrados, nunca le llegaron a obsesionar. La
cosa estaba cantada; la meretriz, pues eso era la autoestopista, se ofreció por un módico precio a prestarle
sus servicios sexuales, bien en el coche, al amparo de alguno de los arbolados
que surgían junto a la carretera o en algún motel discreto en el que no pedían
datos de los clientes. Se decidió por el motel y en un apresurado trajín de
muslos entrecruzados y caricias circunstanciales acabó, más pronto que tarde,
una faena que no le satisfizo, pero que le removió todo aquello que por la
rutina y la monotonía creía dormido. Se
vieron en alguna otra ocasión, hasta que el buen tino de sus razonamientos, le
hizo comprender que así no podía continuar si no quería poner en peligro su bien
ganada reputación y, lo que era más grave, su matrimonio. Nunca más, se dijo. Y
lo cumplió”.
Así
podríamos ir posponiendo el final pues son muchas las cosas que de una vida
podrían contarse, pero no era el propósito de este relato ser eterno. Bástenos
con saber que estas pinceladas sobre nuestro hombre nos han dibujado en esbozo
de lo que, cuando se quiera, puede ser ampliado. Dejémosle aquí en
este plácido pasar hacia el lugar de las ausencias.
Bien
sé –se decía con más frecuencia de la que sería de desear-, que si alguna vez
salgo de aquí será con los pies por delante. Pero ya no me importa. La vida es también
esto: el preludio hacia la muerte. Y por
más que quisiera ponerle remedio, no lo encontraré. Ahora me queda la tarea de
saber envejecer, de encontrarle sentido a este final anunciado y de comerme el
miedo como tantas veces. He sido afortunado y a pesar de que este no sea el
mejor momento de mi vida, he de dar gracias por todo lo que he sido capaz de
vivir. Sí, puede que esté triste; puede que si hubiese vivido mi mujer
estuviéramos en algún apartamento cerca de la playa (le gustaba el mar); puede
que aún ocurrieran cosas dignas de ser contadas. Pero lo que es, es. Y a ello
me atengo”.
Parece,
este, el final más lógico para un relato que se fraguo a raíz de una frase
circunstancial. Por varias razones: porque deja a la fantasía del lector la
capacidad de imaginarse al protagonista, de ponerle cara, cuerpo, edad, incluso
ropaje; porque es un final abierto a otras muchas posibilidades de final;
porque podrían irse fraguando historias al hilo de lo narrado y sobre todo de
lo no narrado. Y porque, en fin, nos ha parecido oportuno.
martes, 16 de agosto de 2016
TIENDAS CON SABOR.
TIENDAS CON SABOR.-
Para Antonio Noblejas
Fernández-Vázquez
Propietario
del comercio en el que inicié mis primeros pasos
Mi corazón es una tienda. No lo había pensado
nunca, bueno, casi nunca. Sólo cuando coloco sus estanterías (las del corazón)
y observo la perfecta armonía de su bombeo a todo color; o cuando al desplegar
una tela veo que esta cobra una vida que
no tiene y que no es otra que la transmitida a través de mi sangre. Ya sé que
un corazón y una tienda no tienen elementos comparativos. O sí, vaya usted a
saber por qué, si no, se me ocurren a mí estas reflexiones. Por poner un
ejemplo de todos conocido: Pinocho sólo vivió en el corazón de Geppeto y sin
embargo la historia del muñeco de madera que habla y al que le crece la nariz
si dice mentirijillas se hizo universal. Todo es cuestión de fe, de tener el
convencimiento necesario para creer que lo que pensamos es posible...
Tendría yo catorce años y un
futuro poco esperanzador cuando mi madre habló con un comerciante del pueblo
por si necesitaba un muchacho. Y sí, por abreviar en este punto, sí lo
necesitaba. Así que le de la noche a la mañana me vi desempeñando funciones de
aprendiz en aquella tienda de tejidos que, ya por entonces, era un referente en
el pueblo. Eran estas a saber: limpieza diaria del suelo a base de agua y serrín;
encendido de la calefacción con el correspondiente cernido de carbonilla para conseguir alimentar la estufa unos días
más, limpieza de cristales, recados y recogida de paquetes en la estación;
entrega a domicilio de mercancías, organización de trastienda, control de
existencias, práctica en plegado de telas que previamente se desliaban de su
plegador; dar un buen repaso al polvo mediante los zorros –instrumento que
consistía en unas tiras de material flexible atadas a un mango-; cosido de
etiquetas en la cabecera de las piezas; colocación de estantes en perfecta
simetría y todo aquello que uno pueda imaginar que se le podía encargar a un
aprendiz , como ir a por el “cierratejaos” - artilugio inexistente que alguien
avisado se encargaba de tener metido en un saco a ser posible con bastante peso-
a la carpintería o al taller más alejado del pueblo y con el que se hacía el
recorrido de ida y vuelta a la ingenuidad.
Pero por encima de todo, aquel
lugar era mágico. Una tienda nunca es igual, cambia de un día para otro según
los artículos recibidos o la colocación que se les de; recuerdo cómo en aquella cambiaban los
colores, las texturas, los espacios, la luz, o la resonancia de las voces. Pero
era a la llegada de las clientas cuando la tienda tomaba su exacta dimensión.
La oferta y la demanda estaban supeditadas al conocimiento mutuo: El cliente
sabía lo que buscar en aquella tienda y el comerciante sabía qué ofrecer a sus
clientes - ya amigos por el continuado trato-. Así las transacciones eran
rápidas, fiables y del agrado del consumidor.
Los aprendices mirábamos aquel
trajín retirando lo no necesario y acercando lo que los mayores nos solicitaban
con prontitud y eficacia, con el encendido deseo de que en uno de esos momentos
de prisa, se nos requiriese para realizar también las operaciones de venta que
pudiesen estar a nuestro alcance.
Y sin darnos cuenta, y pasados
unos años, los aprendices éramos expertos vendedores, conocedores de la
clientela y de los entresijos del arte de vender que era algo más que la simple
estrategia de dar y tomar. Porque vender suponía gracejo para ganarte a la
clienta; un saber estar a caballo entre la
prudencia y el exceso de
confianza; habilidad para
conseguir buenas ventas - esto entraba ya dentro de las cualidades propias de
cada vendedor-; siempre se podía ofrecer
algún otro producto acorde con lo vendido anteriormente; por ejemplo si se
habían vendido sábanas se podía ofrecer tela para la funda del colchón; si un
vestido, el forro; si unos pantalones de pana, una blusa de dril... el caso era
redondear la venta para sentirse uno satisfecho con el propio desarrollo
profesional.
Nunca habrá mejores escuelas de
formación que aquellos genuinos
establecimientos en los que, avezados vendedores, con todo el saber del mundo sobre
sus huesos te transmitían sus conocimientos de manera natural. Lugares casi
sagrados en los que todo era un ritual; desde el buenos días a la llegada del
jefe que siempre estaba allí cuando los demás
llegábamos, hasta el quiere usted alguna cosa, pregunta cortés y retórica que
se hacía al despedirnos, fuera mañana o tarde.
Y así el corazón se iba
esponjando y convirtiéndose en una parte más de aquel especial entramado. Yo no
sé cuándo el mío comenzó a parecerse a una de esas reliquias, hoy desaparecidas.
Se que un lugar no muere si la memoria lo cobija. Y sé que en lo referente a
aquel lugar, tengo buena memoria.
domingo, 31 de julio de 2016
PALABRAS.
Miro mi fichero en el ordenador. Cientos de trabajos escritos: Poemas sueltos, libros a medio construir, artículos, relatos, cartas... Todo mi mundo aquí, en un decímetro cuadrado de superficie con un grosor de dos milímetros. Y aún caben más y más trabajos; más de los que podré ser capaz de escribir en todo lo que me resta de vida. Cómo es posible, me digo, reducir a tan escaso espacio el desarrollo mental de una vida. Si las palabras pesaran, serían toneladas las que yo habré utilizado, no sé si bien o mal, en este divertimento que supone contarle a un papel mis interioridades. Si ocuparan espacio, necesitaría una nave de las del Polígono Industrial para irlas apilando sobre sólidos palés; si contaminaran dejarían sobre la cal de las paredes reguerillos negros como de tinta china en vías de descomposición; si se agitaran, derribarían paredes y edificios enteros en su afán de expansión incontrolada.
Y sin embargo están aquí. En el bolsillo de mi chaqueta, en una minúscula porción de plástico que cabe en mi mano. Inofensivas, quietas, inservibles para quienes esperan milagros de las palabras de los otros.
Ni que decir tiene que a mí me han servido. Porque son mías y porque las he utilizado del modo que me ha apetecido. De este modo, me he recreado en su lectura, y porque las he hecho para mi propia complacencia, me he sentido complacido. Esto, que puede sonar impertinente, es así en todos los que escriben. La primera satisfacción que produce un escrito es para su autor; como una comida para quien la cocina, o un cuadro para el pintor que lo ha imaginado. Después está el servicio a la literatura, a la humanidad, a las ideas. Así es en las grandes obras de los grandes autores. Pongamos a Cervantes recreándose con las sombras de su subconsciente, divirtiéndose con personajes estereotípados a los que, además, ridiculizó o engrandeció en función de su oficio de escritor. Cervantes, como todos, se habla a sí mismo; se cuenta historias para pasar el tiempo, ese tiempo que sobra después que se ha utilizado el que da para comer, salvo que esa función esté cubierta sin necesidad del esfuerzo personal y diario. Pongamos a Pessoa, confeccionando su Libro del Desasosiego, recreándose en sus divagaciones, en sus abstracciones, en su metafísica. Pongamos a Saramago relatando su visión humana de los acontecimientos más relevantes del Cristianismo. Pongamos a Carlos Marx interpretando las funciones del Capital.
¿Quién duda que todos ellos atendieron a una necesidad de su espíritu? ¿Y quién duda de que ese espíritu, en su minúscula parcela creativa intenta emular el placer del Gran Creador, en el gozo supremo de sentirse hacedor?
Y porque cada cual utiliza sus propias palabras para sentirse pleno sobre la tierra, no valen de mucho las de los demás. Si no es, porque todos repiten las básicas, las imprescindibles para subsistir, pocas en definitiva, no se explica que el Mundo siga inmerso en un caos de destrucción y muerte. Si la palabra tuviera esa fuerza que todos le atribuimos no sería necesario estar repitiendo incesantemente mensajes y consignas que resbalan y adormecen a quienes no sienten sobre sí su fuerza o su fiereza.
La palabra es un lujo y como tal la utilizan quienes saben manejarla. Lástima que tanta floritura sea tan parcial y subjetiva como para poder ser desmitificada con más palabras.
Y sin embargo están aquí. En el bolsillo de mi chaqueta, en una minúscula porción de plástico que cabe en mi mano. Inofensivas, quietas, inservibles para quienes esperan milagros de las palabras de los otros.
Ni que decir tiene que a mí me han servido. Porque son mías y porque las he utilizado del modo que me ha apetecido. De este modo, me he recreado en su lectura, y porque las he hecho para mi propia complacencia, me he sentido complacido. Esto, que puede sonar impertinente, es así en todos los que escriben. La primera satisfacción que produce un escrito es para su autor; como una comida para quien la cocina, o un cuadro para el pintor que lo ha imaginado. Después está el servicio a la literatura, a la humanidad, a las ideas. Así es en las grandes obras de los grandes autores. Pongamos a Cervantes recreándose con las sombras de su subconsciente, divirtiéndose con personajes estereotípados a los que, además, ridiculizó o engrandeció en función de su oficio de escritor. Cervantes, como todos, se habla a sí mismo; se cuenta historias para pasar el tiempo, ese tiempo que sobra después que se ha utilizado el que da para comer, salvo que esa función esté cubierta sin necesidad del esfuerzo personal y diario. Pongamos a Pessoa, confeccionando su Libro del Desasosiego, recreándose en sus divagaciones, en sus abstracciones, en su metafísica. Pongamos a Saramago relatando su visión humana de los acontecimientos más relevantes del Cristianismo. Pongamos a Carlos Marx interpretando las funciones del Capital.
¿Quién duda que todos ellos atendieron a una necesidad de su espíritu? ¿Y quién duda de que ese espíritu, en su minúscula parcela creativa intenta emular el placer del Gran Creador, en el gozo supremo de sentirse hacedor?
Y porque cada cual utiliza sus propias palabras para sentirse pleno sobre la tierra, no valen de mucho las de los demás. Si no es, porque todos repiten las básicas, las imprescindibles para subsistir, pocas en definitiva, no se explica que el Mundo siga inmerso en un caos de destrucción y muerte. Si la palabra tuviera esa fuerza que todos le atribuimos no sería necesario estar repitiendo incesantemente mensajes y consignas que resbalan y adormecen a quienes no sienten sobre sí su fuerza o su fiereza.
La palabra es un lujo y como tal la utilizan quienes saben manejarla. Lástima que tanta floritura sea tan parcial y subjetiva como para poder ser desmitificada con más palabras.
martes, 19 de julio de 2016
ENSAYO SOBRE EL PORQUÉ.
ENSAYO SOBRE EL PORQUÉ.
Cuando el ser humano se plantea una cuestión, sea de la
índole que sea, caben varias posibilidades, entre ellas la de aceptación o
rechazo. Así habrá quien prefiera el pescado a la carne, o viceversa; quien
piense que Dios existe y quien lo dude; quien prefiera el futbol al balonmano,
la música clásica al pop; el desfile del
orgullo gay a la marginación por un sexualidad distinta; el aborto a la
concepción; la caza a la defensa de los animales, el blanco al negro , el día a
la noche.
Y eso, pese a los matices con los que cualquiera pueda
defender unas u otras posturas, es un derecho natural, fruto de una
sociedad libre, plural y democrática. De
no entenderlo así, podríamos caer en un fanatismo intolerante que, pese a ser
otra forma de verlo, atenta contra las libertades del prójimo.
Y no parece justo, ni ético, ni razonable, manifestar el
rechazo como si de un odio visceral se tratase
porque por esa regla de tres , volveríamos , no ya a las cavernas, que
nadie sabe si la animalidad parte de la falta de leyes o es una condición del
ser humano, sino al egoísmo más abyecto
y aniquilador.
Los pueblos tienen sus culturas, sus tradiciones, sus
costumbres. No negaré que algunas pueden resultar, cuando menos, pintorescas,
abusivas, raras, brutales. Pero han llegado hasta nosotros por una inercia de
siglos que las ha hecho parte de nuestra idiosincrasia. LO que para unos puede
resultar asesinato, para otros es arte. ¿Quién llevará la razón? Cuando se asa
un lechón, de cuya inocencia nadie duda, y se hace porciones con un plato para
demostrar su terneza, o se engordan animales enjaulados con el único fin de que
aumenten rápidamente su peso para que dé más producción en la venta de su
carne, o se hace contrabando con el marfil de los elefantes, o se exhibe como
triunfo el diente de un tiburón, o un bolso de piel de cocodrilo (de ese que en
un descuido puede engullirte sin más), sólo estamos demostrando que la
animalidad también es una condición de la raza humana. Que la alimentación
programada, la cultura gastronómica, la diversidad de alimentos, y formas en las que los podemos ingerir, han
adormecido parte de esa animalidad que, en caso de urgencia, podría volverse a
despertar.
Y fruto de esa cultura (y que nadie se rasgue las
vestiduras, porque la definición de cultura es mucho más amplia que las cortas
miras de algunos) es la existencia de determinado tipo de animales mantenidos
exclusivamente para desempeñar una función ¿social?. Así el cerdo vive a cuerpo
de rey hasta la hora de la matanza; los animales domésticos son tratados como
propios hasta que llega la hora de retorcerles el cuello. Los erales pastan en
la dehesa con toda una pradera por
horizonte. Animales que de no ser así, se hubiera extinguido como los
dinosaurios.
Si nos fijamos en las formas de degradación o explotación
animal ¿qué deberíamos decir de las mulas de carga, siempre tirando de un peso
que la sobrepasa y durante jornadas de muchas horas; o de los nobles y hermosos
caballos que pueden morir de un infarto en una de esas carreras para millonarios; o de los gallos de
pelea, cuya ferocidad no queda saciada hasta la muerte del contrincante,
Y es aquí, confundido en esa animalidad que a veces se oculta y a veces brama (no hay
más que ver un partido de fútbol o una corrida de toros para comprobar las
reacciones opuestas de una misma persona, según la circunstancia del partido o
de la lidia) donde surgen estas preguntas
que me dejan perplejo.
¿Con qué derecho, alguien, que se supone que respeta la vida
de un toro puede no respetar la de su lidiador y llamar asesino a quien, fruto de esa tradición a la que antes he aludido es capaz
de jugarse la vida en algo tan vocacional y tan de riesgo como es enfrentarse a
dos pitones y un empuje que nada más pensarlo produce escalofrío? ¿ Cómo puede pensarse que un chavalillo de dieciséis
años, que lleva jugando con el capote desde que tenía tres y ha entrado en una
escuela de tauromaquia para aprender
todas las reglas y normas que además de la propia valía, configuran a un
torero, lo hace convencido de que va a convertirse en un asesino?
Porque, visto así, asesinato es todo lo que se mata por muy
rápidas y modernas que sean las técnicas y por muchas y variadas que sean las
razones: comer, vestir, decorar… Nuestro intelecto es complejo y tanto peca por
permisividad como por fanatismo. Nuestra verdad es relativa porque está en
función de la verdad de los demás. Y el porqué de tantas cosas es tan subjetivo
que le caben todas las interpretaciones
que puedan dársele.
En el caso del toreo hay dos elementos, uno ciclópeo cuya
bravura le hace embestir hasta la muerte y otro que podría catalogarse de intelectual elevado a la categoría de arte,
por alguien cuya ejecución también puede acabar en tragedia. Es, tal vez, la
más equilibrada de las formas de luchar por la propia vida y en la que, sin
negar el sufrimiento que el toro puede padecer en la lidia, tampoco puede
negarse que es una parte intrínseca de
esa bravura natural con la que la naturaleza ha dotado al astado.
Hasta aquí estas reflexiones que pueden ser motivo de otras
nuevas reflexiones. Y es que la vida es una reflexión constante, un ensayo
permanente de algo tan incompleto que nunca concluirá en última página.
lunes, 11 de abril de 2016
MENSAJE EN UNA BOTELLA
Querida mamá:
¿Puedo llamar así a alguien que ha decidido no conocerme? Hoy lo he sabido; no sé si por las reacciones químicas que se han producido en el líquido amniótico en el que esperaba el sorprendente momento de mi salida al mundo exterior, o porque he sentido como mía la punzada de dolor que ha atravesado tu corazón ¿de madre?, ¿o de pobre mujer asustada que no ha sabido reaccionar ante lo que cree adversidad?
No voy a juzgarte, ni siquiera a culparte de que no te atrevas a aceptarme ahora que los médicos te han dicho que no seré un niño normal. (Si alguna vez, la ciencia, es capaz de detectar las anormalidades que existen en las personas normales, no nacerá nadie). Me he contagiado de tu tristeza, de tu decepción, de tu desamparo. Quizás cuando intenten detener mi camino hacia la vida, haya decidido morirme, para no ponerte en la disyuntiva de que tengas que ser tú, pobre mamá, la que tenga que pasar por tan amargo trance.
Pero ahora quiero apurar estos pocos momentos, esta lucidez que parece haber emanado del desgarro que ambos hemos sentido, para dejarte entre las manos la pequeña flor de mi esencia, el estrenado aroma de mi inocencia, el fruto de ese amor con el que me habéis engendrado. Porque no creas que me olvido de papá aunque a él lo sienta menos cercano. Algo tendrá que decir sobre este asunto; aunque los padres, ya se sabe, sienten de otro modo; quizás porque nunca tendrán la dicha de conmoverse con una vida nueva que arañe en sus entrañas.
Pero a ti, mamá, querida mamá, tengo que contarte todo lo que pasa por mi mente. Porque en este momento soy tu pensamiento, tu llanto, tu desesperación. Estamos unidos por el vínculo más íntimo con el que pueden estar unidos dos seres: el cordón umbilical; mi extensión desde tu vida, tu prolongación hacia la mía, pasan por ese pequeño milagro que nos mantiene abrazados desde el mismo instante en que decidiste engendrarme.
Podría empezar por convencerte para que me tengas, pero ¿sería eso, realmente, lo mejor para los dos? Puedo asegurarte que te enamorarías de mí nada más verme; que cuando cogieras mi mano sentirías tal ternura, que ya no podrías soltarla nunca; que mis ojos te buscarían en cada momento de mi existencia como busca el marinero en la noche la luz del faro salvador; que nunca tendrías un compañero más fiel, ni más bueno, ni más solícito. Es cierto que no sería el más listo de la clase, ni el más espabilado, ni el mejor deportista; que mis pasos serían torpes, que me pondría gordo y que la gente te miraría con gesto compasivo. ¡pobre mujer!- dirían- o,¡pobre hijo, tan guapo!
Pero eso, en definitiva, sólo serían palabras , opiniones infundadas de quienes no sabrían lo hermoso de nuestra relación. Porque entre tú y yo, sólo existiría amor. Y el amor salva todas las barreras. ¿Sería yo más barrera por ser como soy, que si tuviera cualquier otro problema no detectado tan prematuramente, o si, ya crecido, entrada en esa vorágine de drogas y mala vida con la que algunos hijos torturan a sus padres?
Yo sólo sabría quererte. Pero parece ser que en esa sociedad avanzada que entre todos habéis conseguido, no cuentan los sentimientos, al menos los sentimientos de quien no tiene opción de defenderse...
A lo peor, lo realmente dramático es que nazca un ser improductivo, o simplemente, que los padres sientan vergüenza de que les haya tocado a ellos, tan listos, tan guapos, la bola negra del sorteo .
Decidas lo que decidas, yo siempre seré ese punto de luz que pudo alumbrar tu existencia.
¿Puedo llamar así a alguien que ha decidido no conocerme? Hoy lo he sabido; no sé si por las reacciones químicas que se han producido en el líquido amniótico en el que esperaba el sorprendente momento de mi salida al mundo exterior, o porque he sentido como mía la punzada de dolor que ha atravesado tu corazón ¿de madre?, ¿o de pobre mujer asustada que no ha sabido reaccionar ante lo que cree adversidad?
No voy a juzgarte, ni siquiera a culparte de que no te atrevas a aceptarme ahora que los médicos te han dicho que no seré un niño normal. (Si alguna vez, la ciencia, es capaz de detectar las anormalidades que existen en las personas normales, no nacerá nadie). Me he contagiado de tu tristeza, de tu decepción, de tu desamparo. Quizás cuando intenten detener mi camino hacia la vida, haya decidido morirme, para no ponerte en la disyuntiva de que tengas que ser tú, pobre mamá, la que tenga que pasar por tan amargo trance.
Pero ahora quiero apurar estos pocos momentos, esta lucidez que parece haber emanado del desgarro que ambos hemos sentido, para dejarte entre las manos la pequeña flor de mi esencia, el estrenado aroma de mi inocencia, el fruto de ese amor con el que me habéis engendrado. Porque no creas que me olvido de papá aunque a él lo sienta menos cercano. Algo tendrá que decir sobre este asunto; aunque los padres, ya se sabe, sienten de otro modo; quizás porque nunca tendrán la dicha de conmoverse con una vida nueva que arañe en sus entrañas.
Pero a ti, mamá, querida mamá, tengo que contarte todo lo que pasa por mi mente. Porque en este momento soy tu pensamiento, tu llanto, tu desesperación. Estamos unidos por el vínculo más íntimo con el que pueden estar unidos dos seres: el cordón umbilical; mi extensión desde tu vida, tu prolongación hacia la mía, pasan por ese pequeño milagro que nos mantiene abrazados desde el mismo instante en que decidiste engendrarme.
Podría empezar por convencerte para que me tengas, pero ¿sería eso, realmente, lo mejor para los dos? Puedo asegurarte que te enamorarías de mí nada más verme; que cuando cogieras mi mano sentirías tal ternura, que ya no podrías soltarla nunca; que mis ojos te buscarían en cada momento de mi existencia como busca el marinero en la noche la luz del faro salvador; que nunca tendrías un compañero más fiel, ni más bueno, ni más solícito. Es cierto que no sería el más listo de la clase, ni el más espabilado, ni el mejor deportista; que mis pasos serían torpes, que me pondría gordo y que la gente te miraría con gesto compasivo. ¡pobre mujer!- dirían- o,¡pobre hijo, tan guapo!
Pero eso, en definitiva, sólo serían palabras , opiniones infundadas de quienes no sabrían lo hermoso de nuestra relación. Porque entre tú y yo, sólo existiría amor. Y el amor salva todas las barreras. ¿Sería yo más barrera por ser como soy, que si tuviera cualquier otro problema no detectado tan prematuramente, o si, ya crecido, entrada en esa vorágine de drogas y mala vida con la que algunos hijos torturan a sus padres?
Yo sólo sabría quererte. Pero parece ser que en esa sociedad avanzada que entre todos habéis conseguido, no cuentan los sentimientos, al menos los sentimientos de quien no tiene opción de defenderse...
A lo peor, lo realmente dramático es que nazca un ser improductivo, o simplemente, que los padres sientan vergüenza de que les haya tocado a ellos, tan listos, tan guapos, la bola negra del sorteo .
Decidas lo que decidas, yo siempre seré ese punto de luz que pudo alumbrar tu existencia.
jueves, 7 de abril de 2016
lunes, 21 de marzo de 2016
DIARIO APÓCRIFO DE UN CONDENADO A MUERTE.
Hora prima.-
Siento frío. La humedad de esta
mazmorra se me cuela en los huesos. Sé que hoy será mi último día. Lo
presiento.
De nuevo, el sol, ha roto el
denso celaje de las tinieblas y una vaga claridad, inunda el cubículo en el
que, junto a otros condenados, aguardo el supremo momento de la crucifixión. Me
gustaría poder ver la plenitud de esta claridad que apenas traspasa los angostos
tragaluces de mi encierro. Me gustaría respirar a pleno pulmón ese aire de
libertad que, graciosamente, se brinda hasta a la más humilde brizna de hierba.
Me gustaría abrazar a mis amigos y decirles lo mucho que su compañía significó
para mí. Me gustaría mirar de frente a los que me han condenado y entender el
porqué de su severo juicio. Me gustaría saber qué ha inducido a uno de mis
mejores amigos a entregarme de manera tan alevosa. )Acaso mi actitud hacia él no fue
siempre la correcta? Me gustaría saber que esta pesadilla pasará de un momento
a otro y que el carcelero abrirá la puerta de la celda pronunciando mi nombre y
anunciando mi libertad. Me gustaría llorar de gratitud por quienes, entendiendo
su error, vinieran a ofrecerme sus disculpas. Me gustaría...
Hora tercia.-
Mis compañeros de celda
bostezan, cantan, maldicen, ríen, suplican... todo de una manera convulsiva;
gritan hasta desgañitarse, convencidos de que nadie hará caso a sus
manifestaciones. Impresionan sus gritos, pero no les tengo miedo; todos estamos
atados, mediante una argolla en el tobillo, a una cadena que nos amarra a la
pared de manera insalvable. Pero estoy como aislado del grupo. Ellos lo saben,
saben que no soy ladrón, ni asesino, ni salteador de caminos. Lo saben por el abatimiento
que me aflige, por la soledad que transmite mi mirada, por la indefensión que
demuestra mi sumisión. )Cómo explicarles que así está
escrito, que mi destino pasa por el amargo trance de una muerte cruenta?
Uno me mira y se ríe. AUn cordero, parece un cordero@ dice entre risotadas a los
demás que corean su ocurrencia. ADéjalo tranquiloA, dice el más cercano a mí, un
hombre de larga barba negra, condenado, como todos a la cruz. A)No ves que no es como nosotros?@ Lo miro con agradecimiento. AHoy estarás conmigo en el
Paraíso@, digo en voz baja, sin
atreverme a desatar las risas de los otros.
Hora sexta.-
Mi corazón está afligido. Por
ti, madre, a quien no he podido demostrar todo el cariño que como hijo te
profeso, cuando tú has demostrado, hasta la abnegación, de lo que es capaz el
amor de una madre. Por ti, padre, que te esforzaste en enseñarme los rudimentos
de tu oficio sin terminar de comprenden que mi destino me llevara por otras
veredas. Por vosotros, amigas y amigos, discípulos bienamados que me seguisteis
sin preguntas y soportasteis a mi lado penurias y privaciones. Mi corazón está
afligido porque el Mundo no ha entendido mi mensaje y al condenarme a mí, no
sólo desoyen mis enseñanzas, también anulan su esperanza. Mi corazón está
afligido porque ha llegado el tiempo de la entrega y aún queda tanto por hacer.
Mi corazón está afligido, porque pronto los cerrojos de mi celda se abrirán
para llevarme hasta ese calvario en el que la multitud pedirá a gritos mi
muerte sin entender que no son mis palabras, sino su incomprensión, la
verdadera razón de mi sacrificio. Mi corazón está afligido porque siento el
frío de mi noche y no sé si sabré soportarlo con la entereza que se me exige.Mi corazón está afligido.
Hora nona.-
El escarnio, la humillación, la
crueldad, el dolor físico, no son, ya, nada. Estoy aquí, clavado en esta Cruz
que las generaciones venideras adorarán, roto por los golpes, extenuado por la
sed, agotado por el sufrimiento. Y aún percibo la belleza crepuscular de esta
hora final de mi existencia. Como si con ello quisieras, Padre, darme a
entender que la perfección está al otro lado, en esa ribera en la que la vida comienza a tener dimensión de
eternidad.
.
Hubiera podido renunciar a mis
creencias, a mis prédicas; dar la vuelta a las adversidades que has puesto en
mi camino. Hubiera podido venderme a los poderosos, aceptar sus dádivas,
disfrutar en sus cenáculos, gozar de sus placeres. Porque en nada me hiciste
distinto a ellos. Pero no hubiera sido digno hijo de mi Padre si no hubiera
ejecutado su mandato sin temor a las consecuencias. Por eso estoy aquí, en la
cruz de los condenados, para que tu voluntad se vea cumplida a través de la
debilidad de mi carne.
Perdónalos, porque no saben lo
que hacen. Aunque demuestren seguridad en sus actos, aunque su efímero poder
les haga creerse en posesión de la verdad. Aunque sus leyes, promulgadas en
base a los intereses de privilegiados dictadores, les impida ver lo injusto de
mi condena. Perdónalos, porque no es el odio hacia mí el que les hace dar este
paso, sino el miedo a perder sus privilegios, su potestad, su conquistada
parcela de bienestar. Al oír que yo anunciaba tu Reino se han removido en sus
asientos. Me han tomado por un loco o, lo que es peor, por un conspirador. No
han sabido descubrir la trascendencia de mis palabras. Perdónalos, Padre,
porque aún no saben lo que hacen.
Final.-
En tus manos encomiendo mi
espíritu. Un espíritu fortalecido a base de renuncias, de sacrificios, de
voluntad. Hubiera sido fácil sucumbir, pues, como hombre, he sentido miedo,
debilidad, deseos de romper tus sagradas ataduras. Pero ya ves, estoy aquí en esta
entrega final que me exiges, superados los miedos, consumada mi existencia en
base a tus designios. Nada, en apariencia, me diferencia de estos hombres que a
mi lado han seguido mi propia suerte . Sólo tu luz dulcifica este instante de
soledad en el que voy perdiendo la consciencia...
domingo, 28 de febrero de 2016
HOY LA MANCHA ES AZUL.
Hoy podría ser uno de esos días redentores en los que la
naturaleza se pone de acuerdo para que la primavera entre con esplendor
inusitado por estos campos de la Mancha cubiertos ahora de un verde pajizo y desangelado que esperaba
la llegada de la lluvia como único remedio para su recuperación.
Es un día feo, podríamos decir dado el frío, la lluvia
parsimoniosa y el gris plomizo de un cielo acostumbrado al azul inmaculado.
Pero visto desde otra perspectiva es un día hermoso; un día de esos en los que no ha
sido pródigo el benigno invierno que adelantó la floración de los almendros al
mes de Diciembre y no permitió que la savia gozara de su invernal descanso. Hoy
el agua, si persiste, borrará el amarillento despuntar de las tímidas
sementeras y pondrá color en las laderas de la sierra, en los montículos que
forman las norias abandonadas, en los caminos serpenteantes y áridos, en las
riberas de los ríos que por un tiempo volverán a recibir las aguas que les
niegan los pantanos. Hoy es un día hermoso en el que la climatología volverá a
prestar color a esta Mancha parda en exceso, pero que tierra al fin parturienta,
sólo espera la ocasión propicia para mostrarse en toda su belleza.
Hoy sería un día para que uno de mis viejos poemas nos
mostrara el color de la esperanza.
1
Hoy la Mancha es azul;
-dejadme que imagine
colores a la estepa -
azul casi de lienzo.
Y verde de liturgia.
Y rojo de osadía.
Que ya no es la cardencha
la flor de los humildes...
Se ha vestido de fiesta
este rincón del Mundo
y lo ha poblado Mayo
de colores purísimos.
Hoy la Mancha revienta de contrastes
bajo el azul preciso de una tarde
de efluvios monacales;
bajo el silencio denso de unos campos
de inmensas sementeras,
bajo el rumor del agua que ha devuelto
la luz a nuestras vidas,
bajo la arcilla roja donde anidan
raudales de esperanza...
Hoy la Mancha es distinta,
dejadme que la cante
sin miedos ancestrales;
que la muestre en mis versos
con ésta nueva imagen.
Mirad esas llanuras de malvas y amarillos
donde Van Gogh copiara la fuerza de sus campos;
son simples pensamientos que nacen del secreto
de una tierra que anhela demostrarnos su afecto,
son pequeños instantes de luz desmenuzada
para alfombrar un suelo tantas veces sediento.
Mirad los humedales meciéndose en un sueño,
mirad como se pueblan los nidos de promesas,
mirad como despiertan aromas olvidados...
Mirad como es la Mancha en este nuevo génesis.
2
Hoy la Mancha es azul ,
lo dice la mirada de sus gentes:
campesinos quemados por un cierzo
que se cuela en los huesos,
segadores de avena que dejaron
los haces en la orilla,
jornaleros curtidos por mil años
de sol e incertidumbre;
artesanos , mineros, mercaderes,
pintores o poetas;
toneleros, orfebres ,ceramistas,
insignes personajes ,
que dejaron la impronta de su genio
en estas soledumbres
mientras iba fraguándose el arrojo
de Alonso de Quijano.
Hoy la Mancha se ha puesto su vestido
de pequeñas guirnaldas
y se siente capaz de las proezas
que antaño le negaron
quienes no sospecharon que esta tierra
rayaba el infinito.
Hoy la Mancha es azul
-dejad que sueñe
que ha venido la lluvia a despertarnos
de un letargo de siglos
y se encuentran sus gentes trascendidas,
como en una catarsis-.
Mirad la historia rancia de estos pueblos manchegos
que aún conservan la esencia de pasadas grandezas
y veréis como el alma recupera su espacio
en esta apoteosis de tierra resurrecta.
Mirad sus soportales , sus plazas , sus escudos,
sus casas solariegas de sabia arquitectura,
sus patios sombreados, sus cálidas despensas…
Mirad como rezuma la cal de su nobleza.
3
Hoy la Mancha es azul
- dulce promesa -,
que una lluvia fecunda y redentora
ha roto el maleficio.
Ya recorren las aguas sus veneros
llenándola de vida,
y los ríos remontan por su cauce
caricias olvidadas,
ya se pueblan, frondosos, los viñedos
de pámpanas inquietas
que a la brisa de mayo le susurran
secretos ancestrales.
Hoy la mancha es azul,
en cada plaza,
en cada pueblo blanco donde el alma
se viste de esperanza,
en la espadaña altiva donde anidan
las místicas cigüeñas,
en el ocaso puro de esta tarde
cuajada de nostalgia,
en la serena imagen de unas crestas
pobladas de molinos,
en la canción de vida que se eleva
en cándida plegaria
de todos los rincones de esta tierra
sufrida y milenaria.
Mirad esas lagunas nacidas del misterio
de un río que se oculta celoso de su imagen ,
mirad sus encinares de recia consistencia
tan serenos y eternos como el mismo silencio,
mirad la flor del agua que inquieta y rumorosa
se agita en las espumas de un lúdico secreto...
mirad la tierra madre
pariendo a borbollones
el fruto de su vientre preñado y libertario.
Mirad - solo un instante - esta Mancha que os muestro.
Que hoy Dios
ha descendido a darnos un abrazo.
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