Miro mi fichero en el ordenador. Cientos de trabajos escritos: Poemas sueltos, libros a medio construir, artículos, relatos, cartas... Todo mi mundo aquí, en un decímetro cuadrado de superficie con un grosor de dos milímetros. Y aún caben más y más trabajos; más de los que podré ser capaz de escribir en todo lo que me resta de vida. Cómo es posible, me digo, reducir a tan escaso espacio el desarrollo mental de una vida. Si las palabras pesaran, serían toneladas las que yo habré utilizado, no sé si bien o mal, en este divertimento que supone contarle a un papel mis interioridades. Si ocuparan espacio, necesitaría una nave de las del Polígono Industrial para irlas apilando sobre sólidos palés; si contaminaran dejarían sobre la cal de las paredes reguerillos negros como de tinta china en vías de descomposición; si se agitaran, derribarían paredes y edificios enteros en su afán de expansión incontrolada.
Y sin embargo están aquí. En el bolsillo de mi chaqueta, en una minúscula porción de plástico que cabe en mi mano. Inofensivas, quietas, inservibles para quienes esperan milagros de las palabras de los otros.
Ni que decir tiene que a mí me han servido. Porque son mías y porque las he utilizado del modo que me ha apetecido. De este modo, me he recreado en su lectura, y porque las he hecho para mi propia complacencia, me he sentido complacido. Esto, que puede sonar impertinente, es así en todos los que escriben. La primera satisfacción que produce un escrito es para su autor; como una comida para quien la cocina, o un cuadro para el pintor que lo ha imaginado. Después está el servicio a la literatura, a la humanidad, a las ideas. Así es en las grandes obras de los grandes autores. Pongamos a Cervantes recreándose con las sombras de su subconsciente, divirtiéndose con personajes estereotípados a los que, además, ridiculizó o engrandeció en función de su oficio de escritor. Cervantes, como todos, se habla a sí mismo; se cuenta historias para pasar el tiempo, ese tiempo que sobra después que se ha utilizado el que da para comer, salvo que esa función esté cubierta sin necesidad del esfuerzo personal y diario. Pongamos a Pessoa, confeccionando su Libro del Desasosiego, recreándose en sus divagaciones, en sus abstracciones, en su metafísica. Pongamos a Saramago relatando su visión humana de los acontecimientos más relevantes del Cristianismo. Pongamos a Carlos Marx interpretando las funciones del Capital.
¿Quién duda que todos ellos atendieron a una necesidad de su espíritu? ¿Y quién duda de que ese espíritu, en su minúscula parcela creativa intenta emular el placer del Gran Creador, en el gozo supremo de sentirse hacedor?
Y porque cada cual utiliza sus propias palabras para sentirse pleno sobre la tierra, no valen de mucho las de los demás. Si no es, porque todos repiten las básicas, las imprescindibles para subsistir, pocas en definitiva, no se explica que el Mundo siga inmerso en un caos de destrucción y muerte. Si la palabra tuviera esa fuerza que todos le atribuimos no sería necesario estar repitiendo incesantemente mensajes y consignas que resbalan y adormecen a quienes no sienten sobre sí su fuerza o su fiereza.
La palabra es un lujo y como tal la utilizan quienes saben manejarla. Lástima que tanta floritura sea tan parcial y subjetiva como para poder ser desmitificada con más palabras.
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domingo, 31 de julio de 2016
martes, 19 de julio de 2016
ENSAYO SOBRE EL PORQUÉ.
ENSAYO SOBRE EL PORQUÉ.
Cuando el ser humano se plantea una cuestión, sea de la
índole que sea, caben varias posibilidades, entre ellas la de aceptación o
rechazo. Así habrá quien prefiera el pescado a la carne, o viceversa; quien
piense que Dios existe y quien lo dude; quien prefiera el futbol al balonmano,
la música clásica al pop; el desfile del
orgullo gay a la marginación por un sexualidad distinta; el aborto a la
concepción; la caza a la defensa de los animales, el blanco al negro , el día a
la noche.
Y eso, pese a los matices con los que cualquiera pueda
defender unas u otras posturas, es un derecho natural, fruto de una
sociedad libre, plural y democrática. De
no entenderlo así, podríamos caer en un fanatismo intolerante que, pese a ser
otra forma de verlo, atenta contra las libertades del prójimo.
Y no parece justo, ni ético, ni razonable, manifestar el
rechazo como si de un odio visceral se tratase
porque por esa regla de tres , volveríamos , no ya a las cavernas, que
nadie sabe si la animalidad parte de la falta de leyes o es una condición del
ser humano, sino al egoísmo más abyecto
y aniquilador.
Los pueblos tienen sus culturas, sus tradiciones, sus
costumbres. No negaré que algunas pueden resultar, cuando menos, pintorescas,
abusivas, raras, brutales. Pero han llegado hasta nosotros por una inercia de
siglos que las ha hecho parte de nuestra idiosincrasia. LO que para unos puede
resultar asesinato, para otros es arte. ¿Quién llevará la razón? Cuando se asa
un lechón, de cuya inocencia nadie duda, y se hace porciones con un plato para
demostrar su terneza, o se engordan animales enjaulados con el único fin de que
aumenten rápidamente su peso para que dé más producción en la venta de su
carne, o se hace contrabando con el marfil de los elefantes, o se exhibe como
triunfo el diente de un tiburón, o un bolso de piel de cocodrilo (de ese que en
un descuido puede engullirte sin más), sólo estamos demostrando que la
animalidad también es una condición de la raza humana. Que la alimentación
programada, la cultura gastronómica, la diversidad de alimentos, y formas en las que los podemos ingerir, han
adormecido parte de esa animalidad que, en caso de urgencia, podría volverse a
despertar.
Y fruto de esa cultura (y que nadie se rasgue las
vestiduras, porque la definición de cultura es mucho más amplia que las cortas
miras de algunos) es la existencia de determinado tipo de animales mantenidos
exclusivamente para desempeñar una función ¿social?. Así el cerdo vive a cuerpo
de rey hasta la hora de la matanza; los animales domésticos son tratados como
propios hasta que llega la hora de retorcerles el cuello. Los erales pastan en
la dehesa con toda una pradera por
horizonte. Animales que de no ser así, se hubiera extinguido como los
dinosaurios.
Si nos fijamos en las formas de degradación o explotación
animal ¿qué deberíamos decir de las mulas de carga, siempre tirando de un peso
que la sobrepasa y durante jornadas de muchas horas; o de los nobles y hermosos
caballos que pueden morir de un infarto en una de esas carreras para millonarios; o de los gallos de
pelea, cuya ferocidad no queda saciada hasta la muerte del contrincante,
Y es aquí, confundido en esa animalidad que a veces se oculta y a veces brama (no hay
más que ver un partido de fútbol o una corrida de toros para comprobar las
reacciones opuestas de una misma persona, según la circunstancia del partido o
de la lidia) donde surgen estas preguntas
que me dejan perplejo.
¿Con qué derecho, alguien, que se supone que respeta la vida
de un toro puede no respetar la de su lidiador y llamar asesino a quien, fruto de esa tradición a la que antes he aludido es capaz
de jugarse la vida en algo tan vocacional y tan de riesgo como es enfrentarse a
dos pitones y un empuje que nada más pensarlo produce escalofrío? ¿ Cómo puede pensarse que un chavalillo de dieciséis
años, que lleva jugando con el capote desde que tenía tres y ha entrado en una
escuela de tauromaquia para aprender
todas las reglas y normas que además de la propia valía, configuran a un
torero, lo hace convencido de que va a convertirse en un asesino?
Porque, visto así, asesinato es todo lo que se mata por muy
rápidas y modernas que sean las técnicas y por muchas y variadas que sean las
razones: comer, vestir, decorar… Nuestro intelecto es complejo y tanto peca por
permisividad como por fanatismo. Nuestra verdad es relativa porque está en
función de la verdad de los demás. Y el porqué de tantas cosas es tan subjetivo
que le caben todas las interpretaciones
que puedan dársele.
En el caso del toreo hay dos elementos, uno ciclópeo cuya
bravura le hace embestir hasta la muerte y otro que podría catalogarse de intelectual elevado a la categoría de arte,
por alguien cuya ejecución también puede acabar en tragedia. Es, tal vez, la
más equilibrada de las formas de luchar por la propia vida y en la que, sin
negar el sufrimiento que el toro puede padecer en la lidia, tampoco puede
negarse que es una parte intrínseca de
esa bravura natural con la que la naturaleza ha dotado al astado.
Hasta aquí estas reflexiones que pueden ser motivo de otras
nuevas reflexiones. Y es que la vida es una reflexión constante, un ensayo
permanente de algo tan incompleto que nunca concluirá en última página.
lunes, 11 de abril de 2016
MENSAJE EN UNA BOTELLA
Querida mamá:
¿Puedo llamar así a alguien que ha decidido no conocerme? Hoy lo he sabido; no sé si por las reacciones químicas que se han producido en el líquido amniótico en el que esperaba el sorprendente momento de mi salida al mundo exterior, o porque he sentido como mía la punzada de dolor que ha atravesado tu corazón ¿de madre?, ¿o de pobre mujer asustada que no ha sabido reaccionar ante lo que cree adversidad?
No voy a juzgarte, ni siquiera a culparte de que no te atrevas a aceptarme ahora que los médicos te han dicho que no seré un niño normal. (Si alguna vez, la ciencia, es capaz de detectar las anormalidades que existen en las personas normales, no nacerá nadie). Me he contagiado de tu tristeza, de tu decepción, de tu desamparo. Quizás cuando intenten detener mi camino hacia la vida, haya decidido morirme, para no ponerte en la disyuntiva de que tengas que ser tú, pobre mamá, la que tenga que pasar por tan amargo trance.
Pero ahora quiero apurar estos pocos momentos, esta lucidez que parece haber emanado del desgarro que ambos hemos sentido, para dejarte entre las manos la pequeña flor de mi esencia, el estrenado aroma de mi inocencia, el fruto de ese amor con el que me habéis engendrado. Porque no creas que me olvido de papá aunque a él lo sienta menos cercano. Algo tendrá que decir sobre este asunto; aunque los padres, ya se sabe, sienten de otro modo; quizás porque nunca tendrán la dicha de conmoverse con una vida nueva que arañe en sus entrañas.
Pero a ti, mamá, querida mamá, tengo que contarte todo lo que pasa por mi mente. Porque en este momento soy tu pensamiento, tu llanto, tu desesperación. Estamos unidos por el vínculo más íntimo con el que pueden estar unidos dos seres: el cordón umbilical; mi extensión desde tu vida, tu prolongación hacia la mía, pasan por ese pequeño milagro que nos mantiene abrazados desde el mismo instante en que decidiste engendrarme.
Podría empezar por convencerte para que me tengas, pero ¿sería eso, realmente, lo mejor para los dos? Puedo asegurarte que te enamorarías de mí nada más verme; que cuando cogieras mi mano sentirías tal ternura, que ya no podrías soltarla nunca; que mis ojos te buscarían en cada momento de mi existencia como busca el marinero en la noche la luz del faro salvador; que nunca tendrías un compañero más fiel, ni más bueno, ni más solícito. Es cierto que no sería el más listo de la clase, ni el más espabilado, ni el mejor deportista; que mis pasos serían torpes, que me pondría gordo y que la gente te miraría con gesto compasivo. ¡pobre mujer!- dirían- o,¡pobre hijo, tan guapo!
Pero eso, en definitiva, sólo serían palabras , opiniones infundadas de quienes no sabrían lo hermoso de nuestra relación. Porque entre tú y yo, sólo existiría amor. Y el amor salva todas las barreras. ¿Sería yo más barrera por ser como soy, que si tuviera cualquier otro problema no detectado tan prematuramente, o si, ya crecido, entrada en esa vorágine de drogas y mala vida con la que algunos hijos torturan a sus padres?
Yo sólo sabría quererte. Pero parece ser que en esa sociedad avanzada que entre todos habéis conseguido, no cuentan los sentimientos, al menos los sentimientos de quien no tiene opción de defenderse...
A lo peor, lo realmente dramático es que nazca un ser improductivo, o simplemente, que los padres sientan vergüenza de que les haya tocado a ellos, tan listos, tan guapos, la bola negra del sorteo .
Decidas lo que decidas, yo siempre seré ese punto de luz que pudo alumbrar tu existencia.
¿Puedo llamar así a alguien que ha decidido no conocerme? Hoy lo he sabido; no sé si por las reacciones químicas que se han producido en el líquido amniótico en el que esperaba el sorprendente momento de mi salida al mundo exterior, o porque he sentido como mía la punzada de dolor que ha atravesado tu corazón ¿de madre?, ¿o de pobre mujer asustada que no ha sabido reaccionar ante lo que cree adversidad?
No voy a juzgarte, ni siquiera a culparte de que no te atrevas a aceptarme ahora que los médicos te han dicho que no seré un niño normal. (Si alguna vez, la ciencia, es capaz de detectar las anormalidades que existen en las personas normales, no nacerá nadie). Me he contagiado de tu tristeza, de tu decepción, de tu desamparo. Quizás cuando intenten detener mi camino hacia la vida, haya decidido morirme, para no ponerte en la disyuntiva de que tengas que ser tú, pobre mamá, la que tenga que pasar por tan amargo trance.
Pero ahora quiero apurar estos pocos momentos, esta lucidez que parece haber emanado del desgarro que ambos hemos sentido, para dejarte entre las manos la pequeña flor de mi esencia, el estrenado aroma de mi inocencia, el fruto de ese amor con el que me habéis engendrado. Porque no creas que me olvido de papá aunque a él lo sienta menos cercano. Algo tendrá que decir sobre este asunto; aunque los padres, ya se sabe, sienten de otro modo; quizás porque nunca tendrán la dicha de conmoverse con una vida nueva que arañe en sus entrañas.
Pero a ti, mamá, querida mamá, tengo que contarte todo lo que pasa por mi mente. Porque en este momento soy tu pensamiento, tu llanto, tu desesperación. Estamos unidos por el vínculo más íntimo con el que pueden estar unidos dos seres: el cordón umbilical; mi extensión desde tu vida, tu prolongación hacia la mía, pasan por ese pequeño milagro que nos mantiene abrazados desde el mismo instante en que decidiste engendrarme.
Podría empezar por convencerte para que me tengas, pero ¿sería eso, realmente, lo mejor para los dos? Puedo asegurarte que te enamorarías de mí nada más verme; que cuando cogieras mi mano sentirías tal ternura, que ya no podrías soltarla nunca; que mis ojos te buscarían en cada momento de mi existencia como busca el marinero en la noche la luz del faro salvador; que nunca tendrías un compañero más fiel, ni más bueno, ni más solícito. Es cierto que no sería el más listo de la clase, ni el más espabilado, ni el mejor deportista; que mis pasos serían torpes, que me pondría gordo y que la gente te miraría con gesto compasivo. ¡pobre mujer!- dirían- o,¡pobre hijo, tan guapo!
Pero eso, en definitiva, sólo serían palabras , opiniones infundadas de quienes no sabrían lo hermoso de nuestra relación. Porque entre tú y yo, sólo existiría amor. Y el amor salva todas las barreras. ¿Sería yo más barrera por ser como soy, que si tuviera cualquier otro problema no detectado tan prematuramente, o si, ya crecido, entrada en esa vorágine de drogas y mala vida con la que algunos hijos torturan a sus padres?
Yo sólo sabría quererte. Pero parece ser que en esa sociedad avanzada que entre todos habéis conseguido, no cuentan los sentimientos, al menos los sentimientos de quien no tiene opción de defenderse...
A lo peor, lo realmente dramático es que nazca un ser improductivo, o simplemente, que los padres sientan vergüenza de que les haya tocado a ellos, tan listos, tan guapos, la bola negra del sorteo .
Decidas lo que decidas, yo siempre seré ese punto de luz que pudo alumbrar tu existencia.
jueves, 7 de abril de 2016
lunes, 21 de marzo de 2016
DIARIO APÓCRIFO DE UN CONDENADO A MUERTE.
Hora prima.-
Siento frío. La humedad de esta
mazmorra se me cuela en los huesos. Sé que hoy será mi último día. Lo
presiento.
De nuevo, el sol, ha roto el
denso celaje de las tinieblas y una vaga claridad, inunda el cubículo en el
que, junto a otros condenados, aguardo el supremo momento de la crucifixión. Me
gustaría poder ver la plenitud de esta claridad que apenas traspasa los angostos
tragaluces de mi encierro. Me gustaría respirar a pleno pulmón ese aire de
libertad que, graciosamente, se brinda hasta a la más humilde brizna de hierba.
Me gustaría abrazar a mis amigos y decirles lo mucho que su compañía significó
para mí. Me gustaría mirar de frente a los que me han condenado y entender el
porqué de su severo juicio. Me gustaría saber qué ha inducido a uno de mis
mejores amigos a entregarme de manera tan alevosa. )Acaso mi actitud hacia él no fue
siempre la correcta? Me gustaría saber que esta pesadilla pasará de un momento
a otro y que el carcelero abrirá la puerta de la celda pronunciando mi nombre y
anunciando mi libertad. Me gustaría llorar de gratitud por quienes, entendiendo
su error, vinieran a ofrecerme sus disculpas. Me gustaría...
Hora tercia.-
Mis compañeros de celda
bostezan, cantan, maldicen, ríen, suplican... todo de una manera convulsiva;
gritan hasta desgañitarse, convencidos de que nadie hará caso a sus
manifestaciones. Impresionan sus gritos, pero no les tengo miedo; todos estamos
atados, mediante una argolla en el tobillo, a una cadena que nos amarra a la
pared de manera insalvable. Pero estoy como aislado del grupo. Ellos lo saben,
saben que no soy ladrón, ni asesino, ni salteador de caminos. Lo saben por el abatimiento
que me aflige, por la soledad que transmite mi mirada, por la indefensión que
demuestra mi sumisión. )Cómo explicarles que así está
escrito, que mi destino pasa por el amargo trance de una muerte cruenta?
Uno me mira y se ríe. AUn cordero, parece un cordero@ dice entre risotadas a los
demás que corean su ocurrencia. ADéjalo tranquiloA, dice el más cercano a mí, un
hombre de larga barba negra, condenado, como todos a la cruz. A)No ves que no es como nosotros?@ Lo miro con agradecimiento. AHoy estarás conmigo en el
Paraíso@, digo en voz baja, sin
atreverme a desatar las risas de los otros.
Hora sexta.-
Mi corazón está afligido. Por
ti, madre, a quien no he podido demostrar todo el cariño que como hijo te
profeso, cuando tú has demostrado, hasta la abnegación, de lo que es capaz el
amor de una madre. Por ti, padre, que te esforzaste en enseñarme los rudimentos
de tu oficio sin terminar de comprenden que mi destino me llevara por otras
veredas. Por vosotros, amigas y amigos, discípulos bienamados que me seguisteis
sin preguntas y soportasteis a mi lado penurias y privaciones. Mi corazón está
afligido porque el Mundo no ha entendido mi mensaje y al condenarme a mí, no
sólo desoyen mis enseñanzas, también anulan su esperanza. Mi corazón está
afligido porque ha llegado el tiempo de la entrega y aún queda tanto por hacer.
Mi corazón está afligido, porque pronto los cerrojos de mi celda se abrirán
para llevarme hasta ese calvario en el que la multitud pedirá a gritos mi
muerte sin entender que no son mis palabras, sino su incomprensión, la
verdadera razón de mi sacrificio. Mi corazón está afligido porque siento el
frío de mi noche y no sé si sabré soportarlo con la entereza que se me exige.Mi corazón está afligido.
Hora nona.-
El escarnio, la humillación, la
crueldad, el dolor físico, no son, ya, nada. Estoy aquí, clavado en esta Cruz
que las generaciones venideras adorarán, roto por los golpes, extenuado por la
sed, agotado por el sufrimiento. Y aún percibo la belleza crepuscular de esta
hora final de mi existencia. Como si con ello quisieras, Padre, darme a
entender que la perfección está al otro lado, en esa ribera en la que la vida comienza a tener dimensión de
eternidad.
.
Hubiera podido renunciar a mis
creencias, a mis prédicas; dar la vuelta a las adversidades que has puesto en
mi camino. Hubiera podido venderme a los poderosos, aceptar sus dádivas,
disfrutar en sus cenáculos, gozar de sus placeres. Porque en nada me hiciste
distinto a ellos. Pero no hubiera sido digno hijo de mi Padre si no hubiera
ejecutado su mandato sin temor a las consecuencias. Por eso estoy aquí, en la
cruz de los condenados, para que tu voluntad se vea cumplida a través de la
debilidad de mi carne.
Perdónalos, porque no saben lo
que hacen. Aunque demuestren seguridad en sus actos, aunque su efímero poder
les haga creerse en posesión de la verdad. Aunque sus leyes, promulgadas en
base a los intereses de privilegiados dictadores, les impida ver lo injusto de
mi condena. Perdónalos, porque no es el odio hacia mí el que les hace dar este
paso, sino el miedo a perder sus privilegios, su potestad, su conquistada
parcela de bienestar. Al oír que yo anunciaba tu Reino se han removido en sus
asientos. Me han tomado por un loco o, lo que es peor, por un conspirador. No
han sabido descubrir la trascendencia de mis palabras. Perdónalos, Padre,
porque aún no saben lo que hacen.
Final.-
En tus manos encomiendo mi
espíritu. Un espíritu fortalecido a base de renuncias, de sacrificios, de
voluntad. Hubiera sido fácil sucumbir, pues, como hombre, he sentido miedo,
debilidad, deseos de romper tus sagradas ataduras. Pero ya ves, estoy aquí en esta
entrega final que me exiges, superados los miedos, consumada mi existencia en
base a tus designios. Nada, en apariencia, me diferencia de estos hombres que a
mi lado han seguido mi propia suerte . Sólo tu luz dulcifica este instante de
soledad en el que voy perdiendo la consciencia...
domingo, 28 de febrero de 2016
HOY LA MANCHA ES AZUL.
Hoy podría ser uno de esos días redentores en los que la
naturaleza se pone de acuerdo para que la primavera entre con esplendor
inusitado por estos campos de la Mancha cubiertos ahora de un verde pajizo y desangelado que esperaba
la llegada de la lluvia como único remedio para su recuperación.
Es un día feo, podríamos decir dado el frío, la lluvia
parsimoniosa y el gris plomizo de un cielo acostumbrado al azul inmaculado.
Pero visto desde otra perspectiva es un día hermoso; un día de esos en los que no ha
sido pródigo el benigno invierno que adelantó la floración de los almendros al
mes de Diciembre y no permitió que la savia gozara de su invernal descanso. Hoy
el agua, si persiste, borrará el amarillento despuntar de las tímidas
sementeras y pondrá color en las laderas de la sierra, en los montículos que
forman las norias abandonadas, en los caminos serpenteantes y áridos, en las
riberas de los ríos que por un tiempo volverán a recibir las aguas que les
niegan los pantanos. Hoy es un día hermoso en el que la climatología volverá a
prestar color a esta Mancha parda en exceso, pero que tierra al fin parturienta,
sólo espera la ocasión propicia para mostrarse en toda su belleza.
Hoy sería un día para que uno de mis viejos poemas nos
mostrara el color de la esperanza.
1
Hoy la Mancha es azul;
-dejadme que imagine
colores a la estepa -
azul casi de lienzo.
Y verde de liturgia.
Y rojo de osadía.
Que ya no es la cardencha
la flor de los humildes...
Se ha vestido de fiesta
este rincón del Mundo
y lo ha poblado Mayo
de colores purísimos.
Hoy la Mancha revienta de contrastes
bajo el azul preciso de una tarde
de efluvios monacales;
bajo el silencio denso de unos campos
de inmensas sementeras,
bajo el rumor del agua que ha devuelto
la luz a nuestras vidas,
bajo la arcilla roja donde anidan
raudales de esperanza...
Hoy la Mancha es distinta,
dejadme que la cante
sin miedos ancestrales;
que la muestre en mis versos
con ésta nueva imagen.
Mirad esas llanuras de malvas y amarillos
donde Van Gogh copiara la fuerza de sus campos;
son simples pensamientos que nacen del secreto
de una tierra que anhela demostrarnos su afecto,
son pequeños instantes de luz desmenuzada
para alfombrar un suelo tantas veces sediento.
Mirad los humedales meciéndose en un sueño,
mirad como se pueblan los nidos de promesas,
mirad como despiertan aromas olvidados...
Mirad como es la Mancha en este nuevo génesis.
2
Hoy la Mancha es azul ,
lo dice la mirada de sus gentes:
campesinos quemados por un cierzo
que se cuela en los huesos,
segadores de avena que dejaron
los haces en la orilla,
jornaleros curtidos por mil años
de sol e incertidumbre;
artesanos , mineros, mercaderes,
pintores o poetas;
toneleros, orfebres ,ceramistas,
insignes personajes ,
que dejaron la impronta de su genio
en estas soledumbres
mientras iba fraguándose el arrojo
de Alonso de Quijano.
Hoy la Mancha se ha puesto su vestido
de pequeñas guirnaldas
y se siente capaz de las proezas
que antaño le negaron
quienes no sospecharon que esta tierra
rayaba el infinito.
Hoy la Mancha es azul
-dejad que sueñe
que ha venido la lluvia a despertarnos
de un letargo de siglos
y se encuentran sus gentes trascendidas,
como en una catarsis-.
Mirad la historia rancia de estos pueblos manchegos
que aún conservan la esencia de pasadas grandezas
y veréis como el alma recupera su espacio
en esta apoteosis de tierra resurrecta.
Mirad sus soportales , sus plazas , sus escudos,
sus casas solariegas de sabia arquitectura,
sus patios sombreados, sus cálidas despensas…
Mirad como rezuma la cal de su nobleza.
3
Hoy la Mancha es azul
- dulce promesa -,
que una lluvia fecunda y redentora
ha roto el maleficio.
Ya recorren las aguas sus veneros
llenándola de vida,
y los ríos remontan por su cauce
caricias olvidadas,
ya se pueblan, frondosos, los viñedos
de pámpanas inquietas
que a la brisa de mayo le susurran
secretos ancestrales.
Hoy la mancha es azul,
en cada plaza,
en cada pueblo blanco donde el alma
se viste de esperanza,
en la espadaña altiva donde anidan
las místicas cigüeñas,
en el ocaso puro de esta tarde
cuajada de nostalgia,
en la serena imagen de unas crestas
pobladas de molinos,
en la canción de vida que se eleva
en cándida plegaria
de todos los rincones de esta tierra
sufrida y milenaria.
Mirad esas lagunas nacidas del misterio
de un río que se oculta celoso de su imagen ,
mirad sus encinares de recia consistencia
tan serenos y eternos como el mismo silencio,
mirad la flor del agua que inquieta y rumorosa
se agita en las espumas de un lúdico secreto...
mirad la tierra madre
pariendo a borbollones
el fruto de su vientre preñado y libertario.
Mirad - solo un instante - esta Mancha que os muestro.
Que hoy Dios
ha descendido a darnos un abrazo.
lunes, 22 de febrero de 2016
LA CIUDAD.
LA CIUDAD.
1
La ciudad ha amanecido gris, con un deje mortecino en el ambiente; la lluvia repica en el asfalto impasible y opaco. La ciudad cobra ahora un aspecto de huérfana que se hubiera quedado sin cenar esta noche. No es que sean más tristes las gentes esta mañana, es que las gentes tristes se dan cuenta de su aguda tristeza y dejan sus destartaladas buhardillas o sus míseras pensiones con el ánima a ras de suelo, mientras la esperanza bosteza intentando desasirse de la tela que, a su alrededor y durante siglos han urdido las arañas
.
Hay mucha gente triste en la ciudad; gente que añora un tiempo de esplendor, gente que aún no ha podido conseguir un trabajo; gente que vive pendiente de un canuto, de un pinchazo, de un instante de evasión;- eso es; la evasión es el origen de la dependencia-; gente que mendiga, que roba, que pulula, por este inmenso solar en busca de un reflejo en el que encontrarse. Y en esta mañana triste en la que el agua chapotea en el asfalto impasible y opaco, se agigantan los miedos, la soledad, la incertidumbre, las ansias por encontrar esa estabilidad, esa salida, esa felicidad que, aparentemente, se adivina en los ojos del vecino, pero que , con toda seguridad. el vecino intentará adivinar en los nuestros.
Pero no solo los marginados son tristes esta mañana; también los acomodados sienten que la "grisura" se les cuela en los huesos. También los que tienen una ocupación cotidiana sienten el hastío subiendo sangre arriba hasta enquistarse en el hueco de la desesperanza, que puede ser el corazón o el estómago, que vaya usted a saber desde dónde llegan esos inoportunos reflejos hasta el cerebro. Esta mañana, acaso porque el calendario señala martes y trece, o porque realmente en el ambiente flotan iones negativos, se han producido trastornos en el ánimo de las gentes; y el taxista reniega del tráfico, el comerciante se lamenta de la crisis, al portero del hotel le molesta el cuello alzado, al sacerdote le gustaría que suprimieran el celibato, a los médicos les inquieta el alboroto de la sala de espera, a las putas se les corre el rímel, a los barrenderos les pesa el cepillo, a los estudiantes les asusta el profesor de cálculo, el policía maldice en su silbato a todos los conductores que, mira por donde, hoy parecen principiantes...
Y así podríamos enumerar a toda esta ingente masa que cohabita en la ciudad y que en constante acelero transita de aquí para allá como si le fuera en ello la vida . Porque en la ciudad no hay lugar para el relajo, ni siquiera en los días en los que parece que el tiempo invita a detenerse. Antes al contrario, todo parece amontonarse, como si la maquinaria que mueve el pulso urbano perdiera algún diente del engranaje y se produjera, irremediable, el caos.
En cambio los pájaros alardean como nunca, y los árboles parecen más lozanos; y no hay ardillas, ni conejos, ni perdices; pero si las hubiera, sentirían que la vida les regala este día en el que el aire se purifica con aromas de sierra y de jarales. Y la tierra, procaz y parturienta, daría a luz nuevos brotes de su vientre fecundo; ni un ruido diferente rompería la armonía o el pulso de la vida, de esa vida inocente que se basta a sí misma.
Pero esto es la ciudad; el lugar donde los humanos se arraciman y viven colgados los unos de los otros en altos edificios de cemento, simétricos y exactos, desde los que la miseria cae por propia gravedad hasta las cloacas en las que, millones de ratas viven en continuo alboroto aguardando el momento de su supremacía; la ciudad donde los abuelos no caben - porque los pisos tienen solo dos dormitorios y éstos tan pequeños que el 1,15% de hijos que corresponde al matrimonio, duermen hacinados en literas (porque es curioso que en el reparto del 1,15 familiar, sean las familias más humildes las que acaparan el 3 o el 4% redondeado)- y hay que mandarlos a la residencias/almacenes que el gobierno, acuciado por las presiones sociales y en un loable intento de conseguir sus objetivos políticos, ha construido, dotándolas de unos excelentes servicios en los que, menos descubrir una brizna de amor, todo es posible.
Esta es la ciudad, hoy, porque el estado de ánimo ha rodado hasta el suelo empujado por los grandes goterones de agua, y el corazón ha sentido ese vaho maternal que emana de los alcorques de los álamos blancos, y ha sentido nostalgia de esa tierra que un día dejó por venir a descubrir nuevos medios de vida - que no horizontes-, porque los horizontes se quedaron allí, donde la vista abarcaba las sierras cuando ya los ojos se cansaban de divisar llanura, o se mostraba el sol con insolencia en todo su magnífico esplendor .
Es curioso cómo el pulso se hace universal en esos instantes en los que el individuo es sacudido por atávicas emociones ( y dejan de tener valor esas conquistas que un día parecieron inalcanzables y que hoy son -al menos eso quiere creer uno- hitos esperanzados plantados en el duro camino de la vida), para volver los ojos a esa serenidad con la que las cosas se suceden en el medio rural, donde este mismo día contribuye a hermanar a quienes, suspendidas sus tareas momentáneamente, se juntan en los soportales de la plaza para hablar de los preparativos de la cercana simienza, o de cómo los hijos que se marcharon a la ciudad están ganando " dineros a espuertas, no hay más que ver al hijo del hermano Heraclio que el domingo estuvo aquí con un cochazo que no cabía en la calle Mayor y parecía mismamente un marqués".
Como aves migratorias que encontraran su apoyo en inmensas colonias de congéneres, el ser humano abandona su individualidad para sumergirse en este laberinto con el único instinto de encontrar una salida. Pero el laberinto es intrincado y difícil. Y sólo los audaces alcanzarán la puerta de la salvación. El resto, esa gran masa gris y maloliente, con las ropas empapadas y la esperanza hundida, seguirán su continuo deambular en busca de ese rayo turbador que no llegará nunca a iluminar su senda.
Esta es la ciudad, en la que las estatuas reflejan el paso de los siglos y miran impotentes las escenas vandálicas de quienes, incapaces de asumirse, derraman su ignorancia en los pies amarillos del héroe o del artista, o rompen las farolas, o siegan las cabezas de ingenuos angelotes, mientras quedan , pisadas en el suelo, las últimas palabras que producen los labios de un hombre diferente.
2
Hoy no llueve en la ciudad. Yes Domingo. Y la gente dibuja su mejor sonrisa cuando se cruza con el vecino en el rellano del décimo. Es una sonrisa de cercanía, familiar, de añoranza. Se conocen, se saben. Y saben , quién lo duda, que hoy ganará su equipo. Y saben que ambos son de pueblos cercanos - lo adivinaron un día por el parecido acento y por algunas palabras comunes-. Y saben que hay que dejar atrás las preocupaciones y aparentar una calma que se está lejos de poseer.
Porque hoy es domingo. Y no llueve. Y hay que llevar a los niños al parque. Y comprar el periódico y mirar las hojas de economía con gesto de suficiencia. Nadie debe saber que las letras de la hipoteca obligan a trabajar más horas de lo habitual, ni que el hijo mayor se ha dado a las drogas, ni que uno quisiera volverse a aquel pequeño pueblo del que nunca debió salir. ¡A quién le importa!. Eso queda para los días de lluvia. Para cuando uno tiene que coger el autobús que le llevará a un trabajo que queda a dos horas de distancia. Para cuando uno siente allí, en el hueco del corazón, o del estómago, que vaya usted a saber de donde vienen aquellos reflejos, esas punzadas de inseguridad ante un futuro imprevisible.
Pero hoy es domingo. Y el hijo del hermano Heraclio - ese que se fue a la ciudad y gana los dineros a espuertas-, llevará a sus hijos al parque y se le ensanchará el corazón cuando la ilusión, la mágica ilusión que cabe en la sorpresa, ilumine sus rostros. Y se reirá sonoro con las gracias gastadas del payaso callejero o con la vieja cabra que baila al ritmo de una música ramplona, o se admirará de los malabaristas que se cruzan teas encendidas, o alcanzará a ver al mimo de dorados destellos, que semeja otra estatua desfasada en el tiempo, al que acuden, solícitos, asombrados infantes que dejarán, sobre la repisa de su falsa peana, un gramo de metálica ilusión para que los ojos del inanimado artista brillen por un instante y con un gesto cómplice, inviten a los demás niños a vencer su timidez; se parará después en el pequeño guiñol donde se cuentan fantásticas historias, a orillas de un estanque en el que los peces sacian su glotonería con gusanitos y migas de pan. Porque como, como hoy es domingo, y no llueve, hay vida en el parque; vida que se arremolina alrededor del músico callejero o del vendedor de patitos nadadores, o del pintor que intenta atrapar ese instante en la quietud de su lienzo, o del vendedor que pone en almoneda los heredados libros..
3
La ciudad tiene mil caras, dos mil caras.; rostros para cada ocasión, vestidos para cada circunstancia. Es, puede ser, fantástica y vulgar, pordiosera y opulenta, lo mismo desborda alegría que rezuma tristeza; deslumbra desde su brillo o incomoda desde su fango. La ciudad es así .Y nadie podrá, nunca, ahondar en su misterio.
domingo, 15 de noviembre de 2015
DOBLAN LAS CAMPANAS
Quisiera pensar que Dios existe. Y que se mesará los
cabellos impotente anta tanta atrocidad como manifiestan los seres creados a su
imagen y semejanza. Y que se dará golpes de cabeza sobre el orbe o incluso
pensará en el suicidio, que es lo que hacen los seres creados a su imagen o
semejanza cuando no encuentran salidas
para sus males.
Otro pensamiento sería que Dios no exista y sea el Demonio
quien dirija nuestros actos. de manera maquiavélica mientras suelta risotadas
atronadoras y espeluznantes y remueve peroles de agua hirviendo para torturar a
los condenados.
O pensar que la humanidad tiene tan poco de humanidad que ha
roto los moldes establecidos para una convivencia pacífica y ha descubierto el
placer en la tragedia, placer que pone en práctica cada vez con técnicas más elaboradas
y sibilinas.
Desde que existe memoria de acontecimientos, los dioses se
han enfrentado entre sí a través de las religiones. Y uno no se explica que si
existiera Dios, cualquier Dios, no se pusiera de acuerdo con sus oponentes para
llegar a un consenso de paz universal donde la vida primara sobre la muerte, el
amor sobre el odio, la construcción sobre la destrucción, la tolerancia sobre
el fanatismo.
Los acontecimientos de París, con ser trágicos, son uno más en
la sucesión de atentados que en todos
los órdenes y por todo el mundo están llevando a cabo los fanáticos que
llámense como se llamen o lo hagan en nombre de cruzadas que no tienen nombre,
no tienen justificación. Pero no es de extrañar que quienes no respetan su
propia vida y se inmolan matando bajo la creencia de que así encontrarán el paraíso, dejen de sentir
respeto por las vidas ajenas.
Es patente que la primera tarea que la humanidad debe
imponerse es la de encontrar caminos de paz y de concordia, palabras estas que
no por repetidas dejan de tener vigencia. Tal vez todos tengamos que reconocer
nuestros errores y empezar de cero. Es tarea de políticos, pero también de
educadores, de medios de difusión, de patriarcas de las distintas iglesias, de
ricos, de pobres, de gentes de toda condición… El mundo ya no tiene fronteras y
los avances tecnológicos del último siglo lo han convertido en una aldea.
Seamos aldeanos. Con las virtudes que puede representar esa palabra: aldeanos,
vecinos, amigos, colaboradores. No hay más humanidad que la consigamos con
nuestra conducta. Estamos de paso. Pero
la brevedad de nuestras vidas, no debe impedirnos sentar las bases para que las
nuevas generaciones puedan disfrutar de este hermoso lugar y de esta forma de
existencia que nos han sido dados aunque nunca sabremos por qué.
Que las injustas muertes que hoy destrozan nuestros
corazones sirvan para forjar los cimientos de una nueva humanidad. Ya sé que
son palabras grandilocuentes y que todo
lo aquí expuesto tendrá mejores
valedores que este humilde escritor de provincias. Pero también sé que hubo un
visionario por estas tierras manchegas que se erigió en defensor de entuertos.
A lo mejor lo que nos hace falta son muchos más visionarios que entiendan que
los sueños no son síntoma de locura y
que merece la pena salir a enderezar entuertos, mundo a través, con la
inocencia de una mente limpia y generosa.
Je suis París.
miércoles, 21 de octubre de 2015
INSTANTES DE VIDA.
1
Cuando Federico Romero Puértolas, conocido por "El Sable", consideró que había llegado su hora, planificó su suicidio: Mañana se dijo la noche de la víspera , llegaré hasta la cochera donde guardo el tractor, y cogeré del vasar una de las botellas sobrantes del herbicida que he utilizado este año para matar las malas hierbas; con algún resto será más que suficiente. Espero que no sea muy dolorosa la ingestión del veneno; por lo menos tiene buen color, aunque el olor es bastante desagradable. Miró a su mujer que dormía plácidamente y sintió deseos de abrazarla, pero se dio la vuelta y se colocó mirando hacia el balcón; en esa posición se quedó hasta que le despertaron las luces del alba. Buscó su reloj, aunque sabía sobradamente la hora . Eran muchos años levantándose de madrugada, cuando el gallo en el corral entonaba su potente quiquiriquí y su vecino Andrés, que casi siempre andaba preparando los aperos cuando él salía a hacer lo propio, entonaba una cantinela que, por más que ahora lo intentaba, no podía recordar.
Pero aquella mañana no le importó que su vecino le cogiera la delantera y no salió, como otras, apresurado y envidioso de la ligereza de Andrés. Se recreó unos minutos en sus tortuosos pensamientos mientras unas lágrimas ardientes y pesadas surcaban su rostro. Era consciente de la estupidez que se proponía hacer, pero también tenía presente la inutilidad de una existencia repetitiva y monótona.
¿Que me ha ocurrido pensó de esa forma maquinal con la que últimamente le llegaban todos los pensamientos para sentir esta imperiosa necesidad de quitarme de en medio? ¿Qué va a pensar mi mujer pobrecilla cuando dentro de unas horas alguien venga a darle la noticia? ¿Se culpará?, ¿se sentirá liberada?; porque en el fondo tengo que reconocer que no le he hecho muy feliz la vida. Es una buena mujer; tuve suerte en conocerla. De no ser por ella, no sé que habría sido de mí .
Se rebulló en la cama la mujer que, normalmente, se levantaba cuando él. ¿Qué hora es? preguntó.
Las siete respondió como si la pregunta no incitara al movimiento.
¿Las siete?, ¡si no he oído de cantar al gallo!
Yo tampoco, pero no importa. Hoy es un día especial -dijo desperezándose de forma felina .
Se volvió hacia la mujer y abrazó aquel cuerpo que era como una prolongación del suyo.
¡Vamos Federico, no es momento!
Es momento. Es el único momento dijo encajando su cuerpo en las sinuosidades del de ella.
Consumó el acto carnal de manera salvaje. Nunca antes se había entregado de tal forma; ni en su noche de bodas que ya se diluía en lo recóndito de la memoria.
La mujer se dejaba hacer, entre sorprendida y gozosa. No recordaba aquella fogosidad, aquel empuje, aquella posesión incontrolada. Lloró por ella; lloró por él; por el recuerdo de tantos años de esfuerzo en el que nunca tuvieron tiempo para si mismos. Se quedó abrazada a aquel extraño que era su marido, el hombre con el que había compartido hijos y trabajo, y al que ahora, en ese frenesí inusual, desconocía.
Apenas pasaron unos minutos la adquirida conciencia del deber se impuso a los deseos de abandono. Se incorporó el hombre y se quedó sentado sobre la cama en un último intento de prolongar la pereza
2
Cuando cruzó las vías del ferrocarril sintió ganas de viajar. Siempre le sucedía los mismo. Imaginaba aquellas compartimentos llenos de gente aventurera; gente distinta a la que, con él, compartían lo rutinario de su existencia; gente de mundo que sabía hablar de las cosas que contaban los periódicos. Nunca había leído un periódico. En toda su vida había salido de aquel lugar en el que se hizo viejo sin apenas darse cuenta. Y ahora, ya, era tarde. Además, no sabría estar en otro ambiente que no fuera éste que se le había introducido en la sangre.
Miró el preparado químico en el que el dibujo de una calavera prevenía del peligro de su ingestión. Sacó del bolsillo de la chaqueta el doblado papel en el que días antes había escrito las razones de su suicidio. No sentía miedo. Estaba decidido y resuelto, y este día, en el que el sol brillaba sobre un cielo inmaculado, le parecía tan bueno como cualquier otro para llevar a cabo su cometido.
Se sentó en la piedra, bajo la frondosa higuera cuajada de negras brevas. Le gustaba aquel fruto dulzón y carnoso que llenaba el paladar con su sabor único. Se vio junto a su padre, haciendo el hoyo para plantar esta higuera que tenía casi sus mismos años, y recordó el trágico día en el que descubrió el cuerpo querido pendiendo de una soga sobre la misma rama que ahora sacudía para recoger su fruto. Nunca entendió aquel suceso que le amargó para siempre la memoria. Ahora sí; ahora comprendía que la vida cansa y que no tenía ningún sentido vivirla en vaciedad. Siempre sintió esa llamada aunque quisiera ignorarla; aunque buscara mil maneras de evadirse de su imperioso mandato.
Leyó el papel; no tenía una letra fea para lo poco que pudo ir a la escuela; faltas sí debía tener, pero no lo sabía, "claro, si lo supiera no las tendría" sonrió ante este pensamiento ; repasó lo escrito anteriormente asintiendo con la cabeza; a lo lejos, se escuchaba el canto seco de la perdiz en el momento de su apareamiento.
Por primera vez en su vida no tenía prisa. Vio a los linderos afanados en sus labores y se sorprendió de no sentir ese aguijonazo que le predisponía a su tarea. No era envidia, o sí, no lo sabía. Lo cierto es que cuando uno de ellos iniciaba una labor determinada, todos los demás sentían la misma urgencia; lo mismo daría comenzar a estallicar a la semana siguiente, pero si Paco "el artillero" comenzaba a hacerlo, no había tiempo que perder; igual ocurría con la simienza, o el levantado de los rastrojos, o la poda, que se iniciaba en enero y podía alargarse hasta el día de San José.
Movió la cabeza en sentido negativo; así era el ser humano. Siempre insatisfecho, siempre queriendo ser el primero. Y no podía sustraerse de ese afán. Ahora sí, ahora Federico sabía que no tenía afanes; aunque también era otro afán el que le había llevado hasta este momento: El afán de andar el camino más deprisa; el afán de enfrentarse a ese final incuestionable sin esperar a que éste llegara por sí solo.
Abrió la botella y se espandió un olor a almendras amargas que espantó al gorrión que trinaba sobre una de las ramas higuera.
Qué fuerte se oyó decir en alta voz. Recordó los brebajes que alguna vez le hizo su madre para combatir los resfriados y su poca disposición para tomarlos. "Es el momento" pensó , y levantó la cabeza mientras llevaba la botella hacia los labios.
El rayo de sol, colándose entre el ramaje, hirió sus ojos. Fue una sacudida brutal; como un trallazo sobre sus blancas espaldas; como el más impetuoso trueno que pudiera recordar.
Frenó su movimiento y miró la calavera del frasco con ojos de terror. Arrojó la botella lejos y se tapó el rostro con ambas manos.
Así lo encontró Andrés, su vecino, quien avisado por la mujer de la tardanza en regresar de Federico, se acercó hasta el pequeño quiñón que éste labraba.
¿Qué haces ahí? Preguntó Andrés receloso.
-Me he debido quedar dormido dijo Federico separando con esfuerzo las manos que parecían pegadas a los ojos.
Se sorprendió de que ya fuera casi de noche. No sabía si aquello era la realidad o estaba sumido en un sueño post-muerte.
¡Pero hombre!... vámonos y tranquiliza a tu pobre mujer, que no le cabe la camisa en el cuerpo.
3
El crepúsculo era una llama roja. Sobre el horizonte, se recortaba la silueta de unos vencejos en un último vuelo hacia su nido; las cigarras y los grillos entonaban su chillona letanía mientras el primer lucero hacía su aparición en el firmamento. Y con ser aquello cotidiano para un hombre como Federico, avezado a los sonidos y a las claridades que una espléndida luna ponía sobre la noche, fue, en esta ocasión, una sensación distinta la que le embargó; como de reencuentro consigo mismo. Recordó la madrugada, aquél insospechado arrebato del que fue presa, y el calor inundó su sangre; recordó la cantinela de su vecino Andrés, que ahora, por algún extraño designio, si entendió, y se rió de su letra picarona. No podía precisar si estaba vivo o muerto aunque, su mano, en un gesto mecánico, hubiera cogido del bolsillo de la raída chaqueta el papel con las razones que motivaban su suicidio y haciendo de él pequeños trozos, los fuera esparciendo al viento durante el camino de regreso -tal era su grado de ensoñación-; pero fuera cual fuese el estado en el que ahora se encontraba, decidió que, esta que hasta ahora había llevado, era la única forma de vida que, de haber podido, habría elegido vivir.
martes, 1 de septiembre de 2015
“PREGÓN PARA NO
DECIR”
CON MOTIVO DE LAS FIESTAS EN HONOR A
(NUESTRO PADRE JESÚS
DEL PERDÓN)
AÑO 2015
PREGONERO: Jerónimo
Calero Calero
Porque
eres el Camino, has regresado
y
estás en esta luz que te proclama,
en
el humilde tallo de retama,
en
la mano que alza al humillado.
Estás
a cada paso, siempre al lado
del
que busca consuelo, del que llama
a no
se sabe quién, del que derrama
su
lástima en la reja de tu arado.
Estás
como quien no, como quien vela
con
paternal sigilo, como brisa
que
alienta nuestra humana desventura.
Y
tienes siempre abierta tu cancela
para
aquellos que al borde de la prisa
te
buscan en su noche más oscura.
Representantes de la Muy
Fervorosa y Antigua Hermandad y Cofradía de Nazarenos de Nuestro Padre Jesús
del Perdón Y María Santísima de la Esperanza. Autoridades civiles y
eclesiásticas, Hermanos Mayores de las distintas cofradías. señoras, señores,
amigos todos
Me van a permitir que mis
primeras palabras sean de agradecimiento. Agradecimiento a D. Rafael Huéscar,
Hermano Mayor de la Cofradía de Nuestro Padre Jesús, por haber considerado que
mi persona era idónea para dar este pregón. En algún punto del mismo daré
cuenta de mi miedo ante tal responsabilidad. Agradecimiento también a D. Manuel
Díaz.Pinés, por sus palabras, a todas luces más fruto de la amistad que de los
merecimientos de este humilde pregonero, y como no, a Mariano Chaparro
López-Astillero, este joven músico que me va a acompañar con la guitarra
española en su modalidad clásica, de la que es un aventajado estudiante.
I
Estoy a un mes vista de un acontecimiento que será
importante en mi vida: Ser el pregonero de Nuestro Padre Jesús del Perdón. Este
es el tercer intento de pregón. No es que los otros dos no me gusten. A fin de
cuentas, lo que lea es lo que vais a aplaudir, o criticar, o las dos cosas si
ambas os parecen oportunas. Habéis confiado en mí porque consideráis que lo que
diga será acorde con el acontecimiento. Y yo confío en saber estar a la altura
de las circunstancias.
El primer pregón lo empecé
a escribir hace muchos años, porque de alguna manera, esperaba tener esta oportunidad.
Lo titulaba PREGÓN PARA NO DECIR, porque el que yo esperara ser llamado algún
día, no quería decir que fuera a ser llamado. Así que, como tantas de las cosas
que he escrito, lo hice para mí y lo
archivé esperando mejor ocasión. Pasó el tiempo, me hice mayor y no volví a
pensar en este asunto. Pero mira por dónde,
hace poco, entablé relaciones a través de la red, con un viejo amigo.
Cruzamos correos, fundamos una página y empezamos a saber uno del otro. Él es
Manuel Díaz-Pinés, hombre carismático que sabe granjearse la simpatía de la
gente y un infatigable trabajador en pro
del pueblo que le vio nacer. Manuel fue el pregonero del año pasado y nos dio
una lección magistral de lo que para él supone la palabra contraída: Estando ya
en Manzanares, le comunicaron el fallecimiento s de su
hermana Teresa, conocida y querida por todos los manzanareños por su talante y
sus muchos años al frente de la librería Díaz-Pinés. Fue un mazazo y Manuel se
vino abajo ¿Qué hago, me diría en algún momento? pero rápidamente me dio
también la contestación: Daré el pregón. El resto es historia.
Yo sé, aunque nadie me lo
ha dicho, que el honor de estar hoy en este estrado se lo debo a él; que él ha
sido mi valedor como en tantas ocasiones durante estos últimos tiempos. Así
que, querido amigo Manuel, este pregón va por ti.
Sí. Podría haber leído
cualquiera de los otros pregones. Son dignos y nadie me garantiza que este vaya
a ser mejor. Pero esta mañana he salido al campo cuando el sol disipaba las
sombras de la noche y lo he mirado hasta que su resplandor me ha hecho apartar
la vista. Luz, he pensado mientras seguía el camino hasta mi pequeña casa de
campo. Eso es lo que le faltaba a mis pregones anteriores: Luz. He mirado la
vastedad de la llanura, he observado la armonía de la naturaleza, he
contemplado un paisaje como pudo hacerlo
el primer hombre. Tierra nada más. Horizonte. Sierras recortadas, encinas
centenarias. El viejo torreón que un día fue arrogante y ahora es sólo un
vestigio de nuestra historia local.
A lo lejos el ruido de las
esquilas del ganado, las voces del pastor azuzando a los perros o el sonido monocorde
de algún motor, dan fe de que la tierra aún sigue habitada. Todo es paz en
derredor, tanta paz como yo quisiera infundir a mi pregón.
Mi
pensamiento vuela por campos de luz. Son aquellos campos de mi infancia en los
que, mis padres y mis abuelos, labradores modestos, cultivaban la tierra con
tanto amor que bien podría decirse que su labor era sagrada. No practicaban esta
religión en la que sin duda estaban bautizados, No santificaban las fiestas. O
sí, pero a su modo A mis hermanos y a
mí, nos iniciaron en el campo. Puedo afirmar que aquello no era explotación de
menores. Nosotros éramos los discípulos de una religión que era el trabajo.
Allí estábamos todos, grandes y pequeños emparejados por un anhelo común.
Seguro que eso tiene que ver con mi falta de religiosidad. Y seguro que esa falta de religiosidad es la que me
hace pensar que no soy la persona idónea para proclamar esta festividad. Uno, a
veces, no es consciente de sus limitaciones. A lo mejor hubiera debido decir
que no, que yo no era digno de tal merecimiento. Pero tampoco uno es consciente
de su vanidad. Y el pregón de Jesús, es síntoma de reconocimiento. Y tal vez
por eso dije sí.
Este es el pregonero que, sin embargo, supo ver en su entorno
algo que siempre le emocionó: )Cómo era que, gente no
religiosa y que de hecho no practicaba los preceptos de la Santa Madre
Iglesia, pudiera sentir tal devoción por una imagen de madera que representaba,
al decir de todos, al Cristo perdonador?; ) cómo es que toda aquella gente se acercaba hasta su ermita y
le hablaban, o le rogaban, convencidos de su misericordia y de su intercesión? )En quién creían, en el
Cristo, o en el imaginero que supo dar forma a su propio sufrimiento? Si, de
pronto, la imagen reflejara otra secuencia, no esta del Cristo arrodillado ante
el peso de la Cruz sino una en la que se viera vigoroso, que también lo fue, y
amonestando a los mercaderes en el templo, o la misma del Cristo resucitado que
en todo su esplendor se pasea el Domingo
de Resurreción ante la mirada de unos
pocos curiosos ¿seguirían sintiendo la misma veneración, la misma piedad, la
misma rebeldía ante lo injusto de su cruento final?
II
En
la ermita de la Veracruz el último
vencejo se refugia en la espadaña del viejo campanario. El reloj de la plaza da
las nueve con ese sonido postizo que le presta la tecnología. La Iglesia de la
Asunción está llena de devotos a la espera de la palabra del predicador. Los predicadores son como poetas, o como
pregoneros. Utilizan la palabra para
con-mover, para llegar al alma de los escuchantes desde esas proclamas que
hablan de un hombre que era Dios, o de un Dios que se hizo hombre. Los predicadores vuelcan en sus palabras toda
la fe de la que son capaces. Y recuerdan, año tras año, la crucifixión y muerte
de Jesús con palabras que rebotan en el silencio de la iglesia, en la madera de
los confesonarios, en el mármol da las baldosas y desde allí inician un
recorrido hasta los miradores del alma. ¡Qué bien habla!, dirán los que,
atentos, se han quedado prendidos en aquella maraña de sensaciones a las que ,
como un prestidigitador que sabe su oficio, ha dado forma.
Bajando
por la calle Empedrada, de camino hacia
la iglesia, se recorta en el cielo una luna menguante sobre el negro fondo de
la noche y el destello de las luces terrenales. Allí, estática, como una oyente
más, se deja atrapar por las palabras
que, como una bandada de palomas blancas (bien podrían ser grises, pero
parece que la ocasión requiere que fueran blancas), se escapan a través de las
vidrieras. Puede que la luna no entienda de crucifixiones, pero tampoco sabemos
si entiende de amor y todos los enamorados la utilizan para enmarcar el suyo. Yo quisiera pensar que sí; que la
luna está ahí para escuchar al predicador, para emocionarse con esas
imágenes que ve desde su atalaya y para
reflejarnos la luz de su entendimiento.
La luna alumbra el haz de este cortejo
que
en procesión te sigue hasta el calvario
en
un gesto de amor que, solidario,
quiere
hacerse dolor por tu reflejo.
Hoy
tiene su plegaria como un dejo
de
infinita tristeza. Es necesario
que
regreses a un mundo que a diario
necesita
tu voz y tu consejo.
Dijiste
luz, y abundan los abismos.
Dijiste
amor, y hay odio en las miradas,
dijiste
paz y hay pífanos de guerra.
Si
aún la vida se nutre de egoísmos.
Si
aún hay almas que están atribuladas.
¿Cuándo
vuelves, Señor, por esta tierra?
III
El
hombre es un ser de luz. Lástima que, algunas veces las sombras se apoderen de
nosotros y anulen nuestra generosidad, nuestros propósitos de ser mejores,
nuestra excelsa naturaleza.
Hoy
he visto una noticia en televisión que me ha sobrecogido. A un pequeño que por
algún motivo de nacimiento o de tratamiento, le faltaban los pies y las manos,
le han trasplantado unas manos. Ya sé que no podrá catalogarse como milagro,
pero sí se puede pensar que Jesús estuvo en el equipo de aquél cirujano. Ya sé
que para trasplantar unas manos, hace falta que otro niño muera. Pero ese es
nuestro sino. Y tal vez por ese gesto, la familia del niño muerto, vea,
reconfortada, cómo las manos de su hijo van a seguir aferrándose a la vida en
el niño vivo.
En
otro programa, un equipo de biólogos y veterinarios se encargaba de rescatar
orangutanes huérfanos para alimentarlos en su infancia y regresarlos después a
su hábitat. Y yo creo que Jesús lloraba por los ojos lacrimosos de los biólogos
y por las miradas sorprendidas de los monos, cuando la despedida se hacía
necesaria.
Son
destellos, pinceladas de vida en las que el ser humano sigue el ejemplo de
aquel Hombre que sufrió su calvario personal convencido de que con su muerte y
su generosidad sin límites redimía los pecados de todos los hombres.
La
imagen de nuestro Patrón, nos refleja a un ser doliente. Un imaginero supo
ponerle rostro y dar a ese rostro la serenidad, la fortaleza, la mansedumbre,
la esperanza, la magnanimidad, la luz de una mirada que pide perdón por un
mundo equivocado. Hacia ella vuelven los ojos los que necesitan su amparo; los
que ya no encuentran los remedios a sus males, los que necesitan una esperanza
a la que aferrarse; un hombro sobre el que llorar, una mirada de consuelo
IV
El pueblo llano, del que vengo, se deja guiar por el instinto
más que por la reflexión; de ahí que ese pueblo llano, sea capaz de pasar de liturgia, de misa y
novena y, sin embargo, sienta la imperiosa necesidad de hacer descalzo el recorrido procesional en cumplimiento de
alguna promesa. Y es que, cuando uno se ve en una situación extrema, sea de la
índole que sea, acude a lo sobrenatural. )Quién puede socorrer a los humanos cuando los medios con que
cuentan se han manifestado impotentes?. Más, ¿quién puede serenar el ánimo ante
lo injustificado de una muerte prematura; ante la desesperación por una
enfermedad incurable; ante el miedo a un futuro impredecible? ¿Quién tiene la
llave, la fuerza, la magnanimidad que en ese momento necesita el alma? Y el pueblo
vuelve los ojos a esa imagen tallada que representa todo aquello que no se
vende en los mercados de la vida. En definitiva, lo que el pueblo esta haciendo
es volverse hacia sí mismo, descubriendo que tiene una fortaleza que no había
desarrollado y que la esperanza sigue esperando. Y es ahí donde los ojos del
Cristo hablan ese idioma sin palabras en el que todos nos entendemos. Es ahí,
justo en esa manifestación del ser, donde se encuentra el consuelo necesario,
el milagro que le hará superar la mala racha, el infortunio e incluso la
enfermedad. Porque Dios, ya nos lo han dicho, está en todas partes, incluso en
esta talla de madera a la que se le confieren poderes milagrosos.
Anoche te miré
y se quedó fundida mi mirada
en tus ojos.
Te ví triste y cansado
en tu rostro asomaba la
fatiga del Mundo.
Tu cuerpo , lacerado,
se postraba de hinojos
bajo una cruz grotesca de
reseca madera.
Anoche te miré
como miro a un hermano
vencido y humillado
como miro, impotente,
el dolor de un amigo
como miro una flor, un árbol
o una espiga.
Anoche te miré
desde lo más profundo de un
alma atormentada
desde la más recóndita
realidad de mi mismo
desde la pequeñez
y el miedo
y la esperanza..
Anoche te miré
y ví los pies descalzos de
cientos de personas
y ví los ojos serios
pendientes de tu imágen
y escuché la saeta
perdiéndose en la noche
y el silencio más íntimo
desgarrado en sollozos.
Era por Ti. Por ellos.
Eran los mismos ojos, las
mismas esperanzas
era el miedo, la angustia,
la ansiedad, la tristeza...
Era el mismo latido,
compañero del Tuyo.
Anoche te miré
buscando en tí la fuerza por
encima del tiempo
con la mano tendida hacia Tu
mano eterna
con la fe del artista que
cinceló la piedra
y descubrió la angustia que
reflejó en tu rostro.
Anoche te miré por un momento
y me quedé fundido en tu
mirada.
Nuestro Padre Jesús del Perdón, desde su lugar de silencio,
vela por las habitantes de Manzanares; como lo hace el Jesús Rescatado en la
Solana, o el Cristo de Urda en aquel pueblo toledano. Y es que el arraigo tiene
mucho que ver con la tradición, con el ejemplo que nuestros mayores han sabido
transmitirnos, con la necesidad de identificarnos con un lugar, con un espacio,
con unas costumbres.
Ser de Manzanares, conlleva venerar a nuestro Patrón. Se esté
donde se esté, más incluso, si el lugar en el que se reside pone distancia por
medio. Cuántas familias emigradas vuelven al cabo de los años impelidos por ese
poso de nostalgia que nunca llegó a diluirse. Cuántas fotografías con la imagen
de Nuestro Padre Jesús están enmarcadas en los salones de los manzanareños
ausentes; cuánta memoria vive agazapada en las sombras de esas vidas que han
tomado otros rumbos, otros hábitos, incluso otras tradiciones.
Se és de donde se pace, dice un adagio popular al que no le
falta razón. Pero lo que nadie puede poner en duda es que, además, se és de
donde se nace. Lo sé por experiencia. Yo estuve fuera un largo tiempo. Siempre
tuve la mirada vuelta hacia nuestra torre, hacia los lugares en los que
transcurrió mi infancia; hacia esta pequeña ermita en la que, alguna vez, en
actitud recogida, como tantos, le pedí a Jesús imposibles. Eran viajes de fin
de semana, o algunas cortas vacaciones, lo suficiente para que esa necesidad
espiritual se calmara. Sólo hacía falta bajar por el paseo de la estación para
que el vigor se restaurara en mi ánimo; sólo hacía falta ver el majestuoso
Casino, al que nunca o muy pocas veces pasé, para no sentirme ajeno; sólo hacía
falta cruzar por las calles mortecinas,
que llevaban hasta mi casa, para saber que allí estaba mi esencia.
v
Definitivamente, a mi
pregón le faltaba luz. Tal vez el personaje, tan cruelmente ajusticiado, tan traído hasta nosotros como
símbolo de amor y perdón, como hijo de Dios, muerto por redimir nuestros
pecados, se prestaba a hacer un panegírico de su sufrimiento. Tenía que ser,
por tanto, trágico el contenido, sombría la descripción, tristes las palabras
con las que documentar esta semblanza. Así pensaba hasta hoy.
Pero hoy he decidido
hablar de luz; de la luz que emana de su esencia; de la esperanza que supone su
entrega, del resurgimiento a una dimensión espiritual que en este momento no
acierto a imaginar.
Pinceladas de luz para
afirmar que la Tierra es una resurrección constante: El sol sale todos los días,
las plantas se renuevan por gracia de la savia; la siembra da lugar a las
cosechas; las manos del hombre cultivan lo que mañana será nuestro alimento: El
pan y el vino, símbolos del cuerpo y la sangre de Cristo, son, antes, semillas
y frutos que precisan de la elaboración y del trabajo. Todo se desarrolla a través de un proceso
armónico. Esta es, en verdad, la Eternidad, la Tierra Prometida.
La eternidad, al fondo a la derecha
(como el lavabo en las cafeterías)
Donde se anuncia: “término a sus días”
Y te sugieren: “ siga usted la flecha”.
(como el lavabo en las cafeterías)
Donde se anuncia: “término a sus días”
Y te sugieren: “ siga usted la flecha”.
Pero oye bien: recoge tu cosecha
No te pierdas en vanas naderías
Busca en el alma tierras labrantías
Y déjate, al partir, la labor hecha.
No te pierdas en vanas naderías
Busca en el alma tierras labrantías
Y déjate, al partir, la labor hecha.
Porque más que una puerta de salida,
La eternidad anida en la esperanza
De allanarle caminos al relevo.
La eternidad anida en la esperanza
De allanarle caminos al relevo.
Y no le tengas miedo a esta mudanza,
Que sólo será punto de partida
Para que vuelvas a empezar de nuevo.
Que sólo será punto de partida
Para que vuelvas a empezar de nuevo.
Principio del formulario
Me vais a permitir que al
hablar de Jesús no lo haga como si se tratase de Dios. No sabría. Dios es un
concepto tan amplio, tan abstracto, que me perdería en divagaciones. Prefiero
hablaros del hombre. Y, aunque luego lleguemos a la tragedia, hablaremos
primero de la esperanza que supone sentir. Los sentidos son nuestro mecanismo de integración al medio en el que
habitamos. Son inherentes a cualquier ser humano. Y Jesús fue hombre: Y vio, y
olió, y tocó y gustó y oyó.
Por imaginarnos, primero
vería a los niños de su aldea, jugaría con ellos, correría por los campos,
desparramaría el serrín del taller de su padre; sería un niño, como todos los
niños de la tierra que tan pronto se rompen una ceja como hacen una travesura
que les costará una reprimenda.
A medida que fuera
creciendo, se irían desarrollando sus
sentidos y amando todo aquello que lo rodeaba. Esa era, en primera instancia su
misión como hombre: Sentir. Y, sin duda, Jesús sintió amor, sintió dolor,
sintió complacencia. Porque sintió como hombre. Y como hombre, tuvo luces,
sombras, dudas. Nadie puede decir, sería aventurado, que Jesús vino con unas condiciones distintas al resto de los
humanos. Al menos mientras fue mortal tendría muchas de las limitaciones que
son inherentes a nuestra condición. Y era necesario que fuera así para que
conociera, entendiera, amara a su prójimo. Si algo une es la camaradería, la
convivencia, los tragos, malos y buenos que hemos pasado con nuestros amigos.
Al final, es en eso en lo que se cimienta una amistad.
Y Jesús fue amigo de la
gente. Amó a sus discípulos. Estuvo al lado de la adúltera evitando su
lapidación. Fue amigo de Lázaro a quien resucitó, de María de Magdala .a quien expulsó siete
demonios. En las bodas de Caná de Galilea realizó el milagro del vino a
petición de su madre. Y la gente lo aclamó en su entrada a Jerusalén Era, es
cierto, un hombre tocado por la gracia, pero como lo puede ser cualquier hombre en cualquier momento y en
cualquier situación. Ejemplos tenemos de hombres y mujeres que han entregado su
vida a una causa, sea esta social, cultural, deportiva, religiosa. Gentes que
han dado incluso su vida en aras de un ideal. Gente en la mayoría de los casos,
desconocida, anónima, que han entregado su existencia al cuidado de los más
necesitados, sean propios o ajenos, que han dado ejemplo de lo que es una vida
al servicio de los demás.
La historia llega hasta
nuestros días hablándonos de un hombre cuya palabra transmitía emociones, cuyos
ojos despedían una luz confortadora, cuyas manos sanaban. Es cuando menos curioso
que un hombre así no hubiera prosperado económicamente; que se pusiera del lado
de los menesterosos que prefiriera las aldeas a las grandes ciudades, que
predicara en los montes y llamara bienaventurados a los pobres, a los
afligidos, a los limpios de corazón.
Un milagro, Señor!
“Effatá “, dijo Jesús al sordomudo metiéndole
los dedos en los oídos y tocando su
lengua con saliva”.
¡Un milagro, Señor!
Haz conmigo el milagro que
hiciste con aquel sordomudo en Galilea..
Permite que mi palabra se abra
paso a través de las dunas
A través del desierto de la
incomunicación.
Permite que mi poesía sea clara y haz de mi claridad
poesía.
No soy digno. Ya sé que no soy
digno.
Pero dime de verdad, cuántos
hay, dignos de estar en tu presencia.
Sé que no tengo fe. Por más que
la he buscado en esas horas bajas
En las que todo se reduce a
implorar tu misericordia.
Pero soy fuerte y sé
sobreponerme a los fracasos.
A lo mejor, eso también es fe
después de todo.
Sólo tengo referencias sobre tu vida e incertidumbre sobre tu
muerte.
No sé si fuiste un hombre tan
hermoso como te pintan
O no se han atrevido a pintarte
como a un hombre.
En mi vida hay tantas lagunas
como estrellas en el firmamento.
Quiero sortear esas lagunas,
Bucear por esas aguas
procelosas en las que me siento inseguro
Y emerger a la superficie con
palabras de luz.
No sé si esto es una oración,
una súplica o una simple reflexión.
Sé que estoy aquí, frente a la
pantalla del ordenador
Intentando buscarte, intentando
buscarme.
Todo lo he hecho mal (bueno, espero
que algo pueda salvarse).
Pero la intención ha sido
buena.
Es el camino, que a veces
parece intransitable.
Es la sangre, que a veces se
encrespa en su tortuoso discurrir.
Es el miedo que no me deja
lanzarme al vacío.
Es la ignorancia que pone su
muro frente a mis ojos.
Estas son mis credenciales.
Como ves, a todas luces
insuficientes para salirte al paso
Y pedirte que abras mis
sentidos.
Por eso te las digo aquí, en la
intimidad de mi reducto,
Susurrando desde la timidez de
mi esperanza,
Mostrando humildemente mis
defectos.
Y esperando que tu benevolencia
Llegue también a quienes estamos perdidos..
Es largo ya el trayecto
recorrido.
Y corto, muy corto el que me
queda por recorrer.
Por eso te apremio, Señor. Pon
luz en mis palabras.
No sé por qué. No sé para
quién.
Es que soy poeta ¿sabes?
Y llevo toda la vida buscando
ese verso que no encuentro
Por más que lo haya buscado en
los más insospechados recovecos.
Pon tu mano sobre mi cabeza y
di la palabra:
EFFATÁ
VI
El hombre ha buscado un lugar despoblado donde algunos olivos
centenarios y el canto monótono de la lechuza, son los únicos vestigios de
vida. Está en actitud meditativa y su
rostro refleja pesadumbre. Un poco más lejos un grupo de personas parece
dormitar sobre el suelo.
El hombre se pregunta. O quizás, sabiendo las respuestas,
intenta asumirlas.
Cuánta noche, Señor, has puesto sobre mi vida. Cuánta duda
has sembrado en mi alma. Cuánto dolor se agolpa en mi corazón.
Hoy es el día en que tengo que decidir cuál es mi camino: si
he de seguir el mandato de esa voz interior que me lleva al borde de esta
profunda sima que me tienes asignada, o he de escuchar las razones de esa
queja, también interior, que me dice que
disponga de mi vida, que disfrute, que ame, que sea yo mismo hasta la
consumación de mi tiempo.
Dudo de todo. Incluso de esa capacidad sobrenatural que emana
de mi persona. )Quién sana realmente al que se acerca a mí en demanda de
ayuda? Si soy yo, )por qué no puedo ahora sanar mi propio pensamiento?, si eres
Tú )para qué necesitas de
mi intervención? ¿Soy realmente tu hijo?, )soy más hijo tuyo que el resto de estos mortales que pasan de
una a otra orilla de su vida preocupándose de sus afanes, de sus familias, de
sus negocios?; )soy más hijo tuyo que quienes sufren escarnio, miseria,
enfermedad, ignorancia, marginación, soledad, vejez, tristeza ...?
)O es que acaso estoy tan loco como para creerme investido de
tu gloria? Sea cual sea la causa, sobre mis hombros llevo una carga pesada: la
de predicar algo que no es tangible; porque este ser humano, creado a tu imagen
y semejanza, tiene tan alto concepto de su propia fuerza, que no admite el
vasallaje sino ante quienes le demuestran su autoridad mediante el
dictamen de sus leyes o el poder de sus
armas.
)Cómo podrían, estos opulentos, hacer caso a un grupo de
peregrinos de dudosa indumentaria que sólo predican el amor? Sólo los humildes,
los necesitados de una voz que les hable directamente al corazón, los que no
saben qué comerán hoy, o qué techo les cobijará esta noche, se acercan hasta
nosotros. Nos ven sus iguales. Y realmente los somos: nuestros vestidos son
humildes, nuestra comida escasa, nuestras sandalias están desgastadas por tanto
camino andado. Sólo nuestra palabra puede dar fe de que no somos maleantes o
salteadores de caminos: AAmaos los unos a los otros como yo os he amado@
Se han dormido mis apóstoles; este grupo de hombres buenos que un día lo dejaron todo por
seguirme. Pronto vendrán a prenderme quienes no han entendido mi mensaje y
entonces correrán como gamos asustados. Estoy solo; solo ante mis dudas, ante
mi miedo, ante mi naturaleza, tan humana a fin de cuentas, tan débil para
enfrentarse a lo que está escrito, que no puede evitar estremecerse..
Hágase en mí, según tu palabra. Y ya que no puede sustraerme
a mi designio, haz que mi muerte no sea estéril; que la semilla que he
intentado sembrar fructifique de manera
que no haya odio entre las razas, guerra entre las naciones, hambre
entre los menos afortunados. Si mi muerte es el precio, aquí me tienes, Padre.
Estoy dispuesto.
He
querido que mi pregón no incida en lo que ya es sabido. He querido pintar a un
ser de luz porque eso interpreto que es Jesús. He querido dejar una imagen de
fortaleza, como esas fotos que ahora sustituyen a los fallecidos en los
tanatorios para que el recuerdo de la persona sea el de sus mejores momentos. Yo sé que,
probablemente, provoca más impacto el rostro sufriente. Pero Jesús salió
victorioso del trance. y resucitó como resucitaremos todos a una dimensión de
eternidad. Este he querido que, humildemente, fuera mi mensaje.
Y
porque este es un tiempo para meditar voy a terminar mi pregón con un poema que
habla de escarnio, de inocencia ultrajada, de injusticia, de búsqueda, de humana
esperanza…
Tiempo
para meditar.
Al poeta Antonio
García de Dionisio
Empaparon
las vírgenes sus velos
con
el amargo llanto de la ausencia,
mientras
las madres, todas, de la tierra
cerraban
los postigos de sus sueños.
Nadie
las vio llorar, desde tan hondo
les
nacía la pena. Nadie supo
de
su desgarro íntimo, del miedo,
de
la esperanza rota, del presagio
de
sus muertos anónimos.
Madres
de la desdicha,
madres
del infortunio,
madres
de la desgracia,
madres
de la derrota,
madres
de la renuncia,
madres
de la desventura,
madres
todas del mundo
paridoras
de víctimas,
¿quién
os puso en el alma tanta angustia?
¿quién
os dejó tan muertas?
¿quién
os reparará?, ¿con qué palabra?
Mares
de llanto y sal
mares
de piedra,
mares
de desconsuelo,
mares
amargos,
mares
tristes,
mares
de desolación,
mares
de sangre,
mares
tempestuosos,
¿quién
os impulsa?
quién
os hace verdugos?
quién
os saca de quicio?
¿quién
os crece?
Cristos
famélicos,
Cristos
deshabitados,
Cristos
rotos,
Cristos
hambrientos,
Cristos
muertos de sed,
Cristos
desamparados
Cristos
escarnecidos,
Cristos
indefensos,
¿quién
pidió vuestra muerte?,
¿por
qué injusta soberbia?
¿quién
os cerró los ojos?, ¿ con qué beso?
No
se asoma la luna a su explanada
muerta
está de vergüenza,
teñida
está su luz, cárdena y triste
se
refleja en los pozos del ultraje.
Ha
de nacer de nuevo el que nos hable,
el
que conduzca al grueso del rebaño
a
los prados floridos, el que rompa
la
maldición que asola a nuestra especie.
Una
sola palabra, una tan solo
que
nos haga entender y nos despierte
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